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domingo, 2 de octubre de 2011

SE ARRANCA LOS OJOS EN PLENA MISA


Un hombre se arrancó este domingo los ojos en la localidad de Viareggio, en el norte de Italia, durante el servicio religioso que se celebraba en la catedral de San Andrea, informaron hoy fuentes policiales.

El hombre, de 46 años y nacido en Inglaterra, aunque residente desde hace muchos años en esa localidad de la Toscana, asistía a la misa y de pronto "se levantó, empezó a gritar, y se arrancó los ojos con sus propias manos". Fue trasladado al cercano hospital Versilia, donde fue operado de urgencia, sin que los médicos pudieran hacer nada por evitar que se quedara ciego.

Ni la madre del afectado ha podido explicar el suceso. Horas después de los hechos, la anciana relató que estaba con él en misa cuando su hijo "se tiró al suelo y empezó a pegarse cabezazos contra el suelo. Tenía la cara llena de sangre. Yo no entendía lo que ocurría.

El doctor Gino Barbacci, médico de urgencias del hospital de Versilia que prestó los primeros auxilios al individuo, aseguró que para hacer una cosa semejante "hace falta una fuerza sobrehumana" y que en 26 años de profesión no ha visto una cosa igual, informan los medios italianos.

Barbacci añadió que el hombre llegó consciente a urgencias en una ambulancia junto a su anciana madre y que "no se quejaba, ni parecía que sintiera dolor, a pesar de que su cara era una máscara ensangrentada".

El médico explicó que le preguntaron su nombre y que el hombre respondió correctamente. Después le inquirieron por qué se había arrancado los ojos a lo que contestó en voz baja: "Me lo ha dicho una voz", para después quedar en silencio.

"No ha dicho una palabra más, ni se ha lamentado", añadió el doctor que lo describió como una persona aparentemente normal. Los medios italianos aseguran que el hombre estuvo en tratamiento por problemas síquicos, pero decidió no tomar más los fármacos que le habían recetado los médicos.

A la espera de un examen psicológico

La policía informó de que el hombre, cuya vida no corre peligro, se encuentra confinado actualmente en la unidad de psiquiatría del hospital, a la espera de que se le haga un examen para comprobar su estado mental.

sábado, 9 de julio de 2011

LA MUERTE DEL PECADOR VOLUNTARIO

Vive siempre como quien ha de morir, pues es certísimo que, antes o después, todos moriremos.
En la puerta de entrada al cementerio de El Puerto de Santa María se lee: «Hodie mihi, cras tibi» que significa: «Hoy me ha tocado a mí, mañana te tocará a ti»

Esto es evidente. Aunque no sabemos cómo, ni cuándo, ni dónde; pero quien se equivoca en este trance no podrá rectificar en toda la eternidad. Por eso tiene tanta importancia el morir en gracia de Dios. Y como la vida, así será la muerte: vida mala, muerte mala; vida buena, muerte buena. Aunque a veces se dan conversiones a última hora, éstas son pocas; y no siempre ofrecen garantías. Lo normal es que cada cual muera conforme ha vivido .

La historia del mundo está llena de estos casos lamentables, que vienen a confirmar el oráculo de la Sagrada Escritura: "Mors peccatorum pessima" (Ps. 33, 22), y la terrible profecía de Nuestro Señor a los obstinados fariseos: "Moriréis en vuestro pecado" (Io. 8, 21).

Tal suele ser la muerte de los pecadores voluntariamente obstinados, de los grandes incrédulos (Voltaire, Rousseau, Renán, etc.), de los grandes apóstatas de la religión (Juliano el Apóstata, Arrio, Montano, Nestorio, etc.) de los falsos reformadores (Lutero, Calvino, Zwinglio, Enrique VIII), de los afiliados a las sectas  masónicas, de los que han alardeado siempre de "indiferencia religiosa" y "la libertad de criterio", etc., etc.

De ninguno de estos desgraciados en particular podría afirmarse con certeza que se ha condenado infaliblemente. Es un secreto de Dios. Nadie puede asegurar lo que pudo haber pasado entre Dios y un alma a punto de comparecer ante Él. Pero, humanamente hablando, ¿que esperanza se puede alimentar en torno a semejantes hombres, que mueren con manifiestas señales de eterna reprobación? ¡Ay de los que no se limitaron a ser malos, sino que hicieron lo posible por arrastrar a los demás a su maldad!
Por vía de ejemplo - y sin pretender afirmar de manera categórica su eterna condenación-,vamos a recoger aquí el final desastroso de un personaje histórico, enemigo declarado de la Iglesia Católica: Voltaire.

MUERTE DE VOLTAIRE
¿Quién no conoce a Voltaire (Francisco María Aruet), el patriarca de la incredulidad? Murió la noche del 30 al 31 de mayo de 1778, a los ochenta y cuatro años de edad. Su médico -M. Trochin, protestante-, testigo ocular de cuanto sucedió  en los últimos momentos del desgraciado, escribía a Bonnet el 27 de junio de 1778 (27 días después de la muerte del famoso incrédulo): Poco tiempo antes de su muerte, M. Voltaire, preso de furiosas agitaciones, gritaba foribundamente: Estoy abandonado de Dios y de los hombres. Hubiera querido yo, añade el médico, que todos los que han sido seducidos por sus libros hubieran sido testigos de aquella muerte. No era posible presenciar semejante espectáculo. Yo no puedo puedo acordarme de él sin horror. Cuando se convenció  de que todo lo que se hacía para aumentar sus fuerzas producía un efecto un efecto contrario, la muerte estuvo siempre ante sus ojos. Desde ese momento la rabia se apoderó de su alma. Imaginad los furores de Orestes: furiis agitatus obiit. Así murió Voltaire.

La marquesa de Villete, en cuya casa murió Voltaire, contó después más de una vez a su familia y a sus confidentes los detalles de aquel fin horrible . "Nada más verdadero-dice ella- que cuanto M. Tronchin afirma sobre los últimos instantes de Voltaire. Lanzaba gritos desaforados, se revolvía, crispábansele las manos, se laceraba con las uñas. Pocos minutos antes de expirar le habló al abate Gaultier. Varias veces quiso hicieran venir un ministro de Jesucristo. Los amigos de Voltaire, que estaban en casa, se opusieron bajo el temor de que la presencia de un sacerdote que recibiera el postrer suspiro de su patriarca derrumbara la obra de su filosofía y disminuyeran sus adeptos... Al acercarse el fatal momento, una redoblada desesperación se apoderó del moribundo; gritaba, diciendo que sentía una mano invisible arrastrarle ante el tribunal de Dios; invocaba con aullidos espantosos a  aquél Cristo que él había combatido durante toda su vida; maldecía una vez tras otra; finalmente, para calmar la ardiente sed que le devoraba, llevóse a la boca su vaso de noche; lanzó un último grito, y expiró entre la inmundicia y la sangre que le salían de la boca y de las narices"

Cierto el impío puede cerrar sus oídos para no oír las amenazas de la palabra divina, puede cerrar los ojos para no ver las escenas horripilantes de desesperación de aquellos que, en los últimos momentos de su vida, perciben ya el abismo que los va a tragar. Mas les es difícil imponer silencio a la voz de su propia conciencia, que en nombre de la justicia les grita: Todo eso es verdad.

TEOLOGÍA DE LA SALVACIÓN
ANTONIO ROYO MARÍN

sábado, 21 de mayo de 2011

LAS TRES CARAS DEL DEMONIO

Satán, el ángel de luz caído, queriendo ser como Dios y obtener la perfecta felicidad en sí y por sí, sin dependencia de Dios, se sentía frustrado, envidioso e incapaz de igualarse a la perfección divina.


Bien sabía el ángel caído el motivo de su frustración, lo que no podía jamás alcanzar: que Dios, era uno en substancia y trino en sus Personas, el misterio más insondable, la maravilla más luminosa de los cielos, la perfección más sublime desde toda la eternidad.


Quiso, pues, desafiar el misterio de Dios e imitarlo, alzándose como una trinidad falsa, aparente, contraria a Dios Uno y Trino, y, por tanto, intentó tener tres disfraces diabólicos distintos manteniendo al mismo tiempo su misma naturaleza diabólica y su único ser satánico.
Ensimismado en estos sueños de odio, de repente cayó con gran estrépito a un infierno aún más profundo y su cabeza quedó con tres rostros, signo de su inicua y soberbia pretensión; rostros carbonizados y deformes que lo acomplejaron hasta obligarlo a fabricar tres máscaras para presentarse ante los hombres.


Entonces, las labró de ébano con sus largas uñas afiladas repetidamente sobre una áspera roca humedecida con sangre. Pintó la máscara del lado derecho de color oro viejo trazándole rasgos piadosos, finos y tradicionales, mediante incrustaciones de cobre. Con esta máscara quería presentarse ante los hombres humildes, de mirada puesta al cielo, amantes de la Verdad, de las alegrías espirituales y de la esperanza en la Vida eterna. La máscara del lado izquierdo la tiñó de rojo sangre y le delineó rasgos bruscos, revolucionarios y voluptuosos con una extraña mixtura de lodo volcánico y ceniza de huesos calcinados. Con ella quería presentarse ante los hombres de mirada horizontal, hombres contrarios a la realidad trascendente e inclinados a adorarse a sí mismos, a resarcirse en lo tangible, en las riquezas materiales, en el placer carnal y en el honor y la gloria; finalmente, a la máscara central le dio color bermejo mezclando los dos colores anteriores y le trazó con tintura de raíz de mandrágora y jugo lechoso de amapola, rasgos amables, pacíficos y reconciliadores para presentarse a todos por igual.


A Satán le era clave mantener en guerra constante o en amenaza de guerra a sus numerosos adversarios. Sabía que él, aunque apoyado por su pequeño grupo de cómplices humanos, nunca triunfaría ante ellos en un campo de batalla abierto, frontal y visible; buscaba el engaño perfecto. Día y noche maquinaba las mil y una maneras de polarizar a los hombres en dos bandos, sacando el mayor provecho a sus tres máscaras; maquinaba echando vapores nauseabundos por sus seis orejas de murciélago y por sus tres bocas de dragón. Quería alimentarles el odio entre sí hasta llevarlos a la guerra fratricida, para, luego, desangrados y sin ningún vigor, masificados, conducirlos encadenados a su Averno.


Así, pues, una noche sin luna ni estrellas, Satán desesperado encontró repentinamente la forma más eficaz de utilizar sus tres máscaras y sus tres lenguas: un fuego mortecino infernal había irrumpido en la noche y le había inspirado el plan para crear la guerra entre los hombres y, luego, esclavizarlos.


Este era el plan: su máscara derecha expondría con elocuencia a los hombres justos y piadosos tesis de tinte tradicional, mientras su máscara izquierda enseñaría a los demás, sin pudor alguno, ideas opuestas a la ortodoxia, ideas revolucionarias, esto es, la antítesis. Luego, creada la tensión y la guerra entre los dos bandos opuestos, en medio del trágico fragor de la batalla, haría entrar en escena su máscara central de color bermejo; su máscara de rasgos serenos y de labios reconciliadores que, como bandera de la paz, invitaría a construir la verdad mediante el diálogo.


Esta sería, por tanto, su máscara del falso dios de la paz, del “anticristo salvador” de la humanidad, su máscara gentil y anfitriona, con cuyos labios invitaría por igual a ortodoxos y a revolucionarios, a deponer las diferencias y la guerra, cediendo en todo aquello que los dividiera y uniéndose entre sí en torno a sus puntos comunes, es decir, adhiriéndose a una doctrina híbrida.


Esta sería entonces la síntesis satánica, en la cual, lo que no fuera común a los contendientes, esto es el motivo de la guerra – Cristo, el enemigo de Satán –, quedaría excluido, y lo que los unía – un ficticio y confuso dios de la paz – sería aceptado por todos. Esta, pues, sería la máscara de la victoria del Satán ecuánime y aparentemente justo, adalid de una falsa paz, con la cual daría su última batalla.

sábado, 26 de febrero de 2011

EL DIABLO Y LA MÚSICA

El Diablo entró personalmente en la historia de la música el año 1713. El famoso violinista y compositor José Tartini tenía a la sazón solamente veintidós años y era huésped del Santo Convento de Asís.Una noche mientras dormía en una celda del convento, se le apareció en sueños el Diablo que, cogiendo el violín, comenzó a tocar con un estilo extraño y desconcertante, consiguiendo arrancar al instrumento efectos inauditos de audacia, ignorados por los concertistas de aquel tiempo. El Diablo reía y se contorneaba mientras iba ejecutando con creciente vehemencia aquella música infernal y cuando hubo terminado, desafió al virtuoso durmiente a repetir con su instrumento lo que había oído. El joven Tartini se despertó sobresaltado y aunque trastornado por la emoción suscitada por el sueño probó a repetir con su instrumento y después a transcribir en el pentagrama lo que el Diablo le había hecho oír en sueños. No consiguió naturalmente rehacer toda la sonata diabólica, pero lo poco que él consiguió recordar permanece aún en sus obras con el título de Trillo del Diavolo y la composición contiene tales y tantas innovaciones de técnica que los historiadores y los críticos la consideran como el principio de una nueva época en el arte del violín.Tartini ejecutó el trillo en muchos de sus conciertos pero esto fue publicado únicamente durante la Revolución francesa, en 1790.


No se trata de una leyenda. El mismo Tartini expuso en una carta esta extraña aventura y de ella tenemos un extenso relato en el Voyaje en Italie, de Lalande, publicado en 1769. Esa aparición del Diablo se hace aún más diabólica si se tiene en cuenta que acaeció en un convento franciscano, en la patria misma del imitador más grande de Cristo que pueda vanagloriarse la cristiandad. La de Tartini fue también una tentación, no totalmente maligna y funesta como las otras, porque ayudó a la fortuna y a la gloria del joven músico y realizó un auténtico progreso en el arte.


Pero, al parecer, el Diablo prefiere a todos los instrumentos musicales, el violín. Se volvió a hablar de él, en efecto, un siglo después, en los tiempos de los éxitos clamorosos de Nicolás Paganini. Quien vio al prodigioso violinista en sus conciertos, especialmente fuera de Italia, y observó su figura larga y flacucha, su pelambre revuelta, su rostro estático, los movimientos casi convulsos de sus miembros y, sobre todo, se sintió turbado y trastornado por las notas frenéticas, originalísimas e infernales que salían de aquel mágico instrumento, pensó que Paganini estaba poseído por el Diablo o, al menos, que había recibido de él el secreto de aquellos hallazgos extraordinarios de virtuosismo que asombraban y confundían no solamente a las muchedumbres, sino a los mismos músicos.


Esta fama de inspirado demoníaco acompañó a Paganini a lo largo de su vida hasta el extremo de que cuando murió en 1840, en Niza le negaron aun en este país la sepultura en tierra sagrada. A esta reputación diabólica no son ajenas algunas obras compuestas por él, ciertas variaciones que tienen realmente un poder de evocación diabólica. Sobre todo las Streghe -una de sus composiciones más célebres escrita en 1813 un siglo después precisamente del Trillo del Diavolo- si bien inspiradas por Noce di Benevento, de Süssmayer, son totalmente paganas  en sus acrobacias sonoras y podrían hacer pensar en una inspiración directa del negro autócrata de las hechiceras.


En verdad, tal cual cooperación satánica se advierte en muchas obras de Paganini; en ciertas insistencias fogosas y evocadoras, en algunos arranques y fugas que hacen pensar en un silbido luciferesco; en algunas ascensiones y caídas de sonoridad silbante o estridente que parecían salir de una alma desesperada del averno. Si el Diablo pensó alguna vez hacerse músico no hay duda que se encarnó en el alto cuerpo espectriforme de Nicolás Paganini. Después de él casi todos los violinistas -y especialmente todos los de sangre y estilo zíngaro- tienen en determinados momentos, en la fisonomía del rostro oscuro y en la violencia descuidada de sus notas un aire diablesco.
Satanás, bajo la máscara de Mefistófeles, ha comparecido también como personaje en los teatros de ópera, pero no siempre se ha prestado a ayudar a los músicos que le han hecho cantar. Tonos satánicos contiene, sin duda el Mefistófeles, de Berlioz; bastante menos el de Boito; nada completamente el de Gounod. Únicamente  Mussorgosky, en su escena faustiana de la Cantina de Auerbach, consigue dar voz de cantante a la estrepitosa carcajada de Mefistófeles.


Pero toda la música, en cuanto arte mágico, realiza todos los días la milagrosa trasmutación de las almas. Es casi necromancia en tanto que resucita a los muertos y da más vida a los que apenas tienen vida. Tiene, en suma, siempre una reacción más o menos invisible con lo demoníaco. La música negra o de imitación salvaje es, por ejemplo, la más adaptada al bajo personal del infierno con sus alaridos insolentes, con sus groseras estridencias y sus bestiales tamborilazos. Pero el viejo Satanás es más artista y más refinado. Cuando quiere desahogar la rabiosa exaltación del sábado, con un poco de música recurre también hoy al violín de Tartini y de Paganini.


El Diablo
Giovanni Papini

viernes, 11 de febrero de 2011

EL DIABLO EN HÁBITO SAGRADO

A diecinueve kilómetros del famoso castillo de Rambouillet, en Seine-et-Oise, el burgo de Monfort-l´a Amaury es célebre sobre todo por su catedral, construida entre el cuatrocientos y el quinientos, en uno de los vitrales a colores de esta catedral está representada la tentación de Jesús en el desierto, donde con gran sorpresa, de quienes la miran, parece el Diablo transfigurado en atuendo de santo eremita, con sayo y capucha, más con aspecto de peregrino devoto que de tentador. La única alusión a su carácter infernal se alcanza a ver en el color rojo de sus calzones. Aquellos vitrales son obra del siglo XVI y tal vez contemporánea de los primeros albores heréticos. El anónimo pintor ¿trató de insinuar maliciosamente que en aquel tiempo, inquieto y corrompido, el Diablo se escondía gustoso bajo los hábitos de monjes y frailes?
Es cierto que en toda la historia cristiana -desde los eremitas de Tebaida a los curatos de Ars- el demonio siempre tuvo comercio con los hombres de Dios, con los religiosos y con los ascetas, ora como perseguidor y tentador, ora como inquilino molesto de sus almas.
Pero dejando ya la Edad Media, que ofrece documentos innumerables pero no siempre irrefutables, nos dirigiremos sin salir de Francia, al "gran siglo". Uno de los casos más famosos de invasión diabólica es la del padre Jean Joseph Surin, docto jesuita, nacido en Burdeos en 1600, al cual se deben obras de profunda piedad como el Cathechisme spiritual (1661) y Fondements de la vie spirituelle (1669).
Este pío jesuita era un excelente exorcista y por eso fue llamado a exorcizar a las famosas Ursulinas de Loudun, perseguidas implacablemente por obsesiones diabólicas. El padre Surin hizo lo suyo y consiguió liberar a algunas monjas obsesas; pero el Diablo entonces, se las tuvo con él y se vengó cruelmente.
De esto tenemos precisamente el testimonio del mismo padre Surin, en una carta escrita por él al padre D^Attichy, jesuita de Rennes, el dia 3 de mayo de 1635. El pobre exorcista cuenta al hermano de estar de continuo acompañado y dirigido por muchos diablos, sobre todo, por el tremendo Leviathan, que, junto con Lucifer y Belzebú, constituye la trinidad infernal.


"Soy dueño de muy pocos actos -relata el pobre jesuita-: cuando yo quiero hablar, se me niegan las palabras; en las misas me quedo detenido de súbito; en la mesa no puedo llevar bocado a la boca; en la confesión olvido de pronto todos mis pecados, y siento al Diablo ir y venir por mi casa como si estuviera en la suya. En cuanto me despierto ya está aquí; en la oración trastueca mis pensamientos como le place; cuando el corazón comienza a dilatarse lo llena de rabia; él me duerme cuando yo quiero estar en vela, y, públicamente, por la boca de las poseídas se vanagloria de que él es mi maestro a quien yo no puedo contradecir en nada"


Se trata pues, de una posesión diabólica en toda regla. El Diablo ocupaba el alma y dominaba la vida del desventurado exorcista sin darle casi tregua. Y la posesión no fue corta: duró nada menos que veinte años, con rarísimas y efímeras remisiones. El Demonio era a tal punto dueño del alma y del  cuerpo del padre Surin que una vez lo obligó a arrojarse de una ventana y se rompió una pierna.
Como vemos, el padre Surin no tenía nada de satánico y el ocultismo le producía un verdadero horror. Era más bien un acérrimo enemigo de Satanás que el padre Surin se esforzaba en conjurar con las sacras fórmulas y no podía tener complacencia alguna para con el enemigo de durante veinte años y solamente la vejez liberó al desventurado jesuita de aquella horrible posesión. Porque el padre Surin no fue únicamente perseguido y tentado por el Demonio, como sucede a menudo a la gente de la Iglesia y a los enamorados de Dios, sino directamente poseído, es decir, habitado por Satanás.


La primera causa que se ofrece a la imaginación para dar con la razón de semejante caso es la venganza: el Diablo quiso tomarse el desquite sobre el exorcista, su declarado adversario. Pero quizá no se trate exclusivamente de una venganza.


No hay que olvidar que Satanás es, más que nada, el enemigo de Dios y que por consecuencia es impulsado por su odio a las tentativas de substraer a Dios a sus servidores más fieles. Su obra maestra consiste precisamente en tomar el lugar de Dios en aquellos que siguen y aman a Dios sobre la tierra. Es su gran victoria, la más ambicionada que le consuela de su caída. Y como él es, por naturaleza, maligno e hipócrita, debe experimentar una aguda y profunda voluptuosidad cuando consigue adueñarse de un religioso y cuando logra pavonearse por los caminos del mundo bajo el sayo de un cenobita o bajo la veste talar de un sacerdote de Cristo.


El Diablo
Giovanni Papini

jueves, 30 de diciembre de 2010

LA TRAGEDIA CRISTIANA

EL DIABLO
GIOVANNI PAPINI


Hay una tragedia que tuvo principio en el comienzo de los tiempos y que no ha llegado a su desenlace.
Una tragedia misteriosa y despiadada de la cual muy pocos, aun entre los cristianos, son los espectadores.
Tres son los únicos teatros: el Empíreo, la Tierra y el Abismo. Tres son sus solos protagonistas: Dios , Satanás y el Hombre. Y como todas las tragedias, ésta consta de cinco actos:


  • Acto primero: Satanás se rebela contra el creador.
  • Acto segundo: Satanás es confinado y sepultado en el Abismo.
  • Acto tercero: Satanás, para vengarse, seduce al hombre y se adueña de él.
  • Acto cuarto: El hombre Dios con su encarnación, vence a Satanás y proporciona a los hombres las armas para vencerlo a su vez.
  • Acto quinto: En la consumación de los tiempos Satanás intenta su revancha y su desquite por medio del Anticristo.

Nos encontramos ahora en el acto cuarto, tal vez en las últimas escenas ¿Cuándo se iniciará el quinto? Ya se ven las señales ¿Y cómo terminará este acto último? ¿Con una catástrofe o con una catarsis?


El hombre es el más débil y más efímero de los tres protagonistas. Y sin embargo, es precisamente él, el hombre, la meta suprema de esta pugna larguísima y de tantas alternativas entre el Creador y el destructor, entre el amor y el odio, entre la afirmación y la negación.


Satanás substrae al hombre de Dios; Cristo se lo arrebata a Satanás; pero Satanás busca por todos los medios reconquistarlo y casi está para conseguirlo. Hará una última tentativa y será vencido, vencido para siempre.
¿Vencido porque está encadenado in eternum en el abismo o vencido por la omnipotencia del amor que lo restituirá a su lugar en el cielo?


Nadie sobre la Tierra puede decirlo. Pero el hombre , el más inerme de los tres protagonistas, deberá decir su palabra, antes que la tragedia llegue a su fin.