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sábado, 6 de agosto de 2011

¿Venerar la sangre de un no mártir?


Se comprendería más como reliquia las ropas ensangrentadas del Papa tras el disparo de Ali Agca, y la muerte de Juan Pablo II a causa del acto mismo, pues se trataría de un martirio.
Pero extraer sangre del cuerpo del Papa primeramente con supuestos fines terapéuticos para luego convertirlos en reliquia se puede rayar en fanatismo.
¿Que en México no estamos bañados de sangre de verdaderos mártires?

Reliquias de Juan Pablo II serán traídas a México


El beato Juan Pablo II llegará nuevamente a México, pero esta vez representado por sus reliquias que peregrinarán por diferentes diócesis del país durante cuatro meses.
La Secretaría General de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) precisó que el 17 de agosto llegarán al Aeropuerto Internacional de la Cuidad de México las reliquias del papa polaco, y a partir del 25 de agosto iniciarán su peregrinar desde la Basílica de Guadalupe.  
Las reliquias que llegarán a México son catalogadas como de primer grado y consisten en una cápsula que contiene sangre del beato, que será expuesta a la veneración pública por parte de la Iglesia Católica, junto con una figura de cera del “Peregrino de la Paz”, revestida con los distintivos pontificios.  
El presidente de la CEM y arzobispo de Tlalnepantla, Carlos Aguiar Retes, señaló que el “recuerdo y el amor” que profesó a México el ahora beato Juan Pablo II debe conducir al fortalecimiento de la fe del pueblo mexicano.  
Sobre todo, insistió, en estos momentos difíciles que atraviesa la nación, donde es necesario recuperar la paz y la convivencia pacífica para construir un México más justo y fraterno.  aquí

Errores que se deben evitar en relación a las reliquias:

1- Creer que las reliquias tienen poder por sí mismas. Esto sería magia y superstición. Nuestra atención al venerarlas está en el santo.
2- Exagerar la importancia de las reliquias en la Iglesia. Las reliquias pueden ser una ayuda a la fe pero no son parte central de ella.


3- Despreciarlas o dudar que Dios pueda utilizar sus instrumentos escogidos para hacer milagros según sus designios. Ejemplo: ¿Acaso necesitaba Dios darle una vara a Moisés para hacer milagros? No. Dios no necesita ni de la vara ni de Moisés, pero Dios sí ha querido valerse de ambos.


4- Comerciar con reliquias, falsificarlas, explotar a los ingenuos. Sin duda se han cometido excesos de este tipo. San Agustín (+430) denunció a impostores vestidos como monjes que vendían reliquias falsas. El Papa San Gregorio (+604) prohibió la venta de reliquias y la perturbación de tumbas en las catacumbas. A pesar de ello se cometieron muchos abusos. Los protestantes, en vez de rechazar los abusos rechazaron las reliquias en general. El Concilio de Trento (1563) defendió la invocación a los santos, la veneración de las reliquias y las tumbas de los santos.






La Santa Sangre de la iglesia de la Santa Sangre, Brujas; Bélgica. En esta iglesia se guarda la ''Sangre de Cristo'', que según la tradición, fue traída por Thierry de Alsacia, conde de Flandes, a su regreso de Tierra Santa durante la Segunda Cruzada, desde Jerusalén en el año 1150. En recuerdo a esto, se celebra anualmente, la Procesión de la Sagrada Sangre, se realiza el Día de la Ascensión.

domingo, 10 de julio de 2011

LA MASONERÍA EN LA HISTORIA DE MÉXICO


PRÓLOGO Y ADVERTENCIA
Enemiga perversa e irreconciliable de la Iglesia Católica, la masonería en la historia de México ha sido aliada para el intento de destrucción de los valores cristianos de ésta Nación, en general y en el mundo entero para unir a todos los hombres en el culto del supremo Arquitecto del universo, sin más dogmas ni preceptos que los de la sola razón. Su fin: la propagación de todos los errores y todos los vicios, para corromper y dominar al hombre y la sociedad.
Aunque oculta en su origen y naturaleza -mentiras difundidas por ellos mismos para llevar a cabo sus fines y propósitos-, son visibles sus planes y tendencias: conspirar contra los Estados y sociedades en donde habita. Inculcar la idea de prescindir de Dios y de glorificar al hombre, para convertir a la sociedad teocentrista en una sociedad antropocentrista y la aspiración de una felicidad humana sólo material y terrena por la vana satisfacción de los instintos y apetitos sin referir nunca a la vida eterna.
La masonería ha intervenido directamente en etapas claves en la formación de la Nación Mexicana: La Independencia, la Reforma, la Revolución y la Guerra Cristera. Llevando al enfrentamiento la problemática social, religiosa y política del país, determinando el sentido de su historia y tratando de arrancar de tajo los valores de la civilización cristiana y de la Cristiandad que maravillosamente sentaba sus bases en la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana bajo su dirección influencia e inspiración y que había manifestado como en ninguna Nación el progreso moral, intelectual y material de ésta sociedad con un fin eterno; truncada por una minoría que poco a poco fue dominando las altas esferas de la política e imponiendo su ideología.
He aquí sus corifeos y propagadores.
LA MASONERÍA EN NUEVA ESPAÑA
El primero de noviembre de 1765, llegó a México el primer documento con ideología liberal. Fue el Conde de Aranda, de la Gran Logia de España, quien trajo de ese país las liturgias y arreos de la masonería con el propósito de practicar el rito yorkino que había cobrado gran auge en la Madre Patria , procedente de las logias inglesas que se habían infiltrado en la Península Ibérica.
En la segunda mitad del siglo XVIII, mientras España se debilitaba bajo Carlos III, crecieron visiblemente las fuerzas internacionales hostiles a al imperio español; fue una época de grandes acontecimientos. En Francia e Inglaterra aumentó la influencia de las logias, que protegidas por el secreto pudieron actuar desde la sombra y mover a las masas de acuerdo a sus planes. No sería ya el judío, relativamente insignificante en número el que saldría a luchar contra los regímenes políticos y las instituciones católicas, sino las masas -incluyéndose las masas cristianas- que movidas por él y enardecidas con visos altruistas dieron la cara al peligro. Las necesidades insatisfechas y las eternas injusticias disfrazaban los auténticos móviles de la lucha oculta.

Con el visto bueno y el apoyo econónico de la Gran Logia de Inglaterra del Rito de York se habían establecido en España, en 1728, cuatro logias: dos en Gibraltar, una en Madrid y una en Cádiz; de estas logias salieron los primeros masones que llegaron a Nueva España en la época de la colonia. La primera logia mexicana fue fundada en el año de 1806 por el español don Enrique Mugi en la casa de don Manuel Luyando, regidor del ayuntamiento, también de origen español, en el callejón de las Ratas No. 5 que actualmente es un predio en una calle perpendicular a la calle de Bolívar, colonia centro, delegación Cuauhtémoc, código postal No. 06080 México, Distrito Federal.
Los fundadores de esta logia fueron el Marqués de Ulupa, el Lic. Primo de Verdad, el Coronel Ignacio Moreno, el Lic. Miguel Domínguez y otros tres más cuyos nombres no se conservan en los documentos históricos. Los forjadores de la doctrina Independentista fueron influidos por la ideología de la Revolución Francesa , pero de manera fundamental, por la filosofía de la francmasonería (masonería francesa); ambas corrientes ideológicas fueron determinantes en el acontecer político, económico y social en detrimento de la Nueva España.
El cura del pueblo de Dolores, don Miguel Hidalgo y Costilla, don Ignacio Allende y el primer canónigo de la Catedral de Guadalajara don Ramón Cardeña y Gallardo solicitaron ingresar a la masonería. Fueron aceptados y la ceremonia de su iniciación se llevó a cabo a las 7 de la noche del miércoles 9 de abril de 1807. Esta logia se convirtió en un centro de conspiración política y fue denunciada por un vecino, militar con grado de Cabo, de apellido Franco el 11 de mayo de 1808; el templo masónico fue allanado y varios masones fueron encarcelados y sentenciados a muerte por el tribunal de la Santa Inquisición. Hidalgo y Allende no habían asistido en esa ocasión a los trabajos masónicos. Los “libertadores” de la patria participaron en la formación de diversas logias que en realidad eran copias de las españolas.
En vista de que el rito escocés y el rito yorkino prohibían la conspiración política, decidieron trabajar con el rito de Ramsay, que constaba de 6 grados: aprendiz, compañero de gremio, maestro, maestro escocés, novicio y templario. La tendencia de las logias masónicas era política y básicamente estaban impulsadas por militares inconformes con el Virreinato y por políticos inmigrantes de Europa. Todos querían participar en la repartición del botín que significaba para ellos el nacimiento y esplendor de Nueva España y la intención de desligarla de la Madre Patria. Vino después el inicio de la guerra de Independencia a las 11 de la noche del viernes 15 de septiembre de 1810 y posteriormente la consumación el miércoles 27 de septiembre de 1821. Al constituirse el México Independiente, los países poderosos de esa época, fueron reconociendo la autonomía de la República Federal Mexicana y enviaron embajadores. Los Estados Unidos de Norteamérica nombraron como su embajador a un diplomático que resultó ser Pastmáster de una logia de Louissiana llamado Joel Roberts Poinsett, quien decidió difundir en nuestro país el rito yorkino para lo cual auspició la instalación de logias masónicas de ese rito que consta de 3 grados; aprendiz iniciado, compañero masón y maestro masón. La fuerza de la masonería americana comenzó a conquistar adeptos. Varios masones que habían destacado en el campo de la política y del ejército, se pasaron al rito de York, pues consideraron que ofrecía mejores perspectivas que la de los ritos escocés y de Ramsay que se practicaban en nuestro país.
Finalmente a las 21 horas del día miércoles 29 de septiembre de 1825 después de la lectura de un discurso llamado trazado de arquitectura, según la nomenclatura masónica, se declaró oficialmente instalado el Gran Oriente del rito de York en la República Mexicana. El rito escocés es uno de los mas completos y extensos. Consta de 33 grados: aprendiz, compañero, maestro, maestro secreto, maestro perfecto, secretario íntimo, preboste y juez, intendente de los edificios, maestro elegido de los nueve, ilustre elegido de los quince, sublime caballero elegido de los doce, gran maestro arquitecto, real arco de Salomón, gran elegido, sublime y perfecto masón, caballero del oriente o de la espada, príncipe de Jerusalén, caballero del oriente y occidente, ilustre caballero rosacruz, gran pontífice, venerable maestro ad–vítam, patriarca noaquita, príncipe del Líbano , jefe del tabernáculo, príncipe del tabernáculo, caballero de la serpiente de bronce, príncipe de la merced, soberano comendador del templo, caballero del sol, gran escocés de San Andrés, ilustre caballero kadosch, gran inspector inquisidor comendador, sublime príncipe del real secreto y soberano gran inspector general.
En vista de que ambos ritos tenían la meta de tomar las riendas del Estado Mexicano fue necesario conciliar las rivalidades y se creó el Rito Nacional Mexicano compuesto de 9 grados; aprendiz , compañero, maestro, caballero del secreto, maestro perfecto, caballero elegido de los nueve, caballero elegido de los quince, gran maestro arquitecto y caballero del águila mexicana. Después de un trazado de arquitectura siendo las catorce horas del día sábado 26 de marzo de 1826 quedó constituida oficialmente la Gran Logia Nacional Mexicana.
En la proximidad del primer cambio de mando en la conducción del país salieron a flote las pasiones políticas, siendo primer Presidente de la República el General Guadalupe Victoria –cuyo verdadero nombre era Miguel Ramón Fernández y Félix– empezó la efervescencia política. Don Guadalupe había sido Respetable Gran Maestro del Rito Escocés y lanzó como su candidato al General Manuel Gómez Pedraza, distinguido masón que había sido venerable maestro de la respetable logia simbólica “amigos de la esperanza No. 7″ y que dentro del gabinete Presidencial desempeñaba el cargo de Ministro de Guerra. Sin embargo, la mano norteamericana impidió que un masón el rito escocés gobernara de nuevo a nuestro país y recomendó a un masón distinguido del rito yorkino: el antiguo General insurgente Vicente Guerrero, quien fue postulado para el cuatrienio 1828-1832. Por diversas circunstancias, el General Vicente Guerrero Saldaña, gobernó solamente en esta ocasión del 1 de abril de 1829 al 17 de diciembre del mismo año. Como puede notarse, a causa de la injerencia norteamericana, hubo el primer rompimiento entre un Presidente de la República y un candidato que no era de su simpatía. Posteriormente, el General Anastasio Bustamante, masón del rito escocés se rebeló en contra de su hermano masón del rito yorkino, argumentando que había sido impuesto por los yanquis. Debido a las presiones políticas de los masones del rito de York, el General Bustamante renunció públicamente al rito escocés y se pasó al yorkino, aunque de manera oculta apoyaba con recursos económicos al rito escocés. Para los norteamericanos ahora el rito yorkino estaba ya encabezado por Bustamante, quien tenía el poder; no tenía caso entonces seguir apoyando a Vicente Guerrero, quien además era acérrimo enemigo de Bustamante. Por tanto ordenaron el asesinato disimulado del general Vicente Guerrero Saldaña. Con el asesinato de Guerrero, el rito nacional mexicano, que hasta entonces no había tenido una gran aceptación, cobró fuerza.
En una etapa tan difícil para el país llegó al escenario político Antonio López de Santa Anna. Proclamándose públicamente como masón del rito escocés; sin embargo, nunca fue iniciado pero conocía a la perfección los signos, tocamientos, marchas, baterías, saludos, palabras sagradas, palabras de pase, señas y contraseñas en la masonería azul, los cuales seguramente le habían sido revelados por masones traidores a la orden. Santa Anna embaucó a muchos que creyeron que era masón. Don Valentín Gómez Farías, masón del rito nacional mexicano, siendo ya Presidente de la República , publicó un programa político de ideología liberal que giraba en torno a 3 grandes apartados:
  • Supresión de las instituciones monásticas y de las leyes que otorgaban a la Iglesia el conocimiento de los negocios civiles.
  • Cancelación de los fueros del clero y de la milicia.
  • Educación pública gratuita y laica.
LA ÉPOCA DE LA REFORMA
Estas disposiciones, fueron las que provocaron la caída de Gómez Farías y la vuelta al poder de Santa Anna. Años después los liberales agrupados en el rito nacional mexicano, fueron los que redactaron la Constitución de 1857, misma que sirvió de base a la de 1917 que rige ahora.
El 27 de diciembre de 1865 se fundó el Supremo Consejo del Gran Oriente de México, habiéndose leído la carta fundamental de la orden que dice textualmente: Ordo Ab Chao. Universi Terrarum Orbis Architectonis Ad Gloriam Ingentis. Deus Meumque Jus. Verdaderas, Institutas, Secretas y Fundamentales de la orden de los antiguos francmasones libres y asociados y constituciones del rito escocés antiguo y aceptado de antiguos, libres y aceptados masones: año de 1786. Nos, Federico, por la gracia de Dios, Rey de Prusia, Margrave de Brandebourg, soberano, gran protector, gran comendador, gran maestro universal y conservador de la antiquísima y respetabilísima asociación de antiguos francmasones o arquitectos unidos. Llamada también orden real y militar del arte libre de trabajar la piedra o francmasonería. Tolerancia, Unión, Prosperidad. A todos los ilustres y carísimos hermanos, que la presente vieren. Fieles a las importantes obligaciones que nos impusimos al aceptar el protectorado de la antiquísima y respetabilísima institución… etc… el primer grado es inferior al segundo, éste al tercero y así de los demás, hasta el grado sublime trigésimo tercero y último cuyos poseedores vigilarán y gobernarán a todos los que tengan los otros. Un cuerpo o reunión de miembros de este grado formará un Supremo Gran Consejo, depositario del Dogma; y defensor y conservador del orden, que regirá y administrará conforme a las presentes y demás constituciones decretadas… etc; …dado en nuestro palacio de Berlín, el día de las calendas. Primero de mayo, año de gracia de 1786 y 47 de nuestro reinado. Firmado: Federico.
El supremo Consejo del Rito Escocés Antiguo y Aceptado ofreció el cargo de máximo dirigente denominado: Muy Poderoso Soberano Gran Comendador, al masón grado 18 Maximiliano de Habsburgo, en el entendido de que si aceptaba el cargo, de inmediato le serían conferidos los grados 19o. al 33o. Maximiliano declinó cortésmente el ofrecimiento pero sugirió que tres incondicionales suyos ocuparan los cargos de:
a) Ilustrísimo Teniente Gran Comendador.
b) Gran Secretario General y Guardasellos y
c) Gran Orador.
Dicha sugerencia fue aceptada de inmediato. Con el triunfo de las armas mexicanas sobre los invasores franceses el rito escocés prácticamente quedó sin actividad. En masonería cuando algo o alguien queda inactivo se dice que está en sueños. Al quedar este rito en sueños resurgió con gran rapidez el Rito Nacional Mexicano cuyo Gran Maestro era el General Ignacio Comonfort. Al fallecer Comonfort, la dirigencia de la Gran Logia Nacional Mexicana fue ocupada por el General Porfirio Díaz, quien poseía el grado 9o., Gran Inspector o Caballero del Águila Mexicana, que era el máximo grado de este rito y equivalente al grado 33o del rito escocés. En 1896 los masones de todos los ritos, a pesar de sus rivalidades y rencillas internas, se agruparon y firmaron un documento al que denominaron “balaustre de protesta” por medio del cual manifestaron su inconformidad ante la Presidencia de la República y ante la opinión publica por la excesiva intervención del clero político en los asuntos del Gobierno y de la vida social, económica y política del país.
En ese mismo documento censuraban a su hermano masón Porfirio Díaz Mori por permitir la coronación de la imagen de la Virgen de Guadalupe.
La causa era que Porfirio Díaz había iniciado su carrera en el rito escocés, el cual tiene un acentuado espíritu religioso. El lema de este rito es: “A la Gloria del Gran Arquitecto del Universo”. El lema del rito nacional mexicano es: “Al Triunfo de la Verdad y al Progreso del Género Humano”. Lema este último que se dice fue propuesto por el doctor en medicina don Valentín Gómez Farías. Aunque Porfirio Díaz Mori restringió la acción de la masonería en asuntos políticos, sí favoreció la creación de logias libres, las cuales trabajaban bajo la bóveda celeste, es decir sin adscripción a ninguna Gran Logia.
LA REVOLUCIÓN
Años más tarde en una logia del rito nacional mexicano que trabajaba en forma independiente llamada “Respetable Logia Simbólica Lealtad No. 15,” expresó sus ideas revolucionarias el masón don Francisco Ignacio Madero González. Estos principios doctrinarios, para derrocar a su hermano masón, el dictador, fueron fructificando con el paso del tiempo. Al llegar Francisco I. Madero González a la Presidencia de la República varios masones formaron parte de su gabinete. Pero se dice que algunos sabían que Victoriano Huerta lo iba a traicionar y no fueron capaces de avisarle, pisoteando los juramentos de la orden. Veamos qué dice el juramento del segundo grado o grado de compañero: “…prometo también servir a mis hermanos como leal compañero, defenderlos y socorrerlos y librarles de todo peligro que les amenazare, avisarles y procurar librarles de todo peligro cuando sepa que están perseguidos particular o judicialmente.”
La Constitución de 1917 fue obra de altos dignatarios masones, quienes dieron forma y contenido jurídico a los ideales de la Revolución Mexicana y a las aspiraciones del pueblo; de los 118 diputados del congreso constituyente, 74 eran masones. Fue así como la filosofía masónica, el pensamiento liberal y la doctrina de la justicia social quedaron tristemente plasmados en nuestra Carta Magna. En la integración de la jauría revolucionaria la influencia masónica es incuestionable; la consolidación del sistema político mexicano obedeció a la presencia de la ideología liberal de militares y políticos.
LA CRISTIADA CONTRA LA MASONERÍA
Es innegable también que la masonería norteamericana ha metido las manos en la conducción política en nuestro país. Los masones mexicanos han reconocido que si nada puede hacerse contra los Estados Unidos, nada puede hacerse sin ellos. En la época de Emilio Portes Gil la masonería y el Gobierno estaban tan estrechamente relacionados que era preciso ser masón para ocupar un puesto de importancia.
Hasta la década de los treinta para ser político u oficial del ejército se tenía que ser masón. Para dar idea del poder que la masonería tenía en la vida política del país recordemos que luego de los acuerdos tomados para intervenir en el conflicto religioso de la Cristiada , la propia masonería recriminó públicamente al Presidente de la República Lic. Emilio Portes Gil el haber dialogado con la Iglesia, a lo que el Presidente contestó públicamente:
“y ahora, queridos hermanos, el clero ha reconocido plenamente al Estado, y ha declarado sin tapujos que se someterá estrictamente a las leyes. Yo no podía negar a los católicos el derecho que tienen de someterse a las leyes … la lucha es eterna, la lucha se inició hace 20 siglos … y mientras yo esté en el Gobierno, yo protesto ante la masonería que seré celoso de las Leyes Constitucionales… en México, el Estado y la masonería, en los últimos años, han sido una misma cosa.”

Desde la introducción de la masonería en México, hasta 1926, los ritos yorkino y escocés, estuvieron dirigidos por extranjeros, principalmente norteamericanos. Esto explica que los dirigentes masones respondieron a los intereses extranjeros antes que a los intereses mexicanos. El General Lázaro Cárdenas del Río que fue iniciado en la Gran Logia Nacional Mexicana cuya fuerza había decaído considerablemente, decide fundar el 22 de junio de 1927 la Gran Logia Simbólica Independiente Mexicana, que a pesar de no ser bien vista ni reconocida entre los ritos existentes, gozó de gran popularidad y se difundió por toda la república.
Cientos de talleres masónicos se establecieron lo que propició la difusión y penetración de la ideología cardenista; fue la fuerza de estas logias cardenistas la que, verdaderamente llevó al poder a don Lázaro; desde luego con la aprobación y apoyo del hermano mayor grado 33o., el dirigente masón, General Plutarco Elías Calles. Con Lázaro Cárdenas del Río la masonería mexicana vivió su mejor época. La historia nos señala que casi todos los funcionarios gubernamentales y altos oficiales del ejército eran masones. En ese tiempo se acuñó una frase:¿Quién que es, no es masón? Al llegar el cambio presidencial de don Lázaro, las luchas políticas afloraron y los preceptos morales de la orden masónica, la obediencia a los juramentos y el amor fraternal se esfumaron. Hubo zancadillas, traición, puñaladas por la espalda y difamación; las luchas fratricidas fueron el orden de cada día; cientos de Caínes eliminaron de la política a sus hermanos Abeles y la decadencia de la masonería hizo su aparición.
LA ERA MODERNA
Con la llegada al poder del General Manuel Ávila Camacho, masón grado 30º, y del Lic. Adolfo López Mateos, masón grado 18º, hubo acciones en favor de la masonería.
En una entrevista por televisión llevada a cabo hace alrededor de un cuarto de siglo Luis Spota preguntó a Alfonso Sierra Partida: “¿la masonería tenía una gran importancia, por lo menos a nivel de hombres políticos, de hombres públicos; o ha decrecido, en términos generales, el interés por la masonería en México, o por el contrario, ha aumentado? El Presidente Vitalicio de la Confederación Nacional de Grandes Logias Regulares de la República Mexicana contestó lo siguiente: ” yo no estoy autorizado para denunciar a mis hermanos; pero lo puedo hacer. Los secretos masónicos son en realidad sumamente relativos. La masonería ha tenido en México, venturosamente, para el desarrollo social, político y filosófico de nuestro país, preponderancia en todas sus etapas que consideramos positivas, como la Independencia , La Reforma y la Revolución. Hombres de la masonería intervinieron en forma definitiva en el logro de estos cambios sociales en épocas anteriores, pues entre ellos podríamos citar en la Independencia al mismo Hidalgo, a Morelos, a Vicente Guerrero, a Nicolás Bravo, a Mina, a Guadalupe Victoria; de la Reforma casi no tendríamos tiempo de hablar, están Juárez y la pléyade extraordinaria de hombres que le siguieron como Ramírez, Ocampo, Prieto, Arriaga, Mata, Zarco y Gómez Farías. Y en la Revolución Mexicana : Madero, Carranza, Belisario Domínguez, Serapio Rendón, Calles, Obregón, Portes Gil, Mújica, Jara, Abelardo Rodríguez, Lázaro Cárdenas, en fin no acabaríamos nunca con la lista de masones”.
Desde el punto de vista histórico y sociológico, la masonería mexicana es poco conocida por el pueblo. La bibliografía existente nos habla de ritos, de anécdotas, o nos refiere ciertos aspectos de algunos masones. Es por ello que, escribir sobre la participación directa de masones en la política es difícil ya que la fuente principal de información está representada por opiniones de masones autorizados.
Opinión de Alfonso Sierra Partida: ” la masonería es un sistema moral, velado por alegorías e ilustrado por simbolismos que tienden fundamentalmente a superar a los hombres impartiéndoles un conocimiento y forjándoles una ética altísima con objeto de que sepan vivir con los demás hombres, sin distinción de razas, de ideologías o de religión. Siempre tras la dignidad humana, que es la máxima aspiración. Por encima de las leyendas negras que a su alrededor se han forjado, tiende a transformar hombres, en el estricto y buen sentido de la palabra, entregándoles una ética que los convierta en individuos útiles a la sociedad y a sí mismos”.
Opinión de José Esquivel Pren: “la masonería está considerada, por mucha gente que desconoce su trayectoria y su conformación interna, como una institución anacrónica, fuera de época. Pero lo extraordinario es que la masonería ha logrado supervivir, desde el medioevo, hasta nuestros días.” Opinión de Mario Sales Rovira: “en 1975 había 19 Grandes Logias regulares, algunas de las cuales agrupaban, cada una, a grandes conjuntos de afiliados, once Grandes Logias Escocesas irregulares e infinidad de talleres en el Rito Nacional Mexicano.
En la Gran Logia “Valle de México” se cuenta ahora con más de 140 talleres jurisdiccionados y con un territorio que abarca 10 Estados de la República. Deben mencionarse también las Grandes Logias Regulares y Estatales de Nuevo León y Tamaulipas; así como la Gran Logia Occidental Mexicana que, activamente ha venido trabajando y a la cual le dio sobresaliente impulso su ex Gran Maestro José Guadalupe Zuno Hernández”. Opinión de Vicente Lombardo Toledano: “desdeñar la política en la masonería mexicana es cercenarse el 80% de lo que la masonería debe significar en la vida activa del país”.
Opinión de un representante del Rito Escocés: “nosotros no vamos a ser espectadores pasivos de nuestro momento histórico, sino que hemos decidido colaborar activamente con los hombres que guían a nuestro país en la solución de los grandes problemas que nos aquejan, fundamentalmente con toda la fuerza de nuestra organización nacional”.
Opinión de un representante del Rito Nacional Mexicano: “consideramos a la política como una ciencia social que nos permite manejar los instrumentos para dar la solución más concreta y acertada al problema de nuestro país. Consideramos que la Reforma del Poder Ejecutivo es la solución más concreta y atinada a los actuales problemas de decisión del Gobierno de la República y de nuestro pueblo”.

“No venerables hermanos -hay que recordarlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual, en que cada individuo se convierte en doctor y legislador-, no se edificará la ciudad de un modo distinto a como Dios la ha edificado; no se levantará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido, existe: es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana de la revolución y de la impiedad: omnia instaurare in Christo”. SAN PÍO X

Bibliografía:
Nacimiento, grandeza,decadencia y ruina de la Nación Mejicana
Pedro Sánchez Ruiz
América peligra. Salvador Borrego
Episcopado y gobierno en México. Alfonso Alcalá
Historia de la Iglesia Católica IV. Montalbán

viernes, 1 de julio de 2011

Acto de Consagración del Género Humano al Corazón de Jesús

por Su Santidad León XIII  el 11 de junio de 1899







Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano,
miradnos humildemente postrados delante de vuestro altar.

Vuestros somos y vuestros queremos ser;
y a fin, de poder vivir más estrechamente unidos a Vos,
todos, y cada uno de nosotros,
espontáneamente nos consagramos en este día
a vuestro Sacratísimo Corazón.

Muchos por desgracia, jamás os han conocido;
otros, despreciando vuestros mandamientos,
os han desechado.
Oh, Jesús benignísimo,
compadeceos de los unos y de los otros,
y atraedlos a todos a vuestro Corazón Sacratísimo.

Oh Señor, sed Rey,
no sólo de los hijos que jamás se han alejado de Vos,
sino también de los pródigos que os han abandonado;
haced que vuelvan pronto a la casa paterna,
para que no perezcan de hambre y de miseria.

Sed Rey de aquellos que,
por seducción del error o por espíritu de discordia,
viven separados de Vos;
devolvedlos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe,
para que en breve,
se forme un solo rebaño bajo un solo Pastor.

Conceded, oh Señor,
incolumidad y libertad segura a vuestra Iglesia;
otorgad a todos los pueblos la tranquilidad en el orden;
haced que del uno al otro confín de la tierra
no resuene sino esta voz:
Alabado sea el Corazón Divino causa de nuestra salud;
a Él se entonen cánticos de honor y de gloria
por los siglos de los siglos.
Amén.

lunes, 20 de junio de 2011

EL PROGRAMA DEL PONTIFICADO DE SAN PÍO X

La primera encíclica del Papa San Pío X es del 4 de octubre de 1903; en ella trataba las líneas fundamentales, sencillas y claras, de su Pontificado:Instaurare omnia in Christo (Restaurar todas las cosas en Cristo); el mismo programa de la “plenitud de los tiempos”, el mismo e idéntico programa que él, hombre de acción rígidamente rectilínea, había vivido y llevado a cabo en todos los días como una gran batalla de fe y meta suprema de una continua afirmación, de la cual no se había apartado ni un sólo momento. (…)
Siendo Patriarca de Venecia, el 9 de agosto de 1879, en el XIX Congreso Eucarístico, había proclamado fuerte con solemne elocuencia los soberanos derechos de Cristo: “Jesucristo es Rey y Rey supremo, y como Rey debe ser honrado. Su pensamiento debe estar en nuestras inteligencias; su moral en nuestras costumbres; su caridad en las instituciones; su justicia en las leyes; su acción en la historia; su culto en la religión; su vida en nuestra vida”.
Él sabía bien que la salvación de los individuos y de las naciones estaba únicamente en la práctica positiva de la doctrina del Maestro Divino: la doctrina que supera a todos los tiempos y domina a todas las edades.
Por consiguiente, la ciencia y la civilización, la cultura y la política, el derecho y la moral, el estado y la familia, la sociología y la escuela, la vida pública y la vida privada, en todas sus múltiples manifestaciones, debían inspirarse no en las hábiles artes de una diplomacia inteligente o en éxitos de la pequeñez humana, sino en las enseñanzas inmutables del Evangelio, en la vida cristiana entendida en toda su amplitud y en toda su profundidad: la vida que un día devolverá a Cristo su Reino, el reino que está en el Sermón de la Montaña, y no en las transacciones de aquí abajo.
Por eso, al anunciar Pío X su Pontificado al mundo, escribía así: “Ante la sociedad humana sólo queremos ser Ministro de Dios, de cuya autoridad somos depositarios. Los intereses de Dios serán nuestros intereses, por los cuales estamos decididos a desgastar todas nuestras fuerzas y hasta la vida misma, y si alguno nos pidiese una consigna, como expresión de nuestra decidida voluntad, siempre daremos ésta y no otra: “Restaurar todas las cosas en Cristo”, para que Cristo sea todo en todos. Arrancados el enorme crimen de la apostasía de todo orden sobrenatural, tan propia de nuestro tiempo, en la que la sociedad ha caído, hay que devolver el honor debido a las leyes santísimas y a los consejos del Evangelio; afirmar la verdad y la doctrina de la Iglesia acerca de la santidad del matrimonio cristiano, la educación de la juventud, la posesión y el uso de los bienes, los deberes hacia quienes llevan las riendas del gobierno, hay que restituir el equilibrio entre las diversas clases sociales según las normas de las prescripciones y de las costumbres cristianas.”
Y para que no pudiese surgir duda alguna acerca de la orientación de su Pontificado, y para que nadie pudiese hacerse ilusiones o pretender equívocos acerca de sus intenciones, no titubeó en aclarar y concretar todavía con mayor precisión su programa en el primer Consistorio del 9 de noviembre siguiente: “Misión sublime la nuestra, porque se trata de algo que, sobrepasando estos efímeros bienes de la tierra, se extiende hasta la eternidad, abraza a todas las naciones y estimula nuestra solicitud hacia todos los hombres, por los cuales Cristo murió. “Restaurar todas las cosas en Cristo”. Este es nuestro programa, como ya lo hemos anunciado. Y puesto que Cristo es la verdad, nuestro primer deber será, ante todo, enseñar, proclamar y defender la verdad y la ley de Cristo. De ahí el deber de ilustrar y de confirmar los principios de la verdad natural y sobrenatural, que con tanta frecuencia en nuestros días, vemos, por desgracia, oscurecidos y olvidados; consolidar los principios de dependencia, de autoridad, de justicia y de equidad, que hoy día son conculcados; orientar a todos según las normas de la moralidad, también en los asuntos sociales y políticos; a todos, decimos, tanto a los que obedecen como a los que mandan.
(…) “La victoria será siempre de Dios –había dicho poco antes de su primera Encíclica–, y la derrota del hombre que se atreve a oponerse a Dios nunca estará más cercana que cuando en medio del entusiasmo del triunfo se levante con mayor audacia.”
A los 68 años de edad, Pío X era todavía un hombre robusto, lleno de vigor y de vida, con una entera seguridad en la existencia de Dios y en la eterna juventud comunicada por Cristo a su Iglesia. No había frecuentado la escuela de diplomacia, pero tenía la diplomacia de la experiencia, poseía la ciencia de los hechos, porque había escrutado al mundo desde la cima de muchos observatorios y había dominado el horizonte que había ido ensanchándose cada vez más.
Conocía a fondo la diplomacia del Evangelio que trastoca todas las viejas y las nuevas diplomacias del mundo: tenía fuerza de carácter, un corazón firme y una voluntad que vibraba al rito profundo de una segura precisión de juicio, con la fuerza de una fe viva, ardiente, inconfundible.
Así, mirando serenamente hacia la frontera de la eternidad, dirigiendo el alto pensamiento y la acción fecunda a la restauración de todas las cosas en Cristo, con indomable firmeza empezó su pontificado, que si bien en la complejidad de las vicisitudes durante sus 11 años sintió más de una vez la amarga soledad de Getsemaní, también tuvo la luz refulgente que brotó de las tinieblas del Calvario cuando Cristo, muriendo destruía la muerte, y resucitando renovaba la vida.
Girolamo Dal-Gal
“Pío X, el Papa Santo”

sábado, 14 de mayo de 2011

La última batalla del diablo


Capítulo 6

El motivo se mantiene firme 

El Cardenal Alfredo Ottaviani que dirigió el Santo Oficio del Vaticano durante los pontificados de Pío XII, de Juan XXIII y de Pablo VI, leyó el Tercer Secreto y confirmó que está escrito en una única hoja de papel. También él entrevistó a la Hermana Lucía como representante del Papa Pio XII y confirmó que el Tercer Secreto es una verdadera profecía. Confirmó, además, que el reportaje de Neues Europa incluía una parte del Tercer Secreto. En dicho reportaje se puede leer: «Un Cardenal se opondrá a otro Cardenal, y un Obispo se opondrá a otro Obispo», aludiendo naturalmente a una crisis doctrinal en el seno de la Iglesia.

       Hacia 1948 el Papa Pío XII, por sugerencia del Cardenal Ruffini, plenamente fiel a la Tradición, pensó en convocar un Concilio General, y hasta llegó a dedicar algunos años a los preparativos necesarios. Hay pruebas de que, posteriormente, los progresistas en Roma disuadieron a Pío XII de llevar a cabo su proyecto, puesto que dicho Concilio mostraría una tendencia muy nítida de que seguiría la orientación de laHumani Generis en su condenación de los errores modernistas.Tal como esta gran encíclica de 1950, el futuro Concilio combatiría «las falsas opiniones que insidiosamente amenazan socavar los fundamentos de la Doctrina católica.»1
       Simultáneamente, los “errores de Rusia”, a los que la Santísima Virgen se había referido, estaban invadiendo la propia Iglesia, y se habían infiltrado en varias órdenes religiosas católicas. Por ejemplo, el llamado movimiento de los “Curas Obreros” se hallaba tan claramente infiltrado por los comunistas, que Pío XII decidió extinguirlo en la década de los años cincuenta.
       El Papa se convenció de que, lamentablemente, tenía una edad muy avanzada para asumir la responsabilidad de la grandiosa realización de un Concilio destinado a combatir las filas cada vez más compactas de los enemigos de la Iglesia, y tuvo que resignarse a aceptar que «esto quedará para mi Sucesor.»2 Pío XII murió el 9 de octubre de 1958.
       Nos encontramos aquí muy cerca del año crítico para nuestro caso. Hemos llegado al 1958, dos años antes del 1960 – el año en que, según el deseo de Nuestra Señora de Fátima, se habría de revelar el Tercer Secreto, como atestiguó la Hermana Lucía. Durante el pontificado de Pío XII, el Santo Oficio, bajo la firme dirección del Cardenal Ottaviani, preservó el Catolicismo en terreno seguro, manteniendo firmemente acorralados los caballos salvajes del Modernismo. Muchos de los teólogos modernistas en la actualidad cuentan, con desdén, cómo ellos y sus amigos estuvieron “amordazados” durante ese período.
       Sin embargo, ni siquiera el Cardenal Ottaviani podía impedir lo que iba a ocurrir en 1958. Un nuevo Papa, con otra mentalidad, ascendería al Solio Pontificio y, «según se imaginaban los progresistas, sería favorable a su causa»3, y le obligaría a un renitente Ottaviani a retirar la tranca, abrir el corral y protegerse de la embestida. Esta situación, sin embargo, no era imprevista. Al recibir la noticia de la muerte de Pío XII, el anciano Don Lambert Beauduin, amigo de Roncalli (el futuro Papa Juan XXIII) le confesó al P. Bouyer: «Si eligiesen a Roncalli, sería la salvación; sería capaz de convocar un Concilio, y de consagrar el Ecumenismo.»4
       En este punto de nuestra exposición es preciso resaltar, especialmente para el lector no católico, que los cambios, que vamos a examinar, en la orientación básica de la Iglesia no tienen, en absoluto, ningún precedente, y quizás constituyan la peor crisis de la Iglesia Católica. Un cuidadoso estudio de lo que viene a continuación pondrá en evidencia el motivo por el cual los eclesiásticos liberales y “políticamente correctos” del período posconciliar no pueden aceptar el Mensaje de Fátima, con su llamada a la consagración yconversión de Rusia como requisitos para la Paz en el Mundo. Esas transformaciones sin precedentes en la Iglesia Católica no constituyeron un favor, sino un grave perjuicio para los no católicos, puesto que el resultado de la “modernización” de la Iglesia incorporaba no solamente los escándalos clericales que hoy estamos viendo, sino también el fracaso de las personas en el seno de la Iglesia para realizar un acto — la solemne Consagración de Rusia — que habría beneficiado a toda la Humanidad.
Fue el Cardenal Ottaviani quien, antes del Vaticano II, tuvo la sensatez de mantener a distancia a los teólogos modernistas, como el P. Karl Rahner. Sin embargo, ese mismo P. Rahner — a quien vemos en la foto con el joven P. Joseph Ratzinger, durante el Concilio — se hallaba entre los teólogos progresistas que dieron la orientación decisiva al Concilio Vaticano II, sin que hubiesen modificado sus puntos de vista progresistas.


Se convoca un Concilio y
el Mensaje de Fátima pasa a ser atacado
       Y sucedió exactamente lo que había previsto el Don Lambert. Roncalli fue elegido y como Papa Juan XXIII convocó un Concilio y consagró el Ecumenismo. Estaba en marcha la “revolución en la tiara y en la capa pluvial”, prevista por la Alta Vendita.
       Uno de los primeros actos de la revolución fue dejar de lado el Tercer Secreto de Fátima. Contrariando las expectativas del Mundo entero, el 8 de febrero de 1960 (transcurrido poco más de un a o desde la convocación del Concilio), el Vaticano divulgó a través de la agencia noticiosa A.N.I. la siguiente noticia anónima:
       Ciudad del Vaticano, 8 de febrero de 1960 — «En círculos altamente fidedignos del Vaticano se acaba de declarar al representante de la United Press International que es muy posible que nunca venga a ser abierta la carta en que la Hermana Lucía escribió las palabras que Nuestra Señora confirió a los tres pastorcitos, como secreto en la Cova da Iría.»
       En el mismo comunicado vemos el primer ataque frontal de las fuentes de información del Vaticano a la credibilidad del Mensaje de Fátima en su totalidad:
       Aunque la Iglesia reconozca las apariciones de Fátima, no desea tomar el compromiso de garantizar la veracidad de las palabras que los tres pastorcitos dijeron que Nuestra Señora les había dirigido.
       ¿Dijeron que Nuestra Señora les había dirigido? Después del Milagro del Sol, ¿podría subsistir alguna duda sobre la veracidad de su testimonio? ¿Podría alguien cuestionar que hubiesen recibido del Cielo una auténtica profecía, considerando el cabal cumplimiento hasta ahora de todas y cada una de las previsiones del Mensaje — desde el inminente fin de la Primera Guerra Mundial hasta la diseminación de los errores de Rusia, pasando por la Segunda Guerra Mundial y la elección del Papa Pío XI?
       Este primer ataque público contra el Mensaje de Fátima, proveniente de un organismo del Vaticano, surge en 1960, cuando se comienza a buscar una nueva orientación para la Iglesia, que (como veremos dentro de poco) nacerá con el Concilio Vaticano II. Consideremos estos acontecimientos, relacionados con el comunicado de 8 de febrero de 1960:
  • El comunicado pone en duda públicamente, de modo patente, la credibilidad de Lucía, Jacinta y Francisco.
  • Por orden de las altas Autoridades estatales del Vaticano5, a partir de 1960 Lucía se vio obligada a mantenerse en silencio, y por eso no pudo defenderse de la acusación implícita de que su testimonio no merecía confianza.
  • Los documentos del archivo oficial de Fátima, compilados por el P. Alonso entre 1965 y 1976 (más de 5.000 documentos en 24 volúmenes) se impedirán publicar — a pesar de que tales documentos confirmaron que las profecías de Fátima en las dos primeras partes del Secreto (la elección del Papa Pío XI, la inminencia de la Segunda Guerra Mundial, la expansión del Comunismo en todo el Mundo, etc.), habían sido reveladas en privado por la Hermana Lucía mucho antes de haberse cumplido, y a pesar de que su testimonio fue totalmente preciso y fidedigno.
        Había comenzado el crimen. Y ahora el motivo para el crimen — el deseo de cambiar la orientación de la Iglesia, muy distante de las certezas católicas del Mensaje de Fátima, promoviendo una conciliación “ilustrada” de la Iglesia con el Mundo — tendría inicio decididamente con la apertura del Concilio Vaticano II el 11 de octubre de 1962. Una vez más, recordemos las palabras de la Hermana Lucía: que Nuestra Señora deseaba que se divulgase el Tercer Secreto en 1960, porque en ese año se haría “más claro”. Efectivamente, ahora se iba a hacer más claro.
Los “errores de Rusia” se infiltran en la Iglesia
       En primer lugar, poco antes de la apertura del Concilio ocurriría otra traición al Mensaje de Fátima – una señal de muchas otras cosas sin precedentes que estaban por venir. En la primavera de 1962, en Metz (Francia), el Cardenal Eugène Tisserant se reunió ni más ni menos que con el Metropolitano Nikodim, de la Iglesia Ortodoxa Rusa — un agente de la KGB, tal como lo eran los demás Prelados ortodoxos. En ese encuentro, Tisserant y Nikodim negociaron lo que vendría a ser conocido como el “Pacto de Metz”, o más popularmente, el “Acuerdo Vaticano-Moscú”6. La existencia de dicho Acuerdo es un hecho histórico irrefutable, testificado en todos sus pormenores por Mons. Roche, secretario particular del Cardenal Tisserant.
       En síntesis, el acuerdo trataba de lo siguiente: Según su ardiente deseo, el Papa Juan XXIII sería “favorecido” por la presencia de dos observadores ortodoxos rusos en el Concilio; en compensación, la Iglesia Católica concordaba en que el Concilio Vaticano II se abstendría de condenar el Comunismo soviético ni la Rusia soviética. Esto significaba esencialmente que el Concilio iría a comprometer la libertad moral de la Iglesia Católica, al fingir que, el Comunismo,  la forma más sistemática de la maldad humana en la Historia de la Humanidad, no existía — aun cuando los soviéticos estuvieran persiguiendo, encarcelando y asesinando a millones de católicos, precisamente en el momento en que se realizaba la apertura del Concilio.
       Restringida de esa forma la libertad de la Iglesia por medio de un acuerdo con los comunistas, el Concilio dejó de hacer, en absoluto, cualquier alusión al Comunismo. Con tal procedimiento, se alejó de las enseñanzas de los Papas León XIII, el Beato Pío IX, San Pío X y también Pío XI, los cuales advirtieron a la Iglesia que no debía abstenerse de condenar ese Mal incomparable. Como dijo el último de estos Papas en la Divini Redemptoris:
        Este peligro tan amenazador, ya lo habéis comprendido, Venerables Hermanos, es el comunismo bolchevique y ateo, que tiende a derrumbar el orden social y a socavar los fundamentos mismos de la civilización cristiana. Frente a esta amenaza, la Iglesia católica no podía callar y no calló. No calló, sobre todo, esta Sede Apostólica, que sabe cómo su misión especialísima es la defensa de la verdad y de la justicia y de todos aquellos bienes eternos que el comunismo ateo desconoce y combate.7
       Y a pesar de todo, el Concilio no dijo ni una sola palabra sobre el Comunismo soviético; al contrario, daría inicio a un “diálogo” precisamente con aquellas mismas fuerzas a las que la Iglesia anteriormente se había opuesto.
       ¿Por qué ocurrió eso? No se trató, evidentemente, de una “mera coincidencia” que el silencio del Concilio sobre el Comunismo estuviera perfectamente sincronizado con la infiltración comunista en la Iglesia Católica: infiltración que (como hemos visto en un capítulo anterior) había sido denunciada poco antes de la apertura del Concilio Vaticano II por testigos clave que no tenían ningún motivo para mentir (Dodd, Hyde, Golitsyn, Mitrokhin y otros). Aun sin contar con la colaboración de esos testigos, nuestro sentido común nos convencería de que era inevitable la tentativa de las fuerzas comunistas (actuando conjuntamente con la Masonería) para destruir la Iglesia Católica desde Su interior. Satanás es suficientemente inteligente para saber que la Iglesia Católica es, por excelencia, la Ciudadela que él debe tomar al asalto, en su esfuerzo para someter el Mundo al reino de las tinieblas.
       Era ésta, por tanto, la situación de la Iglesia, en el preciso momento en que, erróneamente, se le obligó al Concilio Vaticano II a que observara un vergonzoso silencio acerca del Mal del Comunismo. De más está a advertir que, con el “Acuerdo Vaticano-Moscú” era totalmente imposible la Consagración, por los Padres conciliares, de la Rusia soviética al Inmaculado Corazón de María, para conseguir la conversión de aquel País. Ese giro inicial hacia una nueva orientación de la Iglesia — que el Concilio iría a acelerar de forma muy dramática — ya estaba en oposición al Mensaje de Fátima.
       Y desde entonces, éste ha sido el resultado de la reunión de Metz, que intensificó la asimilación a laÖstpolitik — la política puesta en práctica por el Secretario de Estado del Vaticano — bajo la cual la Iglesia dejó de condenar y de oponerse frontalmente a los regímenes comunistas, sustituyéndola por el “diálogo” y por la “diplomacia silenciosa” — una política que hasta hoy ha mantenido al Vaticano sin voz ante la violenta persecución de la Iglesia en la China comunista.
       Así, el 12 de octubre de 1962, dos sacerdotes que eran representantes de la Iglesia Ortodoxa llegaron en avión al Aeropuerto de Fiumicino para participar del Concilio Vaticano II. Y éste dio comienzo, al tiempo que los observadores ortodoxos ponían su atención en los procedimientos, con el fin de convencerse de la estricta observancia del “Acuerdo Vaticano-Moscú”. La declaración por escrito de 450 Padres conciliares contra el Comunismo “se perdió” misteriosamente, después de haber sido entregada al Secretariado del Concilio; y a los Padres conciliares que se atrevieron a denunciar el Comunismo se les aconsejó delicadamente que permanecieran sentados y en silencio8.
       Las propias autoridades eclesiásticas habían “bajado el puente levadizo” para que entrasen los comunistas, al mismo tiempo que comunistas y masones se esforzaban en destruir la Iglesia desde Su interior (confirmando así las predicciones de Bella Dodd):
  • estimulando «la promoción de una seudo-religión : cualquier cosa con apariencia de Catolicismo, pero sin serlo»;
  • acusando a «“la Iglesia del pasado” de ser opresiva, autoritaria, impregnada de prejuicios, arrogante al atribuirse la condición de única poseedora de la verdad, y responsable de las divisiones entre las comunidades religiosas a través de los siglos»;
  • avergonzando a los dirigentes de la Iglesia, y forzándolos a adoptar «una “apertura al Mundo”, y a mostrar una actitud más flexible para con todas las religiones y filosofías.

       Finalmente — como predijo Dodd —, «los comunistas se valdrían de esa apertura para destruir la Iglesia.»
       Este inmenso esfuerzo de subversión implicaría, en primerísimo lugar, que la “teología” modernista abriese una brecha en el Concilio Ecuménico — tal como el Canónigo Roca y los demás visionarios de la Masonería se jactaban de que sucedería.


Los neo-modernistas triunfan en el Vaticano II
       El 13 de octubre de 1962, día siguiente al de la llegada de los dos observadores comunistas al Concilio — y también aniversario del Milagro del Sol, en Fátima — la Historia de la Iglesia y del Mundo fueron profundamente alteradas por un acontecimiento sin la menor importancia. En un incidente que se hizo famoso, el Cardenal Liénart, de Francia, asió del micrófono para exigir que se recusasen los candidatos propuestos por la Curia Romana para el cargo de Secretarios de las Comisiones preparatorias del Concilio, y que se hiciera una nueva lista de candidatos. Se aceptó tal exigencia y la elección fue postergada. Cuando,  por fin, ésta se realizó, los elegidos por mayoría o cuasi mayoría para las Comisiones conciliares fueron los liberales — muchos de los cuales formaban parte de aquellos “innovadores” desacreditados por el Papa Pío XII. Se rechazaron los esquemas preparatorios formulados según la Tradición para el Concilio y éste comenzó, rigurosamente hablando, sin ninguna agenda escrita, dejando así el camino despejado para que los liberales redactasen documentos totalmente originales.
       Es bien conocido e impecablemente documentado9 el hecho de que un grupo formado por periti(expertos) y por Obispos liberales pasó a controlar el Vaticano II, con una agenda de trabajo que, mediante la implantación de una “nueva teología”, remodelaba la Iglesia a imagen y semejanza de dicho grupo. Tanto los críticos como los defensores del Vaticano II están de acuerdo en este punto. En su libroVatican II Revisited [El Vaticano II, reexaminado], el Obispo Aloysius J. Wycislo (un ditirámbico defensor de la revolución conciliar) declara con un desbordado entusiasmo que «teólogos y eruditos bíblicos, desacreditados durante varios años, resurgieron entonces como periti (expertos en Teología, asesorando a los Obispos en el Concilio); y sus libros y comentarios pos Vaticano II se hicieron populares.»10
       Aloysius Wycislo observó, además, que «la encíclica Humani Generis del Papa Pío XII había tenido (...) un efecto devastador en los trabajos de considerable número de teólogos preconciliares»11; y explica que, «durante los trabajos preliminares del Concilio, continuaban desacreditados aquellos teólogos (franceses en su mayoría, pero también algunos alemanes) cuyas actividades habían sido cohibidas por Pío XII. El Papa Juan discretamente retiró la interdicción que afectaba a algunos de los más influyentes. Sin embargo, muchos de ellos continuaron siendo vistos con desconfianza por los responsables del Santo Oficio.»12
       En este punto, es de fundamental para nuestro caso la declaración del testigo ocular Mons. Rudolf Bandas, un peritus conciliar:
       No hay duda que el buen Papa Juan se imaginaba que estos teólogos sospechosos rectificarían sus ideas y que prestarían un servicio sincero a la Iglesia. Pero sucedió exactamente lo contrario. Apoyados por ciertos Padres conciliares “del Rin”, y actuando con frecuencia de modo francamente grosero, se volvían a los participantes y exclamaban: «Fijaos, nos han nombrado expertos: nuestras ideas fueron aprobadas.» (...) En el primer día de la cuarta Sesión, cuando nada más llegó a mi tribuna en el Concilio, fue ésta la primera declaración emitida por la Secretaría de Estado: «No se nombrarán más periti.» Pero ya era demasiado tarde. La gran confusión estaba en marcha. Ya se veía claramente que  ni a Trento, ni al Vaticano I, ni a ninguna Encíclica se les permitiría que la impidiese avanzar.»13
       Efectivamente, el propio Papa Juan XXIII tuvo la satisfacción de anunciar que, a partir de este Concilio, la Iglesia, de forma totalmente inexplicable, dejaría de condenar el error, y acabarían así Sus preocupaciones por la calamitosa situación del mundo:
        Hoy en día (...) la Esposa de Cristo prefiere usar el remedio de la misericordia en vez de las armas de la intolerancia. Ella considera que va al encuentro de las hodiernas necesidades, demostrando la validez de Su doctrina, en vez de emitir condenaciones. (...) Sentimos que debemos discordar de aquellos profetas de la desgracia, que viven prediciendo desastres, como si estuviera próximo el fin del Mundo.14
       Pero el optimismo del Papa Juan XXIII contrastaba nítidamente con la angustiosa preocupación acerca de la situación del mundo, que se podía percibir en muchas declaraciones de sus más recientes Predecesores (para no hablar del Mensaje de Fátima). Veamos algunos ejemplos:
          El Papa San Pio X:
      Sentimos una especie de terror al observar las desastrosas condiciones en que se encuentra la Humanidad en la hora presente. ¿Podemos ignorar ese mal tan profundo y grave que, hoy más que ayer, continúa actuando en su propio ser y llevando a la Humanidad a la ruina? (...) En realidad, quien reflexione sobre estas cosas debe necesaria y firmemente temer que tal perversión de las mentalidades sea una señal de alerta, y el principio del fin de los tiempos (...) [E Supremi]. (Cursiva, nuestra)
El Papa Pío XI:
        Desterrados Dios y Jesucristo–lamentábamos–de las leyes y de la gobernación de los pueblos, y derivada la autoridad, no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que ... hasta los mismos fundamentos de autoridad han quedado arrancados, una vez suprimida la causa principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. De lo cual no ha podido menos de seguirse una violenta conmoción de toda la humana sociedad, privada de todo apoyo y fundamento sólido. [Quas Primas]
El Papa Pío XII (después de la Segunda Guerra Mundial):
        Nos sentimos invadidos por la tristeza y por la angustia cuando percibimos que la iniquidad de los malos ha llegado a un grado de impiedad increíble y enteramente desconocido en otros tiempos. [Carta de 11 de febrero de 1949]. (Cursiva, nuestra)15
        Venerables hermanos: Sabéis perfectamente que la casi totalidad de la raza humana se deja arrastrar hacia dos campos antagónicos: o a favor de Cristo, o contra Cristo. La raza humana está inmersa en una crisis suprema, que provocará o su salvación por intermedio de Cristo, o su destrucción [Evangelii Præcones, 1951]. (Cursiva, nuestra) 
       Obviamente, en el Concilio Vaticano II se librarían batallas sin cuenta entre el grupo internacional de Padres que combatieron a favor de la preservación de los dogmas de la Fe y de la Tradición Católica, y el grupo progresista renano. Fue, sin embargo, el elemento liberal y modernista el que, por desgracia, acabó prevaleciendo, en un proceso desencadenado por el optimismo del Papa Juan XXIII, al pensar que la verdad habría de triunfar por su propio vigor, sin necesidad de cualquier condenación terapéutica por parte del Magisterio. Wycislo entona loas a los progresistas victoriosos, tales como Hans Küng, Karl Rahner, John Courtney Murray, Yves Congar, Henri de Lubac, Edward Schillebeeckx y Gregory Baum, que anteriormente habían sido considerados (y con buenos motivos) sospechosos, y eran ahora los faros de luz que guiarían la Teología pos Vaticano II.16
       En efecto, aquellos mismos que el Papa Pío XII consideraba inadecuados para transitar por las avenidas del Catolicismo, detentaban ahora el control de la ciudad. Y como si fuera el coronamiento de sus realizaciones, tanto el Juramento Antimodernista como el Índice de los Libros Prohibidos fueron discretamente suprimidos poco después de la clausura del Concilio: una decisión que el Obispo Graber consideró “incomprensible”.17 El Papa San Pío X lo predijo con toda exactitud: la desidia de las autoridades había provocado el retorno del Modernismo con extrema virulencia.