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sábado, 6 de agosto de 2011

HIROSHIMA... 66 AÑOS



El 6 de agosto de 1945 a las 8:15 de la mañana, desde un avión B-29 llamado Enola Gay (nombrado así por la madre del piloto Paul Tibbets) lanzó una bomba de uranio. Aunque los números exactos no se han confirmado, unas 110 000 personas murieron en Hiroshima, muchos de ellos instantáneamente, vaporizados por el calor de la explosión o quemados por la bola de fuego que inmediatamente se extendió por la ciudad. Miles más morirían en los siguientes meses y años, como resultado de enfermedades causadas por la radiación.
Treinta y un días después de la explosión, un equipo de científicos de EEUU. sobrevolaron la ciudad. ”Sólo había una enorme cicatriz plana, de color rojo óxido, y nada de verde o gris”, dijo Philip Morrison a The New Yorker en 1946, “porque no había cubiertas de vegetación. Yo estaba bastante seguro de que nada de lo que luego iba a ver más tarde me sobrecogería tanto como esto. ”
El mundo tiene muy pocas fotografías de lo que le dio a Morrison esa sacudida inolvidable. Esto no es casual. El 18 de septiembre de 1945, poco más de un mes después de que Japón se hubiera rendido, el Gobierno de los EE.UU. impuso un estricto código de censura en la nueva nación derrotada. Decía uno de los partes: “nada se imprimirá que pueda, directa o por inferencia, perturbar la tranquilidad pública”.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Gloria a Dios en las alturas







Las tinieblas dieron paso a la luz. Las profecías a la realidad. El Martirologio anuncia así este venturoso día, el más bello que contemplaron los siglos: "Jesucristo, eterno Dios e Hijo del eterno Padre, queriendo consagrar el mundo con su misericordiosísimo advenimiento, concebido del Espíritu Santo, pasados nueve meses después de su concepción, nace en Belén de Judá, de la Virgen María, hecho Hombre".

Ha llegado la plenitud de los tiempos, las semanas anunciadas por el profeta Daniel. Los ángeles lo anunciaron a los pastores: "Os anuncio una gran alegría para vosotros y para todo el pueblo: cerca de aquí, en la ciudad de David, acaba de naceros un Salvador, el Cristo, el Señor". A esta inmensa alegría se suman también los cielos y los aires, ya que desde allí se oye el sublime cántico: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres a quienes Dios ama".

Este día divide toda la historia de la humanidad en dos mitades: Hasta él y desde él. Cristo es el eje de la historia de toda la humanidad y para todos los tiempos. Es la Buena Noticia por excelencia. Por ello el mundo, por los siglos de los siglos, sólo podrá corresponder a tanto amor y benevolencia de parte de Dios, celebrando esta reina de las fiestas con inmenso amor y gratitud. El Hijo de Dios se hace hijo de mujer para hacer al hijo del hombre hijo de Dios.

Las palabras tan profundas de San Juan tienen cumplimiento este día: "En el principio estaba el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios... Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros". Ha llegado la plenitud de los tiempos, de la que habla San Pablo, y el Hijo de Dios quiso nacer de Mujer, y esta Mujer era María.

El himno del Oficio de Lecturas de este día canta los efectos de esta Venida, de este

Nacimiento tan singular: "La plenitud del tiempo está cumplida; rocío bienhechor, baja del cielo, trae nueva vida, al mundo pecador. ¡Oh santa noche! Hoy Cristo nacía, en mísero portal; Hijo de Dios recibe de María, la carne del mortal. Hoy, Señor Jesús, el hombre en este suelo, cantar quiere tu amor, y, junto con los ángeles del cielo, te ofrece su loor. Este Jesús en brazos de María, es nuestra redención; cielos y tierra con su brazo unía, de paz y de perdón. Tú eres el Rey de paz, de ti recibe, su luz el porvenir; Ángel del gran Consejo, por ti vive, cuanto llega a existir".


El cristiano hoy debe saltar de alegría. Debe ser generoso. Nadie debiera hoy pasar hambre ni tener sed. Debiera desaparecer la guerra, el odio, el terrorismo, el pecado, la maldad del corazón del hombre. Ante un Niño que a la vez es Dios sólo cabe la postura de clavarse de rodillas y decirle: Te amo, perdóname. Lo viene así a cantar el precioso himno de Laudes: "Hermanos, Dios ha nacido, desde un pesebre. Aleluya. Hermanos, cantad conmigo: 



«Gloria a Dios en las alturas» . ...Hoy mueren todos los odios, y renacen las ternuras... El corazón más perdido, ya sabe que alguien le busca . ...El cielo ya no está solo, la tierra ya no está a oscuras".

sábado, 18 de diciembre de 2010

Inmaculada Concepción en Nicaragua



La gritería es una fiesta nicaragüense en honor a la Purísima Concepción de María
Esta fiesta se celebra en todos los pueblos y ciudades de Nicaragua (y en los lugares donde la colonia nicaragüense es importante como en Estados Unidos, Costa Rica y El Salvador) teniendo especial relevancia en León de donde es originaria.


Se celebra la noche del 7 de diciembre, víspera de la fiesta católica de la Inmaculada Concepción de María, consiste en recorrer la calles y visitar diferentes altares en honor a la Virgen María, algunos de ellos improvisados en casas particulares, realizando rezos, cánticos y quemando pólvora (echando cohetes pirotécnicos) a la vez que se grita ¿Quién causa tanta alegría? y se responde La Concepción de María. Se reparte a los devotos caña de azúcar, limones, naranjas, cajetas, juguetes, vasos, huevos chimbos (caramelos tradicionales), nacatamales, arroz, etcétera.


Los misioneros españoles, en particular los franciscanos, trajeron a América la devoción por la Virgen María y su Inmaculada Concepción. En este sentido, un documento de 1673 manifiesta que otro escrito de 1626, que había sido quemado, hacía referencia que “en fecha anterior” (sin precisar fecha, pero que ciertos historiadores fijan en 1562), don Pedro Alonso Sánchez de Cepeda y Ahumada, hermano de Santa Teresa de Jesús (fundadora de la Orden de las Carmelitas Descalzas), llegó a Nicaragua, al puerto de El Realejo (debido a que su barco estaba azotado por una tormenta), en el actual departamento de Chinandega con la imagen de la Virgen en su advocación de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción, y de allí al pueblo de Tezoatega (hoy El Viejo). Los indígenas de la localidad no querían que se la llevara por lo que don Pedro la dejó allí y se fue del país. Es la Patrona Nacional de Nicaragua.


Hacia mediados del siglo XVIII apareció una misteriosa caja flotando en las aguas del Lago Cocibolca frente a la ciudad de Granada, las lavanderas querían tomarla pero se alejaba cada vez que querían cogerla por lo que llamaron a los frailes franciscanos del Convento de San Francisco para ver el prodigio y al abrirla encontraron una imagen de la Virgen sosteniendo al niño Jesús, con el rótulo: La Purísima Concepción para la ciudad de Granada; según la tradición llegó por el río San Juan en dirección río arriba (o sea contra la corriente) desde el Castillo de la Inmaculada Concepción, que está en las orillas de ese río, en el actual departamento del mismo nombre. Desde entonces es la patrona de dicho municipio.


El origen de esta fiesta, en su versión nicaragüense, se remonta al año 1742 y surgió en la iglesia de San Francisco de la ciudad de León. El 8 de diciembre de 1854 el Papa Pío IX promulgó la bula Ineffabilis Deus, en la que expuso y definió como “doctrina revelada por Dios y que todos los fieles deben creer firme y constantemente que la Santísima Virgen María fue preservada de toda mancha del pecado original desde el primer instante de su concepción, por gracia y privilegios únicos que le concedió Dios todopoderoso en previsión de los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano” con lo que legitimiza el culto mariano.


El 7 de diciembre de 1857 monseñor Gordiano Carranza, desde el atrio de la Iglesia de San Felipe (en León), anima al pueblo a visitar casa por casa y a alzar sus propios altares a la vez de rezar, cantar y gritar a la Virgen. De León la fiesta saltó a Masaya, Managua y a Granada y de allí se extendió por todo el país.
Existen varios cantos de La Purísima de los cuales 4 fueron compuestos por el compositor Alejandro Vega Matus, de Masaya, que son: Salve Azucena Divina, Por eso el cristianismo, Tu gloria tu gloria y Toda Hermosa. La mayoría de los cantos son de la época colonial: ¡Oh Virgen de Concepción!, Salve Virgen bella, Adiós Reina del Cielo, Sagrada Reina del Cielo, Pues concebida, Salve salve cantando a María, Virgencita incomparable, Eres Tú Pastora, Dulces Himnos y el Alabado (que tiene la música de Toda Hermosa). El único canto que no es nicaragüense es Del cielo ha bajado, que a nivel internacional se le conoce como el Ave de Lourdes, que alude a las apariciones de la Virgen en Lourdes, Francia en 1858.


El volcán Cerro Negro, desde que nació el 13 de abril de 1850 ha hecho erupción varias veces atormentando a los habitantes de la ciudad de León Santiago de los Caballeros en Nicaragua que se sitúa a escasos 25 kilómetros al suroeste del volcán, pero en entre los meses de julio y agosto de 1947 hizo erupción y era tal la lluvia de ceniza sobre la ciudad que se acumulaba en las calles, los techos de tejas de las casas colapsaban y peligraba hasta la misma azotea de la Catedral; no se podía respirar por lo que el obispo Isidro Augusto Oviedo y Reyes le prometió a la Virgen María, que por su intercesión ante Dios, que se celebraría «La Gritería Chiquita», llamada así para no confundirla con la del 7 de diciembre, sorprendentemente en la noche del 14 de agosto paró la erupción y desde entonces, el 14 de agosto (víspera de la fiesta de La Asunción de La Virgen), se celebra esta fiesta religiosa popular propia de Nicaragua.


Lugares con el nombre de La Concepción.


En el siglo XVI los franciscanos bautizaron el volcán Omeyatecigua, de la isla de Ometepe con el nombre de Concepción pues tenía el nombre de una deidad indígena.
En 1675 se terminó de construir el Castillo de la Inmaculada Concepción, en que el 2 de agosto de 1762 (el quinto día de sitio por parte de una flota de la Real Marina Británica) un gorrioncito entró a la capilla del Castillo cantando y aleteando delante de la imagen de la Inmaculada Concepción de la Concha, su patrona, y salió y volvió al rato para salir después. Al día siguiente los ingleses se retiraron, derrotados por Rafaela Herrera (hija del recién fallecido comandante de la fortaleza, don Pedro Herrera), por lo que se consideró un milagro del que fueron testigos el capellán de la fortaleza fray José de Villanueva y las mujeres que estaban dentro de la capilla.


En el siglo XVIII fue fundada la Villa de La Purísima Concepción de Rivas como cabecera del partido de Rivas y actualmente es la ciudad de Rivas (Nicaragua) en el departamento de Rivas.
En el país existen muchas parroquias que tienen como patrona a La Virgen en su advocación de La Inmaculada Concepción.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Infrarrojo: Virgen de Guadalupe





Esta fotografía al infrarojo aparece al principio del tercer tomo de la Enciclopedia Guadalupana del P. Xavier Escalada. El negativo y el positivo se han conjuntado para comparar detalles ahorrando espacio.


Tomada en 1946 por el Sr. Jesús Cataño W., fotografo profesional para la Basílica, es la única que hasta hoy se ha tomado cumpliendo con los requisitos exigibles, y con todos los implementos necesarios para obtener resultados acordes con las exigencias de los principales museos del mundo.


Es también la única al infrarojo tomada al natural y sin protección alguna hasta hoy.


Los pliegues del vestido y otros detalles se pueden ver con mayor claridad de la que permite la fotografía convencional, lo que justifica que el infrarojo sea el estandar de la museografía mundial para discernir la legitimidad de cada detalle.


Como puede verse no hay huellas de pincel, ni de trazos preparatorios, ni aparejo alguno. No hay forma de explicarse como fue plasmada que pueda precisarse por tecnología conocida alguna, ni siquiera es posible descubrir la técnica usada por medio del infrarojo. La imagen es en este sentido tan excepcional como la Sábana Santa, y es junto con ella la única clasificable como aceiropoivhtoV, o "pintada-sin-manos" usada para referirse a lo sobrenatural.


Podemos constatar porqué una imagen vale por mil palabras, y su significado es patente.


http://g-infrared.blogspot.com/

martes, 9 de noviembre de 2010

21 años sin muro

Con la finalización de la Segunda Guerra Mundial en 1945, que arrojara la terrible cifra de 50 millones de víctimas, Alemania debió pagar un alto precio a sus aspiraciones de dominio mundial.


Sumado a las reparaciones económicas (un festín para los aliados, que cobraron con creces los daños recibidos) Berlín fue dividida en cuatro sectores, (Ver actuales hoteles en Berlin) correspondiendo uno a cada aliado, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y la Unión Soviética.


En 1949, los sectores estadounidense, británico y francés, de común acuerdo se transformaron en la República Federal Alemana (RFA), prooccidental, y el sector soviético pasó a ser la República Democrática Alemana (RDA), prosoviética.


Si bien inicialmente los ciudadanos berlineses transitaban libremente entre los cuatro sectores, con el comienzo de la Guerra Fría, las fronteras entre ambas Alemanias comenzaron un proceso de cierre, dado la creciente emigración de alemanes del lado prosoviético al prooccidental, unos 2,5 millones entre 1949 y 1961, atraídos por la mejor calidad de vida.


Como medida definitiva al éxodo, la República Democrática Alemana dispuso, en las primeras horas del 13 de agosto de 1961, que cientos de soldados de la policía popular de la RDA junto a agentes del Servicio de Seguridad del Estado, bloquearan calles, demolieran viviendas, y cercaran Berlín oriental con alambre de púas.






De la noche a la mañana, familias enteras se vieron separadas; toda aquella persona que se había trasladado detrás de la frontera la noche anterior, cualquiera fuera el motivo del viaje, no pudo regresar a su hogar.


En poco tiempo, esta división improvisada fue reemplazada por un muro de concreto de 4 metros de altura por 166 kilómetros de largo, de los cuales 45 dividían la ciudad en dos, y que estaba provisto de 302 torres de vigilancia, 20 bunkers y 259 zonas controladas por guardias con perros.


El muro fue considerado por el bloque comunista como un freno al “peligro de una invasión y la interferencia política de occidente”, en tanto para occidente era un claro símbolo de la “cortina de hierro”.


Durante su existencia del muro se contabilizaron unas 5.000 fugas a Berlín Occidental; 192 personas murieron por disparos al intentar cruzarlo, y otras 200 resultaron gravemente heridas


El 9 de Noviembre de 1989, luego de un extenso proceso político, se anunció oficialmente que al día siguiente los alemanes podían cruzar libremente el Muro de Berlín.


Mucho antes de la medianoche miles de berlineses se congregaron a ambos lados del muro. Se vivieron escenas de emoción y llanto al reencontrarse familias separadas durante años.






Estas fotografías son un testimonio del desahogo popular tras 28 años de absurdo, con hombres y mujeres derrumbando con cuerdas, picos y cinceles lo que pudo mantenerlos separados, pero jamás detuvo su esperanza.







domingo, 10 de octubre de 2010

Cuando el humo de Satanás... a 48 años



GAUDET MATER ECCLESIA

JUAN XXIII

Discurso durante la inauguración del Concilio Vaticano II

11 de octubre de 1962


EN LA SOLEMNE APERTURA DEL CONCILIO

Gócese hoy la Santa Madre Iglesia porque, gracias a un regalo singular de la Providencia Divina, ha alboreado ya el día tan deseado en que el Concilio Ecuménico Vaticano II se inaugura solemnemente aquí, junto al sepulcro de San Pedro, bajo la protección de la Virgen Santísima cuya Maternidad Divina se celebra litúrgicamente en este mismo día.
Los Concilios Ecuménicos en la Iglesia

2. La sucesión de los diversos Concilios hasta ahora celebrados -tanto los veinte Concilios Ecuménicos como los innumerables Concilios provinciales y regionales, también importantes- proclaman claramente la vitalidad de la Iglesia católica y se destacan como hitos luminosos a lo largo de su historia.

El gesto del más reciente y humilde sucesor de San Pedro, que os habla, al convocar esta solemnísima asamblea, se ha propuesto afirmar, una vez más, la continuidad del Magisterio Eclesiástico, para presentarlo en forma excepcional a todos los hombres de nuestro tiempo, teniendo en cuenta las desviaciones, las exigencias y las circunstancias de la edad contemporánea.

Muy natural es que, al iniciarse el universal Concilio, Nos sea grato mirar a lo pasado, como para recoger sus voces, cuyo eco alentador queremos escuchar de nuevo, unido al recuerdo y méritos de Nuestros Predecesores más antiguos o más recientes, los Romanos Pontífices: voces solemnes y venerables, a través del Oriente y del Occidente, desde el siglo IV al Medievo y de aquí hasta la época moderna, las cuales han transmitido el testimonio de aquellos Concilios; voces que proclaman con perenne fervor el triunfo de la institución, divina y humana: la Iglesia de Cristo, que de El toma nombre, gracia y poder.

Junto a los motivos de gozo espiritual, es cierto, sin embargo, que por encima de esta historia se extiende también, durante más de diecinueve siglos, una nube de tristeza y de pruebas. No sin razón el anciano Simeón dijo a María, la Madre de Jesús, aquella profecía que ha sido y sigue siendo verdadera: "Este [niño] será puesto para ruina y para resurrección de muchos en Israel y como señal de contradicción"[i]. Y el mismo Jesús, ya adulto, fijó muy claramente las distintas actitudes del mundo frente a su persona, a lo largo de los siglos, en aquellas misteriosas palabras: "Quien a vosotros escucha a mí me escucha"[ii]; y con aquellas otras, citadas por el mismo Evangelista: "Quien no está conmigo, está contra mí; quien no recoge conmigo, desparrama"[iii].

El gran problema planteado al mundo, desde hace casi dos mil años, subsiste inmutable. Cristo, radiante siempre en el centro de la historia y de la vida; los hombres, o están con El y con su Iglesia, y en tal caso gozan de la luz, de la bondad, del orden y de la paz, o bien están sin El o contra El, y deliberadamente contra su Iglesia: se tornan motivos de confusión, causando asperezas en las relaciones humanas, y persistentes peligros de guerras fratricidas.

Los concilios Ecuménicos, siempre que se reúnen, son celebración solemne de la unión de Cristo y de su Iglesia y por ende conducen a una universal irradiación de la verdad, a la recta dirección de la vida individual, familiar y social, al robustecimiento de las energías espirituales, en incesante elevación sobre los bienes verdaderos y eternos.

Ante nosotros están, en el sucederse de las diversas épocas de los primeros veinte siglos de la historia cristiana, los testimonios de este Magisterio extraordinario de la Iglesia, recogidos en numerosos e imponentes volúmenes, patrimonio sagrado en los archivos eclesiásticos aquí en Roma, pero también en las más célebres bibliotecas del mundo entero.
Origen y causa del Concilio Ecuménico Vaticano II

3. Cuanto a la iniciativa del gran acontecimiento que hoy nos congrega aquí, baste, a simple título de orientación histórica, reafirmar una vez más nuestro humilde pero personal testimonio de aquel primer momento en que, de improviso, brotó en nuestro corazón y en nuestros labios la simple palabra "Concilio Ecuménico". Palabra pronunciada ante el Sacro Colegio de los Cardenales en aquel faustísimo día 25 de enero de 1959, fiesta de la conversión de San Pablo, en su basílica de Roma. Fue un toque inesperado, un rayo de luz de lo alto, una gran dulzura en los ojos y en el corazón; pero, al mismo tiempo, un fervor, un gran fervor que se despertó repentinamente por todo el mundo, en espera de la celebración del Concilio.

Tres años de laboriosa preparación, consagrados al examen más amplio y profundo de las modernas condiciones de fe y de práctica religiosa, de vitalidad cristiana y católica especialmente, Nos han aparecido como una primera señal y un primer don de gracias celestiales.

Iluminada la Iglesia por la luz de este Concilio -tal es Nuestra firme esperanza- crecerá en espirituales riquezas y, al sacar de ellas fuerza para nuevas energías, mirará intrépida a lo futuro. En efecto; con oportunas "actualizaciones" y con un prudente ordenamiento de mutua colaboración, la Iglesia hará que los hombres, las familias, los pueblos vuelvan realmente su espíritu hacia las cosas celestiales.

Así es como el Concilio se convierte en motivo de singular obligación de gran gratitud al Supremo Dador de todo bien, celebrando con jubiloso cántico la gloria de Cristo Señor, Rey glorioso e inmortal de los siglos y de los pueblos.
Oportunidad de la celebración del Concilio

4. Hay, además, otro argumento, Venerables Hermanos, que conviene confiar a vuestra consideración. Para aumentar, pues, más aún Nuestro santo gozo, queremos proponer -ante esta gran asamblea- el consolador examen de las felices circunstancias en que comienza el Concilio Ecuménico.

En el cotidiano ejercicio de Nuestro pastoral ministerio, de cuando en cuando llegan a Nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de algunas personas que, aun en su celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Ellas no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina; van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la vida, y como si en tiempo de los precedentes Concilios Ecuménicos todo hubiese procedido con un triunfo absoluto de la doctrina y de la vida cristiana, y de la justa libertad de la Iglesia.

Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente.

En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia.

Fácil es descubrir esta realidad, cuando se considera atentamente el mundo moderno, tan ocupado en la política y en las disputas de orden económico que ya no encuentra tiempo para atender a las cuestiones del orden espiritual, de las que se ocupa el magisterio de la Santa Iglesia. Modo semejante de obrar no va bien, y con razón ha de ser desaprobado; mas no se puede negar que estas nuevas condiciones de la vida moderna tienen siquiera la ventaja de haber hecho desaparecer todos aquellos innumerables obstáculos, con que en otros tiempos los hijos del mundo impedían la libre acción de la Iglesia. En efecto; basta recorrer, aun fugazmente, la historia eclesiástica, para comprobar claramente cómo aun los mismos Concilios Ecuménicos, cuyas gestas están consignadas con áureos caracteres en los fastos de la Iglesia Católica, frecuentemente se celebraron entre gravísimas dificultades y amarguras, por la indebida ingerencia de los poderes civiles. Verdad es que a veces los Príncipes seculares se proponían proteger sinceramente a la Iglesia; pero, con mayor frecuencia, ello sucedía no sin daño y peligro espiritual, porque se dejaban llevar por cálculos de su actuación política, interesada y peligrosa.

A este propósito, os confesamos el muy vivo dolor que experimentamos por la ausencia, aquí y en este momento, de tantos Pastores de almas para Nos queridísimos, porque sufren prisión por su fidelidad a Cristo o se hallan impedidos por otros obstáculos, y cuyo recuerdo Nos mueve a elevar por ellos ardientes plegarias a Dios.

Pero no sin una gran esperanza y un gran consuelo vemos hoy cómo la Iglesia, libre finalmente de tantas trabas de orden profano, tan frecuentes en otros tiempos, puede, desde esta Basílica Vaticana, como desde un segundo Cenáculo Apostólico, hacer sentir a través de vosotros su voz, llena de majestad y de grandeza.
Objetivo principal del Concilio: defensa y revalorización de la verdad

5. El supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado en forma cada vez más eficaz. Doctrina, que comprende al hombre entero, compuesto de alma y cuerpo; y que, a nosotros, peregrinos sobre esta tierra, nos manda dirigirnos hacia la patria celestial. Esto demuestra cómo ha de ordenarse nuestra vida mortal de suerte que cumplamos nuestros deberes de ciudadanos de la tierra y del cielo, y así consigamos el fin establecido por Dios.

Significa esto que todos los hombres, considerados tanto individual como socialmente, tienen el deber de tender sin tregua, durante toda su vida, a la consecución de los bienes celestiales; y el de usar, llevados por ese fin, todos los bienes terrenales, sin que su empleo sirva de perjuicio a la felicidad eterna.

Ha dicho el Señor: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia"[iv]. Palabra ésta "primero"que expresa en qué dirección han de moverse nuestros pensamientos y nuestras fuerzas; mas sin olvidar las otras palabras del precepto del Señor: "... y todo lo demás se os dará por añadidura"[v]. En realidad, siempre ha habido en la Iglesia, y hay todavía, quienes, caminando con todas sus energías hacia la perfección evangélica, no se olvidan de rendir una gran utilidad a la sociedad. Así es como por sus nobles ejemplos de vida constantemente practicados, y por sus iniciativas de caridad, recibe vigor e incremento cuanto hay de más alto y noble en la humana sociedad.

Mas para que tal doctrina alcance a las múltiples estructuras de la actividad humana, que atañen a los individuos, a las familias y a la vida social, ante todo es necesario que la Iglesia no se aparte del sacro patrimonio de la verdad, recibido de los padres; pero, al mismo tiempo, debe mirar a lo presente, a las nuevas condiciones y formas de vida introducidas en el mundo actual, que han abierto nuevos caminos para el apostolado católico.

Por esta razón la Iglesia no ha asistido indiferente al admirable progreso de los descubrimientos del ingenio humano, y nunca ha dejado de significar su justa estimación: mas, aun siguiendo estos desarrollos, no deja de amonestar a los hombres para que, por encima de las cosas sensibles, vuelvan sus ojos a Dios, fuente de toda sabiduría y de toda belleza; y les recuerda que, así como se les dijo "poblad la tierra y dominadla"[vi], nunca olviden que a ellos mismos les fue dado el gravísimo precepto: "Adorarás al Señor tu Dios y a El sólo servirás"[vii], no sea que suceda que la fascinadora atracción de las cosas visibles impida el verdadero progreso.
Modalidad actual en la difusión de la doctrina sagrada

6. Después de esto, ya está claro lo que se espera del Concilio, en todo cuanto a la doctrina se refiere. Es decir, el Concilio Ecuménico XXI -que se beneficiará de la eficaz e importante suma de experiencias jurídicas, litúrgicas, apostólicas y administrativas- quiere transmitir pura e íntegra, sin atenuaciones ni deformaciones, la doctrina que durante veinte siglos, a pesar de dificultades y de luchas, se ha convertido en patrimonio común de los hombres; patrimonio que, si no ha sido recibido de buen grado por todos, constituye una riqueza abierta a todos los hombres de buena voluntad.

Deber nuestro no es sólo estudiar ese precioso tesoro, como si únicamente nos preocupara su antigüedad, sino dedicarnos también, con diligencia y sin temor, a la labor que exige nuestro tiempo, prosiguiendo el camino que desde hace veinte siglos recorre la Iglesia.

La tarea principal ["punctum saliens"] de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este o aquel tema de la doctrina fundamental de la Iglesia, repitiendo difusamente la enseñanza de los Padres y Teólogos antiguos y modernos, que os es muy bien conocida y con la que estáis tan familiarizados.

Para eso no era necesario un Concilio. Sin embargo, de la adhesión renovada, serena y tranquila, a todas las enseñanzas de la Iglesia, en su integridad y precisión, tal como resplandecen principalmente en las actas conciliares de Trento y del Vaticano I, el espíritu cristiano y católico del mundo entero espera que se de un paso adelante hacia una penetración doctrinal y una formación de las conciencias que esté en correspondencia más perfecta con la fidelidad a la auténtica doctrina, estudiando ésta y exponiéndola a través de las formas de investigación y de las fórmulas literarias del pensamiento moderno. Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del "depositum fidei", y otra la manera de formular su expresión; y de ello ha de tenerse gran cuenta -con paciencia, si necesario fuese- ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio de carácter predominantemente pastoral.

Al iniciarse el Concilio Ecuménico Vaticano II, es evidente como nunca que la verdad del Señor permanece para siempre. Vemos, en efecto, al pasar de un tiempo a otro, cómo las opiniones de los hombres se suceden excluyéndose mutuamente y cómo los errores, luego de nacer, se desvanecen como la niebla ante el sol.
Cómo reprimir los errores

7. Siempre la Iglesia se opuso a estos errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad. Ella quiere venir al encuentro de las necesidades actuales, mostrando la validez de su doctrina más bien que renovando condenas. No es que falten doctrinas falaces, opiniones y conceptos peligrosos, que precisa prevenir y disipar; pero se hallan tan en evidente contradicción con la recta norma de la honestidad, y han dado frutos tan perniciosos, que ya los hombres, aun por sí solos, están propensos a condenarlos, singularmente aquellas costumbres de vida que desprecian a Dios y a su ley, la excesiva confianza en los progresos de la técnica, el bienestar fundado exclusivamente sobre las comodidades de la vida. Cada día se convencen más de que la dignidad de la persona humana, así como su perfección y las consiguientes obligaciones, es asunto de suma importancia. Lo que mayor importancia tiene es la experiencia, que les ha enseñado cómo la violencia causada a otros, el poder de las armas y el predominio político de nada sirven para una feliz solución de los graves problemas que les afligen.

En tal estado de cosas, la Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad religiosa, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella. Así como Pedro un día, al pobre que le pedía limosna, dice ahora ella al género humano oprimido por tantas dificultades: "No tengo oro ni plata, pero te doy lo que tengo. En nombre de Jesús de Nazaret, levántate y anda"[viii]. La Iglesia, pues, no ofrece riquezas caducas a los hombres de hoy, ni les promete una felicidad sólo terrenal; los hace participantes de la gracia divina que, elevando a los hombres a la dignidad de hijos de Dios, se convierte en poderosísima tutela y ayuda para una vida más humana; abre la fuente de su doctrina vivificadora que permite a los hombres, iluminados por la luz de Cristo, comprender bien lo que son realmente, su excelsa dignidad, su fin. Además de que ella, valiéndose de sus hijos, extiende por doquier la amplitud de la caridad cristiana, que más que ninguna otra cosa contribuye a arrancar los gérmenes de la discordia y, con mayor eficacia que otro medio alguno, fomenta la concordia, la justa paz y la unión fraternal de todos.


Debe promoverse la unidad de la familia cristiana y humana

8. La solicitud de la Iglesia en promover y defender la verdad se deriva del hecho de que -según el designio de Dios "que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad"[ix]- no pueden los hombres, sin la ayuda de toda la doctrina revelada, conseguir una completa y firme unidad de ánimos, a la que van unidas la verdadera paz y la eterna salvación.

Desgraciadamente, la familia humana todavía no ha conseguido, en su plenitud, esta visible unidad en la verdad.

La Iglesia católica estima, por lo tanto, como un deber suyo el trabajar con toda actividad para que se realice el gran misterio de aquella unidad que con ardiente plegaria invocó Jesús al Padre celestial, estando inminente su sacrificio. Goza ella de suave paz, pues tiene conciencia de su unión íntima con dicha plegaria; y se alegra luego grandemente cuando ve que tal invocación aumenta su eficacia con saludables frutos, hasta entre quienes se hallan fuera de su seno. Y aún más; si se considera esta misma unidad, impetrada por Cristo para su Iglesia, parece como refulgir con un triple rayo de luz benéfica y celestial: la unidad de los católicos entre sí, que ha de conservarse ejemplarmente firmísima; la unidad de oraciones y ardientes deseos, con que los cristianos separados de esta Sede Apostólica aspiran a estar unidos con nosotros; y, finalmente, la unidad en la estima y respeto hacia la Iglesia católica por parte de quienes siguen religiones todavía no cristianas. En este punto, es motivo de dolor el considerar que la mayor parte del género humano -a pesar de que los hombres todos han sido redimidos por la Sangre de Cristo- no participan aún de esa fuente de gracias divinas que se hallan en la Iglesia Católica. A este propósito, cuadran bien a la Iglesia, cuya luz todo lo ilumina, cuya fuerza de unidad sobrenatural redunda en beneficio de la humanidad entera, aquellas palabras de San Cipriano: "La Iglesia, envuelta en luz divina, extiende sus rayos sobre el mundo entero; pero [ella] es la única luz que se difunde doquier sin que haya separación en la unidad del cuerpo. Extiende sus ramas por toda la tierra, para fecundarla, a la vez que multiplica, con mayor largueza, sus arroyos; pero siempre es única la cabeza, único el origen, ella es madre única copiosamente fecunda: de ella hemos nacido todos, nos hemos nutrido de su leche, vivimos de su espíritu"[x].

Venerables Hermanos:

Esto se propone el Concilio Ecuménico Vaticano II, el cual, mientras reúne juntamente las mejores energías de la Iglesia y se esfuerza por que los hombres acojan cada vez más favorablemente el anuncio de la salvación, prepara en cierto modo y consolida el camino hacia aquella unidad del género humano, que constituye el fundamento necesario para que la Ciudad terrenal se organice a semejanza de la celestial "en la que reina la verdad, es ley la caridad y la extensión es la eternidad" según San Agustín[xi].
Conclusión

9. Mas ahora "nuestra voz se dirige a vosotros"[xii], Venerables Hermanos en el Episcopado. Henos ya reunidos aquí, en esta Basílica Vaticana, centro de la historia de la Iglesia; donde Cielo y tierra se unen estrechamente, aquí, junto al sepulcro de Pedro, junto a tantas tumbas de Santos Predecesores Nuestros, cuyas cenizas, en esta solemne hora, parecen estremecerse con arcana alegría.

El Concilio que comienza aparece en la Iglesia como un día prometedor de luz resplandeciente. Apenas si es la aurora; pero ya el primer anuncio del día que surge ¡con cuánta suavidad llena nuestro corazón! Todo aquí respira santidad, todo suscita júbilo. Pues contemplamos las estrellas, que con su claridad aumentan la majestad de este templo; estrellas que, según el testimonio del apóstol San Juan[xiii], sois vosotros mismos; y con vosotros vemos resplandecer en torno al sepulcro del Príncipe de los Apóstoles[xiv] los áureos candelabros de las Iglesias que os están confiadas.

Al mismo tiempo vemos las dignísimas personalidades, aquí presentes, en actitud de gran respeto y de cordial expectación, llegadas a Roma desde los cinco continentes, representando a las Naciones del mundo.

Cielo y tierra, puede decirse, se unen en la celebración del Concilio: los Santos del Cielo, para proteger nuestro trabajo; los fieles de la tierra, continuando en su oración al Señor; y vosotros, secundando las inspiraciones del Espíritu Santo, para lograr que el común trabajo corresponda a las actuales aspiraciones y necesidades de los diversos pueblos. Todo esto pide de vosotros serenidad de ánimo, concordia fraternal, moderación en los proyectos, dignidad en las discusiones y prudencia en las deliberaciones.

Quiera el Cielo que todos vuestros esfuerzos y vuestros trabajos, en los que están centrados no sólo los ojos de todos los pueblos, sino también las esperanzas del mundo entero, satisfagan abundantemente las comunes esperanzas.

¡Oh Dios Omnipotente! En Ti ponemos toda vuestra confianza, desconfiando de nuestras fuerzas. Mira benigno a estos Pastores de tu Iglesia. Que la luz de tu gracia celestial nos ayude, así al tomar las decisiones como al formular las leyes; y escucha clemente las oraciones que te elevamos con unanimidad de fe, de palabra y de espíritu.

¡Oh María, "Auxilium Christianorum", "Auxilium Episcoporum"; de cuyo amor recientemente hemos tenido peculiar prueba en tu templo de Loreto, donde quisimos venerar el misterio de la Encarnación! Dispón todas las cosas hacia un éxito feliz y próspero y, junto con tu esposo San José, con los santos Apóstoles Pedro y Pablo, con los santos Juan, el Bautista y el Evangelista, intercede por todos nosotros ante Dios.

A Jesucristo, nuestro adorable Redentor, Rey inmortal de los pueblos y de los siglos, sea el amor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

JUAN XXIII

[i] Lc. 2, 34.


[ii] Ibid. 10, 16.


[iii] Ibid. 11, 23.


[iv] Mt. 6, 33.


[v] Ibid.


[vi] Gen. 1, 28.


[vii] Mt. 4, 10; Lc. 4, 8.


[viii] Act. 3, 6.


[ix] 1 Tim. 2, 4.


[x] De catholicae Ecclesiae unitate, 5.


[xi] S. Aug., Ep. 138, 3.


[xii] 2 Cor. 6, 11.


[xiii] Apoc. 1, 20.


[xiv] Ibid.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

P. Gerhard Hirschfelder

El sacerdote martirizado durante el nazismo Gerhard Hirschfelder, perteneciente al primer grupo de sacerdotes del movimiento de Schönstatt en el campo de concentración de Dachau, fue beatificado este domingo en la catedral de Munich.

El arzobispo de Colonia, el cardenal Joaquim Meisner, representó al Papa en la ceremonia y definió al sacerdote, fallecido en el campo de concentración de Dachau a los 35 años, como un modelo para los jóvenes, informó Radio Vaticano.

Peregrinos de toda Alemania y también de Polonia y de la República Checa, donde el recuerdo del sacerdote está muy vivo, peregrinaron hasta la ciudad alemana para asistir a la beatificación.

El padre Gerhard Hirschfelder fue proclamado beato como “mártir y testigo de la fe”. El cardenal Meisner destacó que el sacerdote rechazó la inhumana lógica nazi.

El acto del domingo estuvo precedido por una eucaristía vespertina en la iglesia de Überwasser, el sábado por la tarde, seguida de una procesión con candelas hasta la catedral y una hora de oración silenciosa.

El nuevo beato nació el 17 de febrero de 1907 en el condado de Glatz, en Silesia. Estudió en el Liceo humanístico de Glatz, y aprobó allí su examen de bachiller en 1926.

Según la biografía P. Gerhard Hirschfelder, un mártir del condado de Glatz, fallecido el 1º de agosto de 1942 en el campo de concentración de Dachau, editada por monseñor Franz Jung, visitador canónico para los sacerdotes y fieles del condado de Glatz, fue ordenado sacerdote en 1932.

Por ser hijo natural, su camino al sacerdocio estuvo lleno de dificultades, ya que el antiguo código de derecho canónico no lo permitía.

Necesitó una autorización especial para estudiar Teología y una dispensa para las órdenes mayores, que recibió con retraso, por lo que no pudo ser ordenado junto con sus compañeros de curso.

Desde 1932 hasta 1939 fue capellán en Grenzeck (Tscherbeney), y desde ese año hasta el 1 de agosto de 1941 fue capellán mayor en Habelschwerdt y responsable de la pastoral juvenil de la diócesis.

El joven sacerdote constató la naturaleza y los efectos de la propaganda nazi e intentó mantener lejos de ésta a sus jóvenes, a través de su cercanía y de la dirección espiritual.

En sus homilías, denunció con valentía los excesos y la violencia de aquel periodo. La Gestapo reaccionó a todo ello arrestándole en 1941, durante una reunión con jóvenes.

Durante los más de cuatro meses que permaneció en la cárcel en Glatz, escribió un impresionante Vía crucis y algunas reflexiones sobre el sacerdocio, el matrimonio y la familia.

Fue trasladado al campo de concentración de Dachau el 15 de diciembre de 1941 y falleció por hambre y por una grave neumonía el 1 de agosto de 1942.

Sus cenizas están enterradas en la ciudad polaca de Czermna (Tscherbeney), en la Baja Silesia, donde el padre Hirschfelder había trabajado como capellán.

El padre Hirschfelder “daba una impresión sumamente humilde, casi tímida, practicó una noble discreción y a la vez estaba siempre dispuesto a hacer un favor a los demás”, recuerda un sacerdote que vivió con él en el bloque 26/3 del campo de concentración, el padre Engelbert Rehling, OMI.

“Lo conocí un poco más de cerca por medio del padre Fischer; me puso en contacto con él y así conversamos sobre Schoenstatt; el padre Hirschfelder se interesó por la comunidad y conoció y amó a la Madre tres veces Admirable”, explica, en un testimonio recogido en la página web del movimiento de Schönstatt.

El nuevo beato perteneció al primer grupo de sacerdotes de Schoenstatt en el campo de concentración de Dachau, junto al beato Carlos Leisner, al sacerdote palotino Ricardo Henkes y al párroco alemán Alois Andritzki, ambos en proceso de beatificación.

La promulgación del decreto sobre el martirio del sacerdote fue autorizada el pasado 27 de marzo por Benedicto XVI.

Su causa de beatificación se abrió en la catedral de Munich en 1998. En abril de 2002 fue entregada en Munich la Positio terminada.

Además de toda la documentación, se reunieron -en Alemania, Polonia y la República Checa- más de diez mil firmas pidiendo su beatificación.

Ante esta cifra, el prelado decano de Glatz, monseñor Franz Jung, dijo que el beato puede ser “un constructor de puentes para una Europa unida”.

A la beatificación de Gerhard Hirschfelder seguirán ceremonias análogas durante el próximo año para otras figuras significativas de sacerdotes mártires del régimen nazi: Georg Häfner, en Wurzburgo; y Johannes Prassek, Hermann Lange y Eduard Müller, en Lubeca.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Chile el 11 de Septiembre



Quien salvó a Chile del abismo comunista y marxista, en que había caído entre 1970 a 1973.
Chile bajo el Gobierno marxista de Salvador Allende había caído en un completo desastre económico y social, era un país que estaba completamente hundido.
La población chilena estaba mayoritariamente a favor de que se terminase el funesto Gobierno marxista de Salvador Allende, por ello clamaba la intervención de las Fuerzas Armadas, para que se acabara el suplicio que estaban viviendo. El Gobierno marxista de la Unidad Popular, también tenía su adhesión, pero no era mayoritaria. El país se encontraba enfrentado en dos visiones irreconciliables y en un clima de odio y violencia muy alto.
También el Congreso nacional chileno declaró ante las flagrantes ilegalidades e inconstitucionalides que había perpetrado el Gobierno marxista, que este había incurrido en la ilegalidad e inconstitucionalidad.
En este tremendo clima de odio y enfrentamiento social, era muy posible que de seguir esta situación de cosas se llegara a desencadenar una guerra civil en Chile.
Así el 11 de Septiembre de 1973 los tres comandantes de las Fuerzas Armadas chilenas, más el Director General de carabineros (Jefe de la Policía uniformada de Chile) realizan un pronunciamiento militar para salvar a Chile del abismo comunista en que había caído.
Luego del pronunciamiento militar se comprobaría con detención que habían entrado a Chile miles de guerrilleros terroristas, principalmente cubanos, que junto con marxistas chilenos planeaban dar un autogolpe de Estado en Chile, para imponer un Dictadura comunista en Chile y perpetuar este sistema de vida en este país, y al mismo tiempo utilizar a Chile como una plataforma de expansión del marxismo y comunismo a otros países de Sudamérica como sus vecinos Argentina, Perú, Bolivia, Colombia, etc. Para ello contaban los marxistas con todo el apoyo económico y político de Cuba y principalmente de la U.R.S.S. (Unión de Republicas Socialistas Soviéticas).
Pinochet y los otros generales, que lo ayudaron en el pronunciamiento militar evitaron todo esto y salvaron a Chile del descalabro marxista.
El Gobierno militar se constituyó primero en una Junta de Gobierno, en la cual uno de sus integrantes era el General Augusto Pinochet, otro era el Comandante de la Fuerza Aérea de Chile Gustavo Leigh Guzmán, otro era el Comandante en Jefe de la Armada José Toribio Merino y también estaba integrada por el General Director de Carabineros, César Mendoza Durán.
Posteriormente Pinochet sería el Presidente de Chile hasta el término de su Gobierno.
Es verdad que se achaca por los detractores de Pinochet de que en su Gobierno se violaron derechos humanos de opositores al régimen. Pero ello correspondió a excesos de mandos medios del Gobierno militar, pero no a una política impulsada por el Presidente Pinochet. Además hay que agregar que Chile en dicha época se encontraba en muchas ocasiones en un enfrentamiento contra grupos guerrilleros terroristas marxistas que querían desestabilizar el Gobierno del Presidente Pinochet.
Pinochet tuvo que enfrentar a principio de la década de los ochenta una crisis económica que fue muy dura para Chile, pero luego tomó medidas económicas que fueron muy sobresalientes, que posibilitaron que Chile tuviera un enorme crecimiento económico y logró situar a Chile como una nación admirada en el mundo por su milagro económico.
Si no hubiese existido Pinochet, Chile se hubiese convertido en una Cuba de Sudamérica y en el satélite de la U.R.S.S. en este continente, como lo fue Cuba en el Caribe.
Pinochet salvó a Chile del horrible marxismo y realizo un proceso de reconstrucción de este país que se encontraba en la ruina, por la pésima gestión del Gobierno marxista. Así Pinochet transformó a Chile en un País muy pujante en lo económico.
Estos hechos hacen de Pinochet un gran héroe de Chile. Para sus seguidores Pinochet constituye el segundo libertador de Chile.





domingo, 18 de julio de 2010

Hoy en la Historia 19 de Julio

1799

Encuentran a la “piedra Roseta”

Durante la campaña a Egipto de Napoleón Bonaparte, un grupo de sus soldados descubrió una losa de basalto negra inscripta con escritura antigua cerca de la ciudad de Rosetta. La escritura griega antigua de la piedra informó a los arqueólogos que habían sido inscripta en el segundo siglo A.C. La “piedra Rosetta” fue estudiada por dos décadas antes que el egiptólogo francés Jean François Champollion hiciera un descubrimiento sorprendente: las dos escrituras egipcias en la piedra – jeroglífico y demótico- pertenecían a la misma lengua hablada. El artefacto llevaba así la clave para resolver el acertijo de los jeroglíficos, una lengua escrita que había sido llamada “muerta” por casi dos milenios. Con su descubrimiento del demótico, Champollion fue capaz de descifrar los jeroglíficos, y el lenguaje y la cultura del antiguo Egipto fueron repentinamente abiertos a los científicos como nunca antes.

1911

Perú y Colombia firman un Convenio de Statu Quo

El Plenipotenciario peruano Ernesto de Tezanos Pinto y el Canciller colombiano Enrique Olaya Herrera firman en Bogotá, el Convenio de Statu Quo para resolver el problema territorial. En 1910, el Gobierno colombiano, desconociendo acuerdos diplomáticos previos, envió una expedición militar a la margen derecha del río Caquetá, estableciendo una Aduana fortificada en Puerto Córdova. Perú consideraba dicho territorio como propio, por lo que a principios de 1911 el Gobierno envió una partida militar destinada a enfrentar a los invasores. La fuerza peruana, encabezada por el Teniente Coronel Oscar R. Benavides, arribó al lugar de los acontecimientos a principios del mes de julio. Pidió entonces a las fuerzas colombianas que se retiraran a su territorio, a la margen izquierda del río. La expedición colombiana no accedió a la solicitud, por lo que los peruanos atacaron la posición de La Pedrera, logrando finalmente desalojar a los invasores durante el llamado “Combate de Caquetá”. Paralelamente, el Gobierno peruano había enviado al Plenipotenciario Ernesto de Tezanos Pinto a negociar en Bogotá con el Canciller colombiano Enrique Olaya Herrera. El 19 de Julio de 1911 ambos firmaron el convenio que acordó que las fuerzas peruanas desocuparan Puerto Córdova mientras que Colombia podría conservar Puerto Córdova temporalmente, sin que de ello resultara el reconocimiento de derechos colombianos sobre la margen izquierda del río Caquetá.