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lunes, 4 de julio de 2011

PROFANACIÓN DE LA PREDICACIÓN CRISTIANA





Para decir prácticamente lo que debe ser la predicación cristiana diremos antes lo que no debe ser: cómo por el dolor causado por la injusticia se manifiesta más concretamente el valor de la justicia.


El predicador de la fe debe poseer una gran fe: por defecto de esta gran fe se dan en la predicación numerosos y muy notables defectos. El que oye la predicación de la fe debe creer por la palabra de Dios; ¡Cuanto más el que la predica!


Una fe viva y penetrante es absolutamente necesaria para predicar apostólicamente. Sin ella puede predicarse muy bien, quizá académicamente, pero no apostólicamente; sin ella puede ser un orador, pero no un predicador. Por eso se dice en el Salmo: "Creí y por eso he hablado" PS. CXV, 10 y 11 Cor.,IV, 13. Y San Pablo añade: "Si no hubiera creído, no predicaría".


Y la razón es que el verdadero predicador no habla como los hombres, sino como Dios, en nombre de Dios; y no habla simplemente a los hombres, sino a los fieles, o a quienes desean llegar a la fe: siempre, pues, a la luz de la fe. Por lo cual afirma San Pablo: "Mi palabra y mi predicación no son en discursos persuasivos de humana sabiduría, sino en la manifestación del poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. Hablamos sin embargo, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que quedan desvanecido, sino que enseñamos una sabiduría divina misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria." I Cor., II, 4. Observa Santo Tomás sobre este pasaje: "Dice San Pablo que no fue su intención apoyarse en discursos retóricos, sino manifestar el espíritu y poder (de Dios), según que Él mismo hablaba por el "Espíritu". Por eso dice: "También nosotros creímos: por eso hablamos" II, Cor., IV, 13. Y San Pablo manifiesta la razón de lo que afirma: para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, es decir, no se base en la sabiduría humana, que tantas veces engaña a los hombres. Y añade: "Hablamos entre los perfectos una sabiduría, la sabiduría de Dios en el misterio, para que más tarde los fieles conozcan la luz verdadera, lo que ahora se predica entre misterios".


Confirmando esto, es preciso decir que la predicación simplemente humana es una verdadera calamidad; no ayuda, sino que impide la gloria de Dios y la salvación de las almas. Se entenderá bien esto si se concibe rectamente la elocuencia sagrada. ¿Que es esta elocuencia especial? Es menester señalar que todo lo que está ordenando al culto divino es sagrado, está consagrado. Así lo vasos sagrados lo son más que las casullas y demás paramentos;  el cáliz y el copón están propiamente consagrados, no sólo bendecidos, porque deben contener el Cuerpo y la Sangre del Señor: Igualmente están consagrados los dedos del sacerdote que deben tocar la hostia.


Ahora bien exceptuados los sacramentos, nada hay más divino que la palabra de Dios contenida en la Escritura y la Tradición, que se ha de predicar a los fieles. Por eso se llama con propiedad, "elocuencia sagrada", que será tanto más sagrada cuanto mejor exprese una fe viva, que a su vez, es la expresión de la misma sabiduría divina y del amor de Dios a los hombres.


Como la plata del cáliz es bañada en oro, así en la elocuencia sagrada la oratoria ordinaria es perfeccionada de un modo sobrenatural. Pierde en su vanidad y adquiere cualidades superiores.


Como oratoria, orientada a evangelizar a todos los hombres , debe ser conforme a la naturaleza humana, no vulgar, para que agrade también a los hombres cultos; no demasiado abstracta, para que sea entendida por todos, incluso por los no cultos, como el Evangelio. Debe ser como el alimento del alma; lo que el pan es para el cuerpo. Y como Cristo ha querido darse en la Eucaristía bajo la especie de pan común, así ha querido que la palabra divina se proponga en una elocuencia sencilla, pero elevada por razón de su objeto y de su fin. De aquí se sigue que la elocuencia sagrada el la más perfecta de todas y la más difícil.


Debe en efecto, comunicar a los hombres la verdad sobrenatural para que los penetre en lo más íntimo de su alma; y esta alma es la de todos los hombres, de cualquier condición que sean.


Es difícil esta empresa, sin la ayuda divina, imposible, ya que las verdades sobrenaturales son misterios, sublimes ciertamente, pero oscuros, en pugna con la soberbia intelectual, como las leyes evangélicas lo están con la corrupción del corazón humano.


No basta, pues, que las verdades sobrenaturales y los preceptos divinos sean expuestos teóricamente, sino que se debe penetrar hasta la médula del alma para que el alma comprenda en su singularidad lo que naturalmente la supera, para que crea firmemente y para que la voluntad se adhiera a los preceptos.


Finalmente, la elocuencia sagrada debe producir ciertos efectos en todos los hombres de cualquier condición: iluminar al ignorante, convencer al escéptico, persuadir al corrompido, a fin de que se conviertan, de que aparten su corazón del placer, del odio y de la envidia para que se conviertan a Dios.



Extracto del libro:
La unión del sacerdote con Cristo,
Sacerdote y víctima.
Reginald Garrigou-Lagrange, O. P.

sábado, 4 de junio de 2011

“MI CORAZÓN ESTARÁ ALLÍ TODOS LOS DÍAS”

(III Reyes, IX, 3)


Deseaba San Pablo que los habitantes de Efeso conocieran, por la gracia de Dios Padre, de quien procede todo don, la incomparable ciencia de la caridad de Jesucristo para con el hombre. Nada podría desearles más santo, más hermoso ni más importante. Conocer el amor de Jesucristo y estar llenos de él es el reino de Dios en el hombre. Estos son precisamente los frutos de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que vive y nos ama en el Santísimo Sacramento. Esta devoción es el culto supremo del amor. Es el alma y el centro de toda la religión, porque la religión no es otra cosa que la ley, la virtud y la perfección del amor, y el Sagrado Corazón de Jesús contiene la gracia y es el modelo y la vida de este amor. Estudiemos tal amor delante de ese foco en el cual está ardiendo por nosotros.


La devoción al Sagrado Corazón tiene un doble objeto: propónese, en primer lugar, honrar por medio de la adoración y del culto público, el corazón de carne de Jesucristo, y, en segundo lugar, tiende a honrar aquel amor infinito que nos ha tenido desde su creación y que todavía está consumiéndole por nosotros en el Sacramento de nuestros altares.
De todos los órganos del cuerpo humano el corazón es el más noble. Hállase colocado en medio del cuerpo como un rey en medio de sus estados. Está rodeado de los miembros más principales, que son como sus ministros y oficiales, él los mueve y les imprime actividad, comunicándoles el calor vital que en él hay acumulado y reservado. Es la fuente de donde emana la sangre por todas las partes del organismo, regándolas y refrescándolas, Esta sangre, debilitada por la pérdida de principios vitales, vuelve desde las extremidades al corazón para renovar su calor y recobrar nuevos elementos de vida.


Lo que es verdad, tratándose del corazón humano en general, lo es también verdad tratándose del Corazón de Jesús. Es la parte más noble del cuerpo del Hombre-Dios unido hipostáticamente al Verbo, por lo cual merece el culto supremo de adoración que se debe a Dios solo. Es necesario notar que en nuestra veneración no debemos separar el Corazón de Jesús de la divinidad del Hombre-Dios; está unido al la divinidad por indisolubles lazos, y el culto que tributamos al Corazón no termina en él, sino que pasa a la Persona adorable que le posee y a la cual está unido para siempre.


De aquí se sigue que pueden dirigirse a este Corazón divino las oraciones, los homenajes y las adoraciones que dirigimos al mismo Dios. Están equivocados todos aquéllos que al oír estas palabras “Corazón de Jesús”, piensan únicamente en este órgano material, considerando el Corazón de Jesús como un miembro sin vida y sin amor, poco más o menos como se haría tratándose de una santa reliquia; se equivocan también aquéllos que juzgan que esta devoción divide la persona de Jesucristo, restringiendo a1 corazón sólo el culto que debe tributarse a toda la Persona. Estos no se fijan en que, al honrar el Corazón de Jesús no suprimimos lo restante del compuesto divino del Hombre-Dios, ya que al honrar a su Corazón lo que en realidad pretendemos es celebrar todas las acciones, la vida entera de Jesucristo que no es otra cosa que la difusión de su Corazón al exterior.


El Corazón de Jesús vive en la Eucaristía, supuesto que su cuerpo está allí vivo. Es verdad que este Corazón divino no está allí de un modo sensible, ni se le puede ver, pero lo, mismo ocurre con todos los hombres. Este principio de vida conviene que sea misterioso, que esté oculto: descubrirlo sería matarlo; sólo se conoce su existencia por los efectos que produce. El hombre no pretende ver el corazón de un amigo, le basta una palabra para cerciorarse de su amor. ¿Qué diremos del Corazón divino de Jesús? El se nos manifiesta por los sentimientos que nos inspira, y esto debe bastarnos. Por otra parte, ¿quién sería capaz de contemplar la belleza y la bondad de este Corazón? ¿Quién podría tolerar el esplendor de su gloria ni soportar la intensidad del fuego devorador de su amor, capaz de consumirlo todo? ¿Quién se atrevería a dirigir su mirada a esa arca divina, en la cual está escrito con letras de fuego su Evangelio de amor, en donde se hallan glorificadas todas sus virtudes, donde su amor tiene su trono y su bondad guarda todos sus tesoros? ¿Quién querría penetrar en el propio santuario de la divinidad? ¡El Corazón de Jesús! ¡Es el cielo de los cielos, habitado por el mismo Dios, en el cual encuentra todas sus delicias! ¡No, no vemos el Corazón eucarístico de Jesús; pero lo poseemos…! ¡Es nuestro!


"Obras Eucarísticas de San Pedro Julián de Eymard"

jueves, 2 de junio de 2011

EL TRIUNFO DE JESUCRISTO POR LA EUCARISTÍA

Obras Eucarísticas
San Pedro Julián Eymard




Christus vincit, regnat, imperat: ab omni malo plebem suam defendat.
"Jesucristo vence, reina, impera; Él libre a su pueblo de todo mal"


El Papa Sixto V hizo grabar estas palabras en el obelisco que se levanta en medio de la plaza de san Pedro en Roma.
Estas magníficas palabras se hallan en presente, y no en pretérito, para indicarnos que el triunfo de Jesucristo es siempre actual, y que este triunfo se obtiene por la Eucaristía y en la Eucaristía.

I

Christus vincit. -Cristo vence

Jesucristo ha combatido, y ha quedado dueño del campo de batalla; en él tremola su estandarte y en él ha fijado su residencia: la Hostia santa, el tabernáculo eucarístico.
Venció al judaísmo y su templo, y sobre el monte calvario se levanta un tabernáculo ante el cual le adoran todas las naciones bajo las especies del Sacramento.
Venció al paganismo... y la ciudad de los césares ha sido elegida por Él para hacerla su propia capital. En el templo de Júpiter Tonante hay otro tabernáculo.
Ha vencido la falsa sabiduría de los que se tenían por sabios y, ante la Eucaristía que se levanta sobre el mundo difundiendo sus rayos por todo él; huyen las tinieblas como las sombras de la noche al aproximarse la salida del sol. Los ídolos rodaron por el suelo y fueron abolidos sus sacrificios: Jesucristo en la Eucaristía es un conquistador que nunca se detiene, marchando siempre adelante: se ha propuesto someter el mundo a su dulce imperio.
Cuantas veces se apodera de un país, planta enseguida allí su regia tienda eucarística: su toma de posesión consiste en erigir un tabernáculo. Ahora mismo, en nuestros días, se va a los pueblos salvajes, y, dondequiera que se lleva la Eucaristía, los pueblos se convierten al cristianismo: este es el secreto del triunfo de nuestros misioneros católicos y lo que explica el fracaso de los predicadores protestantes. Aquí es el hombre quien combate, allí es Jesucristo quien triunfa.

II

Christus regnat.- Jesucristo reina

Jesucristo no reina sobre los territorios, sino sobre las almas: reina por la Eucaristía.
El dominio efectivo de un rey consistirá en que sus súbditos guarden sus leyes y le profesen un amor verdadero.
Ahora bien: la Eucaristía es la ley del cristianismo: ley de caridad, ley de amor, promulgada en el cenáculo por aquél admirable discurso que Jesús pronunció después de la cena: "Amaos los unos a los otros, este es mi precepto. Amaos como yo os he amado. Permaneced en mí y observad mis mandamientos. (1)
Ley que se intima en la Comunión: como los discípulos de Emaús, el cristiano ve entonces claro y comprende la plenitud de la ley.
La fracción del pan era lo que hacía a los primeros cristianos tan fuertes contra sus perseguidores, y tan fieles en practicar la ley de Jesucristo : "Erant perseverantes in communicatione fractionis panis.- Perseveraban en la fracción del pan" (2)
La ley de Jesucristo es una, santa, universal, eterna: nada en ella cambiará, ni nada debilitará su fuerza: la observa el mismo Jesucristo, su divino autor, y Él es quien la graba en nuestro corazón por medio de su amor. El mismo legislador es el que se encarga de promulgar su divina ley en cada una de nuestras almas.
Es una ley de amor. ¿Cuantos reyes reinan por amor? Apenas hay otro rey que Jesucristo cuyo yugo no se imponga por la fuerza: su reinado es la dulzura misma y sus verdaderos súbditos se someten a Él en vida y en muerte, y mueren si es preciso, antes que serle infieles.

III
Christus imperat.- Cristo manda

No hay rey que mande en todo el mundo. Cialquiera que éste sea, tendrá en los otros reyes iguales a él. Pero Dios Padre dijo a Jesucristo: "Te daré en herencia todas las naciones" (1). Y Jesús, al enviar por el mundo a sus lugartenientes, les dijo: "Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra: id y enseñad y mandad a todas las naciones" (2)
Del cenáculo salieron sis órdenes y el tabernáculo eucarístico, que es una prolongación y una multiplicación del cenáculo es el cuartel general del rey del reyes. Aquí reciben sus órdenes todos los que defienden la buena causa. 
Ante Jesús Eucaristía todos son súbditos, todos obedecen; desde el Papa, vicario de Jesucristo, hasta el último fiel.
Jesucristo Manda.

IV
Christus ab omni malo plebem sum defendat. Que Jesucristo nos defienda de todo mal.

La Eucaristía es el divino pararrayos que aparta de nustras cabezas los rayos de la justicia divina. Del mismo modo que una madre bondadosa y tierna, para librar a su hijo de la cólera de su padre irritado lo esconde entre sus brazos y con su cuerpo forma una especie de muralla para protegerle, así Jesús se ha multiplicado por todo el mundo y cubre y rodea toda la tierra con su presencia misericordiosa. La justicia divina no encuentra ya lugar donde pueda cumplir su oficio ni se atreve a ello.
Y contra el demonio, ¡que protección tan eficaz! La sangre de Jesús que ha teñido nuestros labios nos hace terribles a satanás: señalados con la sangre del cordero, no figurado, sino verdadero, no hay que temer ya al ángel exterminador.
La Eucaristía protege al culpable para que tenga tiempo de arrepentirse: en otros tiempos, los asesinos perseguidos por la justicia encontraban un lugar de refugio en las iglesias, de las cuales no los podían sacar para castigarles, y allí vivían a la sombra de la misericordia de Jesucristo.
Sin la Eucaristía, sin ese calvario perpetuo, ¡cuántas veces la cólera divina habría estado contra nosotros!
¡Y cuán desgraciados son los pueblos que se han quedado sin la Eucaristía! ¡Que tinieblas y que anarquía reina en los espíritus, qué frialdad en los corazones! Sólo triunfa satanás.
A nosotros la Eucaristía nos libra de todos los males: Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat; ab omni malo plebem suam defendat.

(1) Psf.,II, 8
(2) Matth., XXVIII, 18.

lunes, 30 de mayo de 2011

DE LA CONSIDERACIÓN DEL JUICIO FINAL por FRAY LUIS DE GRANADA

LIBRO DE ORACIÓN Y MEDITACIÓN
FRAY LUIS DE GRANADA
(Granada, 1504-Lisboa, 1588) Escritor español. Confesor de duques y de reyes, fue el orador sagrado más famoso de su tiempo en España y Portugal. Sus sermones, dentro del más puro estilo ciceroniano, sirvieron de modelo hasta el s. XVIII; fue también uno de los mejores prosistas del s. XVI en latín, castellano y portugués. Destacan sus Seis libros de la retórica eclesiástica (1576), el Libro de la oración y de la meditación (1554), la Guía de pecadores (1556) y el Memorial de la vida cristiana (1561).     


TRATADO CUARTO


De la consideración del juicio final

Grandes son los efectos que obra en el ánima el temor de Dios. «Al que teme a Dios -dice el Eclesiástico- irá bien en sus postrimerías, y en el día de la muerte le vendrá la bendición.» Y en otro lugar: «¡Cuán grande es -dice él- el que ha llegado a la cumbre de la sabiduría y de la ciencia! Mas por muy grande que sea, no es mayor que el que teme a Dios. Porque el temor de Dios, sobre todas las cosas puso su silla. Bienaventurado el varón a quien es dado temer al Señor. El que este temor tiene, ¿con quién lo compararemos? Porque el temor de Dios es principio de su amor.» Todas éstas son palabras del Eclesiástico, por las cuales parece claro cómo el temor de Dios es principio de todos los bienes, pues lo es de su amor. Y no sólo principio, sino también llave y guarda de todos ellos, como lo testifica San Bernardo, diciendo: 

«Verdaderamente he conocido que ninguna cosa hay tan eficaz para conservar la divina gracia como vivir en todo tiempo con temor, y no tener altos pensamientos».

Pues, para alcanzar esta joya tan preciosa, aprovecha mucho la consideración y memoria continua de los juicios divinos, y mayormente de aquel supremo juicio que se ha de hacer en el fin del mundo, el cual es la más horrible cosa de cuantas nos anuncian las escrituras divinas. Porque son tan espantosas las nuevas que deste día se nos dan, que si no fuera Dios el que las dice, del todo fueran increíbles. Por donde el Salvador, después de haber predicado algunas dellas a sus discípulos, porque la grandeza dellas parecía exceder la común credulidad y fe de los hombres, acabó la materia con esta afirmación, diciendo: «En verdad os digo que no se acabará el mundo sin que todas estas cosas se cumplan. Porque el cielo y la tierra faltarán, mas mis palabras no faltarán».

En los Actos de los apóstoles se escribe que, predicando san Pablo de las cosas deste día delante del presidente de Judea, que el juez comenzó a temblar de lo que el apóstol decía, puesto caso que como gentil no tenía fe ni crédito de aquel misterio. Por do parece cuán terribles cosas deberían ser las que el apóstol predicaba, pues el sonido solo dellas bastó para causar tan grande espanto y temblor en un hombre que no las creía.

Pues el cristiano, que las cree y las tiene por fe, ¿qué será razón que sienta en esta parte?
Y no piense nadie excusarse con su inocencia, diciendo que esas amenazas no dicen a él, sino a los hombres injustos y desalmados. Porque justo era san Jerónimo, y con todo eso decía que, cada vez que se acordaba del día del juicio, le temblaba el corazón y el cuerpo. Justo era también David, y hombre hecho a la condición de Dios, y con todo eso temía tanto la cuenta deste día, que decía en un salmo: «No entres, señor, en juicio con tu siervo, porque no será justificado delante ti ninguno de los vivientes». 

Justo era también el inocentísimo Job, y con todo eso era tan grande el temor con que vivía, que dice de sí: 


«De la manera que teme el navegante en medio de la tormenta, cuando ve venir sobre sí las olas hinchadas y furiosas, así yo siempre temblaba delante la majestad de Dios; y era tan grande mi temor, que ya no podía sufrir el peso dél». 


Mas, sobre todos, aun era más justo el apóstol san Pablo, y con todo eso decía: «No me remuerde la conciencia de cosa mal hecha, mas no por eso me tengo por seguro; porque el que me ha de juzgar, el señor es». Como si dijera: «Muchas veces puede acaecer que nuestros ojos no hallen cosa que tachar en nuestras obras, y que la hallen los ojos de Dios; porque lo que se esconde a los ojos de los hombres, no se esconde a los de Dios». A un pintor grosero parecerá muy perfecta una pintura que tiene hecha, en la cual un pintor famoso hallará muchos defectos que notar. Pues, ¿cuánto mayores los hallará aquella suma bondad y sabiduría en una criatura tan mal inclinada como el hombre, que como se escribe en Job, bebe así como agua la maldad? Y si la espada de Dios halló tanto que cortar en el cielo, ¿cuánto más hallará en la tierra, que no lleva sino cardos y espinas? ¿Quién habrá que tenga todos los rincones de su ánima tan barridos y limpios, que no tenga necesidad de decir con el profeta: «De mis pecados ocultos líbrame, señor»?

Así que a todos conviene vivir con temor deste día, por muy justificadamente que viva, pues el día es tan temeroso, y nuestra vida tan culpable, y el juez tan justo, y, sobre todo, sus juicios tan profundos, que nadie sabe la suerte que le ha de caber, sino que,como dice el Salvador, «dos estarán en el campo, a uno tomarán y a otro dejarán; dos en una misma cama, a uno tomarán y a otro dejarán; dos moliendo en un molino, a uno tomarán y a otro dejarán». En las cuales palabras se da a entender que, de un mismo estado y manera de vida, unos serán llevados al cielo y otros al infierno, porque ninguno se tenga por seguro mientras vive en este mundo.


I

De cuán riguroso haya de ser el día del juicio

Para pensar en la grandeza deste juicio, has primero de presuponer que no hay lengua en el mundo que sea bastante para explicar el menor de los trabajos deste día.
Por donde el profeta Joel, queriendo hablar de la grandeza dél, hallóse tan atajado de razones y tan embarazado, que comenzó a tartamudear como niño y a decir: «¡A, a, a, qué día será aquél!» Desta manera de hablar usó Jeremías, cuando Dios lo quería enviar a predicar, para significar que era niño y del todo inhábil para aquella embajada tan grande a que Dios lo escogía, y desta misma usa ahora este profeta para dar a entender que no hay lengua en el mundo que no sea como de niño tartamudo para significar lo que ha de ser en este día.

En este día reducirá Dios a su debida hermosura toda la fealdad que los malos han causado en el mundo con sus malas obras. Y como éstas hayan sido tantas, así la enmienda ha de ser proporcionada con ellas, para que a costa del malo quede el mundo tan hermoseado con su pena cuanto antes estuvo afeado con su culpa. 

Cuando un hombre da alguna gran caída y se le desconcierta un brazo, tanto cuanto fue mayor el desconcierto, tanto con mayor dolor se viene después a concertar y poner en su lugar.
Pues como los malos hayan desconcertado todas las cosas deste mundo, y puéstolas fuera de su lugar natural, cuando aquel celestial reformador venga a restituir el mundo con el castigo de tantos desconciertos, ¿qué tan grande será el castigo, pues tales y tantos fueron los desconciertos?
No sólo se llama este «día de ira», sino también «día de Dios», como lo llama el profeta Joel, para dar a entender que todos estotros han sido días de hombres, en los cuales hicieron ellos su voluntad contra la de Dios, mas éste se llama día de Dios, porque en él hará Dios su voluntad contra la dellos. Tú ahora juras y perjuras y blasfemas, y calla Dios. Día vendrá en que rompa Dios el silencio de tantos días y tantas injurias, y responda por su honra. De manera que no hay más que dos días en el mundo: un día de Dios y otro del hombre. En este su día, puede el hombre hacer todo lo que quisiere, y a todo callará Dios. 

En este día puede el rey Sedecías mandar empozar al profeta de Dios, y darle a comer pan por onzas y hacer todo cuanto se le antojare, y a todas estas injurias callará Dios. Mas tras de este día vendrá otro día, y tomará Dios al rey Sedecías y quitarle ha el reino, y destruirá a Jerusalén y llevará en hierros a Sedecías delante del rey de Babilonia, y allí matarán todos sus amigos e hijos en presencia dél, y luego le mandarán sacar los ojos, guardados para ver tanto mal, y tras desto lo hará llevar en hierros a Babilonia y poner en una cárcel hasta que muera. De manera que, así como el hombre tuvo licencia para hacer en su día todo cuanto se le antojó sin que nadie le fuese a la mano, así la tendrá Dios para hacer en este día todo lo que él quisiere sin que nadie se lo estorbe.

II

De las señales que precederán este día

Finalmente, si quieres saber qué tal será este día, párate a considerar las señales que le precederán, porque por las señales conocerás lo señalado, y por la víspera y vigilia la fiesta del día.
Primeramente, aquel día cuándo haya de ser, nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo -para haberlo de revelar a nadie-, sino sólo el Padre. Mas, todavía, precederán antes dél algunas señales por las cuales puedan pronosticar los hombres, no sólo la vecindad deste día, sino también la grandeza dél. Porque, como dice el Salvador, primero que este día venga habrá grandes guerras y movimientos en el mundo.

Levantarse han gentes contra gentes y reinos contra reinos, y habrá grandes temblores de tierra en muchas partes, y pestilencias, hambres y cosas espantosas que parecerán en el aire, y otras grandes señales y maravillas.
Y, sobre todos estos males, vendrá aquella persecución tantas veces denunciada del mayor perseguidor de cuantos ha tenido la Iglesia, que es el Anticristo, el cual, no sólo con armas y tormentos horribles, sino también con milagros aparentes y fingidos hará la más cruel guerra contra la Iglesia que jamás se hizo. Piensa, pues, ahora tú, como dice san Gregorio, qué tiempo será aquél, cuando el piadoso mártir ofrecerá sus miembros al verdugo, y el verdugo hará milagros delante dél. Finalmente, será tan grande la tribulación destos días, cual nunca fue desde el principio del mundo, ni jamás será. Y, si no proveyese la misericordia de Dios que se abreviasen estos días, no se salvara en ellos toda carne. Mas por amor de los escogidos se abreviarán.


Después destas señales habrá otras más espantosas y más vecinas a este día, las cuales parecerán en el sol y en la luna y en las estrellas, de las cuales dice el Señor por Ezequiel: «Haré que se oscurezcan sobre ti las estrellas del cielo, y cubriré el sol con una nube, y la luna no resplandecerá con su luz, y todas las lumbreras del cielo haré que se entristezcan y hagan llanto sobre ti, y enviaré tinieblas sobre toda tu tierra». Pues habiendo tan grandes señales y alteraciones en el cielo, ¿qué se espera que habrá en la tierra, pues que toda se gobierna por él? Vemos que cuando en una república se revuelven las cabezas que la gobiernan, que todos los otros miembros y partes della se revuelven y desconciertan. Pues si todo este cuerpo del mundo se gobierna por las virtudes de cielo, estando éstas alteradas y fuera de su orden natural, ¿qué tales estarán todos los miembros y partes dél? ¿Cuál estará el aire, sino lleno de relámpagos y torbellinos y cometas encendidos? ¿Cuál estará la tierra, sino llena de aberturas y temblores espantosos, los cuales se cree que serán tan grandes, que bastarán para derribar, no sólo las casas fuertes y las torres soberbias, mas aún hasta los montes y peñas arrancarán y trastornarán de sus lugares? Mas la mar, sobre todos los elementos, se embravecerá, y serán tan altas sus olas y tan furiosas, que parecerá que han de cubrir toda la tierra. A los vecinos espantará con sus crecientes, y a los distantes con sus bramidos, los cuales serán tales, que de muchas leguas se oirán.

¡Cuáles andarán entonces los hombres! ¡Cuán atónitos, cuán confusos, cuán perdido el sentido, la habla y el gusto de todas las cosas! Dice el Salvador que se verán entonces las gentes en grande aprieto y ahogamiento, y que andarán los hombres secos y ahilados de muerte por el temor grande de las cosas que han de sobrevenir al mundo. ¿Qué es esto?, dirán. ¿Qué significan estos pronósticos? ¿Qué ha de venir a parir esta preñez del mundo? ¿En qué han de parar estos tan grandes remolinos de todas las cosas? Pues así andarán los hombres espantados y desmayados, caídas las alas del corazón y los brazos, mirándose los unos a los otros. Y espantarse han tanto de verse tan desfigurados, que esto solo bastaría para hacerlos desmayar, aunque no hubiese más que temer. Cesarán todos los oficios y granjerías del mundo, y con ellos el estudio y la codicia de adquirir, porque la grandeza del temor traerá tan ocupados sus corazones, que no sólo se olvidarán destas cosas, sino también del comer y del beber, y de todo lo necesario para la vida. Todo el cuidado será andar a buscar lugares seguros para defenderse de los temblores de la tierra y de las tempestades del aire y de las crecientes de la mar. Y así, los hombres se irán a meter en las cuevas de las fieras, y las fieras se vendrán a guarecer en las casas de los hombres. Y así, todas las cosas andarán revueltas y llenas de confusión. Afligirlos han los males presentes, y mucho más el temor de los venideros, porque no sabrán en qué fines hayan de parar tan dolorosos principios.

Faltan palabras para encarecer este negocio, y todo lo que se dice es menos de lo que será. Vemos ahora que, cuando en la mar se levanta alguna brava tormenta, o cuando en la tierra sobreviene algún grave torbellino o terremoto, cuáles andan los hombres, cuán medrosos y cuán cortados, y cuán pobres de esfuerzo y de consejo. Pues cuando entonces el cielo y la tierra, y la mar y el aire ande todo revuelto, y en todas las regiones y elementos del mundo haya su propia tormenta, cuando el sol amenace con luto, y la luna con sangre, y las estrellas con sus caídas, ¿quién comerá? ¿Quién dormirá? ¿Quién tendrá un solo punto de reposo en medio de tantas tormentas? ¡Oh, desdichada suerte la de los malos, a cuya cabeza amenazan todos estos pronósticos, y bienaventurada la de los buenos, para quien todas estas cosas son favores y regalos y buenos anuncios de la prosperidad que les ha de venir! ¡Cuán alegremente cantarán entonces con el profeta:

«Dios es nuestro refugio y nuestra firmeza, y por esto no temeremos aunque se trastorne la tierra y se arranquen los montes y vengan a caer en el corazón de la mar»! «Así como entendéis -dice el Salvador- que, cuando la figuera y todos los árboles comienzan a florecer y dar su fruto, que se llega ya el verano, así, cuando viereis estas cosas, sabed que se acerca el reino de Dios. Entonces podréis abrir los ojos y levantar la cabeza, porque se llega el día de vuestra redención.» ¡Cuán alegre estará entonces el bueno, y por cuán bien empleados dará todos sus trabajos! Y, por el contrario, ¡cuán arrepentido estará el malo, y por cuán condenados tendrá todos sus pasos y caminos!

III

Del fin del mundo, y de la resurrección de los muertos

Después de todas estas señales, acercarse ha la venida del juez, delante del cual vendrá un diluvio universal de fuego que abrase y vuelva en ceniza toda la gloria del mundo. Este fuego, a los malos será comienzo de su pena, y a los buenos principio de su gloria, y a los que algo tuvieren por pagar purgatorio de su culpa. Aquí fenecerá toda la gloria del mundo, aquí expirará el movimiento de los cielos, el curso de los planetas, la generación de las cosas, la variedad de los tiempos, con todo lo demás que de los cielos depende. Y así, escribe san Juan en el Apocalipsis que vio un ángel poderoso vestido de una nube resplandeciente, el cual tenía el rostro como el sol, y el arco del cielo por corona en su cabeza, y los pies como columnas de fuego, de los cuales, el uno tenía puesto sobre la mar, y el otro sobre la tierra. Y este ángel dice que levantó el brazo hacia el cielo, y juró por el que vive en los siglos de los siglos que de ahí adelante no habría más tiempo, es a saber, ni movimiento de cielos ni cosa que se gobierne por ellos, y lo que más es, ni lugar de penitencia, ni de mérito ni de demérito, para la otra vida.
Después deste fuego vendrá, como dice el apóstol, un arcángel con grande poder y majestad, y tocará una trompeta que sonará por todas las partes del mundo, con la cual convocará todas las gentes a juicio. Ésta es aquella temerosa voz de que dice San Jerónimo: «Ahora coma, ahora beba, siempre parece que me está sonando a las orejas aquella voz que dirá: Levantaos, muertos, y venid a juicio». ¿Quién apelará desta citación? ¿Quién podrá recusar este juicio? ¿A quién no temblará la contera con esta voz? Esta voz quitará a la muerte todos sus despojos, y le hará restituir todo lo que tiene tomado al mundo. Y así, dice San Juan que allí la mar entregó los muertos que tenía, y asimismo la muerte y el infierno entregaron los que tenían. Pues, ¿qué cosa será ver allí parir a la mar y a la tierra por todas partes tantas diferencias de cuerpos, y ver concurrir en uno tantos ejércitos, y tantas suertes y maneras de naciones y gentes? Allí estarán los Alejandros, allí los Jerjes, allí los Daríos, y los césares de los romanos y los reyes poderosísimos, con otro hábito y otro brío, y con otros pensamientos muy diferentes de los que en este mundo tuvieron. Y allí, finalmente, se juntarán todos los hijos de Adán para que cada uno dé razón de sí y sea juzgado según sus obras.
Mas, aunque todos resuciten para nunca más morir, será grande la diferencia que habrá entre cuerpos y cuerpos. Porque los cuerpos de los justos resucitarán hermosos y resplandecientes como el sol, mas los de los malos oscuros y feos como la misma muerte. Pues, ¿qué alegría será entonces para las ánimas de los justos ver del todo ya cumplido su deseo, y verse juntos los hermanos tan queridos y tan amados, a cabo de tan largo destierro? Cómo podrá entonces decir el ánima a su cuerpo: «¡Oh cuerpo mío y fiel compañero mío que así me ayudaste a ganar esta corona, que tantas veces conmigo ayunaste, velaste y sufriste el golpe de la disciplina, y el trabajo de la pobreza, y la cruz de la penitencia, y las contradiciones del mundo! ¡Cuántas veces te quitaste el pan de la boca para dar al pobre! ¡Cuántas quedaste desabrigado por vestir al desnudo! ¡Cuántas renunciaste y perdiste de tu derecho por no perder la paz con el prójimo! Pues justo es que te quepa ahora parte desta hacienda, pues me ayudaste a ganarla, y que seas compañero de mi gloria, pues también lo fuiste de mis trabajos». Allí, pues, se ayuntarán en un supuesto los dos fieles amigos, no ya con apetitos y pareceres contrarios, sino con liga de perpetua paz y conformidad, para que eternalmente puedan cantar y decir: «Mirad cuán buena cosa es, y cuán alegre, morar ya los hermanos en uno».

Mas, por el contrario, ¡qué tristeza sentirá el ánima del condenado cuando vea su cuerpo tal cual allí se lo ofrecerán, oscuro, sucio, hediondo y abominable! ¡Oh malaventurado cuerpo!, dirá ella. ¡Oh principio y fin de mis dolores! ¡Oh causa de mi condenación! ¡Oh, no ya compañero mío, sino enemigo; no ayudador, sino perseguidor; no morada, sino cadena y lazo de mi perdición! ¡Oh gusto malaventurado, y qué caros me cuestan ahora tus regalos! ¡Oh carne hedionda, que a tales tormentos me has traído con tus deleites! ¿Éste es el cuerpo por quien yo pequé? ¿Déste eran los deleites por quien yo me perdí? ¿Por este muladar podrido perdí el reino del cielo? ¿Por este vil y sucio tronco perdí el fruto de la vida perdurable? ¡Oh furias infernales!, levantaos ahora contra mí y despedazadme, que yo merezco este castigo. ¡Oh, malaventurado el día de mi desastrado nacimiento, pues tal hubo de ser mi suerte, que pagase con eternos tormentos tan breves y momentáneos deleites!
Éstas y otras más desesperadas palabras dirá la desventurada ánima a aquel cuerpo que en este mundo tanto amó. Pues dime ahora, ánima miserable, ¿por qué tanto aborreces lo que tanto amaste? ¿No era esta carne tu querida? ¿No era este vientre tu dios? ¿No era este rostro el que curabas y guardabas del sol y aire, y pintabas con tan artificiosos colores? ¿No eran éstos los brazos y los dedos que resplandecían con oros y diamantes? ¿No era éste el cuerpo para quien se cercaba la mar y la tierra para tenerle la mesa delicada y la cama blanda y la vestidura preciosa? Pues, ¿quién ha trocado tu afición? ¿Quién ha hecho tan aborrecible lo que antes era tan amable? Cata aquí, pues, hermano, en qué para la gloria del mundo con todos los deleites y regalos del cuerpo.

IV

De la venida del juez y de la materia del juicio y de los testigos y acusadores

Pues estando ya todos resucitados y juntos en un lugar, esperando la venida del juez,descenderá de lo alto aquel a quien Dios constituyó por juez de vivos y muertos. Y así como en la primera venida vino con grandísima humildad y mansedumbre, convidando a los hombres con la paz y llamándolos a penitencia, así en la segunda vendrá con grandísima majestad y gloria, acompañado de todos los poderes y principados del cielo, amenazando con el furor de su ira a los que no quisieron usar de la blandura de su misericordia. Aquí será tan grande el temor y espanto de los malos, que como dice Isaías «andarán a buscar las aberturas de las piedras y las concavidades de las peñas para esconderse en ellas, por la grandeza del temor del Señor y por la gloria de su majestad cuando venga a juzgar la tierra». Finalmente, será tan grande este temor, que como dice San Juan, los cielos y la tierra huirán de la presencia del juez, y no hallarán lugar donde se esconder. Pues, ¿por qué huís, cielos? ¿Qué habéis hecho? ¿Por qué teméis? Y si por cielos se entienden aquellos espíritus bienaventurados que moran en los cielos, vosotros, bienaventurados espíritus, que fuisteis criados y confirmados en gracia,¿por qué huís? ¿Qué habéis hecho? ¿Por qué teméis? No temen, cierto, por su peligro, sino temen por ver en el juez una tan grande majestad y saña, que bastara para poner en espanto y admiración a todos los cielos. Cuando la mar anda brava, todavía tiene su espanto y admiración el que está seguro a la orilla. Y cuando el padre anda hecho un león por casa castigando al esclavo, todavía teme el hijo inocente, aunque sabe que no es contra él aquel enojo. Pues, ¿qué harán entonces los malos, cuando los justos así temerán? Si los cielos huyen, ¿qué hará la tierra? Y si aquellos que son todo espíritu tiemblan, ¿qué harán los que fueron del todo carne? Y si, como dice el profeta, «los montes en aquel día se derretirán delante la cara de Dios», ¿cómo nuestros corazones son más duros que las peñas, pues aun con esto no se mueven?

Delante del juez vendrá el estandarte real de la cruz, con todas las otras insignias de la sagrada pasión, para que sean testigos del remedio que Dios envió al mundo, y cómo el mundo no lo quiso recibir. Y así, la santa cruz justificará allí la causa de Dios, y a los malos dejará sin consuelo y sin excusa. Entonces dice el Salvador que llorarán y plantearán todas las gentes de la tierra, y que unas a otras se herirán en los pechos. ¡Oh, cuántas razones tendrán para llorar y plantear! Llorarán porque ya no pueden hacer penitencia ni huir de la justicia ni apelar de la sentencia. Llorarán las culpas pasadas, la vergüenza presente y los tormentos advenideros. Llorarán su mala suerte, su desastrado nacimiento y su malaventurado fin. Por estas y por otras muchas causas llorarán y plantearán, y como atajados por todas partes, y pobres de consejo y de remedio, darán palma con las manos y herirse han en los pechos unos a otros.

Entonces el juez hará división entre malos y buenos, y pondrá los cabritos a la mano siniestra y las ovejas a la diestra. ¿Quién serán éstos tan dichosos, que tal lugar y honra como ésta recibirán? Atribúlame, señor, aquí; aquí mata, aquí corta, aquí abrasa, porque allí me pongas a tu mano derecha. Luego comenzará a celebrarse el juicio, y tratarse de las causas de cada uno, según lo escribe el profeta Daniel por estas palabras: «Estaba yo -dice él- atento, y vi poner unas sillas en sus lugares, y un anciano de días se sentó en una dellas, el cual estaba vestido de una vestidura blanca como la nieve, y sus cabellos eran también blancos así como una lana limpia. El trono en que estaba sentado eran llamas de fuego, y las ruedas dél como fuego encendido, y un río de fuego muy arrebatado salía de la cara dél. Millares de millares entendían en servirle, y diez veces cien mil millares asistían delante dél. Miraba yo todo esto en aquella visión de la noche, y vi venir en las nubes uno que parecía hijo de hombre». Hasta aquí son palabras de Daniel, a las cuales añade san Juan, y dice: «Y vi todos los muertos, así grandes como pequeños, estar delante deste trono; y fueron abiertos allí los libros. Y otro libro se abrió, que es el libro de la vida, y fueron juzgados los muertos según lo contenido en aquellos libros y según sus obras». Cata aquí, hermano, el arancel por donde has de ser juzgado. Cata aquí las tasas y precios por donde se ha de apreciar todo lo que hiciste, y no por el juicio loco del mundo, que tiene el peso falso de Canaán en la mano, donde tan poco pesan la virtud y el vicio. En estos libros se escribe toda nuestra vida con tanto recaudo, que aún no has echado la palabra por la boca, cuando ya está apuntada y asentada en su registro.

Mas, ¿de qué cosas, si piensas, se nos ha de pedir cuenta? «Todos los pasos de mi vida tienes, señor, contados», dice Job. No ha de haber ni una palabra ociosa, ni un solo pensamiento de que no se haya de pedir cuenta. Y no sólo de lo que pensamos o hicimos, sino también de lo que dejamos de hacer cuando éramos obligados. Si dijeres: «Señor, yo no juré», dirá el juez: «Juró tu hijo, o tu criado, a quien tú debieras castigar». Y no sólo de las obras malas, sino también de las buenas daremos cuenta con qué intención y de qué manera las hicimos. ¿Qué diré, sino que, como dice San Gregorio, de todos los puntos y momentos de nuestra vida se nos ha de pedir allí cuenta en qué y cómo los gastamos? Pues si esto ha de pasar así, ¿de dónde nace en los que esto creemos tanta seguridad y descuido? ¿En qué confiamos? ¿Con qué nos satisfacemos y lisonjeamos en medio de tantos peligros? ¿En qué va esto, que los que más tienen por qué temer menos teman, y los que menos tenían por qué temer vivan con mayor temor?
Justo era el bienaventurado Job, pues por tal fue pronunciado por boca de Dios, y con todo esto vivía con tan gran temor desta cuenta, que decía: «¿Qué haré cuando se levante Dios a juzgar? Y cuando comience a preguntarme, ¿qué le responderé?» Palabras son éstas de corazón grandemente afligido y congojado. «¿Qué haré?», dice. Como si dijera: «Un cuidado me fatiga continuamente, un clavo traigo hincado en el corazón, que no me deja reposar. ¿Qué haré? ¿Adónde iré? ¿Qué responderé cuando entre Dios en juicio conmigo?» ¿Por qué temes, bienaventurado santo? ¿Por qué te congojas? ¿No eres tú el que dijiste: «Padre era yo de pobres, ojo de ciegos, y pies de cojos»? ¿No eres tú el que dijiste que en toda tu vida tu corazón te reprendió de cosa mala? Pues un hombre de tanta inocencia, ¿por qué teme? Porque sabía muy bien este santo que no tenía Dios ojos de carne, ni juzgaba como juzgan los hombres, en cuyos ojos muchas veces resplandece lo que ante Dios es abominable. ¡Oh, verdaderamente justo, que por eso eres tan justo, porque vives con tan gran temor! Este temor, hermanos, condena nuestra falsa seguridad, esta voz deshace nuestras vanas confianzas.
¿A quién habrá alguna vez quitado la comida, o el sueño alguna vez, este cuidado? Pues los que esto sienten como se debe sentir, algunas veces llegan a perder el sueño y la comida, y algo más. En las vidas de los Padres leemos que, como uno de aquellos santos varones viese una vez reír a un discípulo suyo, que le reprendió ásperamente, diciendo: «¡Cómo!, ¿y habiendo de dar a Dios cuenta delante del cielo y de la tierra, te osas reír?» No le parecía a este santo que tenía licencia para reírse quien esperaba hallarse en esta cuenta.

Pues acusadores y testigos tampoco faltarán en esta causa. Porque testigos serán nuestras mismas conciencias, que clamarán contra nosotros, y testigos serán también todas las criaturas de quien mal usamos, y sobre todo, será testigo el mismo señor a quien ofendimos, como él mismo lo significa por un profeta, diciendo: «Yo seré testigo apresurado contra los hechiceros y adúlteros y perjuros, y contra los que andan buscando calumnias para quitar al jornalero su jornal, y contra los que maltratan a la viuda y al huérfano, y fatigan a los peregrinos y extranjeros que poco pueden, y no miraron que estaba yo de por medio, dice el Señor».

Acusadores tampoco faltarán, y bastará por acusador el mismo demonio, que como San Agustín escribe, alegará muy bien ante el juez de su derecho, y decirle ha: «Justísimo juez, no puedes dejar de sentenciar y dar por míos a estos traidores, pues ellos han sido siempre míos, y en todo han hecho mi voluntad. Tuyos eran ellos, porque tú los criaste e hiciste a tu imagen y semejanza, y redimiste con tu sangre. Mas ellos borraron tu imagen y se pusieron la mía, desecharon tu obediencia y abrazaron la mía, menospreciaron tus mandamientos y guardaron los míos. Con mi espíritu han vivido, mis obras han imitado, por mis caminos han andado, y en todo han seguido mi partido.
Mira cuánto han sido más míos que tuyos, que sin darles yo nada ni prometerles nada, y sin haber puesto mis espaldas en la cruz por ellos, siempre han obedecido a mis mandamientos, y no a los tuyos. Si yo los mandaba jurar y perjurar, y robar y matar, y adulterar y renegar de tu santo nombre, todo esto hacían con grandísima facilidad. Si yo les mandaba poner hacienda, vida y alma por un punto de honra que yo les encarecía, o por un deleite falso a que yo los convidaba, todo lo ponían a riesgo por mí. Y por ti, que eras su Dios y su criador y su redentor, que les diste la hacienda y la salud y la vida, que les ofrecías la gracia y les prometías la gloria, y sobre todo esto, que por ellos padeciste en cruz, con todo esto, nunca se pusieron al menor de los trabajos del mundo por ti
».

¡Cuántas veces te aconteció llegar a sus puertas llagado, pobre y desnudo, y darte con ellas en la cara, teniendo más cuidado de engordar sus perros y caballos, y vestir sus paredes de seda y oro, que de ti! Y pues esto es así, justo es que algún día sean castigadas las injurias y desprecios de tan grande majestad.
Pues oída esta acusación, pronunciará el juez contra los malos aquella terrible sentencia que dice: «Id, malditos, al fuego eterno, que está aparejado para Satanás y para sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, etc. Y así irán los buenos a la vida eterna, y los malos al fuego eterno». ¿Quién podrá explicar aquí lo que los malaventurados sentirán con estas palabras? Allí es donde darán voces a los montes para que caigan sobre ellos, y a los collados para que los cubran. Allí blasfemarán y renegarán, y pondrán su boca sacrílega en Dios, y maldecirán siempre el día de su nacimiento y su malaventurada suerte. Allí se acabará su día, allí fenecerá su gloria, allí se volverá la hoja de su prosperidad y se comenzará para siempre el día de su dolor, como lo significó San Juan en su Apocalipsis, debajo del nombre de Babilonia, por estas palabras: «Llorarse han, y harán llanto sobre sí, los reyes de la tierra que gozaron de los regalos y deleites de Babilonia y fornicaron con ella cuando vean el humo que sale de sus tormentos, y ponerse han lejos por el temor dellos, y dirán: ¡Ay, ay de aquella ciudad grande de Babilonia que en una hora le vino su juicio! Y los mercaderes de la tierra llorarán, porque ya no habrá quien compre más sus mercaderías
de oro y plata y piedras preciosas, y harán llanto sobre ella, y dirán: ¡Ay, ay de aquella ciudad grande que se vestía de holanda y grana y carmesí, y se cubría de oro y piedras preciosas, que en una hora perecieron tantas riquezas!»

Pues, ¡oh hermanos míos!, si esto ha de pasar así, proveámonos con tiempo, y tomemos el consejo que nos da aquel que primero quiso ser nuestro abogado que nuestro juez. No hay quien mejor sepa lo que sea menester para aquel día, que el que ha de ser juez de nuestra causa. Él, pues, nos enseña brevemente lo que nos conviene hacer, por estas palabras: «Mirad -dice él por San Lucas-, no se carguen y apesguen vuestros corazones con demasiados comeres y beberes, y con los cuidados y negocios desta vida, y os venga de rebato aquel temeroso día. Porque, así como lazo, ha de venir sobre todos los que moran sobre la haz de la tierra. Y por esto, velad y haced oración en todo tiempo, porque merezcáis ser librados de todos estos males que han de venir, y parecer delante el hijo de la virgen.» Pues, considerando esto, hermanos, venid y levantémonos deste sueño tan pesado antes que caiga sobre nosotros la noche oscura de la muerte, antes que venga este tan temeroso día, de quien dice el profeta: «Ya viene, ¿y quién lo esperará? ¿Y quién podrá sufrir el día de su venida?» Aquél, por cierto, podrá esperar el día deste juicio, que hubiere tomado la mano al juez y juzgádose a sí mismo.

sábado, 28 de mayo de 2011

La comunión remedio de nuestra tristeza

OBRAS EUCARÍSTICAS DE SAN PEDRO JULIÁN EYMARD

Insigne apóstol de la eucaristía
 y
 fundador de los religiosos
 y 
de las siervas del Santísimo Sacramento






Qui jucundus eram et dilectus in potestate mea..., ecce pereo tristitia magna, in terra aliena...
"Yo que estaba tan contento y querido en mi reino, he aquí que muero de profunda tristeza en tierra extraña".

I

Nos agobia una profunda tristeza que queda pegada al fondo de nuestro corazón sin que podamos desecharla. No hay alegría para nosotros en la tierra, por lo menos alegría que dure un poco y no acabe en llanto; no la hay ni puede haber. Se nos arroja de nuestra casa, de la casa paterna. Esta tristeza forma parte integrante del patrimonio legado por Adán pecador a su desdichada posteridad.

Lo sentimos sobre todo cuando nos encontramos a solas. A veces llega  a ser espantosa. En nosotros se encuentra, pero no sabemos de donde proviene. Los que no tienen fe acaban desanimándose, se desesperan y prefieren la muerte a semejante vida, lo cual es un crimen horrible y prenda de reprobación.

En cuanto a nosotros, cristianos, ¿que remedio encontraremos contra esta nativa tristeza? ¿La práctica de la virtud tal vez, o el celo de la perfección cristiana? No basta eso. Las pruebas y las tentaciones le darán aún muchas veces el triunfo. Cuando esta tristeza cruel domina a un corazón nada se puede ya hacer ni decir; siéntese uno como abrumado mas allá de sus fuerzas. En el huerto de los olivos Nuestro Señor pensó en morir por ello. Y durante sus treinta y tres años vivió constantemente bajo una impresión dolorosa. Era manso y bueno, pero triste, porque se cargó con nuestras enfermedades. ¡Ved cómo lloraba Nuestro Señor! Lo nota el evangelio, y eso que nunca dice que se riera...

A semejanza de su Divino Maestro, tristes pasaban también la vida los santos, lo cual provenía de su condición de desterrados, del mal que veían en torno suyo, de la imposibilidad en que se encontraban de glorificar a Dios cuanto querían. Pero sobrenaturalizaban su tristeza.

Contra este mal universal hace falta, por consiguiente, un remedio. Consiste en no quedar en sí ni consigo: hay que desahogar la tristeza, si no queremos que ella nos arrastre como un torrente. Pero en esto muchos buscan consuelos humanos y se desahogan con un amigo o un director, y esto no basta; sobre todo cuando Dios nos envía un aumento de tristeza como prueba, ¡Oh! entonces nada hay que valga. Antes al contrario, cáese más profundamente al observar que ni las buenas palabras ni los avisos paternales nos han devuelto la alegría ni disipado las nubes de tristeza, y el demonio se aprovecha de ello para hacernos perder la confianza en Dios; y almas se ven, y de las más puras y santas, huir como Adán en el paraíso, de Dios y tener miedo de hablar con Él. La oración puede aliviar un poco la tristeza; pero no basta para dar una alegría pura y duradera. Nuestro Señor oró por tres veces en el Getsemaní, pero no para su tristeza; no recibió más que fueras para soportarla.

Una buena confesión nos devuelve también la calma; pero el pensamiento de haber ofendido a un Dios tan bueno es muy a propósito para volver a entristecernos.
¿Dónde hallará, pues, el verdadero remedio?

II

El remedio absoluto es la comunión; es éste un remedio siempre nuevo y siempre enérgico, ante el cual cede la tristeza. Nuestro Señor se ha puesto en la Eucaristía y se nos viene para combatir directamente la tristeza. Siendo como principio que no hay una sola alma que comulgue con deseo sincero, con verdadera hambre, y se quede triste en la Comunión. Puede que la tristeza vuelva más tarde, porque es propia de nuestra condición de desterrados; y aún volverá tanto más pronto cuanto mayor prisa nos demos en replegarnos sobre nosotros mismos y no permanezcamos bastante tiempo considerando la bondad de Nuestro Señor, pero estar tristes en el momento en que Jesús entra en nosotros, eso jamás. Es un festín la Comunión; en ella celebra Jesús sus bodas con el alma fiel; ¿cómo, pues, queréis que lloremos? Apelo a vuestra experiencia personal; cada vez que a pesar de haber hecho una buena confesión estabais tristes antes de la Comunión, no habéis visto renacer la alegría al bajar Nuestro Señor a vuestro corazón?

¿No se quedó en el colmo de la alegría el publicano Zaqueo cuando recibió a Jesucristo, por más que tuviese sobrados motivos de tristeza en las depredaciones de que se le acusaba?
Tristes iban por el camino los dos discípulos de Emaús y eso que iban en compañía del mismo Jesús, quien les hablaba e instruía; pero en llegando la fracción del pan, muy luego se sienten poseídos de dicha, el júbilo desborda de sus corazones, y a pesar de la noche, de lo largo del camino y del cansancio, va a anunciar su gozo y compartirlo con los Apóstoles.

Pongamos los ojos en un pecador que ha cometido toda clase de crímenes. Se confiesa, y sus heridas se cierran. Entra en convalecencia; pero está siempre triste, su conversión le hace más sensible, y llora lo que antes ni lo sentía siquiera: la pena causada a Dios. Tanto más profunda resulta su melancolía cuanto su conversión es más sincera y más ilustrada. ¡He ofendido a un Dios tan bueno!, se dice entre sí. Si le dejáis así a solas, la tristeza le oprimirá  y el demonio le sepultará en el desaliento. Hacedle comulgar; sienta en sí la bondad de Dios y su alma se henchirá de gozo y de paz. ¡Cómo!, se dice. ¡Si he recibido el pan de los ángeles! ¡Luego me he hecho amigo de Dios! Ya no le apenan sus pecados por ese momento; Nuestro Señor le dice con sus propios labios que está perdonado. ¿Cómo no creerlo?
¡Oh! La alegría que nos trae la Comunión es la más bella demostración de la presencia de Dios en la Eucaristía. Nuestro Señor se demuestra a sí propio haciendo sentir su presencia. "Yo iré a aquél que me amare y me manifestaré a él". Manifiéstase, efectivamente, con la alegría que le acompaña.


III

Notad para vuestra propia conducta que hay dos clases de alegría. Hay en primer lugar una alegría que es resultado del feliz éxito, del bien que se ha hecho, la que trae consigo la práctica de la virtud. Es el júbilo del triunfo y de la cosecha. Buena es, pero no la busquéis, porque, como se apoya en vosotros no es sólida, y bien pudiera ser que en ella consistiera toda vuestra recompensa.
Pero la otra, que proviene de la Comunión, cuya causa nos vemos obligados a confesar que no está en nosotros, sino sólo en Jesús, que no guarda relación alguna con nuestras obras, ésta aceptémosla sin reparos y descansemos en ella cuando nos la trae Nuestro Señor, pues es del todo suya. El niño con no tener ninguna virtud ni merecimiento alguno, goza, sin embargo de la dicha de estar al lado de su madre, de igual manera sea la presencia del Señor el único motivo de nuestra alegría. No indaguéis hasta que punto habéis podido merecer el gozo que experimentáis, sino regocijaos por tener a Nuestro Señor y quedaos a sus pies paladeando vuestra dicha y gustando su bondad.
Muchos hay que temen pensar demasiado en la bondad de Dios, porque esto pide que en retorno nos demos por entero y sin contar: prefieren la ley. Queda uno libre, una vez que la hay cumplido. Cálculo mezquino es éste que no deben hacer las almas a quienes Él se da con tanta profusión. Gustemos sin temor de la bondad de Dios; recibamos con avidez la alegría que se nos ofrece, dispuestos a dar generosamente a Nuestro Señor cuando le plazca pedirnos en correspondencia.


miércoles, 25 de mayo de 2011

LA IGLESIA EN EL FINAL DE LOS TIEMPOS

Ya hemos entrado en la sexta edad del mundo, en la cual Cristo inició para nosotros el camino nuevo. Después de la ley natural y mosaica, la ley evangélica. Qué curso han de seguir los pueblos en sus desvaríos, no lo puede conocer el hombre. Porque la Revelación sólo le da a conocer "sólo aquellas cosas que son necesarias para la salvación". El hombre sólo puede vislumbrar generalidades sobre el curso de los acontecimientos y sobre la densidad de la historia. Esta densidad se ha de medir por un acercamiento más o menos grande a la norma de Cristo, que constituye el centro y el eje de la historia. La Historia se ha de acomodar a la tradición cabalística o a la tradición católica. No hace falta mucha sagacidad para ver que desde hace cinco siglos el mundo se está conformando a la tradición cabalística: el mundo del Anticristo se adelanta velozmente. Todo concurre a la unificación totalitaria del hijo de la perdición. De aquí también el éxito del progresismo. El cristianismo se seculariza o se ateíza.


Cómo se hayan de cumplir, en esta edad cabalística, las promesas de asistencia del Divino Espíritu a la Iglesia y cómo se haya de verificar el "las puertas del infierno no prevalecerán", no cabe en la mente humana. Pero así como la Iglesia comenzó siendo una semilla pequeñísima, y se hizo árbol y árbol frondoso, así puede reducirse en su frondosidad y tener una realidad mucha más modesta. Sabemos que el misterio de iniquidad ya está obrando; pero no sabemos los límites de su poder. Sin embargo, no hay dificultad en admitir que la Iglesia de la publicidad pueda ser ganada por el enemigo y convertirse de Iglesia Católica en Iglesia gnóstica. Puede haber dos Iglesias, una la de la publicidad, Iglesia magnificada en la propaganda, con obispos, sacerdotes y teólogos publicitados, y aun con un Pontífice de actitudes ambiguas; y otra, Iglesia del silencio, con un Papa fiel a Jesucristo en su enseñanza y con algunos sacerdotes, obispos y fieles que le sean adictos, esparcidos como "pusillus grex" por toda la tierra. Esta segunda sería la Iglesia de las promesas, y no aquella primera, que pudiera defeccionar. Un mismo Papa presidiría ambas Iglesias, que aparente y exteriormente no sería sino una. El Papa, con sus actitudes ambiguas, daría pie para mantener el equívoco. Porque, por una parte, profesando una doctrina intachable sería cabeza de la Iglesia de las Promesas. Por otra parte, produciendo hechos equívocos y aun reprobables, aparecería corno alentando la subversión y manteniendo la Iglesia gnóstica de la Publicidad.
La eclesiología no ha estudiado suficientemente la posibilidad de una hipótesis como la que aquí proponernos. Pero si se piensa. bien, la promesa de asistencia de la Iglesia se reduce a una asistencia que impida al error introducirse en la Cátedra romana y en la misma Iglesia, y además que la Iglesia no desaparezca ni sea destruída por sus enemigos. Ninguno de los aspectos de esta hipótesis que aquí se propone queda invalidado por las promesas consignadas en los distintos lugares del Evangelio. Al contrario, ambas hipótesis cobran verosimilitud si se tienen en cuenta los pasajes escriturarios que se refieren a la defección de la fe. Esta defección, que será total, tendrá que coincidir con la perseverancia de la Iglesia hasta el fin. Dice el Señor en el Evangelio: "Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?".


San Pablo llama apostasía universal a esta defección de la fe, que ha de coincidir con la manifestación del "hombre de la iniquidad, del hijo de la perdición".
Y esta apostasía universal es la secularización o ateización total de la vida pública y privada en la que está en camino el mundo actual.
La única alternativa al Anticristo será Cristo, quien lo disolverá con el aliento de su boca. Cristo cumplirá entonces el acto final de liberar a la Historia. El hombre no quedará alienado bajo el inicuo. Pero no está anunciado que Cristo salvará a muchedumbre. Salvará, sí, a su Iglesia, "pusillus grex", rebañito pequeño, a quien el Padre se ha complacido en darle el Reino.






Julio Meinvielle
"De la cábala al progresismo"

sábado, 14 de mayo de 2011

La última batalla del diablo


Capítulo 6

El motivo se mantiene firme 

El Cardenal Alfredo Ottaviani que dirigió el Santo Oficio del Vaticano durante los pontificados de Pío XII, de Juan XXIII y de Pablo VI, leyó el Tercer Secreto y confirmó que está escrito en una única hoja de papel. También él entrevistó a la Hermana Lucía como representante del Papa Pio XII y confirmó que el Tercer Secreto es una verdadera profecía. Confirmó, además, que el reportaje de Neues Europa incluía una parte del Tercer Secreto. En dicho reportaje se puede leer: «Un Cardenal se opondrá a otro Cardenal, y un Obispo se opondrá a otro Obispo», aludiendo naturalmente a una crisis doctrinal en el seno de la Iglesia.

       Hacia 1948 el Papa Pío XII, por sugerencia del Cardenal Ruffini, plenamente fiel a la Tradición, pensó en convocar un Concilio General, y hasta llegó a dedicar algunos años a los preparativos necesarios. Hay pruebas de que, posteriormente, los progresistas en Roma disuadieron a Pío XII de llevar a cabo su proyecto, puesto que dicho Concilio mostraría una tendencia muy nítida de que seguiría la orientación de laHumani Generis en su condenación de los errores modernistas.Tal como esta gran encíclica de 1950, el futuro Concilio combatiría «las falsas opiniones que insidiosamente amenazan socavar los fundamentos de la Doctrina católica.»1
       Simultáneamente, los “errores de Rusia”, a los que la Santísima Virgen se había referido, estaban invadiendo la propia Iglesia, y se habían infiltrado en varias órdenes religiosas católicas. Por ejemplo, el llamado movimiento de los “Curas Obreros” se hallaba tan claramente infiltrado por los comunistas, que Pío XII decidió extinguirlo en la década de los años cincuenta.
       El Papa se convenció de que, lamentablemente, tenía una edad muy avanzada para asumir la responsabilidad de la grandiosa realización de un Concilio destinado a combatir las filas cada vez más compactas de los enemigos de la Iglesia, y tuvo que resignarse a aceptar que «esto quedará para mi Sucesor.»2 Pío XII murió el 9 de octubre de 1958.
       Nos encontramos aquí muy cerca del año crítico para nuestro caso. Hemos llegado al 1958, dos años antes del 1960 – el año en que, según el deseo de Nuestra Señora de Fátima, se habría de revelar el Tercer Secreto, como atestiguó la Hermana Lucía. Durante el pontificado de Pío XII, el Santo Oficio, bajo la firme dirección del Cardenal Ottaviani, preservó el Catolicismo en terreno seguro, manteniendo firmemente acorralados los caballos salvajes del Modernismo. Muchos de los teólogos modernistas en la actualidad cuentan, con desdén, cómo ellos y sus amigos estuvieron “amordazados” durante ese período.
       Sin embargo, ni siquiera el Cardenal Ottaviani podía impedir lo que iba a ocurrir en 1958. Un nuevo Papa, con otra mentalidad, ascendería al Solio Pontificio y, «según se imaginaban los progresistas, sería favorable a su causa»3, y le obligaría a un renitente Ottaviani a retirar la tranca, abrir el corral y protegerse de la embestida. Esta situación, sin embargo, no era imprevista. Al recibir la noticia de la muerte de Pío XII, el anciano Don Lambert Beauduin, amigo de Roncalli (el futuro Papa Juan XXIII) le confesó al P. Bouyer: «Si eligiesen a Roncalli, sería la salvación; sería capaz de convocar un Concilio, y de consagrar el Ecumenismo.»4
       En este punto de nuestra exposición es preciso resaltar, especialmente para el lector no católico, que los cambios, que vamos a examinar, en la orientación básica de la Iglesia no tienen, en absoluto, ningún precedente, y quizás constituyan la peor crisis de la Iglesia Católica. Un cuidadoso estudio de lo que viene a continuación pondrá en evidencia el motivo por el cual los eclesiásticos liberales y “políticamente correctos” del período posconciliar no pueden aceptar el Mensaje de Fátima, con su llamada a la consagración yconversión de Rusia como requisitos para la Paz en el Mundo. Esas transformaciones sin precedentes en la Iglesia Católica no constituyeron un favor, sino un grave perjuicio para los no católicos, puesto que el resultado de la “modernización” de la Iglesia incorporaba no solamente los escándalos clericales que hoy estamos viendo, sino también el fracaso de las personas en el seno de la Iglesia para realizar un acto — la solemne Consagración de Rusia — que habría beneficiado a toda la Humanidad.
Fue el Cardenal Ottaviani quien, antes del Vaticano II, tuvo la sensatez de mantener a distancia a los teólogos modernistas, como el P. Karl Rahner. Sin embargo, ese mismo P. Rahner — a quien vemos en la foto con el joven P. Joseph Ratzinger, durante el Concilio — se hallaba entre los teólogos progresistas que dieron la orientación decisiva al Concilio Vaticano II, sin que hubiesen modificado sus puntos de vista progresistas.


Se convoca un Concilio y
el Mensaje de Fátima pasa a ser atacado
       Y sucedió exactamente lo que había previsto el Don Lambert. Roncalli fue elegido y como Papa Juan XXIII convocó un Concilio y consagró el Ecumenismo. Estaba en marcha la “revolución en la tiara y en la capa pluvial”, prevista por la Alta Vendita.
       Uno de los primeros actos de la revolución fue dejar de lado el Tercer Secreto de Fátima. Contrariando las expectativas del Mundo entero, el 8 de febrero de 1960 (transcurrido poco más de un a o desde la convocación del Concilio), el Vaticano divulgó a través de la agencia noticiosa A.N.I. la siguiente noticia anónima:
       Ciudad del Vaticano, 8 de febrero de 1960 — «En círculos altamente fidedignos del Vaticano se acaba de declarar al representante de la United Press International que es muy posible que nunca venga a ser abierta la carta en que la Hermana Lucía escribió las palabras que Nuestra Señora confirió a los tres pastorcitos, como secreto en la Cova da Iría.»
       En el mismo comunicado vemos el primer ataque frontal de las fuentes de información del Vaticano a la credibilidad del Mensaje de Fátima en su totalidad:
       Aunque la Iglesia reconozca las apariciones de Fátima, no desea tomar el compromiso de garantizar la veracidad de las palabras que los tres pastorcitos dijeron que Nuestra Señora les había dirigido.
       ¿Dijeron que Nuestra Señora les había dirigido? Después del Milagro del Sol, ¿podría subsistir alguna duda sobre la veracidad de su testimonio? ¿Podría alguien cuestionar que hubiesen recibido del Cielo una auténtica profecía, considerando el cabal cumplimiento hasta ahora de todas y cada una de las previsiones del Mensaje — desde el inminente fin de la Primera Guerra Mundial hasta la diseminación de los errores de Rusia, pasando por la Segunda Guerra Mundial y la elección del Papa Pío XI?
       Este primer ataque público contra el Mensaje de Fátima, proveniente de un organismo del Vaticano, surge en 1960, cuando se comienza a buscar una nueva orientación para la Iglesia, que (como veremos dentro de poco) nacerá con el Concilio Vaticano II. Consideremos estos acontecimientos, relacionados con el comunicado de 8 de febrero de 1960:
  • El comunicado pone en duda públicamente, de modo patente, la credibilidad de Lucía, Jacinta y Francisco.
  • Por orden de las altas Autoridades estatales del Vaticano5, a partir de 1960 Lucía se vio obligada a mantenerse en silencio, y por eso no pudo defenderse de la acusación implícita de que su testimonio no merecía confianza.
  • Los documentos del archivo oficial de Fátima, compilados por el P. Alonso entre 1965 y 1976 (más de 5.000 documentos en 24 volúmenes) se impedirán publicar — a pesar de que tales documentos confirmaron que las profecías de Fátima en las dos primeras partes del Secreto (la elección del Papa Pío XI, la inminencia de la Segunda Guerra Mundial, la expansión del Comunismo en todo el Mundo, etc.), habían sido reveladas en privado por la Hermana Lucía mucho antes de haberse cumplido, y a pesar de que su testimonio fue totalmente preciso y fidedigno.
        Había comenzado el crimen. Y ahora el motivo para el crimen — el deseo de cambiar la orientación de la Iglesia, muy distante de las certezas católicas del Mensaje de Fátima, promoviendo una conciliación “ilustrada” de la Iglesia con el Mundo — tendría inicio decididamente con la apertura del Concilio Vaticano II el 11 de octubre de 1962. Una vez más, recordemos las palabras de la Hermana Lucía: que Nuestra Señora deseaba que se divulgase el Tercer Secreto en 1960, porque en ese año se haría “más claro”. Efectivamente, ahora se iba a hacer más claro.
Los “errores de Rusia” se infiltran en la Iglesia
       En primer lugar, poco antes de la apertura del Concilio ocurriría otra traición al Mensaje de Fátima – una señal de muchas otras cosas sin precedentes que estaban por venir. En la primavera de 1962, en Metz (Francia), el Cardenal Eugène Tisserant se reunió ni más ni menos que con el Metropolitano Nikodim, de la Iglesia Ortodoxa Rusa — un agente de la KGB, tal como lo eran los demás Prelados ortodoxos. En ese encuentro, Tisserant y Nikodim negociaron lo que vendría a ser conocido como el “Pacto de Metz”, o más popularmente, el “Acuerdo Vaticano-Moscú”6. La existencia de dicho Acuerdo es un hecho histórico irrefutable, testificado en todos sus pormenores por Mons. Roche, secretario particular del Cardenal Tisserant.
       En síntesis, el acuerdo trataba de lo siguiente: Según su ardiente deseo, el Papa Juan XXIII sería “favorecido” por la presencia de dos observadores ortodoxos rusos en el Concilio; en compensación, la Iglesia Católica concordaba en que el Concilio Vaticano II se abstendría de condenar el Comunismo soviético ni la Rusia soviética. Esto significaba esencialmente que el Concilio iría a comprometer la libertad moral de la Iglesia Católica, al fingir que, el Comunismo,  la forma más sistemática de la maldad humana en la Historia de la Humanidad, no existía — aun cuando los soviéticos estuvieran persiguiendo, encarcelando y asesinando a millones de católicos, precisamente en el momento en que se realizaba la apertura del Concilio.
       Restringida de esa forma la libertad de la Iglesia por medio de un acuerdo con los comunistas, el Concilio dejó de hacer, en absoluto, cualquier alusión al Comunismo. Con tal procedimiento, se alejó de las enseñanzas de los Papas León XIII, el Beato Pío IX, San Pío X y también Pío XI, los cuales advirtieron a la Iglesia que no debía abstenerse de condenar ese Mal incomparable. Como dijo el último de estos Papas en la Divini Redemptoris:
        Este peligro tan amenazador, ya lo habéis comprendido, Venerables Hermanos, es el comunismo bolchevique y ateo, que tiende a derrumbar el orden social y a socavar los fundamentos mismos de la civilización cristiana. Frente a esta amenaza, la Iglesia católica no podía callar y no calló. No calló, sobre todo, esta Sede Apostólica, que sabe cómo su misión especialísima es la defensa de la verdad y de la justicia y de todos aquellos bienes eternos que el comunismo ateo desconoce y combate.7
       Y a pesar de todo, el Concilio no dijo ni una sola palabra sobre el Comunismo soviético; al contrario, daría inicio a un “diálogo” precisamente con aquellas mismas fuerzas a las que la Iglesia anteriormente se había opuesto.
       ¿Por qué ocurrió eso? No se trató, evidentemente, de una “mera coincidencia” que el silencio del Concilio sobre el Comunismo estuviera perfectamente sincronizado con la infiltración comunista en la Iglesia Católica: infiltración que (como hemos visto en un capítulo anterior) había sido denunciada poco antes de la apertura del Concilio Vaticano II por testigos clave que no tenían ningún motivo para mentir (Dodd, Hyde, Golitsyn, Mitrokhin y otros). Aun sin contar con la colaboración de esos testigos, nuestro sentido común nos convencería de que era inevitable la tentativa de las fuerzas comunistas (actuando conjuntamente con la Masonería) para destruir la Iglesia Católica desde Su interior. Satanás es suficientemente inteligente para saber que la Iglesia Católica es, por excelencia, la Ciudadela que él debe tomar al asalto, en su esfuerzo para someter el Mundo al reino de las tinieblas.
       Era ésta, por tanto, la situación de la Iglesia, en el preciso momento en que, erróneamente, se le obligó al Concilio Vaticano II a que observara un vergonzoso silencio acerca del Mal del Comunismo. De más está a advertir que, con el “Acuerdo Vaticano-Moscú” era totalmente imposible la Consagración, por los Padres conciliares, de la Rusia soviética al Inmaculado Corazón de María, para conseguir la conversión de aquel País. Ese giro inicial hacia una nueva orientación de la Iglesia — que el Concilio iría a acelerar de forma muy dramática — ya estaba en oposición al Mensaje de Fátima.
       Y desde entonces, éste ha sido el resultado de la reunión de Metz, que intensificó la asimilación a laÖstpolitik — la política puesta en práctica por el Secretario de Estado del Vaticano — bajo la cual la Iglesia dejó de condenar y de oponerse frontalmente a los regímenes comunistas, sustituyéndola por el “diálogo” y por la “diplomacia silenciosa” — una política que hasta hoy ha mantenido al Vaticano sin voz ante la violenta persecución de la Iglesia en la China comunista.
       Así, el 12 de octubre de 1962, dos sacerdotes que eran representantes de la Iglesia Ortodoxa llegaron en avión al Aeropuerto de Fiumicino para participar del Concilio Vaticano II. Y éste dio comienzo, al tiempo que los observadores ortodoxos ponían su atención en los procedimientos, con el fin de convencerse de la estricta observancia del “Acuerdo Vaticano-Moscú”. La declaración por escrito de 450 Padres conciliares contra el Comunismo “se perdió” misteriosamente, después de haber sido entregada al Secretariado del Concilio; y a los Padres conciliares que se atrevieron a denunciar el Comunismo se les aconsejó delicadamente que permanecieran sentados y en silencio8.
       Las propias autoridades eclesiásticas habían “bajado el puente levadizo” para que entrasen los comunistas, al mismo tiempo que comunistas y masones se esforzaban en destruir la Iglesia desde Su interior (confirmando así las predicciones de Bella Dodd):
  • estimulando «la promoción de una seudo-religión : cualquier cosa con apariencia de Catolicismo, pero sin serlo»;
  • acusando a «“la Iglesia del pasado” de ser opresiva, autoritaria, impregnada de prejuicios, arrogante al atribuirse la condición de única poseedora de la verdad, y responsable de las divisiones entre las comunidades religiosas a través de los siglos»;
  • avergonzando a los dirigentes de la Iglesia, y forzándolos a adoptar «una “apertura al Mundo”, y a mostrar una actitud más flexible para con todas las religiones y filosofías.

       Finalmente — como predijo Dodd —, «los comunistas se valdrían de esa apertura para destruir la Iglesia.»
       Este inmenso esfuerzo de subversión implicaría, en primerísimo lugar, que la “teología” modernista abriese una brecha en el Concilio Ecuménico — tal como el Canónigo Roca y los demás visionarios de la Masonería se jactaban de que sucedería.


Los neo-modernistas triunfan en el Vaticano II
       El 13 de octubre de 1962, día siguiente al de la llegada de los dos observadores comunistas al Concilio — y también aniversario del Milagro del Sol, en Fátima — la Historia de la Iglesia y del Mundo fueron profundamente alteradas por un acontecimiento sin la menor importancia. En un incidente que se hizo famoso, el Cardenal Liénart, de Francia, asió del micrófono para exigir que se recusasen los candidatos propuestos por la Curia Romana para el cargo de Secretarios de las Comisiones preparatorias del Concilio, y que se hiciera una nueva lista de candidatos. Se aceptó tal exigencia y la elección fue postergada. Cuando,  por fin, ésta se realizó, los elegidos por mayoría o cuasi mayoría para las Comisiones conciliares fueron los liberales — muchos de los cuales formaban parte de aquellos “innovadores” desacreditados por el Papa Pío XII. Se rechazaron los esquemas preparatorios formulados según la Tradición para el Concilio y éste comenzó, rigurosamente hablando, sin ninguna agenda escrita, dejando así el camino despejado para que los liberales redactasen documentos totalmente originales.
       Es bien conocido e impecablemente documentado9 el hecho de que un grupo formado por periti(expertos) y por Obispos liberales pasó a controlar el Vaticano II, con una agenda de trabajo que, mediante la implantación de una “nueva teología”, remodelaba la Iglesia a imagen y semejanza de dicho grupo. Tanto los críticos como los defensores del Vaticano II están de acuerdo en este punto. En su libroVatican II Revisited [El Vaticano II, reexaminado], el Obispo Aloysius J. Wycislo (un ditirámbico defensor de la revolución conciliar) declara con un desbordado entusiasmo que «teólogos y eruditos bíblicos, desacreditados durante varios años, resurgieron entonces como periti (expertos en Teología, asesorando a los Obispos en el Concilio); y sus libros y comentarios pos Vaticano II se hicieron populares.»10
       Aloysius Wycislo observó, además, que «la encíclica Humani Generis del Papa Pío XII había tenido (...) un efecto devastador en los trabajos de considerable número de teólogos preconciliares»11; y explica que, «durante los trabajos preliminares del Concilio, continuaban desacreditados aquellos teólogos (franceses en su mayoría, pero también algunos alemanes) cuyas actividades habían sido cohibidas por Pío XII. El Papa Juan discretamente retiró la interdicción que afectaba a algunos de los más influyentes. Sin embargo, muchos de ellos continuaron siendo vistos con desconfianza por los responsables del Santo Oficio.»12
       En este punto, es de fundamental para nuestro caso la declaración del testigo ocular Mons. Rudolf Bandas, un peritus conciliar:
       No hay duda que el buen Papa Juan se imaginaba que estos teólogos sospechosos rectificarían sus ideas y que prestarían un servicio sincero a la Iglesia. Pero sucedió exactamente lo contrario. Apoyados por ciertos Padres conciliares “del Rin”, y actuando con frecuencia de modo francamente grosero, se volvían a los participantes y exclamaban: «Fijaos, nos han nombrado expertos: nuestras ideas fueron aprobadas.» (...) En el primer día de la cuarta Sesión, cuando nada más llegó a mi tribuna en el Concilio, fue ésta la primera declaración emitida por la Secretaría de Estado: «No se nombrarán más periti.» Pero ya era demasiado tarde. La gran confusión estaba en marcha. Ya se veía claramente que  ni a Trento, ni al Vaticano I, ni a ninguna Encíclica se les permitiría que la impidiese avanzar.»13
       Efectivamente, el propio Papa Juan XXIII tuvo la satisfacción de anunciar que, a partir de este Concilio, la Iglesia, de forma totalmente inexplicable, dejaría de condenar el error, y acabarían así Sus preocupaciones por la calamitosa situación del mundo:
        Hoy en día (...) la Esposa de Cristo prefiere usar el remedio de la misericordia en vez de las armas de la intolerancia. Ella considera que va al encuentro de las hodiernas necesidades, demostrando la validez de Su doctrina, en vez de emitir condenaciones. (...) Sentimos que debemos discordar de aquellos profetas de la desgracia, que viven prediciendo desastres, como si estuviera próximo el fin del Mundo.14
       Pero el optimismo del Papa Juan XXIII contrastaba nítidamente con la angustiosa preocupación acerca de la situación del mundo, que se podía percibir en muchas declaraciones de sus más recientes Predecesores (para no hablar del Mensaje de Fátima). Veamos algunos ejemplos:
          El Papa San Pio X:
      Sentimos una especie de terror al observar las desastrosas condiciones en que se encuentra la Humanidad en la hora presente. ¿Podemos ignorar ese mal tan profundo y grave que, hoy más que ayer, continúa actuando en su propio ser y llevando a la Humanidad a la ruina? (...) En realidad, quien reflexione sobre estas cosas debe necesaria y firmemente temer que tal perversión de las mentalidades sea una señal de alerta, y el principio del fin de los tiempos (...) [E Supremi]. (Cursiva, nuestra)
El Papa Pío XI:
        Desterrados Dios y Jesucristo–lamentábamos–de las leyes y de la gobernación de los pueblos, y derivada la autoridad, no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que ... hasta los mismos fundamentos de autoridad han quedado arrancados, una vez suprimida la causa principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. De lo cual no ha podido menos de seguirse una violenta conmoción de toda la humana sociedad, privada de todo apoyo y fundamento sólido. [Quas Primas]
El Papa Pío XII (después de la Segunda Guerra Mundial):
        Nos sentimos invadidos por la tristeza y por la angustia cuando percibimos que la iniquidad de los malos ha llegado a un grado de impiedad increíble y enteramente desconocido en otros tiempos. [Carta de 11 de febrero de 1949]. (Cursiva, nuestra)15
        Venerables hermanos: Sabéis perfectamente que la casi totalidad de la raza humana se deja arrastrar hacia dos campos antagónicos: o a favor de Cristo, o contra Cristo. La raza humana está inmersa en una crisis suprema, que provocará o su salvación por intermedio de Cristo, o su destrucción [Evangelii Præcones, 1951]. (Cursiva, nuestra) 
       Obviamente, en el Concilio Vaticano II se librarían batallas sin cuenta entre el grupo internacional de Padres que combatieron a favor de la preservación de los dogmas de la Fe y de la Tradición Católica, y el grupo progresista renano. Fue, sin embargo, el elemento liberal y modernista el que, por desgracia, acabó prevaleciendo, en un proceso desencadenado por el optimismo del Papa Juan XXIII, al pensar que la verdad habría de triunfar por su propio vigor, sin necesidad de cualquier condenación terapéutica por parte del Magisterio. Wycislo entona loas a los progresistas victoriosos, tales como Hans Küng, Karl Rahner, John Courtney Murray, Yves Congar, Henri de Lubac, Edward Schillebeeckx y Gregory Baum, que anteriormente habían sido considerados (y con buenos motivos) sospechosos, y eran ahora los faros de luz que guiarían la Teología pos Vaticano II.16
       En efecto, aquellos mismos que el Papa Pío XII consideraba inadecuados para transitar por las avenidas del Catolicismo, detentaban ahora el control de la ciudad. Y como si fuera el coronamiento de sus realizaciones, tanto el Juramento Antimodernista como el Índice de los Libros Prohibidos fueron discretamente suprimidos poco después de la clausura del Concilio: una decisión que el Obispo Graber consideró “incomprensible”.17 El Papa San Pío X lo predijo con toda exactitud: la desidia de las autoridades había provocado el retorno del Modernismo con extrema virulencia.