jueves, 2 de septiembre de 2010

México Mes de la Patria

AMÉRICA PELIGRA

Salvador Borrego

Alma en formación


C A P I T U L O    I


La evolución y perfeccionamiento de un pueblo se realiza primero en el interior de su conciencia y luego emerge al exterior en creaciones tangibles.




ADQUIRIENDO CONCIENCIA DE UNA NUEVA NACIONALIDAD


México es un conjunto de riquezas y de miseria, de energías estáticas y de fuerzas en acción, de anhelos ansiosos de ascender y de insidias empeñadas en frustarlos; México es un arcoiris de impulsos positivos y negativos, que aún no se funden en una nueva luz; es un país en busca de la plenitud de su nacionalidad.
La nación va adquiriendo plenitud a medida que sus integrantes van tomando conciencia de su nacionalidad. 


En México tenemos todavía tenemos una enorme masa de población carente de esa conciencia, pues de la vida primitiva de lo indio -rodeada de sombras y alentada por destellos- pasó al torbellino del mestizaje para transformarse en algo distinto y nuevo. Y este proceso no concluye aún.


Así como la conciencia tribual determina que el individuo dedique algo de su esfuerzo a la preservación y al desarrollo de su tribu, la conciencia de su nacionalidad -de un orden superior a la primera- determina que el ciudadano encauce parte de sus energías y de sus anhelos hacia un ámbito mayor, hacia el desenvolvimiento de su nación.


Familias aisladas, sin conciencia de los peligros comunes que las acechan y de las metas comunes que desean alcanzar, no forman el organismo mayor, más fuerte y creador, llamado tribu. Y así igualmente las comunidades sin conciencia de unidad no forman el organismo mayor, complejo y múltiple llamado nación.


Al despertar a la vida el individuo empieza sintiendo sólo los estrechos límites que puede ver y palpar; sólo en ellos cree y sólo dentro de ellos se mueve; su ser lo configura el ámbito de su familia y fuera de ella está la comarca de lo extraño y lo hostil. Cuando esa conciencia se amplía, cuando puede percibir  que el agrupamiento de varias familias integra un organismo en cierta forma superior a ellas, como la tribu, entonces su vida de realización se eleva a un ámbito mas amplio y parte de sus anhelos se encauzan también en hacia metas mas lejanas y reclaman asimismo un esfuerzo mayor. 


Todavía dentro de los límites de la tribu, el individuo se siente parte de un organismo social que puede ver y palpar a cada instante la realidad incisiva de sus sentidos, le da a cada paso constancia de la efectividad de la vida de relación en que se mueve. Pero de ahí en adelante la conciencia individual y tribual necesita saltar sobre un abismo para convertirse en conciencia nacional, que opera ya dentro de un ámbito que el testimonio de los sentidos no alcanza fácilmente a percibir.


Sólo cuando este esplendor de la conciencia ocurre, a través de las misteriosas vías metafísicas de la fe que complementa la evidencia diaria de los sentidos, es cuando una miríada de minúsculas existencias confluye a formar la vida y el futuro de una nación. Y sólo entonces es cuando existe una nación en plenitud en que se potencian todos los esfuerzos, los anhelos y las esperanzas de sus integrantes.


México todavía no alcanza esa plenitud porque tiene una gran masa de población que ciertamente no carece de la nacionalidad externa y circunstancial -dada por el simple hecho de nacer en determinada región geográfica- pero en todo lo social si carece de la nacionalidad interior  que sólo se adquiere mediante una conciencia de conjunto, bajo una misma tradición y un sendero común. Sendero  tan común que la suerte adversa o afortunada del compatriota o de las generaciones futuras hace sentir su influencia en la propia sensibilidad.


La forma externa de la nación es el perfil geográfico; en nuestro caso dos enormes costas recortadas por el mar y dos líneas divisorias, una de ellas marcada por la desgracia que no supimos dominar; y dentro de este perfil, una extensión territorial de infinitos contrastes y una mas de población igualmente contradictoria: ignorantes y cultos, misérrimos y acaudalados, irresponsables y conscientes, vulgares o sensibles a todas las gamas de espíritu.


Pero todo esto es el cimiento terrestre, el pedestal geográfico, sobre los cuales se erige lo que es la esencia de la nación, o sea la conciencia y el sentimiento de pertenecer a una misma alma nacional.


Pese a su palpable evidencia, la dimensión geográfica y la vida jurídica de una nación son menos auténticas y firmes que la conciencia de nacionalidad de sus integrantes . Por eso frecuentemente ha ocurrido que naciones privadas del dominio de su territorio, de sus instituciones y de su propio mando político, pero con ciudadanos unidos espiritualmente, han sobrevivido  La desgracia y han triunfado de ella.


La nación no solo alcanza su plena existencia sólo con territorio y con un nombre. Egipto, el de los faraones y la esfinge, no fue lo que fue en la historia por el suelo que abarcaba y por el nombre con el que se le conocía. Lo fue por el espíritu, por el ímpetu común, por la confianza mutua de los egipcios que daban aliento a su nación en su paso por la historia. Grecia, la de minúsculas fronteras, la de territorio quebradizo y precario, esta todavía allí, en el mismo sitio, bajo el mismo cielo, rodeada del mismo mar, y sin embargo, no es la misma de hace 25 siglos porque no arde en ella el espíritu común de aquellas generaciones ya idas que alentaron su esplendor.




Continuará...


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