lunes, 17 de enero de 2011

LA FERIA DE LAS RELIGIONES

LA IGLESIA OCUPADA – CAPITULO XIV

Nolite conforman huic saeculo.
SAN PABLO

El parisiense guasón hará un chiste del coleccionista escéptico a quien un amigo desmañado le dejó caer un ídolo de la estantería:
“Desgraciado! ¡A lo mejor ese era el Dios verdadero!”.
ARTHUR LOTH

(La Vérité, 19 de octubre de 1895)

La idea de un “Parlamento de las religiones” nació, al final del siglo XIX, en los Estados Unidos... con ocasión de la Exposición de Chicago en 1893.
Dos años antes se había constituido un comité donde estaban juntos luteranos, metodistas, unitarios, un judío, el rabino Hirsch y Mons. Fechan, arzobispo católico de Chicago. Este comité había publicado un manifiesto, invitando a los representantes DE TODAS LAS CREENCIAS, a prestar su concurso “para ofrecer al mundo, en la Exposición de 1893, un cuadro de las armonías religiosas de la humanidad”.

Se proponían “reunir en una conferencia, por primera vez en la historia, a los principales representantes de las grandes religiones del mundo”, “mostrar a los hombres de una manera interesante, LA NATURALEZA Y EL NÚMERO DE VERDADES FUNDAMENTALES que son el tesoro común de las diversas religiones...
El cardenal Gibbons declaraba que “el fin de este Parlamento (de las religiones)” era “presentar a los espíritus que buscan la verdad, los postulados respectivos de las diversas religiones, a fin de que pudiesen abrazar entre todas ellas aquélla que se impusiera a su conciencia”

Dicho de otra forma, se abría una especie de campaña electoral en la cual las religiones, como si fueran partidos, iban a ensalzar sus méritos respectivos. Pero las campañas electorales tienen sus leyes, la más importante de las cuales es que no hay que chocar al elector y también los católicos norteamericanos tuvieron la idea de que convenía silenciar ciertas afirmaciones doctrinales de la Iglesia romana.

Los norteamericanos incluso se permitieron ir a Francia a dar lecciones a los católicos franceses. De paso por París, el cardenal Gibbons declaraba que los sacerdotes franceses “no hablan a los hombres de este siglo el lenguaje de este siglo. Hablan como en otros tiempos y parecen venir de regiones lejanas, oscuras, en las que se hubiesen ignorado los cambios”.

A lo que el gran periodista católico Arthur Loth, respondía valientemente en La Vérité:
“El Evangelio ha sido hecho para todos los siglos, para todos los países, para todos los estados de la sociedad.. La doctrina de la sociedad moderna es completamente contraria a la del Evangelio… Evidentemente, la predicación evangélica debe ser apropiada a los tiempos y al país en que se ejerce; pero la acción del clero y de los católicos, para ser eficaz en el seno de una sociedad materialista como la nuestra, debe ante todo inspirarse en este consejo de San Pablo, QUE CONVIENE TANTO A NORTEAMÉRICA COMO A FRANCIA: ‘guardaos de conformaros al siglo’. —NOLITE CONFORMARI HUIC SAECULO”.

El 15 de septiembre de 1895 León XIII condenaba el principio mismo de la “Feria de las Religiones” y escribía al cardenal Gibbons:
“Hemos sabido que en Norteamérica se celebraban asambleas en las cuales, indistintamente, los católicos se unen a los que están separados de la Iglesia para tratar de cuestiones religiosas o de cuestiones morales. No hay que creer que no exista ningún pecado en este silencio, en el cual se omite intencionadamente y se relegan al olvido ciertos principios de la doctrina católica. Pues todas estas verdades, cualesquiera que sean, no tienen más que un solo y mismo Autor y Doctor, el Hijo único que está en el seno del Padre”.

Esto no impidió que durante diecisiete días se viera al cardenal Gibbons con su ropaje escarlata, a un brahmán vestido de rojo tocada la cabeza con un turbante verde, a un budista envuelto en una toga blanca, a mandarines chinos y bonzos japoneses cubiertos de seda, exponer lo que hacían sus cultos por la felicidad espiritual y temporal del hombre.

Esta “Feria de las Religiones” rica en color y dentro del estilo de los desfiles norteamericanos, acaso no chocaba en Chicago, pero cuando los padres Klein y Charbonnel lanzaron la idea de organizar un Congreso universal de las religiones en París, con ocasión de la Exposición Universal, el escándalo fue tal, que debieron renunciar; León XIII mandó decir: que era “más prudente que los católicos tuviesen su congreso aparte”.

Pero el asunto estuvo candente. El padre Charbonnel había lanzado una “Unión moral de las religiones”.
“Se hará —escribía en la Revue de Paris deI 1 de septiembre de 1895— UN PACTO DE SILENCIO SOBRE TODAS LAS PARTICULARIDADES DOGMÁTICAS QUE DOMINAN LOS ESPÍRITUS y un pacto de acción común por aquello que une los corazones, por la virtud moralizadora que está en toda fe. Sería el abandono de los viejos fanatismos, sería la ruptura de esta larga tradición de EMBROLLOS que mantiene a los hombres exasperados por sutiles disensiones de doctrina y el anuncio de nuevos tiempos (...). Ha llegado la hora —concluía el padre Charbonnel— para esta UNIÓN SUPREMA DE LAS RELIGIONES”.

Esta era muy exactamente la doctrina masónica expuesta en las CONSTITUCIONES de 1717, que establecían que los francmasones no están obligados más “que a esta religión en la que todos los hombres están de acuerdo, dejándoles la elección de sus opiniones individuales.

POR AHI, LA MASONERÍA SE CONVERTIRÁ EN EL CENTRO Y EL MEDIO de crear una fraternidad verdadera entre gentes que, sin esto, habrían quedado divididas para siempre”.
De esta forma, desde fines del siglo XIX, la penetración de las ideas masónicas se hace visible en una parte del clero y de los fieles.

COMIENZA LA OCUPACIÓN
Los modernistas notables, como los padres Lemire y Naudet aplaudieron la iniciativa de Charbonnel. Fonsegrive y Goyau compartían esta opinión. En Le Monde, del cual era director el P. Naudet, tuvo lugar una reunión preparatoria. Naudet hablaba “de bajar los puentes levadizos” y aseguraba: “los católicos DEBEN participar en el Congreso de las religiones” .

Hace treinta años, veinte años, diez años solamente —escribía Arthur Loth— la idea de añadir a una exposición de artes industriales un Congreso cosmopolita de las religiones hubiese parecido extravagante a todo el mundo... Jamás los Dupanloup, los Maret, los MontaIembert, los Falloux, habrían soportado que la Iglesia Católica que ellos habían intentado reconciliar con el siglo, viniese a abrir una tienda en la feria de las religiones”
Le Monde, ganado por los “innovadores”, aseguraba que sería una afirmación grandiosa “hecha por todas las religiones, decir que la religión es una cosa buena. Y no serán en absoluto UNOS DIOSES los que se coloquen en primer plano, sino que será LA IDEA DE DIOS, DEL QUE TODAS LAS RELIGIONES SON VEHÍCULOS MÁS O MENOS PERFECTOS”.

No, respondía Arthur Loth, esto será una lección de escepticismo. “La vista de la diversidad de religiones es lo que hay de menos propio para hacer nacer en los espíritus incrédulos el reino de Dios, y lo más capaz de hacer perder la fe a los demás. Así ha sido en todos los tiempos. Los romanos comenzaron a perder la fe en sus dioses, a medida que conocieron las divinidades de los pueblos extranjeros. Primero, los identificaron con los suyos para hacerse creer a sí mismos y hacer creer a sus súbditos que eran los mismos dioses; después terminaron por no creer en ninguno. La mezcla había sido la causa de su incredulidad.

“Así sucederá en París. El espectáculo de esta multitud de religiones asociadas con un mismo fin, confundidas en una misma representación, no hará más que fortalecer la duda. En presencia de tantas religiones, se creerá más fácilmente, o que todas ellas son buenas, o que todas ellas son indiferentes; viendo tantos dioses, uno se preguntará si ninguno vale nada o si hay uno que valga. El parisiense guasón hará un chiste del coleccionista escéptico a quien un amigo desmañado le dejó caer un ídolo de la estantería: ‘ Desgraciado! ¡ A lo mejor ese era el Dios verdadero !“ .

La época era un poco loca. El vizconde Melchior de Vogué, hablaba de “neocristianos”. Se los llamaba “las Cigüeñas”, según el título de uno de sus artículos de la Revue des Deux Mondes.

En resumen, como en el tiempo de Lamennais, se tenía la impresión de que el cristianismo comenzaba solamente en este final del siglo XIX y que le hacía falta silenciar sus dogmas para “ganar el corazón de los extraviados”.

León XIII comenzaba a dudar de las excelencias de la política del “Ralliement”. Muy atento a la acción subterránea de la Francmasonería que no dejaba de denunciar, hizo saber que este pacto del silencio“tendría por efecto separar a los católicos de la Iglesia en lugar de hacer volver a los disidentes”.

Henry Béranger confesará algunos años más tarde:
“En realidad, no es verdad que la Iglesia católica se haya beneficiado del movimiento neocristiano que nos arrastraba... La Iglesia no ha reconquistado una sola alma de entre las nuestras, y nosotros hemos conquistado muchas de entre las suyas”

El sacerdote apóstata Hyacinthe era naturalmente uno de los más ardientes defensores de este congreso de las religiones que se quería reunir en la Exposición de 1900: 

“El Padre Hyacinthe —escribía Arthur Loth— encontró buenas todas las ocasiones para afirmar que en el futuro se formará entre los diversos cleros y los diversos creyentes, una religión superior que los reunirá a todos y de la que él se ha constituido en sacerdote desde ahora: esto es un efecto de su apostasía.. . Les es lícito al pastor Holland y al Padre Hyacinthe, organizar con los rabinos, los muftíes, los derviches, los faquires y otros hierofantes de falsos dioses, todos los congresos y teatros de las religiones que quieran imaginar para la diversión de la Exposición de 1900; pero la Iglesia Católica debe permanecer fuera de todas las exhibiciones de este género. Ella es la Iglesia de Jesucristo. Es lo que es por su Divino Fundador. Ella sola es la depositaria de la verdad religiosa. No solamente no tiene nada que tomar o que recibir de las otras religiones, sino que tiene que darles todo. No admite ni tolerancia, ni compromiso en materia de dogma y su moral es la moral misma del Evangelio.”
“La Iglesia Católica no puede aparecer en medio de las otras religiones sino con la superioridad que le da su divina institución. ELLA NO ES NADA O LO ES TODO”.

Habiendo prohibido el cardenal arzobispo de París la “feria de las religiones” el padre Charbonnel le escribió: 

“El congreso de las religiones, parece que es la glorificación del principio de tolerancia. Tanto mejor, ciertamente. Pero nuestros buenos sectarios —y los hay ‘de todas clases’, como entre los jesuitas de Pascal— no recuerdan que ‘toda verdad es intolerante, y sobre todo la verdad religiosa’, que ‘la intolerancia es el principio de la vida de la Iglesia Católica’. Los innovadores estarían pues en el error, pero el error, proclama Charbonnel ‘el error no existe en sí’.
Sólo se le podría concebir como ‘no ser’ la verdad y únicamente se le podría alcanzar en la persona. El error, es a fin de cuentas el pensamiento de alguien... Acosar un error fue y sigue siendo, cualquier casuística que se haga, acosar a las personas (...) LAS RELIGIONES DEBEN SER CONSIDERADAS DEL LADO DEL HOMBRE. No se trata tanto de religiones como de hombres religiosos, y no tanto de CREDO y de verdad, como de almas creyentes y de sinceridad. Y también, más allá de sectas y capillas, en una comunión superior de aspiraciones, de sentimientos, de oraciones, se forma la noble elite de las almas religiosas, verdaderamente la ‘Iglesia’ de tantos elegidos que, por la ascendente paz de las creencias o por sentimientos y deseos de fe, o por los torrentes de un pensamiento inquieto, o por las llamadas de su sufrimiento, con la mirada hacia la luz, buscan a Dios”.

Y Charbonnel se queja de que haya sido ahogada “la voz de Lamennais, de los Lacordaire, de los Montalembert”, pero proclama que hoy “un Manning de Inglaterra, un Ireland de Norteamérica, y un León de Roma, han querido hacer revivir el viejo y liberal Evangelio prescrito: EL EVANGELIO DE LAS MULTITUDES”. Charbonnel se quedó solo obstinándose y acabó por secularizarse.
La gran idea de los innovadores, a finales del siglo pasado, es la de fundar la Iglesia “en el Siglo”, como ellos dicen:
“¡ La Iglesia y el Siglo! —escribe Mons. Ireland—. Ponedlos en íntimo contacto, sus corazones baten al unísono; EL DIOS DE LA HUMANIDAD opera en el uno, EL DIOS DE LA REVELACIÓN SOBRENATURAL opera en el otro; en ambos es el mismo y único Dios”.

Como el siglo va a la Democracia (¡y qué!, ¿acaso solo?) la Iglesia, estima Monseñor Ireland, debe aliarse a la Democracia: “Estamos actualmente en la edad de la democracia. Los monarcas ya no ocupan el trono sino para ejecutar la voluntad del pueblo. Pobre de la religión si no comprende este hecho” .

La Iglesia “ha comprendido”, dicen ellos. León XIII compromete a los católicos franceses en la política del “Ralliement” y Mons. Ireland asegura que “las gloriosas encíclicas a la nación francesa, traen el beso de la paz, tan largamente deseado, de la Iglesia a la democracia. La sonrisa de la Iglesia, que los emperadores y los reyes reclamaban en otro tiempo como su derecho exclusivo, se vuelve ahora hacia la forma más bella y la representación más elevada de los derechos populares, hacia la República”.

Sin embargo, el arzobispo de San Pablo de Minnesota es un poco como M. Zola. Duda de la vocación democrática de Francia y proclama, dos años después de que León XIII haya condenado estas tesis:
“Creo que una misión divina ha sido asignada a la República de los Estados Unidos; esta mishón es la de preparar el mundo por el ejemplo y por la influencia moral, al reino universal de la libertad humana y de los derechos del hombre. Norteamérica no vive para ella sola; LOS DESTINOS DE LA HUMANIDAD ESTÁN CONFIADOS A SU CUSTODIA. Ninguna doctrina de Monroe confina su democracia a las costas del Atlántico y del Pacífico”.

Texto singular donde ya se dibuja ese imperialismo pandemocrático que va a caracterizar la política norteamericana a todo lo largo del siglo XX. La idea de enganchar la Iglesia a este imperialismo, destinado a imponer las ideas de 1789 en el mundo, era la más asombrosa que se puede imaginar, pero la época es la de las grandes desviaciones del espíritu.

En su prefacio a la traducción francesa del libro de Mons. Ireland, verdadero manifiesto del modernismo, condenado en la época bajo el nombre de “americanismo”, en razón de su origen geográfico, el padre Klein aseguraba que la Iglesia “bendice la democracia y la considera como la eflorescencia de sus propios principios de igualdad, de fraternidad, y de libertad de todos los hombres ante Cristo y por Cristo”.
La VIE DU P. HAEKER (Vida del P. Haeker) traducida también por el P. Klein, y precedida de una introducción de Mons. Ireland y de una carta de Mons. Gibbons, fue otro manifiesto del partido. Condenado, el libro fue retirado de la venta. Los autores se inclinaron “pero las ideas no se eliminan fácilmente de los cerebros que les han dado asilo”.

Más tarde, Charbonnel confesará: “Sin ninguna duda, debo a las ideas que estos hombres (el P. Haeker, Mons. Ireland, Mons. Koane y el padre Klein) representan, si se quiere, mi apostasía, y yo digo mi Liberación”.

Se trata pues bien claramente de una “nueva Iglesia” que ya tiene sus “nuevos sacerdotes”. Descansa en la idea de una unión moral de religiones, “es decir, de un terreno que no pertenece en particular a ninguna y a todas”; es la misma definición de la francmasonería:
“La Masonería es la moral universal que conviene al habitante de todos los climas, AL HOMBRE DE TODOS LOS CULTOS... su moral una e inmutable, es más amplia y más universal que las de las religiones nativas siempre exclusivas”.
“Hay una religión universal, enseñaba ya el Gran Oriente a mediados del siglo XIX, QUE ENCIERRA TODAS LAS RELIGIONES PARTICULARES DEL GLOBO: es la que nosotros profesamos”.


Curiosamente, también ésta era la idea de “la Alianza Israelita Universal”, desde su fundación:

“La Alianza Israelita Universal —escribía su fundador Adolphe Crémieux— apenas nacida (1861), ya hace sentir su influencia saludable a lo lejos. … NO SE LIMITA A NUESTRO SOLO CULTO, SE DIRIGE A TODOS LOS CULTOS. QUIERE PENETRAR TODAS LAS RELIGIONES, como penetra en todos los países. Que los hombres cultivados SIN DISTINCIÓN DE CULTO, se unan a esta Asociación Israelita Universal cuyo fin es tan noble, tan ampliamente civilizador. Tender una mano amiga a todos esos hombres que nacidos en una religión distinta a la nuestra, nos tienden una mano fraternal, reconociendo que TODAS las religiones cuya moral es la base y cuya cima es Dios deben ser amigas entre ellas, haciendo así caer las barreras que separan LO QUE DEBE REUNIRSE UN DÍA, he aquí, señores, la bella, la gran misión de nuestra Alianza Israelita Universal”.

De este modo, se dibuja un inmenso movimiento en la segunda mitad del siglo XIX a favor de la idea masónica de una Religión Universal. Ya tiene sus adeptos en el seno mismo de la Iglesia romana, aunque constituye la negación del fundamento mismo de la Iglesia: la Revelación.

Los espíritus más avisados observan este movimiento con inquietud.

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