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miércoles, 29 de junio de 2011

EL ESPÍRITU DE LA COMUNIÓN

SAN PEDRO JULIÁN EYMARD
Extracto de sus escritos y predicaciones.


Dilata os tuum et implebo illud.
"Da rienda suelta a tus deseos, que yo los llenaré."
(Ps., LXXX, 11)


En la inefable unión que con el que comulga contrae, llega el amor de Jesucristo al último grado de perfección y produce copiosísimas gracias, por lo que debemos aspirar a la Comunión, y a la Comunión frecuente y aun cotidiana, por cuanto de bueno, santo y perfecto puedan sugerirnos la piedad, las virtudes y el amor.
Como la sagrada Comunión es la gracia, el modelo y el ejercicio de todas las virtudes, puesto que todas se practican en esta divina acción, mayor provecho sacaremos de ella que que de todos los demás medios de santificación.
Mas para ello menester es que la Sagrada Comunión llegue a ser el pensamiento que se adueñe de nuestra mente y de nuestros afectos, el intento a cuya consecución se encaminen el estudio, la piedad y las virtudes todas: el fin de la vida entera, como también la ley que la rija, debe ser la recepción de Jesús.
Vivamos de tal suerte que pueda admitírsenos fructuosamente a la Comunión frecuente y aun diaria; para decirlo todo de una vez, perfeccionémonos para comulgar bien y vivamos para comulgar siempre.
Pero, ¿la grandeza de Dios no oprimirá nuestra nada?
-No. Antes al contrario, en la Comunión no existe esa celestial y divina grandeza que reina en los cielos. ¿No veis cómo se encubre Jesús para no asustarnos y para que oséis mirarle y acercaros?
¿Qué deberá vuestra indignidad deteneros lejos de Dios infinitamente santo? Cierto que el mayor santo, que el querubín más puro, es indigno de recibir al Dios sacramentado... Pero ¿no paráis mientes en que Jesús oculta sus virtudes y hasta su santidad para no mostrar  más que su bondad? ¿No escucháis esa suavísima voz suya que os dice : venid a mí? ¿No sentís la proximidad de ese amor divino que os atrae? Vuestros derechos no se fundan, no, en vuestros  méritos, ni vuestras virtudes abren las puertas del cenáculo, sino el amor de Jesús.
¡Pero es tan poca cosa mi piedad y tan frío mi amor!
¿Cómo recibir a nuestro Señor en alma tan tibia y, por lo mismo, tan repugnante y despreciable?
¿Tibios estáis? Razón de más para que os echéis de ese horno ardiente... ¿Repugnantes? ¡Oh, eso nunca para este Buen Pastor, para éste tierno Padre, más padre que todos los padres, más madre que todas las madres! Cuanto más enfermos y flacos estéis, tanto mayor necesidad tenéis de su socorro; el pan es vida de débiles no menos que de fuertes.
¡Pero si tal vez tenga pecados en mi conciencia!... Si después del debido examen no tenéis certeza moral, si no tenéis conciencia positiva de algún pecado mortal, bien podéis ir a la santa Comunión; si perdonáis a los que os ofenden, alcanzado habéis ya el perdón de vuestras faltas; cuanto a las negligencias de cada día, distracciones en la oración, primeros movimiento de impaciencia, de vanidad, o de amor propio; cuanto a la pereza en desechar al punto el fuego de las tentaciones, atadlos en un haz todos esos retoños de Adán y echadlos al fuego del amor divino; lo que el amor perdona, bien perdonado queda.
No os alejen de la sagrada mesa vanos pretextos; antes comulgad por Jesucristo; si no queréis comulgar por vosotros mismos. Comulgar por Jesucristo es consolarle del abandono en que le dejan la mayor parte de los hombres; es decirle que no se engañó al instituir este Sacramento de espiritual refección. Es hacer fructificar los tesoros de gracia que Jesucristo ha encerrado en la Eucaristía sólo ara distribuirlos entre los hombres. Más aún, es dar a su amor un vida de expansión cual desea, a su bondad, la dicha de favorecer, a su realeza la gloria de derramar sus beneficios.
Comulgando realizáis, por consiguiente, el fin glorioso de la Eucaristía; sin quienes comulgaran, en vano correría este río; este horno de amor no abrasaría los corazones; este rey quedaría en su trono sin súbditos.
No solo da a Jesús Sacramentado ocasión de satisfacer su amor, sino también la Sagrada Comunión le otorga también una nueva vida, que Él consagra a la mayor gloria de su Padre. Imposible le es, en su estado glorioso, honrarle con amor libre y meritorio, pero gracias a la Comunión irá al hombre, formará sociedad con él; se le unirá por una tan admirable manera que el cristiano pondrá a su disposición miembros y facultades sensibles y vivos, y le dará la libertad necesaria para merecer practicando las virtudes. El cristiano se transformará así por la Comunión en Jesús mismo, y Jesús volverá a vivir en él.
Algo divino pasará entonces en el que comulga; el hombre trabajará y Jesús dará la gracia del trabajo; el hombre guardará para sí el mérito; pero toda la gloria será para Jesucristo. Jesús podrá decir todavía a su Padre: Os amo, os adoro, sufro todavía y vivo de nuevo en mis miembros.
He ahí lo que confiere a la Comunión su mayor eficacia. 
Es ella una segunda y perpetua Encarnación de Jesucristo y establece una sociedad de vida y de amor entre el hombre y el Salvador; es, en suma, una segunda vida para Jesús. 

martes, 28 de junio de 2011

How To Reclaim The West...

THE CATHOLIC KNIGHT





THE CATHOLIC KNIGHT: What is needed is a bold invasion of the public square of the message of our Eucharistic Lord. In every city, in every state, in every country, regularly, frequently, and fearlessly.

This event was likely coordinated by no more than a dozen people. Yet as you can see many more dropped to their knees in worship, while dozens upon dozens looked on in amazement. The event was relatively short and unobtrusive. Once it was over, life returned to it's normal routine, but make no mistake about it, people were affected. This is how we do it. One square and one city at a time; regularly, consistently, quickly and randomly, leaving the enemy no opportunity to stage a disruption. I call it "Hit and Run Catholicism," which is nothing short of guerrilla spiritual warfare.

jueves, 23 de junio de 2011

LA INCESANTE ADORACIÓN



Entre todas las instituciones de piedad que forman el esplendor y la gloria de la Santa Iglesia Católica, puede afirmarse que ninguna es de mayor excelencia, ninguna está llamada a ejercer en los corazones una influencia más profunda, ninguna simboliza mejor los futuros destinos de la humanidad, como la adoración perpetua de Jesucristo en la Divina Eucaristía. El siglo actual, a pesar de sus deplorables aberraciones puede estar justamente satisfecho de haber llevado a una altura increíble los progresos de las artes; pero nada podrá igualar al honor que obtiene, por haber dado incremento a ese incendio de gratitud y de amor que, estremeciendo a las almas, las conduce a la presencia de Dios, para que descansen allí de los grandes sacudimientos de la sociedad. ¡Oh institución venida del Cielo con el fuego divino de la caridad! En ti se cifra el porvenir... tú serás el remedio de nuestras desgracias...


¿Es mucho decir? Pues no se puede decir menos. La Santísima Eucaristía, testimonio palpitante de todo el amor que Dios nos tiene, es el resumen magnífico de la bondad, del poder, de la riqueza; es la Encarnación continuada del Verbo Eterno, la memoria perenne de la Pasión de Jesucristo, la Víctima augusta de propiciación, el principio fecundo de todas las virtudes, el sabroso maná en nuestro destierro, el precioso germen de la inmortalidad. De donde se sigue, que si llega el día en que todos los corazones no encuentren ya otro bien en esta vida que hacer compañía a Jesús, porque comprendan que su milagrosa presencia en nuestros altares es el único objeto digno de amor sobre la tierra, ese día feliz estará plenamente cumplida aquella tierna promesa de que "no habrá más un sólo rebaño y un sólo Pastor" (San Juan X, 16)


Y debe ser así. Porque si la oración es tan eficaz y nos une tanto a Dios, que es llamada con justicia llave de oro que abre los tesoros del Cielo ¿donde puede extenderse y dilatarse más el hermoso vuelo de nuestra oración, sino allí donde está nuestro Omnipotente Mediador?¿Dónde puede ser más humilde, ni más ferviente, ni más perseverante el ruego del infeliz culpable, ese ruego que rasga los cielos y hace descender torrentes de misericordia, sino a los pies de Aquél que ha ofrecido concedernos todo lo que pidamos en su nombre? ¿Dónde puede elevarse el alma con más rapidez al deseo y a la contemplación de los bienes celestiales, sino en vista del Cordero Inmaculado, a quién rodean los coros de los Ángeles y de las Vírgenes, y de los Confesores, y de los Mártires? ¡Que grato es pensar que mientras el mundo se entrega a sus fugaces placeres, abriendo la puerta de la desventura a los que le sirven, existen muchos corazones en la presencia de Jesucristo, consagrándole sus adoraciones y llamando a las puertas de su amante Corazón para encontrar el verdadero gozo!


Fe viva, fervor ardiente y deseo constante de honrar al dulcísimo Jesús, que vive en la Eucaristía y sabe premiar la fidelidad, han formado en todo el tiempo el carácter de las almas que comprenden donde está el verdadero amor. ¡Que nuestro ruego, unido al de la Santa Iglesia, alcance las bendiciones y los consuelos divinos, en proporción a los sentimientos de nuestra humildad y respeto! Sic nos tu visita, sicut te colimus. Himno Sacria solemniis.

sábado, 18 de junio de 2011

LA EUCARISTÍA, LA BIBLIA Y LOS PROTESTANTES

"Este es mi Cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía"
Lo que hoy llamamos Misa o Eucaristía, en la Biblia se llama la fracción del pan (Hechos 2, 42; 20, 7, 12;). San Pablo dice: "Yo recibí del Señor lo mismo que transmití a vosotros": que el Señor Jesús, la noche que iba a ser entregado, tomó pan, y habiendo dado gracias, lo partió y dijo: "Este es mi Cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía". Asimismo tomó el cáliz, después de haber cenado diciendo: "Éste cáliz, es el Nuevo Testamento en mi Sangre; haced esto, cuantas veces beberéis, en memoria mía" (I Cor 2, 23-25). Lo que Nuestro Señor mandó, los Apóstoles lo hicieron y lo transmitieron a la Iglesia. La Iglesia Católica recibió y siempre afirmó que la Eucaristía, o sea, el pan consagrado en la Misa es el cuerpo, alma, sangre y divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Sino fuera así ¿porqué entonces San Pablo dice: "El que comiere el pan y bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor; porque el que come y bebe, no haciendo distinción del Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación" (I Cor 11, 27)?


En el año 1521 después de Cristo, un mal sacerdote, Martín Lutero, fabricó la herejía protestante para negar la Eucaristía. Todas las sectas actuales (Mormones, Testigos de Jehová, los "supuestos" Cristianos, La "Luz del Mundo"), son invenciones de los siglos XIX y XX. Hacen decir a la Biblia lo que ellos quieren. Pero, Cristo habiendo previsto que el demonio mediante la Biblia robada y adulterada engañaría a los hombres, encargó a los Apóstoles y sus sucesores (Papa y Obispos) para explicarnos correctamente la Biblia y defenderla. 


La Iglesia que recibió la fe de viva voz, desde hace 2000 años afirma que la Eucaristía es Cristo presente entre nosotros para alimentarnos, aconsejarnos y fortalecernos. Nuestro Señor dijo: "En verdad os digo: si no comiereis la carne del hijo del hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi Carne y bebe mi Sangre, en Mí permanece y Yo en él" (San Juan 6, 49-57). 


Es curioso: los protestantes que pretenden tomar la Biblia al pie de la letra rechazan estas afirmaciones tan claras de Cristo. Seleccionan lo que les gusta y rechazan lo demás. San Pablo nos dice: "Pero aún cuando nosotros mismos, o un ángel del cielo, si posible fuese, os predique un Evangelio diferente del que nosotros os hemos anunciado, sea anatema. Os lo he dicho ya, y os lo repito: Cualquiera que os anuncie un Evangelio diferente del que habéis recibido, sea anatema" (Gal. 1, 8-9).


Por anunciar un Evangelio diferente y seguir iglesias fundadas por hombres, los protestantes se privan de la Eucaristía que es Cristo vivo entre nosotros. Toda iglesia que se fundó después de la muerte de los Apóstoles es necesariamente humana, falsa, ilegítima, fundadas por falsos profetas que robaron la Biblia a la única Iglesia encargada de predicarla e interpretarla. El hecho de seguir a las sectas protestantes es equivocarse de camino, es repudiar la herencia del Cristo verdadero. Los protestantes no tienen nada: ni sacerdocio, ni Cuerpo de Cristo, ni sacrificio, ni perdón de los pecados, ni legitimidad, ni Biblia verdadera, ni jefes legítimos. Tienen un libro robado, pero sellado al cual no entienden nada (Lucas 24, 45). 


Se alimentan de la cáscara, nunca llegan a la médula. 

sábado, 11 de junio de 2011

LA EUCARISTÍA Y LA GLORIA DE DIOS

Ego honorifico Patrem meum.
"Yo honro a mi Padre" 
(Juan.,VIII, 49)


Jesucristo nuestro Señor, no ha querido permanecer con nosotros aquí en la tierra sólo por medio de la gracia, de su verdad  y de su palabra, sino también quiso quedarse en persona.
Así que nosotros poseemos al mismo Jesucristo que vió la Judea, aunque bajo otra forma de vida. Ahora viste el ropaje sacramental, es verdad; mas no por eso deja de ser el mismo Jesucristo, el mismo hijo de Dios e hijo de María.
La gloria de Dios: eso es lo que Jesucristo procuró mientras vivió en la tierra, y eso es lo que, en el augusto Sacramento constituye el fin principal de todos sus deseos. Puede decirse que Jesucristo tomó el estado sacramental para seguir honrando y glorificando a su Padre.

I

El verbo reparó, por la encarnación , y restauró la gloria del creador, oscurecida en la creación por el pecado del primer hombre, a que le arrastró la soberbia.
Para ello se humilló el verbo eterno hasta unirse a la naturaleza humana; tomó la carne en el purísimo seno de María y se anonadó a sí mismo tomando forma de esclavo.
Rescatado el hombre con el precio de su divina sangre, devuelta a su Padre una gloria infinita con todos los actos de su vida mortal y purificada la tierra con su presencia personal, Jesús subió glorioso al cielo, pues su obra quedaba terminada.
¡Oh que día mas glorioso para la celestial Jerusalén el de la triunfante ascensión del Salvador!
¡Pero día triste y muy triste para la tierra, porque se aleja de ella su rey y reparador! ¿No sería de temer que allá, en la patria de los bienaventurados, se convirtiese bien pronto la tierra en objeto de ira y de venganza?
Cierto que Jesús deja establecida su Iglesia entre los hombres, y en ella buena y santos apóstoles; ¡pero éstos no son el Divino Maestro!
En la Iglesia habrá también muchos y muy santos imitadores de Jesús, su divino modelo; pero al fin son hombres como los demás, con sus defectos e imperfecciones , y nunca libres , mientras viven en la tierra, de caer en los profundos abismos de la culpa.
Si la reparación obrada por Jesucristo y la gloria devuelta a su Padre con tantos trabajos y sufrimientos las dejase en manos de los hombres, ¿no habría de temer por su mal resultado? ¿No sería a todas luces arriesgado encomendar la obra de la redención del mundo y de la glorificación de Dios a hombres tan incapaces e inconstantes siempre?
No, no; ¡no se abandona así un reino conquistado a costa de tan inauditos sacrificios como son la encarnación, pasión y muerte de un Dios!
¡No se epone a tales riesgos la ley divina del amor!

II

Entonces, ¿que hará el Salvador?
Permanecerá sobre la tierra. Continuará para con su eterno Padre el oficio de adorador y glorificador. Se hará Sacramento para la mayor gloria de Dios.
¿No veis a Jesús sobre el altar... en el sagrario? Está allí... Y ¿que hace?
Adora a su Padre, le da gracias, intercede por los hombres, se ofrece a Él como víctima, como hostia propiciatoria para reparar la Gloria de Dios, que sufre menoscabo continuamente. Allí está sobre su místico calvario repitiendo aquellas sublimes palabras: "Padre, perdónalos...; te ofrezco por ellos mi sangre..., mis llagas...!"
Se multiplica por todas partes; dondequiera sea preciso ofrecer alguna expiación. En cualquier sitio que se establezca una familia cristiana, allá va Jesús a formar con ella una sociedad de adoración, para glorificar a su Padre, adorándole Él mismo y haciendo que le adoren todos en espíritu y en verdad.
Y el Padre satisfecho y glorificado cuanto merece, exclama:
"Mi nombre es grande entre las naciones; desde el oriente al ocaso se me ofrece una hostia de olor agradable".

III

¡Oh maravilla de la Eucaristía! Jesús por su estado sacramental rinde homenaje a su Padre de manera tan nueva y sublime que nunca jamás recibió otro igual de criatura alguna, ni aun pudo hasta cierto punto recibirlo tan grande del mismo redentor aquí en la tierra.
¿En que consiste este homenaje extraordinario?
En que el rey de la gloria, revestido en el cielo de la infinita majestad y poder de Dios, inmola exteriormente en el santísimo Sacramento, no solamente su gloria divina, como en la encarnación, sino también su gloria humana y las cualidades gloriosas de su cuerpo resucitado.
No pudiendo honrar a su Padre, en el cielo, con el sacrificio de su gloria desciende a la tierra y se encarna de nuevo sobre el altar; el Padre puede contemplarle todavía tan pobre como en Belén; aunque continúe siendo el rey del cielo y la tierra  y tan humilde y obediente como en Nazaret, puede verle sujeto no sólo a la ignominia de la cruz, sino a la más infamante de las comuniones sacrílegas y sometido a la voluntad de sus amigos y profanadores...
Así procura la gloria de su Padre este mansísimo Cordero, inmolado sin exhalar una queja; esta inocente víctima que no sabe murmurar; este glorioso Salvador que jamás pide venganza.
Más ¿para que todo esto?
Para glorificar al Padre, por la continuación mística de las más sublimes virtudes; por el sacrificio perpetuo de su libertad, de su omnipotencia y de su gloria inmoladas por puro amor, en el Santísimo Sacramento, hasta la última hora del mundo.
Presentando Jesucristo aquí en la tierra, con sus humillaciones, un contrapeso eficaz al orgullo del hombre y rindiendo por esta razón, una gloria infinita a su Padre, le consuela vivamente. ¡Que razón de la presencia eucarística más digna del amor de Jesús a su eterno Padre!

Obras Eucarísticas
San Pedro Julián Eymard

viernes, 10 de junio de 2011

Unos desconocidos arrojan el Santísimo Sacramento al suelo, lo rocían con cerveza y lo pisotean

COLOMBIA


El sacerdote Rodrigo Hurtado, párroco del templo San Isidro al que pertenece la capilla Cristo Salvador, del barrio Los Cámbulos de Dosquebradas, denunció una acto sacrílego que se presentó en esta última capilla, en la madrugada del lunes.

Según la denuncia, desconocidos ingresaron al templo, hurtaron elementos avaluados en dos millones de pesos, además de dinero producto de la colecta de la capilla y a esto se suma que los delincuentes abrieron el Sagrario, sacaron las hostias y las derramaron en el piso; posteriormente les rociaron cerveza y las pisotearon.

Cabe destacar que hace cuatro años, esa misma capilla había sido blanco de otro acto sacrílego, cuando desconocidos quebraron las manos de una imagen de la Virgne María y hurtaron elementos de la capilla.

La Diócesis de Pereira ordenó el cierre del templo y retirar el Santísimo así como la excomunión para los responsables del hecho. La normalidad retornará a la capilla de Cristo Salvador sólo dentro de un mes cuando se realice un acto de desagravio, como lo ordena la justicia canónica.

sábado, 4 de junio de 2011

“MI CORAZÓN ESTARÁ ALLÍ TODOS LOS DÍAS”

(III Reyes, IX, 3)


Deseaba San Pablo que los habitantes de Efeso conocieran, por la gracia de Dios Padre, de quien procede todo don, la incomparable ciencia de la caridad de Jesucristo para con el hombre. Nada podría desearles más santo, más hermoso ni más importante. Conocer el amor de Jesucristo y estar llenos de él es el reino de Dios en el hombre. Estos son precisamente los frutos de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que vive y nos ama en el Santísimo Sacramento. Esta devoción es el culto supremo del amor. Es el alma y el centro de toda la religión, porque la religión no es otra cosa que la ley, la virtud y la perfección del amor, y el Sagrado Corazón de Jesús contiene la gracia y es el modelo y la vida de este amor. Estudiemos tal amor delante de ese foco en el cual está ardiendo por nosotros.


La devoción al Sagrado Corazón tiene un doble objeto: propónese, en primer lugar, honrar por medio de la adoración y del culto público, el corazón de carne de Jesucristo, y, en segundo lugar, tiende a honrar aquel amor infinito que nos ha tenido desde su creación y que todavía está consumiéndole por nosotros en el Sacramento de nuestros altares.
De todos los órganos del cuerpo humano el corazón es el más noble. Hállase colocado en medio del cuerpo como un rey en medio de sus estados. Está rodeado de los miembros más principales, que son como sus ministros y oficiales, él los mueve y les imprime actividad, comunicándoles el calor vital que en él hay acumulado y reservado. Es la fuente de donde emana la sangre por todas las partes del organismo, regándolas y refrescándolas, Esta sangre, debilitada por la pérdida de principios vitales, vuelve desde las extremidades al corazón para renovar su calor y recobrar nuevos elementos de vida.


Lo que es verdad, tratándose del corazón humano en general, lo es también verdad tratándose del Corazón de Jesús. Es la parte más noble del cuerpo del Hombre-Dios unido hipostáticamente al Verbo, por lo cual merece el culto supremo de adoración que se debe a Dios solo. Es necesario notar que en nuestra veneración no debemos separar el Corazón de Jesús de la divinidad del Hombre-Dios; está unido al la divinidad por indisolubles lazos, y el culto que tributamos al Corazón no termina en él, sino que pasa a la Persona adorable que le posee y a la cual está unido para siempre.


De aquí se sigue que pueden dirigirse a este Corazón divino las oraciones, los homenajes y las adoraciones que dirigimos al mismo Dios. Están equivocados todos aquéllos que al oír estas palabras “Corazón de Jesús”, piensan únicamente en este órgano material, considerando el Corazón de Jesús como un miembro sin vida y sin amor, poco más o menos como se haría tratándose de una santa reliquia; se equivocan también aquéllos que juzgan que esta devoción divide la persona de Jesucristo, restringiendo a1 corazón sólo el culto que debe tributarse a toda la Persona. Estos no se fijan en que, al honrar el Corazón de Jesús no suprimimos lo restante del compuesto divino del Hombre-Dios, ya que al honrar a su Corazón lo que en realidad pretendemos es celebrar todas las acciones, la vida entera de Jesucristo que no es otra cosa que la difusión de su Corazón al exterior.


El Corazón de Jesús vive en la Eucaristía, supuesto que su cuerpo está allí vivo. Es verdad que este Corazón divino no está allí de un modo sensible, ni se le puede ver, pero lo, mismo ocurre con todos los hombres. Este principio de vida conviene que sea misterioso, que esté oculto: descubrirlo sería matarlo; sólo se conoce su existencia por los efectos que produce. El hombre no pretende ver el corazón de un amigo, le basta una palabra para cerciorarse de su amor. ¿Qué diremos del Corazón divino de Jesús? El se nos manifiesta por los sentimientos que nos inspira, y esto debe bastarnos. Por otra parte, ¿quién sería capaz de contemplar la belleza y la bondad de este Corazón? ¿Quién podría tolerar el esplendor de su gloria ni soportar la intensidad del fuego devorador de su amor, capaz de consumirlo todo? ¿Quién se atrevería a dirigir su mirada a esa arca divina, en la cual está escrito con letras de fuego su Evangelio de amor, en donde se hallan glorificadas todas sus virtudes, donde su amor tiene su trono y su bondad guarda todos sus tesoros? ¿Quién querría penetrar en el propio santuario de la divinidad? ¡El Corazón de Jesús! ¡Es el cielo de los cielos, habitado por el mismo Dios, en el cual encuentra todas sus delicias! ¡No, no vemos el Corazón eucarístico de Jesús; pero lo poseemos…! ¡Es nuestro!


"Obras Eucarísticas de San Pedro Julián de Eymard"

jueves, 2 de junio de 2011

EL TRIUNFO DE JESUCRISTO POR LA EUCARISTÍA

Obras Eucarísticas
San Pedro Julián Eymard




Christus vincit, regnat, imperat: ab omni malo plebem suam defendat.
"Jesucristo vence, reina, impera; Él libre a su pueblo de todo mal"


El Papa Sixto V hizo grabar estas palabras en el obelisco que se levanta en medio de la plaza de san Pedro en Roma.
Estas magníficas palabras se hallan en presente, y no en pretérito, para indicarnos que el triunfo de Jesucristo es siempre actual, y que este triunfo se obtiene por la Eucaristía y en la Eucaristía.

I

Christus vincit. -Cristo vence

Jesucristo ha combatido, y ha quedado dueño del campo de batalla; en él tremola su estandarte y en él ha fijado su residencia: la Hostia santa, el tabernáculo eucarístico.
Venció al judaísmo y su templo, y sobre el monte calvario se levanta un tabernáculo ante el cual le adoran todas las naciones bajo las especies del Sacramento.
Venció al paganismo... y la ciudad de los césares ha sido elegida por Él para hacerla su propia capital. En el templo de Júpiter Tonante hay otro tabernáculo.
Ha vencido la falsa sabiduría de los que se tenían por sabios y, ante la Eucaristía que se levanta sobre el mundo difundiendo sus rayos por todo él; huyen las tinieblas como las sombras de la noche al aproximarse la salida del sol. Los ídolos rodaron por el suelo y fueron abolidos sus sacrificios: Jesucristo en la Eucaristía es un conquistador que nunca se detiene, marchando siempre adelante: se ha propuesto someter el mundo a su dulce imperio.
Cuantas veces se apodera de un país, planta enseguida allí su regia tienda eucarística: su toma de posesión consiste en erigir un tabernáculo. Ahora mismo, en nuestros días, se va a los pueblos salvajes, y, dondequiera que se lleva la Eucaristía, los pueblos se convierten al cristianismo: este es el secreto del triunfo de nuestros misioneros católicos y lo que explica el fracaso de los predicadores protestantes. Aquí es el hombre quien combate, allí es Jesucristo quien triunfa.

II

Christus regnat.- Jesucristo reina

Jesucristo no reina sobre los territorios, sino sobre las almas: reina por la Eucaristía.
El dominio efectivo de un rey consistirá en que sus súbditos guarden sus leyes y le profesen un amor verdadero.
Ahora bien: la Eucaristía es la ley del cristianismo: ley de caridad, ley de amor, promulgada en el cenáculo por aquél admirable discurso que Jesús pronunció después de la cena: "Amaos los unos a los otros, este es mi precepto. Amaos como yo os he amado. Permaneced en mí y observad mis mandamientos. (1)
Ley que se intima en la Comunión: como los discípulos de Emaús, el cristiano ve entonces claro y comprende la plenitud de la ley.
La fracción del pan era lo que hacía a los primeros cristianos tan fuertes contra sus perseguidores, y tan fieles en practicar la ley de Jesucristo : "Erant perseverantes in communicatione fractionis panis.- Perseveraban en la fracción del pan" (2)
La ley de Jesucristo es una, santa, universal, eterna: nada en ella cambiará, ni nada debilitará su fuerza: la observa el mismo Jesucristo, su divino autor, y Él es quien la graba en nuestro corazón por medio de su amor. El mismo legislador es el que se encarga de promulgar su divina ley en cada una de nuestras almas.
Es una ley de amor. ¿Cuantos reyes reinan por amor? Apenas hay otro rey que Jesucristo cuyo yugo no se imponga por la fuerza: su reinado es la dulzura misma y sus verdaderos súbditos se someten a Él en vida y en muerte, y mueren si es preciso, antes que serle infieles.

III
Christus imperat.- Cristo manda

No hay rey que mande en todo el mundo. Cialquiera que éste sea, tendrá en los otros reyes iguales a él. Pero Dios Padre dijo a Jesucristo: "Te daré en herencia todas las naciones" (1). Y Jesús, al enviar por el mundo a sus lugartenientes, les dijo: "Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra: id y enseñad y mandad a todas las naciones" (2)
Del cenáculo salieron sis órdenes y el tabernáculo eucarístico, que es una prolongación y una multiplicación del cenáculo es el cuartel general del rey del reyes. Aquí reciben sus órdenes todos los que defienden la buena causa. 
Ante Jesús Eucaristía todos son súbditos, todos obedecen; desde el Papa, vicario de Jesucristo, hasta el último fiel.
Jesucristo Manda.

IV
Christus ab omni malo plebem sum defendat. Que Jesucristo nos defienda de todo mal.

La Eucaristía es el divino pararrayos que aparta de nustras cabezas los rayos de la justicia divina. Del mismo modo que una madre bondadosa y tierna, para librar a su hijo de la cólera de su padre irritado lo esconde entre sus brazos y con su cuerpo forma una especie de muralla para protegerle, así Jesús se ha multiplicado por todo el mundo y cubre y rodea toda la tierra con su presencia misericordiosa. La justicia divina no encuentra ya lugar donde pueda cumplir su oficio ni se atreve a ello.
Y contra el demonio, ¡que protección tan eficaz! La sangre de Jesús que ha teñido nuestros labios nos hace terribles a satanás: señalados con la sangre del cordero, no figurado, sino verdadero, no hay que temer ya al ángel exterminador.
La Eucaristía protege al culpable para que tenga tiempo de arrepentirse: en otros tiempos, los asesinos perseguidos por la justicia encontraban un lugar de refugio en las iglesias, de las cuales no los podían sacar para castigarles, y allí vivían a la sombra de la misericordia de Jesucristo.
Sin la Eucaristía, sin ese calvario perpetuo, ¡cuántas veces la cólera divina habría estado contra nosotros!
¡Y cuán desgraciados son los pueblos que se han quedado sin la Eucaristía! ¡Que tinieblas y que anarquía reina en los espíritus, qué frialdad en los corazones! Sólo triunfa satanás.
A nosotros la Eucaristía nos libra de todos los males: Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat; ab omni malo plebem suam defendat.

(1) Psf.,II, 8
(2) Matth., XXVIII, 18.

sábado, 28 de mayo de 2011

La comunión remedio de nuestra tristeza

OBRAS EUCARÍSTICAS DE SAN PEDRO JULIÁN EYMARD

Insigne apóstol de la eucaristía
 y
 fundador de los religiosos
 y 
de las siervas del Santísimo Sacramento






Qui jucundus eram et dilectus in potestate mea..., ecce pereo tristitia magna, in terra aliena...
"Yo que estaba tan contento y querido en mi reino, he aquí que muero de profunda tristeza en tierra extraña".

I

Nos agobia una profunda tristeza que queda pegada al fondo de nuestro corazón sin que podamos desecharla. No hay alegría para nosotros en la tierra, por lo menos alegría que dure un poco y no acabe en llanto; no la hay ni puede haber. Se nos arroja de nuestra casa, de la casa paterna. Esta tristeza forma parte integrante del patrimonio legado por Adán pecador a su desdichada posteridad.

Lo sentimos sobre todo cuando nos encontramos a solas. A veces llega  a ser espantosa. En nosotros se encuentra, pero no sabemos de donde proviene. Los que no tienen fe acaban desanimándose, se desesperan y prefieren la muerte a semejante vida, lo cual es un crimen horrible y prenda de reprobación.

En cuanto a nosotros, cristianos, ¿que remedio encontraremos contra esta nativa tristeza? ¿La práctica de la virtud tal vez, o el celo de la perfección cristiana? No basta eso. Las pruebas y las tentaciones le darán aún muchas veces el triunfo. Cuando esta tristeza cruel domina a un corazón nada se puede ya hacer ni decir; siéntese uno como abrumado mas allá de sus fuerzas. En el huerto de los olivos Nuestro Señor pensó en morir por ello. Y durante sus treinta y tres años vivió constantemente bajo una impresión dolorosa. Era manso y bueno, pero triste, porque se cargó con nuestras enfermedades. ¡Ved cómo lloraba Nuestro Señor! Lo nota el evangelio, y eso que nunca dice que se riera...

A semejanza de su Divino Maestro, tristes pasaban también la vida los santos, lo cual provenía de su condición de desterrados, del mal que veían en torno suyo, de la imposibilidad en que se encontraban de glorificar a Dios cuanto querían. Pero sobrenaturalizaban su tristeza.

Contra este mal universal hace falta, por consiguiente, un remedio. Consiste en no quedar en sí ni consigo: hay que desahogar la tristeza, si no queremos que ella nos arrastre como un torrente. Pero en esto muchos buscan consuelos humanos y se desahogan con un amigo o un director, y esto no basta; sobre todo cuando Dios nos envía un aumento de tristeza como prueba, ¡Oh! entonces nada hay que valga. Antes al contrario, cáese más profundamente al observar que ni las buenas palabras ni los avisos paternales nos han devuelto la alegría ni disipado las nubes de tristeza, y el demonio se aprovecha de ello para hacernos perder la confianza en Dios; y almas se ven, y de las más puras y santas, huir como Adán en el paraíso, de Dios y tener miedo de hablar con Él. La oración puede aliviar un poco la tristeza; pero no basta para dar una alegría pura y duradera. Nuestro Señor oró por tres veces en el Getsemaní, pero no para su tristeza; no recibió más que fueras para soportarla.

Una buena confesión nos devuelve también la calma; pero el pensamiento de haber ofendido a un Dios tan bueno es muy a propósito para volver a entristecernos.
¿Dónde hallará, pues, el verdadero remedio?

II

El remedio absoluto es la comunión; es éste un remedio siempre nuevo y siempre enérgico, ante el cual cede la tristeza. Nuestro Señor se ha puesto en la Eucaristía y se nos viene para combatir directamente la tristeza. Siendo como principio que no hay una sola alma que comulgue con deseo sincero, con verdadera hambre, y se quede triste en la Comunión. Puede que la tristeza vuelva más tarde, porque es propia de nuestra condición de desterrados; y aún volverá tanto más pronto cuanto mayor prisa nos demos en replegarnos sobre nosotros mismos y no permanezcamos bastante tiempo considerando la bondad de Nuestro Señor, pero estar tristes en el momento en que Jesús entra en nosotros, eso jamás. Es un festín la Comunión; en ella celebra Jesús sus bodas con el alma fiel; ¿cómo, pues, queréis que lloremos? Apelo a vuestra experiencia personal; cada vez que a pesar de haber hecho una buena confesión estabais tristes antes de la Comunión, no habéis visto renacer la alegría al bajar Nuestro Señor a vuestro corazón?

¿No se quedó en el colmo de la alegría el publicano Zaqueo cuando recibió a Jesucristo, por más que tuviese sobrados motivos de tristeza en las depredaciones de que se le acusaba?
Tristes iban por el camino los dos discípulos de Emaús y eso que iban en compañía del mismo Jesús, quien les hablaba e instruía; pero en llegando la fracción del pan, muy luego se sienten poseídos de dicha, el júbilo desborda de sus corazones, y a pesar de la noche, de lo largo del camino y del cansancio, va a anunciar su gozo y compartirlo con los Apóstoles.

Pongamos los ojos en un pecador que ha cometido toda clase de crímenes. Se confiesa, y sus heridas se cierran. Entra en convalecencia; pero está siempre triste, su conversión le hace más sensible, y llora lo que antes ni lo sentía siquiera: la pena causada a Dios. Tanto más profunda resulta su melancolía cuanto su conversión es más sincera y más ilustrada. ¡He ofendido a un Dios tan bueno!, se dice entre sí. Si le dejáis así a solas, la tristeza le oprimirá  y el demonio le sepultará en el desaliento. Hacedle comulgar; sienta en sí la bondad de Dios y su alma se henchirá de gozo y de paz. ¡Cómo!, se dice. ¡Si he recibido el pan de los ángeles! ¡Luego me he hecho amigo de Dios! Ya no le apenan sus pecados por ese momento; Nuestro Señor le dice con sus propios labios que está perdonado. ¿Cómo no creerlo?
¡Oh! La alegría que nos trae la Comunión es la más bella demostración de la presencia de Dios en la Eucaristía. Nuestro Señor se demuestra a sí propio haciendo sentir su presencia. "Yo iré a aquél que me amare y me manifestaré a él". Manifiéstase, efectivamente, con la alegría que le acompaña.


III

Notad para vuestra propia conducta que hay dos clases de alegría. Hay en primer lugar una alegría que es resultado del feliz éxito, del bien que se ha hecho, la que trae consigo la práctica de la virtud. Es el júbilo del triunfo y de la cosecha. Buena es, pero no la busquéis, porque, como se apoya en vosotros no es sólida, y bien pudiera ser que en ella consistiera toda vuestra recompensa.
Pero la otra, que proviene de la Comunión, cuya causa nos vemos obligados a confesar que no está en nosotros, sino sólo en Jesús, que no guarda relación alguna con nuestras obras, ésta aceptémosla sin reparos y descansemos en ella cuando nos la trae Nuestro Señor, pues es del todo suya. El niño con no tener ninguna virtud ni merecimiento alguno, goza, sin embargo de la dicha de estar al lado de su madre, de igual manera sea la presencia del Señor el único motivo de nuestra alegría. No indaguéis hasta que punto habéis podido merecer el gozo que experimentáis, sino regocijaos por tener a Nuestro Señor y quedaos a sus pies paladeando vuestra dicha y gustando su bondad.
Muchos hay que temen pensar demasiado en la bondad de Dios, porque esto pide que en retorno nos demos por entero y sin contar: prefieren la ley. Queda uno libre, una vez que la hay cumplido. Cálculo mezquino es éste que no deben hacer las almas a quienes Él se da con tanta profusión. Gustemos sin temor de la bondad de Dios; recibamos con avidez la alegría que se nos ofrece, dispuestos a dar generosamente a Nuestro Señor cuando le plazca pedirnos en correspondencia.