Medio centenar de personas esperaban ayer tarde la apertura del templo para observar cómo la sangre, contenida en una ampolla, ha pasado del estado sólido a líquido y ser, además, los primeros en besar un relicario con un trozo de hueso del Santo.
Hasta las 22.00 horas del miércoles, festividad de San Pantaleón, ambas reliquias, que normalmente se custodian en el museo del monasterio, fueron expuestas en la iglesia, donde se celebraron eucaristías por la mañana y por la tarde.
Para observar mejor la pequeña ampolla con la sangre, colocada dentro de una vitrina, se han instalado dos pantallas de televisión que muestran una imagen ampliada, a tiempo real, donde se observa cómo la parte superior de sangre ha adoptado un color rojo vivo, indicativo de la licuefacción.
Según ha explicado a Efe Gabriel Ricci, uno de los tres capellanes del monasterio, la sangre no ha dejado de licuarse desde que la trasladaron de Italia al monasterio de la Encarnación en el siglo XVII, en contra de la leyenda popular procedente de Italia que vaticina catástrofes si la sangre no se licua.
"Hay años que ha empezado a licuarse antes y se ha mantenido líquida más tiempo, no es una cuestión matemática y se ve por el color rojo de la sangre, que cuando está coagulada tiene una tonalidad marrón oscura, y al mover la ampolla", ha apuntado.
Dado que San Pantaleón era médico y fue mártir, normalmente los fieles rezan pidiendo que les proteja en los aspectos de la salud y alguno de los presentes le atribuyen auténticos milagros en casos de enfermedades graves.
Así, uno de los encargados de la vigilancia hoy en la iglesia ha asegurado a Efe que fue testigo, hace ahora unos diez años, de cómo "un niño que estaba desahuciado fue traído del Hospital Niño Jesús por su padre y se curó de manera inexplicable después de que la Priora del convento de clausura pasara la ampolla sobre el niño enfermo".
San Pantaleón, oriundo de Nicomedia, en la actual Turquía, murió el 27 de julio del año 305, perseguido por el emperador Dioclesiano, por ejercer la medicina gratuitamente, lo que suscitó la envidia y el resentimiento de sus colegas de la época, y negarse a apostatar de la fe cristiana.
En la ciudad italiana de Ravello se expone la ampolla más grande que existe con sangre del santo y de la que se extrajo la porción que se conserva en el monasterio madrileño y que miles de fieles visitan cada año en estas fechas.
EFE
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viernes, 29 de julio de 2011
miércoles, 29 de junio de 2011
EL ESPÍRITU DE LA COMUNIÓN
SAN PEDRO JULIÁN EYMARD
Extracto de sus escritos y predicaciones.
Dilata os tuum et implebo illud.
"Da rienda suelta a tus deseos, que yo los llenaré."
(Ps., LXXX, 11)
En la inefable unión que con el que comulga contrae, llega el amor de Jesucristo al último grado de perfección y produce copiosísimas gracias, por lo que debemos aspirar a la Comunión, y a la Comunión frecuente y aun cotidiana, por cuanto de bueno, santo y perfecto puedan sugerirnos la piedad, las virtudes y el amor.
Como la sagrada Comunión es la gracia, el modelo y el ejercicio de todas las virtudes, puesto que todas se practican en esta divina acción, mayor provecho sacaremos de ella que que de todos los demás medios de santificación.
Mas para ello menester es que la Sagrada Comunión llegue a ser el pensamiento que se adueñe de nuestra mente y de nuestros afectos, el intento a cuya consecución se encaminen el estudio, la piedad y las virtudes todas: el fin de la vida entera, como también la ley que la rija, debe ser la recepción de Jesús.
Vivamos de tal suerte que pueda admitírsenos fructuosamente a la Comunión frecuente y aun diaria; para decirlo todo de una vez, perfeccionémonos para comulgar bien y vivamos para comulgar siempre.
Pero, ¿la grandeza de Dios no oprimirá nuestra nada?
-No. Antes al contrario, en la Comunión no existe esa celestial y divina grandeza que reina en los cielos. ¿No veis cómo se encubre Jesús para no asustarnos y para que oséis mirarle y acercaros?
¿Qué deberá vuestra indignidad deteneros lejos de Dios infinitamente santo? Cierto que el mayor santo, que el querubín más puro, es indigno de recibir al Dios sacramentado... Pero ¿no paráis mientes en que Jesús oculta sus virtudes y hasta su santidad para no mostrar más que su bondad? ¿No escucháis esa suavísima voz suya que os dice : venid a mí? ¿No sentís la proximidad de ese amor divino que os atrae? Vuestros derechos no se fundan, no, en vuestros méritos, ni vuestras virtudes abren las puertas del cenáculo, sino el amor de Jesús.
¡Pero es tan poca cosa mi piedad y tan frío mi amor!
¿Cómo recibir a nuestro Señor en alma tan tibia y, por lo mismo, tan repugnante y despreciable?
¿Tibios estáis? Razón de más para que os echéis de ese horno ardiente... ¿Repugnantes? ¡Oh, eso nunca para este Buen Pastor, para éste tierno Padre, más padre que todos los padres, más madre que todas las madres! Cuanto más enfermos y flacos estéis, tanto mayor necesidad tenéis de su socorro; el pan es vida de débiles no menos que de fuertes.
¡Pero si tal vez tenga pecados en mi conciencia!... Si después del debido examen no tenéis certeza moral, si no tenéis conciencia positiva de algún pecado mortal, bien podéis ir a la santa Comunión; si perdonáis a los que os ofenden, alcanzado habéis ya el perdón de vuestras faltas; cuanto a las negligencias de cada día, distracciones en la oración, primeros movimiento de impaciencia, de vanidad, o de amor propio; cuanto a la pereza en desechar al punto el fuego de las tentaciones, atadlos en un haz todos esos retoños de Adán y echadlos al fuego del amor divino; lo que el amor perdona, bien perdonado queda.
No os alejen de la sagrada mesa vanos pretextos; antes comulgad por Jesucristo; si no queréis comulgar por vosotros mismos. Comulgar por Jesucristo es consolarle del abandono en que le dejan la mayor parte de los hombres; es decirle que no se engañó al instituir este Sacramento de espiritual refección. Es hacer fructificar los tesoros de gracia que Jesucristo ha encerrado en la Eucaristía sólo ara distribuirlos entre los hombres. Más aún, es dar a su amor un vida de expansión cual desea, a su bondad, la dicha de favorecer, a su realeza la gloria de derramar sus beneficios.
Comulgando realizáis, por consiguiente, el fin glorioso de la Eucaristía; sin quienes comulgaran, en vano correría este río; este horno de amor no abrasaría los corazones; este rey quedaría en su trono sin súbditos.
No solo da a Jesús Sacramentado ocasión de satisfacer su amor, sino también la Sagrada Comunión le otorga también una nueva vida, que Él consagra a la mayor gloria de su Padre. Imposible le es, en su estado glorioso, honrarle con amor libre y meritorio, pero gracias a la Comunión irá al hombre, formará sociedad con él; se le unirá por una tan admirable manera que el cristiano pondrá a su disposición miembros y facultades sensibles y vivos, y le dará la libertad necesaria para merecer practicando las virtudes. El cristiano se transformará así por la Comunión en Jesús mismo, y Jesús volverá a vivir en él.
Algo divino pasará entonces en el que comulga; el hombre trabajará y Jesús dará la gracia del trabajo; el hombre guardará para sí el mérito; pero toda la gloria será para Jesucristo. Jesús podrá decir todavía a su Padre: Os amo, os adoro, sufro todavía y vivo de nuevo en mis miembros.
He ahí lo que confiere a la Comunión su mayor eficacia.
Es ella una segunda y perpetua Encarnación de Jesucristo y establece una sociedad de vida y de amor entre el hombre y el Salvador; es, en suma, una segunda vida para Jesús.
viernes, 24 de junio de 2011
SAN JUAN BOSCO: PROFECÍAS SOBRE PARÍS Y ROMA
Profecías sobre Paris, Italia y Roma: Sn. Juan Bosco
SUEÑO 75.—AÑO DE 1870.
(M. B. Tomo IX. págs. 779-783; Tomo X, págs. 59-63)
El seis de enero, fiesta de la Epifanía o de la manifestación del Señor, se celebró la segunda Sesión del Concilio Vaticano I, en la cual los Padres, según el rito, hicieron uno después de otro, comenzando por el Sumo Pontífice, la solemne profesión de fe. La víspera de aquella memorable solemnidad [San] Juan Don Bosco vio en sueño cuanto vamos a exponer a continuación: fue el mismo [Santo] quien escribió lo que vio y oyó.
Sólo Dios lo puede todo, lo conoce todo y lo ve todo.
Dios no tiene ni pasado ni futuro, para Dios no hay nada oculto; todas las cosas le son presentes y para El no hay distancia de lugar o de persona. Sólo El en su infinita misericordia y para su gloria puede manifestar las cosas futuras a los hombres. La víspera de la Epifanía del corriente año de 1870 desaparecieron todos los objetos materiales de mi habitación y me encontré ante la consideración de cosas sobrenaturales. Fue algo que duró breves instantes, pero fueron muchas las cosas que vi. Aunque de forma y de apariencias sensibles, no se pueden comunicar a los demás sino con mucha dificultad con signos exteriores o sensibles.
Cuanto sigue podrá dar una idea de ello. En todo esto se encuentra la palabra de Dios acomodada a la palabra del hombre.
«Del Sur viene la guerra, del Norte viene la paz.
Las leyes de Francia no reconocen ya al Creador y el Creador se hará conocer y la visitará tres veces con la vara de su furor.
La primera abatirá su soberbia, con las derrotas, con el saqueo y con los estragos en las cosechas, en los animales y en los hombres.
En la segunda, la gran prostituta de Babilonia, aquella a la que los buenos llaman, suspirando, el prostíbulo de Europa, será privada del jefe y entregada al desorden.
¡París! ¡París! En vez de armarte con el nombre del Señor te rodeas de casas de inmoralidad. Estas serán por ti misma destruidas: tu ídolo, el Panteón, será reducido a cenizas, para que se cumpla lo que está escrito: mentita est iniquitas sibi. Tus enemigos te colmarán de angustias, de hambre, de espanto y quedarás convertida en la
abominación de las naciones. Pero ¡ay de ti si no reconoces la mano qué te hiere! Quiero castigar la inmoralidad, el abandono, el desprecio de mi ley, dice el Señor.
En la tercera caerás bajo una mano extranjera: tus enemigos verán desde lejos tus palacios incendiados, tus casas convertidas en montones de ruinas, bañadas en la sangre de tus héroes, que ya no existen. Pero he aquí que un gran guerrero del Norte llevará un estandarte; sobre la diestra que lo sustenta está escrito: "Irresistible es la mano del Señor".
En aquel instante el Venerando Anciano del Lacio le salió al encuentro flameando una antorcha de luz vivísima. Entonces el estandarte se extendió y de negro que era se trocó blanco como la nieve. En el centro del estandarte estaba escrito con caracteres de oro el nombre de Quien todo lo puede.
El guerrero y los suyos hicieron una profunda inclinación al Anciano y se estrecharon la mano. Ahora la voz del cielo se dirige al Pastor de los pastores. Tú ahora estás en la gran conferencia con tus asesores; pero el enemigo del bien no guarda un momento
de reposo; estudia y practica toda clase de argucias contra ti. Sembrará la discordia entre tus asesores; suscitará enemigos entre mis hijos. Las potencias del siglo vomitarán fuego y querrían que las palabras fuesen ahogadas en las gargantas de los custodios de mi ley. Pero esto no sucederá. Harán el mal, pero en perjuicio de sí mismos. Tú date prisa; si las dificultades no se resuelven, corta por lo sano. Si te sientes angustiado, no te detengas, sino al contrario, continúa adelante hasta que le sea cercenada la cabeza a la hidra del error. Este golpe hará temblar a la tierra y al infierno, pero el mundo recobrará la seguridad y todos los buenos se alegrarán.
Conserva, pues, junto a ti solamente a dos asesores, pero a cualquier parte que vayas, continúa y termina la obra que te fue confiada.
Los días corren velozmente y tus años se acercan al número establecido; pero la gran Reina será siempre tu auxilio y como en los tiempos pasados, también en el porvenir será siempre magnum et singulare in Ecclesia proesidium.
Y a ti, Italia, tierra de bendiciones, ¿quién te ha sumergido en la desolación?... No digas que tus enemigos, sino tus amigos. ¿No oyes a tus hijos pidiendo el pan de la fe sin encontrar quien se lo parta? ¿Qué haré? Heriré a los pastores, ahuyentaré el rebaño, a fin de que los que se sientan sobre la cátedra de [San] Moisés busquen buenos pastos y la grey escuche dócilmente y se alimente.
Pero sobre la grey y sobre los pastores caerá mi mano; la carestía, la peste, la guerra, harán de manera que las madres lloren la sangre de los hijos y de los esposos muertos en tierra enemiga.
¿De ti, oh Roma, que será? Roma ingrata, Roma afeminada, Roma soberbia. Has llegado al punto que no buscas ni admiras en tu soberano más que el lujo, olvidando que tu gloria y la suya está sobre el Gólgota. Ahora él está viejo, achacoso, inerme, despojado de todo; sin embargo, con tu esclava palabra, todavía hace temblar el mundo.
Roma… Yo vendré cuatro veces sobre ti.
En la primera castigaré la tierra y tus habitantes.
En la segunda llegará la ruina y el exterminio hasta tus murallas.
¿Todavía no abres los ojos?
Vendré la tercera vez y destruiré las defensas y los defensores y al dominio del Padre sucederá el reino del Terror, del espanto y de la desolación. Pero mis sabios huyen, Mi ley es todavía pisoteada; por eso te haré la cuarta visita.
¡Ay de ti, si Mi Ley es todavía para ti un nombre vano! Se darán prevaricaciones entre los doctos y los ignorantes. Tu sangre y la sangre de tus hijos lavará las manchas que tú infieres a la ley de tu Dios.
La guerra, la peste, el hambre, serán los flagelos con que será castigada la soberbia y la malicia de los hombres. ¿Dónde están, oh ricos, vuestra magnificencia, vuestras villas, vuestros palacios?
Convertido se han en la basura de las plazas y de las calles.
Pero vosotros sacerdotes, ¿por qué no corréis a llorar entre el vestíbulo y el altar, pidiendo que cesen los castigos? ¿Por qué no tomáis el escudo de la fe y no vais por los tejados, por las casas, por las calles, por las plazas y por todo lugar, incluso al inaccesible a llevar la semilla de mi palabra? ¿Ignoráis que es terrible la espada de dos filos que abate a mis enemigos?
Estas cosas deberán venir inexorablemente una después de la otra.
Pero la Augusta Reina de los cielos está presente. El poder de Dios está en sus manos; disipa como niebla a sus enemigos. El venerado anciano está revestido de todas sus antiguas vestiduras.
Sobrevendrá todavía un violento huracán
La iniquidad se ha consumado, el pecado tendrá fin y antes de que transcurran dos plenilunios en el mes de las flores, el iris de la paz aparecerá sobre la tierra.
El gran Ministro verá a la esposa de su Rey vestida de fiesta.
En todo el mundo aparecerá un sol, tan luminoso, que jamás existió desde las llamas del Cenáculo hasta hoy, ni se verá otro semejante hasta el fin de los días».
************************************************************************
[San] Juan Don Bosco hizo sacar una copia de este escrito a Don Julio Barberis, que fue la que llevó consigo a Roma.
Hizo hacer otra copia algunas semanas después, a Don Joaquín Berto, el cual dejó consignado en su Memoria:
«[San] Juan Don Bosco me comunicó el texto de una
profecía por escrito que comenzaba con estas precisas palabras: Dios todo lo puede, Dios lo conoce todo, etc., recomendándome el más riguroso secreto y que no hablara de ello con nadie a no ser con el propio autor. Entre otras cosas se refería a la guerra entre Francia y Prusia, a las condiciones de la Iglesia y a la desolación que azotaba a Italia, como me explicó a mí al preguntarle sobre el particular. El [Santo] me hizo sacar una copia para enviarla a Roma a cierto prelado».
La Civiltá Cattolica, año XXIII, volumen VI, serie octava, año 1872, en las páginas 299 y 303, hace referencia a este vaticinio y transcribe algunos párrafos del texto del mismo haciéndolos preceder de estas autorizadas palabras: «Nos complacemos en recordar un recientísimo vaticinio que no ha sido anteriormente impreso y que es completamente desconocido para el público, vaticinio que fue comunicado desde una ciudad de Italia a un personaje de Roma el 12 de febrero de 1870. Nosotros ignoramos su procedencia.
Pero podemos dar fe de que lo hemos tenido en nuestras manos, antes de que París fuese bombardeada por los alemanes e incendiada por los comunistas. Y añadiremos que nos causó gran maravilla el ver anunciada en él también la caída de Roma, cuando no se creía próxima ni probable».
Hemos conservado varias copias de esta profecía. La más autorizada es un manuscrito de Don Berto. Ofrece al principio la siguiente nota: «Fue comunicada el 12 de febrero de 1870 al Santo Padre», al margen se leen algunas notas o apostillas autógrafas del mismo [San] Juan Don Bosco y al final algunas aclaraciones, evidentemente escritas o dictadas con anterioridad a los hechos y revisadas nuevamente después por el [Santo]. Dichas apostillas y aclaraciones explicaban o determinaban los acontecimientos predichos, los cuales, como veremos, se cumplieron en gran parte poco después y parte de ellos, al
menos hasta hoy, no se han cumplido.
Francia perdió su jefe y fue vencido por Prusia en 1870.
En París tuvieron lugar los horrores que todos conocen.
Es de notarse que interrogado inmediatamente sobre el cumplimiento de dichos hechos, [San] Juan Don Bosco contestó que tal vez no se llegaran a realizar jamás, porque el Señor en su misericordia, suele a veces indicar simplemente a los hombres el camino que podrían seguir en tal y en tal circunstancia para vencer ciertas dificultades y nada más; por tanto, cuando no se siguen las directrices trazadas, es evidente que no puede verificarse lo que ha sido indicado.
Las Memorias Biográficas en el tomo X nos ofrecen los siguientes datos relacionados con el sueño o visión precedente: «En 1870, exponía [San] Juan Don Bosco al Papa Beato Pio IX en audiencia que le fue concedida el 12 de febrero, un resumen de la primera visión. Llevaba consigo el relato escrito para presentarlo al Santo Padre, pero como no se atreviese a hacerlo, se limitó a leer un
trozo que llevaba ya preparado relacionado con la Augusta Persona del Pontífice... También en la última audiencia que le concediera Beato Pío Pp. IX en el mismo año, volvió el [Santo] a hacer referencia a los sucesos políticos con tal precisión, que el Papa no pudo disimular la impresión y el dolor que aquellos pronósticos producían en su ánimo. Poco después de la toma de Roma, al recordar la entrevista celebrada con el [Santo], por medio del Cardenal Berardi, mandó a decir a [San] Juan Don Bosco que hablase clara y positivamente. Y [San] Juan Don Bosco, que antes no había insertado en el escrito la parte leída en presencia del Romano Pontífice, la incluyó en la copia hecha por Don Berto, enviándola a Roma por conducto de un Cardenal;
documento que fue conservado por Beato Pío Pp. IX junto con una carta anónima en la que se hacia constar que procedía de una "persona que en otras ocasiones ha demostrado tener ilustraciones sobrenaturales" y que sucederían "otras cosas que no se podían consignar por escrito sino verbalmente por lo delicado de ¡a materia"; añadiendo: "y si algo es demasiado oscuro veré si es posible dar alguna explicación"; terminando con estas palabras: "Sírvase de estos datos como le plazca, solamente le rogaría no aludiese a mi nombre en manera alguna, por la razón que puede suponer».
[San] Juan Don Bosco impuso también al secretario que hizo la copia del documento la obligación del más riguroso silencio.
SUEÑO 75.—AÑO DE 1870.
(M. B. Tomo IX. págs. 779-783; Tomo X, págs. 59-63)
El seis de enero, fiesta de la Epifanía o de la manifestación del Señor, se celebró la segunda Sesión del Concilio Vaticano I, en la cual los Padres, según el rito, hicieron uno después de otro, comenzando por el Sumo Pontífice, la solemne profesión de fe. La víspera de aquella memorable solemnidad [San] Juan Don Bosco vio en sueño cuanto vamos a exponer a continuación: fue el mismo [Santo] quien escribió lo que vio y oyó.
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Dios no tiene ni pasado ni futuro, para Dios no hay nada oculto; todas las cosas le son presentes y para El no hay distancia de lugar o de persona. Sólo El en su infinita misericordia y para su gloria puede manifestar las cosas futuras a los hombres. La víspera de la Epifanía del corriente año de 1870 desaparecieron todos los objetos materiales de mi habitación y me encontré ante la consideración de cosas sobrenaturales. Fue algo que duró breves instantes, pero fueron muchas las cosas que vi. Aunque de forma y de apariencias sensibles, no se pueden comunicar a los demás sino con mucha dificultad con signos exteriores o sensibles.
Cuanto sigue podrá dar una idea de ello. En todo esto se encuentra la palabra de Dios acomodada a la palabra del hombre.
«Del Sur viene la guerra, del Norte viene la paz.
Las leyes de Francia no reconocen ya al Creador y el Creador se hará conocer y la visitará tres veces con la vara de su furor.
La primera abatirá su soberbia, con las derrotas, con el saqueo y con los estragos en las cosechas, en los animales y en los hombres.
En la segunda, la gran prostituta de Babilonia, aquella a la que los buenos llaman, suspirando, el prostíbulo de Europa, será privada del jefe y entregada al desorden.
¡París! ¡París! En vez de armarte con el nombre del Señor te rodeas de casas de inmoralidad. Estas serán por ti misma destruidas: tu ídolo, el Panteón, será reducido a cenizas, para que se cumpla lo que está escrito: mentita est iniquitas sibi. Tus enemigos te colmarán de angustias, de hambre, de espanto y quedarás convertida en la
abominación de las naciones. Pero ¡ay de ti si no reconoces la mano qué te hiere! Quiero castigar la inmoralidad, el abandono, el desprecio de mi ley, dice el Señor.
En la tercera caerás bajo una mano extranjera: tus enemigos verán desde lejos tus palacios incendiados, tus casas convertidas en montones de ruinas, bañadas en la sangre de tus héroes, que ya no existen. Pero he aquí que un gran guerrero del Norte llevará un estandarte; sobre la diestra que lo sustenta está escrito: "Irresistible es la mano del Señor".
En aquel instante el Venerando Anciano del Lacio le salió al encuentro flameando una antorcha de luz vivísima. Entonces el estandarte se extendió y de negro que era se trocó blanco como la nieve. En el centro del estandarte estaba escrito con caracteres de oro el nombre de Quien todo lo puede.
El guerrero y los suyos hicieron una profunda inclinación al Anciano y se estrecharon la mano. Ahora la voz del cielo se dirige al Pastor de los pastores. Tú ahora estás en la gran conferencia con tus asesores; pero el enemigo del bien no guarda un momento
de reposo; estudia y practica toda clase de argucias contra ti. Sembrará la discordia entre tus asesores; suscitará enemigos entre mis hijos. Las potencias del siglo vomitarán fuego y querrían que las palabras fuesen ahogadas en las gargantas de los custodios de mi ley. Pero esto no sucederá. Harán el mal, pero en perjuicio de sí mismos. Tú date prisa; si las dificultades no se resuelven, corta por lo sano. Si te sientes angustiado, no te detengas, sino al contrario, continúa adelante hasta que le sea cercenada la cabeza a la hidra del error. Este golpe hará temblar a la tierra y al infierno, pero el mundo recobrará la seguridad y todos los buenos se alegrarán.
Conserva, pues, junto a ti solamente a dos asesores, pero a cualquier parte que vayas, continúa y termina la obra que te fue confiada.
Los días corren velozmente y tus años se acercan al número establecido; pero la gran Reina será siempre tu auxilio y como en los tiempos pasados, también en el porvenir será siempre magnum et singulare in Ecclesia proesidium.
Y a ti, Italia, tierra de bendiciones, ¿quién te ha sumergido en la desolación?... No digas que tus enemigos, sino tus amigos. ¿No oyes a tus hijos pidiendo el pan de la fe sin encontrar quien se lo parta? ¿Qué haré? Heriré a los pastores, ahuyentaré el rebaño, a fin de que los que se sientan sobre la cátedra de [San] Moisés busquen buenos pastos y la grey escuche dócilmente y se alimente.
Pero sobre la grey y sobre los pastores caerá mi mano; la carestía, la peste, la guerra, harán de manera que las madres lloren la sangre de los hijos y de los esposos muertos en tierra enemiga.
¿De ti, oh Roma, que será? Roma ingrata, Roma afeminada, Roma soberbia. Has llegado al punto que no buscas ni admiras en tu soberano más que el lujo, olvidando que tu gloria y la suya está sobre el Gólgota. Ahora él está viejo, achacoso, inerme, despojado de todo; sin embargo, con tu esclava palabra, todavía hace temblar el mundo.
Roma… Yo vendré cuatro veces sobre ti.
En la primera castigaré la tierra y tus habitantes.
En la segunda llegará la ruina y el exterminio hasta tus murallas.
¿Todavía no abres los ojos?
Vendré la tercera vez y destruiré las defensas y los defensores y al dominio del Padre sucederá el reino del Terror, del espanto y de la desolación. Pero mis sabios huyen, Mi ley es todavía pisoteada; por eso te haré la cuarta visita.
¡Ay de ti, si Mi Ley es todavía para ti un nombre vano! Se darán prevaricaciones entre los doctos y los ignorantes. Tu sangre y la sangre de tus hijos lavará las manchas que tú infieres a la ley de tu Dios.
La guerra, la peste, el hambre, serán los flagelos con que será castigada la soberbia y la malicia de los hombres. ¿Dónde están, oh ricos, vuestra magnificencia, vuestras villas, vuestros palacios?
Convertido se han en la basura de las plazas y de las calles.
Pero vosotros sacerdotes, ¿por qué no corréis a llorar entre el vestíbulo y el altar, pidiendo que cesen los castigos? ¿Por qué no tomáis el escudo de la fe y no vais por los tejados, por las casas, por las calles, por las plazas y por todo lugar, incluso al inaccesible a llevar la semilla de mi palabra? ¿Ignoráis que es terrible la espada de dos filos que abate a mis enemigos?
Estas cosas deberán venir inexorablemente una después de la otra.
Pero la Augusta Reina de los cielos está presente. El poder de Dios está en sus manos; disipa como niebla a sus enemigos. El venerado anciano está revestido de todas sus antiguas vestiduras.
Sobrevendrá todavía un violento huracán
La iniquidad se ha consumado, el pecado tendrá fin y antes de que transcurran dos plenilunios en el mes de las flores, el iris de la paz aparecerá sobre la tierra.
El gran Ministro verá a la esposa de su Rey vestida de fiesta.
En todo el mundo aparecerá un sol, tan luminoso, que jamás existió desde las llamas del Cenáculo hasta hoy, ni se verá otro semejante hasta el fin de los días».
[San] Juan Don Bosco hizo sacar una copia de este escrito a Don Julio Barberis, que fue la que llevó consigo a Roma.
Hizo hacer otra copia algunas semanas después, a Don Joaquín Berto, el cual dejó consignado en su Memoria:
«[San] Juan Don Bosco me comunicó el texto de una
profecía por escrito que comenzaba con estas precisas palabras: Dios todo lo puede, Dios lo conoce todo, etc., recomendándome el más riguroso secreto y que no hablara de ello con nadie a no ser con el propio autor. Entre otras cosas se refería a la guerra entre Francia y Prusia, a las condiciones de la Iglesia y a la desolación que azotaba a Italia, como me explicó a mí al preguntarle sobre el particular. El [Santo] me hizo sacar una copia para enviarla a Roma a cierto prelado».
La Civiltá Cattolica, año XXIII, volumen VI, serie octava, año 1872, en las páginas 299 y 303, hace referencia a este vaticinio y transcribe algunos párrafos del texto del mismo haciéndolos preceder de estas autorizadas palabras: «Nos complacemos en recordar un recientísimo vaticinio que no ha sido anteriormente impreso y que es completamente desconocido para el público, vaticinio que fue comunicado desde una ciudad de Italia a un personaje de Roma el 12 de febrero de 1870. Nosotros ignoramos su procedencia.
Pero podemos dar fe de que lo hemos tenido en nuestras manos, antes de que París fuese bombardeada por los alemanes e incendiada por los comunistas. Y añadiremos que nos causó gran maravilla el ver anunciada en él también la caída de Roma, cuando no se creía próxima ni probable».
Hemos conservado varias copias de esta profecía. La más autorizada es un manuscrito de Don Berto. Ofrece al principio la siguiente nota: «Fue comunicada el 12 de febrero de 1870 al Santo Padre», al margen se leen algunas notas o apostillas autógrafas del mismo [San] Juan Don Bosco y al final algunas aclaraciones, evidentemente escritas o dictadas con anterioridad a los hechos y revisadas nuevamente después por el [Santo]. Dichas apostillas y aclaraciones explicaban o determinaban los acontecimientos predichos, los cuales, como veremos, se cumplieron en gran parte poco después y parte de ellos, al
menos hasta hoy, no se han cumplido.
Francia perdió su jefe y fue vencido por Prusia en 1870.
En París tuvieron lugar los horrores que todos conocen.
Es de notarse que interrogado inmediatamente sobre el cumplimiento de dichos hechos, [San] Juan Don Bosco contestó que tal vez no se llegaran a realizar jamás, porque el Señor en su misericordia, suele a veces indicar simplemente a los hombres el camino que podrían seguir en tal y en tal circunstancia para vencer ciertas dificultades y nada más; por tanto, cuando no se siguen las directrices trazadas, es evidente que no puede verificarse lo que ha sido indicado.
Las Memorias Biográficas en el tomo X nos ofrecen los siguientes datos relacionados con el sueño o visión precedente: «En 1870, exponía [San] Juan Don Bosco al Papa Beato Pio IX en audiencia que le fue concedida el 12 de febrero, un resumen de la primera visión. Llevaba consigo el relato escrito para presentarlo al Santo Padre, pero como no se atreviese a hacerlo, se limitó a leer un
trozo que llevaba ya preparado relacionado con la Augusta Persona del Pontífice... También en la última audiencia que le concediera Beato Pío Pp. IX en el mismo año, volvió el [Santo] a hacer referencia a los sucesos políticos con tal precisión, que el Papa no pudo disimular la impresión y el dolor que aquellos pronósticos producían en su ánimo. Poco después de la toma de Roma, al recordar la entrevista celebrada con el [Santo], por medio del Cardenal Berardi, mandó a decir a [San] Juan Don Bosco que hablase clara y positivamente. Y [San] Juan Don Bosco, que antes no había insertado en el escrito la parte leída en presencia del Romano Pontífice, la incluyó en la copia hecha por Don Berto, enviándola a Roma por conducto de un Cardenal;
documento que fue conservado por Beato Pío Pp. IX junto con una carta anónima en la que se hacia constar que procedía de una "persona que en otras ocasiones ha demostrado tener ilustraciones sobrenaturales" y que sucederían "otras cosas que no se podían consignar por escrito sino verbalmente por lo delicado de ¡a materia"; añadiendo: "y si algo es demasiado oscuro veré si es posible dar alguna explicación"; terminando con estas palabras: "Sírvase de estos datos como le plazca, solamente le rogaría no aludiese a mi nombre en manera alguna, por la razón que puede suponer».
[San] Juan Don Bosco impuso también al secretario que hizo la copia del documento la obligación del más riguroso silencio.
SAN JUAN BAUTISTA
Este es el único santo al cual se le celebra la fiesta el día de su nacimiento.
San Juan Bautista nació seis meses antes de Jesucristo (de hoy en seis meses - el 24 de diciembre - estaremos celebrando el nacimiento de nuestro Redentor, Jesús).
El capítulo primero del evangelio de San Lucas nos cuenta de la siguiente manera el nacimiento de Juan: Zacarías era un sacerdote judío que estaba casado con Santa Isabel, y no tenían hijos porque ella era estéril. Siendo ya viejos, un día cuando estaba él en el Templo, se le apareció un ángel de pie a la derecha del altar.
Al verlo se asustó, mas el ángel le dijo: "No tengas miedo, Zacarías; pues vengo a decirte que tú verás al Mesías, y que tu mujer va a tener un hijo, que será su precursor, a quien pondrás por nombre Juan. No beberá vino ni cosa que pueda embriagar y ya desde el vientre de su madre será lleno del Espíritu Santo, y convertirá a muchos para Dios".
Pero Zacarías respondió al ángel: "¿Cómo podré asegurarme que eso es verdad, pues mi mujer ya es vieja y yo también?".
El ángel le dijo: "Yo soy Gabriel, que asisto al trono de Dios, de quien he sido enviado a traerte esta nueva. Mas por cuanto tú no has dado crédito a mis palabras, quedarás mudo y no volverás a hablar hasta que todo esto se cumpla".
Seis meses después, el mismo ángel se apareció a la Santísima Virgen comunicándole que iba a ser Madre del Hijo de Dios, y también le dio la noticia del embarazo de su prima Isabel.
Llena de gozo corrió a ponerse a disposición de su prima para ayudarle en aquellos momentos. Y habiendo entrado en su casa la saludó. En aquel momento, el niño Juan saltó de alegría en el vientre de su madre, porque acababa de recibir la gracia del Espíritu Santo al contacto del Hijo de Dios que estaba en el vientre de la Virgen.
También Santa Isabel se sintió llena del Espíritu Santo y, con espíritu profético, exclamó: "Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde me viene a mí tanta dicha de que la Madre de mi Señor venga a verme? Pues en ese instante que la voz de tu salutación llegó a mis oídos, la criatura que hay en mi vientre se puso a dar saltos de júbilo. ¡Oh, bienaventurada eres Tú que has creído! Porque sin falta se cumplirán todas las cosas que se te han dicho de parte del Señor". Y permaneció la Virgen en casa de su prima aproximadamente tres meses; hasta que nació San Juan.
De la infancia de San Juan nada sabemos. Tal vez, siendo aún un muchacho y huérfano de padres, huyó al desierto lleno del Espíritu de Dios porque el contacto con la naturaleza le acercaba más a Dios. Vivió toda su juventud dedicado nada más a la penitencia y a la oración.
Como vestido sólo llevaba una piel de camello, y como alimento, aquello que la Providencia pusiera a su alcance: frutas silvestres, raíces, y principalmente langostas y miel silvestre. Solamente le preocupaba el Reino de Dios.
Cuando Juan tenía más o menos treinta años, se fue a la ribera del Jordán, conducido por el Espíritu Santo, para predicar un bautismo de penitencia.
Juan no conocía a Jesús; pero el Espíritu Santo le dijo que le vería en el Jordán, y le dio esta señal para que lo reconociera: "Aquel sobre quien vieres que me poso en forma de paloma, Ese es".
Habiendo llegado al Jordán, se puso a predicar a las gentes diciéndoles: Haced frutos dignos de penitencia y no estéis confiados diciendo: Tenemos por padre a Abraham, porque yo os aseguro que Dios es capaz de hacer nacer de estas piedras hijos de Abraham. Mirad que ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto, será cortado y arrojado al fuego".
Y las gentes le preguntaron: "¿Qué es lo que debemos hacer?". Y contestaba: "El que tenga dos túnicas que reparta con quien no tenga ninguna; y el que tenga alimentos que haga lo mismo"…
"Yo a la verdad os bautizo con agua para moveros a la penitencia; pero el que ha de venir después de mí es más poderoso que yo, y yo no soy digno ni siquiera de soltar la correa de sus sandalias. El es el que ha de bautizaros en el Espíritu Santo…"
Los judíos empezaron a sospechar si el era el Cristo que tenía que venir y enviaron a unos sacerdotes a preguntarle "¿Tu quién eres?" El confesó claramente: "Yo no soy el Cristo" Insistieron: "¿Pues cómo bautizas?" Respondió Juan, diciendo: "Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está Uno a quien vosotros no conocéis. El es el que ha de venir después de mí…"
Por este tiempo vino Jesús de Galilea al Jordán en busca de Juan para ser bautizado. Juan se resistía a ello diciendo: "¡Yo debo ser bautizado por Ti y Tú vienes a mí! A lo cual respondió Jesús, diciendo: "Déjame hacer esto ahora, así es como conviene que nosotros cumplamos toda justicia". Entonces Juan condescendió con El.
Habiendo sido bautizado Jesús, al momento de salir del agua, y mientras hacía oración, se abrieron los cielos y se vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y permaneció sobre El. Y en aquel momento se oyó una voz del cielo que decía: "Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias".
Al día siguiente vio Juan a Jesús que venía a su encuentro, y al verlo dijo a los que estaban con él: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquél de quien yo os dije: Detrás de mí vendrá un varón, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo".
Entonces Juan atestiguó, diciendo: "He visto al Espíritu en forma de paloma descender del cielo y posarse sobre El. Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: Aquél sobre quien vieres que baja el Espíritu Santo y posa sobre El, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo. Yo lo he visto, y por eso doy testimonio de que El es el Hijo de Dios".
Herodías era la mujer de Filipo, hermano de Herodes. Herodías se divorció de su esposo y se casó con Herodes, y entonces Juan fue con él y le recriminó diciendo: "No te es lícito tener por mujer a la que es de tu hermano"; y le echaba en cara las cosas malas que había hecho.
Entonces Herodes, instigado por la adúltera, mandó gente hasta el Jordán para traerlo preso, queriendo matarle, mas no se atrevió sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía, pues estaba muy perplejo y preocupado por lo que le decía.
Herodías le odiaba a muerte y sólo deseaba encontrar la ocasión de quitarlo de en medio, pues tal vez temía que a Herodes le remordiera la conciencia y la despidiera siguiendo el consejo de Juan.
Sin comprenderlo, ella iba a ser la ocasión del primer mártir que murió en defensa de la indisolubilidad del matrimonio y en contra del divorcio.
Estando Juan en la cárcel y viendo que algunos de sus discípulos tenían dudas respecto a Jesús, los mandó a El para que El mismo los fortaleciera en la fe.
Llegando donde El estaba, le preguntaron diciendo: "Juan el Bautista nos ha enviado a Ti a preguntarte si eres Tú el que tenía que venir, o esperamos a otro".
En aquel momento curó Jesús a muchos enfermos. Y, respondiendo, les dijo: "Id y contad a Juan las cosas que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio…"
Así que fueron los discípulos de Juan, empezó Jesús a decir: "¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Alguna caña sacudida por el viento? o ¿Qué salisteis a ver? ¿Algún profeta? Si, ciertamente, Yo os lo aseguro; y más que un profeta. Pues de El es de quien está escrito: Mira que yo te envío mi mensajero delante de Ti para que te prepare el camino. Por tanto os digo: Entre los nacidos de mujer, nadie ha sido mayor que Juan el Bautista…"
Llegó el cumpleaños de Herodes y celebró un gran banquete, invitando a muchos personajes importantes. Y al final del banquete entró la hija de Herodías y bailó en presencia de todos, de forma que agradó mucho a los invitados y principalmente al propio Herodes.
Entonces el rey juró a la muchacha: "Pídeme lo que quieras y te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino".
Ella salió fuera y preguntó a su madre: "¿Qué le pediré?" La adúltera, que vio la ocasión de conseguir al rey lo que tanto ansiaba, le contestó: "Pídele la cabeza de Juan el Bautista". La muchacha entró de nuevo y en seguida dijo al rey: "Quiero que me des ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista".
Entonces se dio cuenta el rey de su error, y se pudo muy triste porque temía matar al Bautista; pero a causa del juramento, no quiso desairarla, y, llamando a su guardia personal, ordenó que fuesen a la cárcel, lo decapitasen y le entregaran a la muchacha la cabeza de Juan en la forma que ella lo había solicitado.
sábado, 18 de junio de 2011
Abrirán la Puerta Santa de la Catedral de México
La puerta central de la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México está siendo limpiada y remozada por expertos del INAH para dejarla impecable para el próximo miércoles 22 de junio, cuando sea abierta completamente, como una señal de bienvenida a quien fuera virrey de Nueva España, arzobispo de México y obispo de Puebla de Los Ángeles, el ahora beato Don Juan de Palafox y Mendoza.
Una cuadrilla de trabajadores colocó andamios frente a la Puerta Santa y comenzaron a limpiarla desde el pasado viernes, al tiempo que también le dan una manita de gato a una capilla lateral, donde posiblemente sea colocada, de manera permanente, una reliquia de Palafox y Mendoza, una vez que tanto la diócesis española de Osma como el Arzobispado de Puebla quisieron compartir con el Arzobispado de México una parte de este tesoro espiritual.
La puerta central de todas las catedrales del mundo permanece cerrada por tradición, y únicamente se abre durante los años jubilares, lo cual ocurre cada 25 años. La última vez que se celebró un jubileo de esta magnitud fue en el año 2000, y fue convocado por el beato Juan Pablo II. Entonces, la Puerta Santa estuvo abierta durante todo un año y fue cerrada el 6 de enero del 2001.
La puerta jubilar también se abre para ocasiones especiales, como son los jubileos locales, o cuando por primera vez ingresa a la catedral un obispo electo para dicha diócesis o cuando fallece el obispo en turno. En este rubro, la Puerta Santa se abrió por última vez cuando falleció el cardenal Ernesto Corripio Ahumada, quien también fuera arzobispo primado de México.
Esta vez, la Puerta Santa será abierta para que ingresen las reliquias del beato Juan de Palafox y Mendoza, una vez que fue beatificado en España el pasado 5 de junio.
El cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo primado de México, concedió la indulgencia plenaria para todos los fieles que participen en los eventos programados en la Catedral de México, en honor del primer gobernante de América que alcanza la gloria de los altares, siempre y cuando las personas interesadas cumplan con los requisitos de confesión y comunión que siempre pide la Iglesia.
El mismo miércoles 22, a las 19:30 horas, habrá un concierto en la Catedral, con la Orquesta Sinfónica de Minería, como parte de los homenajes por la Semana Palafoxiana.
La Puerta Santa volverá a ser cerrada el 23 de junio luego de que el resto de las reliquias de Palafox y Mendoza salgan de la Catedral de México con destino a Tlaxcala y Puebla, donde también se hará una recepción especial.
Una cuadrilla de trabajadores colocó andamios frente a la Puerta Santa y comenzaron a limpiarla desde el pasado viernes, al tiempo que también le dan una manita de gato a una capilla lateral, donde posiblemente sea colocada, de manera permanente, una reliquia de Palafox y Mendoza, una vez que tanto la diócesis española de Osma como el Arzobispado de Puebla quisieron compartir con el Arzobispado de México una parte de este tesoro espiritual.
La puerta central de todas las catedrales del mundo permanece cerrada por tradición, y únicamente se abre durante los años jubilares, lo cual ocurre cada 25 años. La última vez que se celebró un jubileo de esta magnitud fue en el año 2000, y fue convocado por el beato Juan Pablo II. Entonces, la Puerta Santa estuvo abierta durante todo un año y fue cerrada el 6 de enero del 2001.
La puerta jubilar también se abre para ocasiones especiales, como son los jubileos locales, o cuando por primera vez ingresa a la catedral un obispo electo para dicha diócesis o cuando fallece el obispo en turno. En este rubro, la Puerta Santa se abrió por última vez cuando falleció el cardenal Ernesto Corripio Ahumada, quien también fuera arzobispo primado de México.
Esta vez, la Puerta Santa será abierta para que ingresen las reliquias del beato Juan de Palafox y Mendoza, una vez que fue beatificado en España el pasado 5 de junio.
El cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo primado de México, concedió la indulgencia plenaria para todos los fieles que participen en los eventos programados en la Catedral de México, en honor del primer gobernante de América que alcanza la gloria de los altares, siempre y cuando las personas interesadas cumplan con los requisitos de confesión y comunión que siempre pide la Iglesia.
El mismo miércoles 22, a las 19:30 horas, habrá un concierto en la Catedral, con la Orquesta Sinfónica de Minería, como parte de los homenajes por la Semana Palafoxiana.
La Puerta Santa volverá a ser cerrada el 23 de junio luego de que el resto de las reliquias de Palafox y Mendoza salgan de la Catedral de México con destino a Tlaxcala y Puebla, donde también se hará una recepción especial.
sábado, 11 de junio de 2011
LA EUCARISTÍA Y LA GLORIA DE DIOS
Ego honorifico Patrem meum.
"Yo honro a mi Padre"
(Juan.,VIII, 49)
Jesucristo nuestro Señor, no ha querido permanecer con nosotros aquí en la tierra sólo por medio de la gracia, de su verdad y de su palabra, sino también quiso quedarse en persona.
Así que nosotros poseemos al mismo Jesucristo que vió la Judea, aunque bajo otra forma de vida. Ahora viste el ropaje sacramental, es verdad; mas no por eso deja de ser el mismo Jesucristo, el mismo hijo de Dios e hijo de María.
La gloria de Dios: eso es lo que Jesucristo procuró mientras vivió en la tierra, y eso es lo que, en el augusto Sacramento constituye el fin principal de todos sus deseos. Puede decirse que Jesucristo tomó el estado sacramental para seguir honrando y glorificando a su Padre.
I
El verbo reparó, por la encarnación , y restauró la gloria del creador, oscurecida en la creación por el pecado del primer hombre, a que le arrastró la soberbia.
Para ello se humilló el verbo eterno hasta unirse a la naturaleza humana; tomó la carne en el purísimo seno de María y se anonadó a sí mismo tomando forma de esclavo.
Rescatado el hombre con el precio de su divina sangre, devuelta a su Padre una gloria infinita con todos los actos de su vida mortal y purificada la tierra con su presencia personal, Jesús subió glorioso al cielo, pues su obra quedaba terminada.
¡Oh que día mas glorioso para la celestial Jerusalén el de la triunfante ascensión del Salvador!
¡Pero día triste y muy triste para la tierra, porque se aleja de ella su rey y reparador! ¿No sería de temer que allá, en la patria de los bienaventurados, se convirtiese bien pronto la tierra en objeto de ira y de venganza?
Cierto que Jesús deja establecida su Iglesia entre los hombres, y en ella buena y santos apóstoles; ¡pero éstos no son el Divino Maestro!
En la Iglesia habrá también muchos y muy santos imitadores de Jesús, su divino modelo; pero al fin son hombres como los demás, con sus defectos e imperfecciones , y nunca libres , mientras viven en la tierra, de caer en los profundos abismos de la culpa.
Si la reparación obrada por Jesucristo y la gloria devuelta a su Padre con tantos trabajos y sufrimientos las dejase en manos de los hombres, ¿no habría de temer por su mal resultado? ¿No sería a todas luces arriesgado encomendar la obra de la redención del mundo y de la glorificación de Dios a hombres tan incapaces e inconstantes siempre?
No, no; ¡no se abandona así un reino conquistado a costa de tan inauditos sacrificios como son la encarnación, pasión y muerte de un Dios!
¡No se epone a tales riesgos la ley divina del amor!
II
Entonces, ¿que hará el Salvador?
Permanecerá sobre la tierra. Continuará para con su eterno Padre el oficio de adorador y glorificador. Se hará Sacramento para la mayor gloria de Dios.
¿No veis a Jesús sobre el altar... en el sagrario? Está allí... Y ¿que hace?
Adora a su Padre, le da gracias, intercede por los hombres, se ofrece a Él como víctima, como hostia propiciatoria para reparar la Gloria de Dios, que sufre menoscabo continuamente. Allí está sobre su místico calvario repitiendo aquellas sublimes palabras: "Padre, perdónalos...; te ofrezco por ellos mi sangre..., mis llagas...!"
Se multiplica por todas partes; dondequiera sea preciso ofrecer alguna expiación. En cualquier sitio que se establezca una familia cristiana, allá va Jesús a formar con ella una sociedad de adoración, para glorificar a su Padre, adorándole Él mismo y haciendo que le adoren todos en espíritu y en verdad.
Y el Padre satisfecho y glorificado cuanto merece, exclama:
"Mi nombre es grande entre las naciones; desde el oriente al ocaso se me ofrece una hostia de olor agradable".
III
¡Oh maravilla de la Eucaristía! Jesús por su estado sacramental rinde homenaje a su Padre de manera tan nueva y sublime que nunca jamás recibió otro igual de criatura alguna, ni aun pudo hasta cierto punto recibirlo tan grande del mismo redentor aquí en la tierra.
¿En que consiste este homenaje extraordinario?
En que el rey de la gloria, revestido en el cielo de la infinita majestad y poder de Dios, inmola exteriormente en el santísimo Sacramento, no solamente su gloria divina, como en la encarnación, sino también su gloria humana y las cualidades gloriosas de su cuerpo resucitado.
No pudiendo honrar a su Padre, en el cielo, con el sacrificio de su gloria desciende a la tierra y se encarna de nuevo sobre el altar; el Padre puede contemplarle todavía tan pobre como en Belén; aunque continúe siendo el rey del cielo y la tierra y tan humilde y obediente como en Nazaret, puede verle sujeto no sólo a la ignominia de la cruz, sino a la más infamante de las comuniones sacrílegas y sometido a la voluntad de sus amigos y profanadores...
Así procura la gloria de su Padre este mansísimo Cordero, inmolado sin exhalar una queja; esta inocente víctima que no sabe murmurar; este glorioso Salvador que jamás pide venganza.
Más ¿para que todo esto?
Para glorificar al Padre, por la continuación mística de las más sublimes virtudes; por el sacrificio perpetuo de su libertad, de su omnipotencia y de su gloria inmoladas por puro amor, en el Santísimo Sacramento, hasta la última hora del mundo.
Presentando Jesucristo aquí en la tierra, con sus humillaciones, un contrapeso eficaz al orgullo del hombre y rindiendo por esta razón, una gloria infinita a su Padre, le consuela vivamente. ¡Que razón de la presencia eucarística más digna del amor de Jesús a su eterno Padre!
Obras Eucarísticas
San Pedro Julián Eymard
jueves, 9 de junio de 2011
VUELVE A NOSOTROS ESOS TUS OJOS MISERICORDIOSOS
María es toda ojos para compadecerse de nosotros y socorrernos San Epifanio llama a María "la de los muchos ojos"; la que es todo ojos para ver de socorrer a los necesitados. Exorcizaban a un poseído por el demonio; y al preguntarle el exorcista qué hacía María, respondió el poseso: "baja y sube". Quería decir, que esta benignísima Señora no hace otra cosa más que bajar a la tierra para traer gracias a los hombres, y subir al cielo para obtener el divino beneplácito para nuestras súplicas. Con razón san Andrés Avelino llama a la Virgen la administradora del Paraíso que de continuo se ocupa de obtener mise-ricordia, impetrando gracias para todos, tanto justos como pecadores. "El Señor tiene los ojos sobre los justos" (Sal 33,16). Pero los ojos de la Señora, dice Ricardo de San Lorenzo, están vueltos, tanto hacia los justos como hacia los pecadores. Y es porque los ojos de María son ojos de madre, y la madre no sólo mira porque su hijo no caiga, sino para que, habiendo caído, lo pueda levantar.
Bien lo dio a entender el mismo Jesús a santa Brígida cuando le oyó que hablando a su Madre le decía: "Madre, pídeme lo que quieras". Esto es lo que siempre le está diciendo el Hijo a María, gozando en complacer a esta su amada Madre en todo lo que pide. Y ¿qué le pide María al Hijo? Santa Brígida oyó que ella le decía: "Pido misericordia para los pecadores". Como si dijese: "Hijo, tú me has nombrado Madre de la misericordia, refugio de los pecadores, abogada de los desgraciados y me dices que te pida lo que quiera. ¿Qué he de pedirte? Te pido que tengas misericordia de los necesitados". "Así que, oh María – le dice con ternura san Buenaventura – tú estás tan llena de misericordia, y tan atenta a socorrer a los necesitados, que parece que no tienes otro deseo ni otro afán". Y porque entre los necesitados, los más desgraciados de todos son los pecadores, afirma Beda el Venerable, María está siempre rogando al Hijo en favor de los pecadores.
San Alfonso María de Ligorio. Las Glorias de María.
Bien lo dio a entender el mismo Jesús a santa Brígida cuando le oyó que hablando a su Madre le decía: "Madre, pídeme lo que quieras". Esto es lo que siempre le está diciendo el Hijo a María, gozando en complacer a esta su amada Madre en todo lo que pide. Y ¿qué le pide María al Hijo? Santa Brígida oyó que ella le decía: "Pido misericordia para los pecadores". Como si dijese: "Hijo, tú me has nombrado Madre de la misericordia, refugio de los pecadores, abogada de los desgraciados y me dices que te pida lo que quiera. ¿Qué he de pedirte? Te pido que tengas misericordia de los necesitados". "Así que, oh María – le dice con ternura san Buenaventura – tú estás tan llena de misericordia, y tan atenta a socorrer a los necesitados, que parece que no tienes otro deseo ni otro afán". Y porque entre los necesitados, los más desgraciados de todos son los pecadores, afirma Beda el Venerable, María está siempre rogando al Hijo en favor de los pecadores.
San Alfonso María de Ligorio. Las Glorias de María.
sábado, 4 de junio de 2011
“MI CORAZÓN ESTARÁ ALLÍ TODOS LOS DÍAS”
(III Reyes, IX, 3)
Deseaba San Pablo que los habitantes de Efeso conocieran, por la gracia de Dios Padre, de quien procede todo don, la incomparable ciencia de la caridad de Jesucristo para con el hombre. Nada podría desearles más santo, más hermoso ni más importante. Conocer el amor de Jesucristo y estar llenos de él es el reino de Dios en el hombre. Estos son precisamente los frutos de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que vive y nos ama en el Santísimo Sacramento. Esta devoción es el culto supremo del amor. Es el alma y el centro de toda la religión, porque la religión no es otra cosa que la ley, la virtud y la perfección del amor, y el Sagrado Corazón de Jesús contiene la gracia y es el modelo y la vida de este amor. Estudiemos tal amor delante de ese foco en el cual está ardiendo por nosotros.
La devoción al Sagrado Corazón tiene un doble objeto: propónese, en primer lugar, honrar por medio de la adoración y del culto público, el corazón de carne de Jesucristo, y, en segundo lugar, tiende a honrar aquel amor infinito que nos ha tenido desde su creación y que todavía está consumiéndole por nosotros en el Sacramento de nuestros altares.
De todos los órganos del cuerpo humano el corazón es el más noble. Hállase colocado en medio del cuerpo como un rey en medio de sus estados. Está rodeado de los miembros más principales, que son como sus ministros y oficiales, él los mueve y les imprime actividad, comunicándoles el calor vital que en él hay acumulado y reservado. Es la fuente de donde emana la sangre por todas las partes del organismo, regándolas y refrescándolas, Esta sangre, debilitada por la pérdida de principios vitales, vuelve desde las extremidades al corazón para renovar su calor y recobrar nuevos elementos de vida.
Lo que es verdad, tratándose del corazón humano en general, lo es también verdad tratándose del Corazón de Jesús. Es la parte más noble del cuerpo del Hombre-Dios unido hipostáticamente al Verbo, por lo cual merece el culto supremo de adoración que se debe a Dios solo. Es necesario notar que en nuestra veneración no debemos separar el Corazón de Jesús de la divinidad del Hombre-Dios; está unido al la divinidad por indisolubles lazos, y el culto que tributamos al Corazón no termina en él, sino que pasa a la Persona adorable que le posee y a la cual está unido para siempre.
De aquí se sigue que pueden dirigirse a este Corazón divino las oraciones, los homenajes y las adoraciones que dirigimos al mismo Dios. Están equivocados todos aquéllos que al oír estas palabras “Corazón de Jesús”, piensan únicamente en este órgano material, considerando el Corazón de Jesús como un miembro sin vida y sin amor, poco más o menos como se haría tratándose de una santa reliquia; se equivocan también aquéllos que juzgan que esta devoción divide la persona de Jesucristo, restringiendo a1 corazón sólo el culto que debe tributarse a toda la Persona. Estos no se fijan en que, al honrar el Corazón de Jesús no suprimimos lo restante del compuesto divino del Hombre-Dios, ya que al honrar a su Corazón lo que en realidad pretendemos es celebrar todas las acciones, la vida entera de Jesucristo que no es otra cosa que la difusión de su Corazón al exterior.
El Corazón de Jesús vive en la Eucaristía, supuesto que su cuerpo está allí vivo. Es verdad que este Corazón divino no está allí de un modo sensible, ni se le puede ver, pero lo, mismo ocurre con todos los hombres. Este principio de vida conviene que sea misterioso, que esté oculto: descubrirlo sería matarlo; sólo se conoce su existencia por los efectos que produce. El hombre no pretende ver el corazón de un amigo, le basta una palabra para cerciorarse de su amor. ¿Qué diremos del Corazón divino de Jesús? El se nos manifiesta por los sentimientos que nos inspira, y esto debe bastarnos. Por otra parte, ¿quién sería capaz de contemplar la belleza y la bondad de este Corazón? ¿Quién podría tolerar el esplendor de su gloria ni soportar la intensidad del fuego devorador de su amor, capaz de consumirlo todo? ¿Quién se atrevería a dirigir su mirada a esa arca divina, en la cual está escrito con letras de fuego su Evangelio de amor, en donde se hallan glorificadas todas sus virtudes, donde su amor tiene su trono y su bondad guarda todos sus tesoros? ¿Quién querría penetrar en el propio santuario de la divinidad? ¡El Corazón de Jesús! ¡Es el cielo de los cielos, habitado por el mismo Dios, en el cual encuentra todas sus delicias! ¡No, no vemos el Corazón eucarístico de Jesús; pero lo poseemos…! ¡Es nuestro!
"Obras Eucarísticas de San Pedro Julián de Eymard"
Deseaba San Pablo que los habitantes de Efeso conocieran, por la gracia de Dios Padre, de quien procede todo don, la incomparable ciencia de la caridad de Jesucristo para con el hombre. Nada podría desearles más santo, más hermoso ni más importante. Conocer el amor de Jesucristo y estar llenos de él es el reino de Dios en el hombre. Estos son precisamente los frutos de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que vive y nos ama en el Santísimo Sacramento. Esta devoción es el culto supremo del amor. Es el alma y el centro de toda la religión, porque la religión no es otra cosa que la ley, la virtud y la perfección del amor, y el Sagrado Corazón de Jesús contiene la gracia y es el modelo y la vida de este amor. Estudiemos tal amor delante de ese foco en el cual está ardiendo por nosotros.
La devoción al Sagrado Corazón tiene un doble objeto: propónese, en primer lugar, honrar por medio de la adoración y del culto público, el corazón de carne de Jesucristo, y, en segundo lugar, tiende a honrar aquel amor infinito que nos ha tenido desde su creación y que todavía está consumiéndole por nosotros en el Sacramento de nuestros altares.
De todos los órganos del cuerpo humano el corazón es el más noble. Hállase colocado en medio del cuerpo como un rey en medio de sus estados. Está rodeado de los miembros más principales, que son como sus ministros y oficiales, él los mueve y les imprime actividad, comunicándoles el calor vital que en él hay acumulado y reservado. Es la fuente de donde emana la sangre por todas las partes del organismo, regándolas y refrescándolas, Esta sangre, debilitada por la pérdida de principios vitales, vuelve desde las extremidades al corazón para renovar su calor y recobrar nuevos elementos de vida.
Lo que es verdad, tratándose del corazón humano en general, lo es también verdad tratándose del Corazón de Jesús. Es la parte más noble del cuerpo del Hombre-Dios unido hipostáticamente al Verbo, por lo cual merece el culto supremo de adoración que se debe a Dios solo. Es necesario notar que en nuestra veneración no debemos separar el Corazón de Jesús de la divinidad del Hombre-Dios; está unido al la divinidad por indisolubles lazos, y el culto que tributamos al Corazón no termina en él, sino que pasa a la Persona adorable que le posee y a la cual está unido para siempre.
De aquí se sigue que pueden dirigirse a este Corazón divino las oraciones, los homenajes y las adoraciones que dirigimos al mismo Dios. Están equivocados todos aquéllos que al oír estas palabras “Corazón de Jesús”, piensan únicamente en este órgano material, considerando el Corazón de Jesús como un miembro sin vida y sin amor, poco más o menos como se haría tratándose de una santa reliquia; se equivocan también aquéllos que juzgan que esta devoción divide la persona de Jesucristo, restringiendo a1 corazón sólo el culto que debe tributarse a toda la Persona. Estos no se fijan en que, al honrar el Corazón de Jesús no suprimimos lo restante del compuesto divino del Hombre-Dios, ya que al honrar a su Corazón lo que en realidad pretendemos es celebrar todas las acciones, la vida entera de Jesucristo que no es otra cosa que la difusión de su Corazón al exterior.
El Corazón de Jesús vive en la Eucaristía, supuesto que su cuerpo está allí vivo. Es verdad que este Corazón divino no está allí de un modo sensible, ni se le puede ver, pero lo, mismo ocurre con todos los hombres. Este principio de vida conviene que sea misterioso, que esté oculto: descubrirlo sería matarlo; sólo se conoce su existencia por los efectos que produce. El hombre no pretende ver el corazón de un amigo, le basta una palabra para cerciorarse de su amor. ¿Qué diremos del Corazón divino de Jesús? El se nos manifiesta por los sentimientos que nos inspira, y esto debe bastarnos. Por otra parte, ¿quién sería capaz de contemplar la belleza y la bondad de este Corazón? ¿Quién podría tolerar el esplendor de su gloria ni soportar la intensidad del fuego devorador de su amor, capaz de consumirlo todo? ¿Quién se atrevería a dirigir su mirada a esa arca divina, en la cual está escrito con letras de fuego su Evangelio de amor, en donde se hallan glorificadas todas sus virtudes, donde su amor tiene su trono y su bondad guarda todos sus tesoros? ¿Quién querría penetrar en el propio santuario de la divinidad? ¡El Corazón de Jesús! ¡Es el cielo de los cielos, habitado por el mismo Dios, en el cual encuentra todas sus delicias! ¡No, no vemos el Corazón eucarístico de Jesús; pero lo poseemos…! ¡Es nuestro!
"Obras Eucarísticas de San Pedro Julián de Eymard"
jueves, 2 de junio de 2011
EL TRIUNFO DE JESUCRISTO POR LA EUCARISTÍA
Obras Eucarísticas
San Pedro Julián Eymard
Christus vincit, regnat, imperat: ab omni malo plebem suam defendat.
"Jesucristo vence, reina, impera; Él libre a su pueblo de todo mal"
El Papa Sixto V hizo grabar estas palabras en el obelisco que se levanta en medio de la plaza de san Pedro en Roma.
Estas magníficas palabras se hallan en presente, y no en pretérito, para indicarnos que el triunfo de Jesucristo es siempre actual, y que este triunfo se obtiene por la Eucaristía y en la Eucaristía.
I
Christus vincit. -Cristo vence
Jesucristo ha combatido, y ha quedado dueño del campo de batalla; en él tremola su estandarte y en él ha fijado su residencia: la Hostia santa, el tabernáculo eucarístico.
Venció al judaísmo y su templo, y sobre el monte calvario se levanta un tabernáculo ante el cual le adoran todas las naciones bajo las especies del Sacramento.
Venció al paganismo... y la ciudad de los césares ha sido elegida por Él para hacerla su propia capital. En el templo de Júpiter Tonante hay otro tabernáculo.
Ha vencido la falsa sabiduría de los que se tenían por sabios y, ante la Eucaristía que se levanta sobre el mundo difundiendo sus rayos por todo él; huyen las tinieblas como las sombras de la noche al aproximarse la salida del sol. Los ídolos rodaron por el suelo y fueron abolidos sus sacrificios: Jesucristo en la Eucaristía es un conquistador que nunca se detiene, marchando siempre adelante: se ha propuesto someter el mundo a su dulce imperio.
Cuantas veces se apodera de un país, planta enseguida allí su regia tienda eucarística: su toma de posesión consiste en erigir un tabernáculo. Ahora mismo, en nuestros días, se va a los pueblos salvajes, y, dondequiera que se lleva la Eucaristía, los pueblos se convierten al cristianismo: este es el secreto del triunfo de nuestros misioneros católicos y lo que explica el fracaso de los predicadores protestantes. Aquí es el hombre quien combate, allí es Jesucristo quien triunfa.
II
Christus regnat.- Jesucristo reina
Jesucristo no reina sobre los territorios, sino sobre las almas: reina por la Eucaristía.
El dominio efectivo de un rey consistirá en que sus súbditos guarden sus leyes y le profesen un amor verdadero.
Ahora bien: la Eucaristía es la ley del cristianismo: ley de caridad, ley de amor, promulgada en el cenáculo por aquél admirable discurso que Jesús pronunció después de la cena: "Amaos los unos a los otros, este es mi precepto. Amaos como yo os he amado. Permaneced en mí y observad mis mandamientos. (1)
Ley que se intima en la Comunión: como los discípulos de Emaús, el cristiano ve entonces claro y comprende la plenitud de la ley.
La fracción del pan era lo que hacía a los primeros cristianos tan fuertes contra sus perseguidores, y tan fieles en practicar la ley de Jesucristo : "Erant perseverantes in communicatione fractionis panis.- Perseveraban en la fracción del pan" (2)
La ley de Jesucristo es una, santa, universal, eterna: nada en ella cambiará, ni nada debilitará su fuerza: la observa el mismo Jesucristo, su divino autor, y Él es quien la graba en nuestro corazón por medio de su amor. El mismo legislador es el que se encarga de promulgar su divina ley en cada una de nuestras almas.
Es una ley de amor. ¿Cuantos reyes reinan por amor? Apenas hay otro rey que Jesucristo cuyo yugo no se imponga por la fuerza: su reinado es la dulzura misma y sus verdaderos súbditos se someten a Él en vida y en muerte, y mueren si es preciso, antes que serle infieles.
III
Christus imperat.- Cristo manda
No hay rey que mande en todo el mundo. Cialquiera que éste sea, tendrá en los otros reyes iguales a él. Pero Dios Padre dijo a Jesucristo: "Te daré en herencia todas las naciones" (1). Y Jesús, al enviar por el mundo a sus lugartenientes, les dijo: "Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra: id y enseñad y mandad a todas las naciones" (2)
Del cenáculo salieron sis órdenes y el tabernáculo eucarístico, que es una prolongación y una multiplicación del cenáculo es el cuartel general del rey del reyes. Aquí reciben sus órdenes todos los que defienden la buena causa.
Ante Jesús Eucaristía todos son súbditos, todos obedecen; desde el Papa, vicario de Jesucristo, hasta el último fiel.
Jesucristo Manda.
IV
Christus ab omni malo plebem sum defendat. Que Jesucristo nos defienda de todo mal.
La Eucaristía es el divino pararrayos que aparta de nustras cabezas los rayos de la justicia divina. Del mismo modo que una madre bondadosa y tierna, para librar a su hijo de la cólera de su padre irritado lo esconde entre sus brazos y con su cuerpo forma una especie de muralla para protegerle, así Jesús se ha multiplicado por todo el mundo y cubre y rodea toda la tierra con su presencia misericordiosa. La justicia divina no encuentra ya lugar donde pueda cumplir su oficio ni se atreve a ello.
Y contra el demonio, ¡que protección tan eficaz! La sangre de Jesús que ha teñido nuestros labios nos hace terribles a satanás: señalados con la sangre del cordero, no figurado, sino verdadero, no hay que temer ya al ángel exterminador.
La Eucaristía protege al culpable para que tenga tiempo de arrepentirse: en otros tiempos, los asesinos perseguidos por la justicia encontraban un lugar de refugio en las iglesias, de las cuales no los podían sacar para castigarles, y allí vivían a la sombra de la misericordia de Jesucristo.
Sin la Eucaristía, sin ese calvario perpetuo, ¡cuántas veces la cólera divina habría estado contra nosotros!
¡Y cuán desgraciados son los pueblos que se han quedado sin la Eucaristía! ¡Que tinieblas y que anarquía reina en los espíritus, qué frialdad en los corazones! Sólo triunfa satanás.
A nosotros la Eucaristía nos libra de todos los males: Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat; ab omni malo plebem suam defendat.
(1) Psf.,II, 8
(2) Matth., XXVIII, 18.
lunes, 30 de mayo de 2011
DE LA CONSIDERACIÓN DEL JUICIO FINAL por FRAY LUIS DE GRANADA
LIBRO DE ORACIÓN Y MEDITACIÓN
FRAY LUIS DE GRANADA
(Granada, 1504-Lisboa, 1588) Escritor español. Confesor de duques y de reyes, fue el orador sagrado más famoso de su tiempo en España y Portugal. Sus sermones, dentro del más puro estilo ciceroniano, sirvieron de modelo hasta el s. XVIII; fue también uno de los mejores prosistas del s. XVI en latín, castellano y portugués. Destacan sus Seis libros de la retórica eclesiástica (1576), el Libro de la oración y de la meditación (1554), la Guía de pecadores (1556) y el Memorial de la vida cristiana (1561).
TRATADO CUARTO
De la consideración del juicio final
«Verdaderamente he conocido que ninguna cosa hay tan eficaz para conservar la divina gracia como vivir en todo tiempo con temor, y no tener altos pensamientos».
Pues, para alcanzar esta joya tan preciosa, aprovecha mucho la consideración y memoria continua de los juicios divinos, y mayormente de aquel supremo juicio que se ha de hacer en el fin del mundo, el cual es la más horrible cosa de cuantas nos anuncian las escrituras divinas. Porque son tan espantosas las nuevas que deste día se nos dan, que si no fuera Dios el que las dice, del todo fueran increíbles. Por donde el Salvador, después de haber predicado algunas dellas a sus discípulos, porque la grandeza dellas parecía exceder la común credulidad y fe de los hombres, acabó la materia con esta afirmación, diciendo: «En verdad os digo que no se acabará el mundo sin que todas estas cosas se cumplan. Porque el cielo y la tierra faltarán, mas mis palabras no faltarán».
En los Actos de los apóstoles se escribe que, predicando san Pablo de las cosas deste día delante del presidente de Judea, que el juez comenzó a temblar de lo que el apóstol decía, puesto caso que como gentil no tenía fe ni crédito de aquel misterio. Por do parece cuán terribles cosas deberían ser las que el apóstol predicaba, pues el sonido solo dellas bastó para causar tan grande espanto y temblor en un hombre que no las creía.
Pues el cristiano, que las cree y las tiene por fe, ¿qué será razón que sienta en esta parte?
Y no piense nadie excusarse con su inocencia, diciendo que esas amenazas no dicen a él, sino a los hombres injustos y desalmados. Porque justo era san Jerónimo, y con todo eso decía que, cada vez que se acordaba del día del juicio, le temblaba el corazón y el cuerpo. Justo era también David, y hombre hecho a la condición de Dios, y con todo eso temía tanto la cuenta deste día, que decía en un salmo: «No entres, señor, en juicio con tu siervo, porque no será justificado delante ti ninguno de los vivientes».
Justo era también el inocentísimo Job, y con todo eso era tan grande el temor con que vivía, que dice de sí:
«De la manera que teme el navegante en medio de la tormenta, cuando ve venir sobre sí las olas hinchadas y furiosas, así yo siempre temblaba delante la majestad de Dios; y era tan grande mi temor, que ya no podía sufrir el peso dél».
Mas, sobre todos, aun era más justo el apóstol san Pablo, y con todo eso decía: «No me remuerde la conciencia de cosa mal hecha, mas no por eso me tengo por seguro; porque el que me ha de juzgar, el señor es». Como si dijera: «Muchas veces puede acaecer que nuestros ojos no hallen cosa que tachar en nuestras obras, y que la hallen los ojos de Dios; porque lo que se esconde a los ojos de los hombres, no se esconde a los de Dios». A un pintor grosero parecerá muy perfecta una pintura que tiene hecha, en la cual un pintor famoso hallará muchos defectos que notar. Pues, ¿cuánto mayores los hallará aquella suma bondad y sabiduría en una criatura tan mal inclinada como el hombre, que como se escribe en Job, bebe así como agua la maldad? Y si la espada de Dios halló tanto que cortar en el cielo, ¿cuánto más hallará en la tierra, que no lleva sino cardos y espinas? ¿Quién habrá que tenga todos los rincones de su ánima tan barridos y limpios, que no tenga necesidad de decir con el profeta: «De mis pecados ocultos líbrame, señor»?
Así que a todos conviene vivir con temor deste día, por muy justificadamente que viva, pues el día es tan temeroso, y nuestra vida tan culpable, y el juez tan justo, y, sobre todo, sus juicios tan profundos, que nadie sabe la suerte que le ha de caber, sino que,como dice el Salvador, «dos estarán en el campo, a uno tomarán y a otro dejarán; dos en una misma cama, a uno tomarán y a otro dejarán; dos moliendo en un molino, a uno tomarán y a otro dejarán». En las cuales palabras se da a entender que, de un mismo estado y manera de vida, unos serán llevados al cielo y otros al infierno, porque ninguno se tenga por seguro mientras vive en este mundo.
Para pensar en la grandeza deste juicio, has primero de presuponer que no hay lengua en el mundo que sea bastante para explicar el menor de los trabajos deste día.
Por donde el profeta Joel, queriendo hablar de la grandeza dél, hallóse tan atajado de razones y tan embarazado, que comenzó a tartamudear como niño y a decir: «¡A, a, a, qué día será aquél!» Desta manera de hablar usó Jeremías, cuando Dios lo quería enviar a predicar, para significar que era niño y del todo inhábil para aquella embajada tan grande a que Dios lo escogía, y desta misma usa ahora este profeta para dar a entender que no hay lengua en el mundo que no sea como de niño tartamudo para significar lo que ha de ser en este día.
En este día reducirá Dios a su debida hermosura toda la fealdad que los malos han causado en el mundo con sus malas obras. Y como éstas hayan sido tantas, así la enmienda ha de ser proporcionada con ellas, para que a costa del malo quede el mundo tan hermoseado con su pena cuanto antes estuvo afeado con su culpa.
Cuando un hombre da alguna gran caída y se le desconcierta un brazo, tanto cuanto fue mayor el desconcierto, tanto con mayor dolor se viene después a concertar y poner en su lugar.
Pues como los malos hayan desconcertado todas las cosas deste mundo, y puéstolas fuera de su lugar natural, cuando aquel celestial reformador venga a restituir el mundo con el castigo de tantos desconciertos, ¿qué tan grande será el castigo, pues tales y tantos fueron los desconciertos?
No sólo se llama este «día de ira», sino también «día de Dios», como lo llama el profeta Joel, para dar a entender que todos estotros han sido días de hombres, en los cuales hicieron ellos su voluntad contra la de Dios, mas éste se llama día de Dios, porque en él hará Dios su voluntad contra la dellos. Tú ahora juras y perjuras y blasfemas, y calla Dios. Día vendrá en que rompa Dios el silencio de tantos días y tantas injurias, y responda por su honra. De manera que no hay más que dos días en el mundo: un día de Dios y otro del hombre. En este su día, puede el hombre hacer todo lo que quisiere, y a todo callará Dios.
En este día puede el rey Sedecías mandar empozar al profeta de Dios, y darle a comer pan por onzas y hacer todo cuanto se le antojare, y a todas estas injurias callará Dios. Mas tras de este día vendrá otro día, y tomará Dios al rey Sedecías y quitarle ha el reino, y destruirá a Jerusalén y llevará en hierros a Sedecías delante del rey de Babilonia, y allí matarán todos sus amigos e hijos en presencia dél, y luego le mandarán sacar los ojos, guardados para ver tanto mal, y tras desto lo hará llevar en hierros a Babilonia y poner en una cárcel hasta que muera. De manera que, así como el hombre tuvo licencia para hacer en su día todo cuanto se le antojó sin que nadie le fuese a la mano, así la tendrá Dios para hacer en este día todo lo que él quisiere sin que nadie se lo estorbe.
Finalmente, si quieres saber qué tal será este día, párate a considerar las señales que le precederán, porque por las señales conocerás lo señalado, y por la víspera y vigilia la fiesta del día.
Primeramente, aquel día cuándo haya de ser, nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo -para haberlo de revelar a nadie-, sino sólo el Padre. Mas, todavía, precederán antes dél algunas señales por las cuales puedan pronosticar los hombres, no sólo la vecindad deste día, sino también la grandeza dél. Porque, como dice el Salvador, primero que este día venga habrá grandes guerras y movimientos en el mundo.
Levantarse han gentes contra gentes y reinos contra reinos, y habrá grandes temblores de tierra en muchas partes, y pestilencias, hambres y cosas espantosas que parecerán en el aire, y otras grandes señales y maravillas.
Y, sobre todos estos males, vendrá aquella persecución tantas veces denunciada del mayor perseguidor de cuantos ha tenido la Iglesia, que es el Anticristo, el cual, no sólo con armas y tormentos horribles, sino también con milagros aparentes y fingidos hará la más cruel guerra contra la Iglesia que jamás se hizo. Piensa, pues, ahora tú, como dice san Gregorio, qué tiempo será aquél, cuando el piadoso mártir ofrecerá sus miembros al verdugo, y el verdugo hará milagros delante dél. Finalmente, será tan grande la tribulación destos días, cual nunca fue desde el principio del mundo, ni jamás será. Y, si no proveyese la misericordia de Dios que se abreviasen estos días, no se salvara en ellos toda carne. Mas por amor de los escogidos se abreviarán.
Después destas señales habrá otras más espantosas y más vecinas a este día, las cuales parecerán en el sol y en la luna y en las estrellas, de las cuales dice el Señor por Ezequiel: «Haré que se oscurezcan sobre ti las estrellas del cielo, y cubriré el sol con una nube, y la luna no resplandecerá con su luz, y todas las lumbreras del cielo haré que se entristezcan y hagan llanto sobre ti, y enviaré tinieblas sobre toda tu tierra». Pues habiendo tan grandes señales y alteraciones en el cielo, ¿qué se espera que habrá en la tierra, pues que toda se gobierna por él? Vemos que cuando en una república se revuelven las cabezas que la gobiernan, que todos los otros miembros y partes della se revuelven y desconciertan. Pues si todo este cuerpo del mundo se gobierna por las virtudes de cielo, estando éstas alteradas y fuera de su orden natural, ¿qué tales estarán todos los miembros y partes dél? ¿Cuál estará el aire, sino lleno de relámpagos y torbellinos y cometas encendidos? ¿Cuál estará la tierra, sino llena de aberturas y temblores espantosos, los cuales se cree que serán tan grandes, que bastarán para derribar, no sólo las casas fuertes y las torres soberbias, mas aún hasta los montes y peñas arrancarán y trastornarán de sus lugares? Mas la mar, sobre todos los elementos, se embravecerá, y serán tan altas sus olas y tan furiosas, que parecerá que han de cubrir toda la tierra. A los vecinos espantará con sus crecientes, y a los distantes con sus bramidos, los cuales serán tales, que de muchas leguas se oirán.
¡Cuáles andarán entonces los hombres! ¡Cuán atónitos, cuán confusos, cuán perdido el sentido, la habla y el gusto de todas las cosas! Dice el Salvador que se verán entonces las gentes en grande aprieto y ahogamiento, y que andarán los hombres secos y ahilados de muerte por el temor grande de las cosas que han de sobrevenir al mundo. ¿Qué es esto?, dirán. ¿Qué significan estos pronósticos? ¿Qué ha de venir a parir esta preñez del mundo? ¿En qué han de parar estos tan grandes remolinos de todas las cosas? Pues así andarán los hombres espantados y desmayados, caídas las alas del corazón y los brazos, mirándose los unos a los otros. Y espantarse han tanto de verse tan desfigurados, que esto solo bastaría para hacerlos desmayar, aunque no hubiese más que temer. Cesarán todos los oficios y granjerías del mundo, y con ellos el estudio y la codicia de adquirir, porque la grandeza del temor traerá tan ocupados sus corazones, que no sólo se olvidarán destas cosas, sino también del comer y del beber, y de todo lo necesario para la vida. Todo el cuidado será andar a buscar lugares seguros para defenderse de los temblores de la tierra y de las tempestades del aire y de las crecientes de la mar. Y así, los hombres se irán a meter en las cuevas de las fieras, y las fieras se vendrán a guarecer en las casas de los hombres. Y así, todas las cosas andarán revueltas y llenas de confusión. Afligirlos han los males presentes, y mucho más el temor de los venideros, porque no sabrán en qué fines hayan de parar tan dolorosos principios.
Faltan palabras para encarecer este negocio, y todo lo que se dice es menos de lo que será. Vemos ahora que, cuando en la mar se levanta alguna brava tormenta, o cuando en la tierra sobreviene algún grave torbellino o terremoto, cuáles andan los hombres, cuán medrosos y cuán cortados, y cuán pobres de esfuerzo y de consejo. Pues cuando entonces el cielo y la tierra, y la mar y el aire ande todo revuelto, y en todas las regiones y elementos del mundo haya su propia tormenta, cuando el sol amenace con luto, y la luna con sangre, y las estrellas con sus caídas, ¿quién comerá? ¿Quién dormirá? ¿Quién tendrá un solo punto de reposo en medio de tantas tormentas? ¡Oh, desdichada suerte la de los malos, a cuya cabeza amenazan todos estos pronósticos, y bienaventurada la de los buenos, para quien todas estas cosas son favores y regalos y buenos anuncios de la prosperidad que les ha de venir! ¡Cuán alegremente cantarán entonces con el profeta:
«Dios es nuestro refugio y nuestra firmeza, y por esto no temeremos aunque se trastorne la tierra y se arranquen los montes y vengan a caer en el corazón de la mar»! «Así como entendéis -dice el Salvador- que, cuando la figuera y todos los árboles comienzan a florecer y dar su fruto, que se llega ya el verano, así, cuando viereis estas cosas, sabed que se acerca el reino de Dios. Entonces podréis abrir los ojos y levantar la cabeza, porque se llega el día de vuestra redención.» ¡Cuán alegre estará entonces el bueno, y por cuán bien empleados dará todos sus trabajos! Y, por el contrario, ¡cuán arrepentido estará el malo, y por cuán condenados tendrá todos sus pasos y caminos!
Después de todas estas señales, acercarse ha la venida del juez, delante del cual vendrá un diluvio universal de fuego que abrase y vuelva en ceniza toda la gloria del mundo. Este fuego, a los malos será comienzo de su pena, y a los buenos principio de su gloria, y a los que algo tuvieren por pagar purgatorio de su culpa. Aquí fenecerá toda la gloria del mundo, aquí expirará el movimiento de los cielos, el curso de los planetas, la generación de las cosas, la variedad de los tiempos, con todo lo demás que de los cielos depende. Y así, escribe san Juan en el Apocalipsis que vio un ángel poderoso vestido de una nube resplandeciente, el cual tenía el rostro como el sol, y el arco del cielo por corona en su cabeza, y los pies como columnas de fuego, de los cuales, el uno tenía puesto sobre la mar, y el otro sobre la tierra. Y este ángel dice que levantó el brazo hacia el cielo, y juró por el que vive en los siglos de los siglos que de ahí adelante no habría más tiempo, es a saber, ni movimiento de cielos ni cosa que se gobierne por ellos, y lo que más es, ni lugar de penitencia, ni de mérito ni de demérito, para la otra vida.
Después deste fuego vendrá, como dice el apóstol, un arcángel con grande poder y majestad, y tocará una trompeta que sonará por todas las partes del mundo, con la cual convocará todas las gentes a juicio. Ésta es aquella temerosa voz de que dice San Jerónimo: «Ahora coma, ahora beba, siempre parece que me está sonando a las orejas aquella voz que dirá: Levantaos, muertos, y venid a juicio». ¿Quién apelará desta citación? ¿Quién podrá recusar este juicio? ¿A quién no temblará la contera con esta voz? Esta voz quitará a la muerte todos sus despojos, y le hará restituir todo lo que tiene tomado al mundo. Y así, dice San Juan que allí la mar entregó los muertos que tenía, y asimismo la muerte y el infierno entregaron los que tenían. Pues, ¿qué cosa será ver allí parir a la mar y a la tierra por todas partes tantas diferencias de cuerpos, y ver concurrir en uno tantos ejércitos, y tantas suertes y maneras de naciones y gentes? Allí estarán los Alejandros, allí los Jerjes, allí los Daríos, y los césares de los romanos y los reyes poderosísimos, con otro hábito y otro brío, y con otros pensamientos muy diferentes de los que en este mundo tuvieron. Y allí, finalmente, se juntarán todos los hijos de Adán para que cada uno dé razón de sí y sea juzgado según sus obras.
Mas, aunque todos resuciten para nunca más morir, será grande la diferencia que habrá entre cuerpos y cuerpos. Porque los cuerpos de los justos resucitarán hermosos y resplandecientes como el sol, mas los de los malos oscuros y feos como la misma muerte. Pues, ¿qué alegría será entonces para las ánimas de los justos ver del todo ya cumplido su deseo, y verse juntos los hermanos tan queridos y tan amados, a cabo de tan largo destierro? Cómo podrá entonces decir el ánima a su cuerpo: «¡Oh cuerpo mío y fiel compañero mío que así me ayudaste a ganar esta corona, que tantas veces conmigo ayunaste, velaste y sufriste el golpe de la disciplina, y el trabajo de la pobreza, y la cruz de la penitencia, y las contradiciones del mundo! ¡Cuántas veces te quitaste el pan de la boca para dar al pobre! ¡Cuántas quedaste desabrigado por vestir al desnudo! ¡Cuántas renunciaste y perdiste de tu derecho por no perder la paz con el prójimo! Pues justo es que te quepa ahora parte desta hacienda, pues me ayudaste a ganarla, y que seas compañero de mi gloria, pues también lo fuiste de mis trabajos». Allí, pues, se ayuntarán en un supuesto los dos fieles amigos, no ya con apetitos y pareceres contrarios, sino con liga de perpetua paz y conformidad, para que eternalmente puedan cantar y decir: «Mirad cuán buena cosa es, y cuán alegre, morar ya los hermanos en uno».
Mas, por el contrario, ¡qué tristeza sentirá el ánima del condenado cuando vea su cuerpo tal cual allí se lo ofrecerán, oscuro, sucio, hediondo y abominable! ¡Oh malaventurado cuerpo!, dirá ella. ¡Oh principio y fin de mis dolores! ¡Oh causa de mi condenación! ¡Oh, no ya compañero mío, sino enemigo; no ayudador, sino perseguidor; no morada, sino cadena y lazo de mi perdición! ¡Oh gusto malaventurado, y qué caros me cuestan ahora tus regalos! ¡Oh carne hedionda, que a tales tormentos me has traído con tus deleites! ¿Éste es el cuerpo por quien yo pequé? ¿Déste eran los deleites por quien yo me perdí? ¿Por este muladar podrido perdí el reino del cielo? ¿Por este vil y sucio tronco perdí el fruto de la vida perdurable? ¡Oh furias infernales!, levantaos ahora contra mí y despedazadme, que yo merezco este castigo. ¡Oh, malaventurado el día de mi desastrado nacimiento, pues tal hubo de ser mi suerte, que pagase con eternos tormentos tan breves y momentáneos deleites!
Éstas y otras más desesperadas palabras dirá la desventurada ánima a aquel cuerpo que en este mundo tanto amó. Pues dime ahora, ánima miserable, ¿por qué tanto aborreces lo que tanto amaste? ¿No era esta carne tu querida? ¿No era este vientre tu dios? ¿No era este rostro el que curabas y guardabas del sol y aire, y pintabas con tan artificiosos colores? ¿No eran éstos los brazos y los dedos que resplandecían con oros y diamantes? ¿No era éste el cuerpo para quien se cercaba la mar y la tierra para tenerle la mesa delicada y la cama blanda y la vestidura preciosa? Pues, ¿quién ha trocado tu afición? ¿Quién ha hecho tan aborrecible lo que antes era tan amable? Cata aquí, pues, hermano, en qué para la gloria del mundo con todos los deleites y regalos del cuerpo.
Pues estando ya todos resucitados y juntos en un lugar, esperando la venida del juez,descenderá de lo alto aquel a quien Dios constituyó por juez de vivos y muertos. Y así como en la primera venida vino con grandísima humildad y mansedumbre, convidando a los hombres con la paz y llamándolos a penitencia, así en la segunda vendrá con grandísima majestad y gloria, acompañado de todos los poderes y principados del cielo, amenazando con el furor de su ira a los que no quisieron usar de la blandura de su misericordia. Aquí será tan grande el temor y espanto de los malos, que como dice Isaías «andarán a buscar las aberturas de las piedras y las concavidades de las peñas para esconderse en ellas, por la grandeza del temor del Señor y por la gloria de su majestad cuando venga a juzgar la tierra». Finalmente, será tan grande este temor, que como dice San Juan, los cielos y la tierra huirán de la presencia del juez, y no hallarán lugar donde se esconder. Pues, ¿por qué huís, cielos? ¿Qué habéis hecho? ¿Por qué teméis? Y si por cielos se entienden aquellos espíritus bienaventurados que moran en los cielos, vosotros, bienaventurados espíritus, que fuisteis criados y confirmados en gracia,¿por qué huís? ¿Qué habéis hecho? ¿Por qué teméis? No temen, cierto, por su peligro, sino temen por ver en el juez una tan grande majestad y saña, que bastara para poner en espanto y admiración a todos los cielos. Cuando la mar anda brava, todavía tiene su espanto y admiración el que está seguro a la orilla. Y cuando el padre anda hecho un león por casa castigando al esclavo, todavía teme el hijo inocente, aunque sabe que no es contra él aquel enojo. Pues, ¿qué harán entonces los malos, cuando los justos así temerán? Si los cielos huyen, ¿qué hará la tierra? Y si aquellos que son todo espíritu tiemblan, ¿qué harán los que fueron del todo carne? Y si, como dice el profeta, «los montes en aquel día se derretirán delante la cara de Dios», ¿cómo nuestros corazones son más duros que las peñas, pues aun con esto no se mueven?
Delante del juez vendrá el estandarte real de la cruz, con todas las otras insignias de la sagrada pasión, para que sean testigos del remedio que Dios envió al mundo, y cómo el mundo no lo quiso recibir. Y así, la santa cruz justificará allí la causa de Dios, y a los malos dejará sin consuelo y sin excusa. Entonces dice el Salvador que llorarán y plantearán todas las gentes de la tierra, y que unas a otras se herirán en los pechos. ¡Oh, cuántas razones tendrán para llorar y plantear! Llorarán porque ya no pueden hacer penitencia ni huir de la justicia ni apelar de la sentencia. Llorarán las culpas pasadas, la vergüenza presente y los tormentos advenideros. Llorarán su mala suerte, su desastrado nacimiento y su malaventurado fin. Por estas y por otras muchas causas llorarán y plantearán, y como atajados por todas partes, y pobres de consejo y de remedio, darán palma con las manos y herirse han en los pechos unos a otros.
Entonces el juez hará división entre malos y buenos, y pondrá los cabritos a la mano siniestra y las ovejas a la diestra. ¿Quién serán éstos tan dichosos, que tal lugar y honra como ésta recibirán? Atribúlame, señor, aquí; aquí mata, aquí corta, aquí abrasa, porque allí me pongas a tu mano derecha. Luego comenzará a celebrarse el juicio, y tratarse de las causas de cada uno, según lo escribe el profeta Daniel por estas palabras: «Estaba yo -dice él- atento, y vi poner unas sillas en sus lugares, y un anciano de días se sentó en una dellas, el cual estaba vestido de una vestidura blanca como la nieve, y sus cabellos eran también blancos así como una lana limpia. El trono en que estaba sentado eran llamas de fuego, y las ruedas dél como fuego encendido, y un río de fuego muy arrebatado salía de la cara dél. Millares de millares entendían en servirle, y diez veces cien mil millares asistían delante dél. Miraba yo todo esto en aquella visión de la noche, y vi venir en las nubes uno que parecía hijo de hombre». Hasta aquí son palabras de Daniel, a las cuales añade san Juan, y dice: «Y vi todos los muertos, así grandes como pequeños, estar delante deste trono; y fueron abiertos allí los libros. Y otro libro se abrió, que es el libro de la vida, y fueron juzgados los muertos según lo contenido en aquellos libros y según sus obras». Cata aquí, hermano, el arancel por donde has de ser juzgado. Cata aquí las tasas y precios por donde se ha de apreciar todo lo que hiciste, y no por el juicio loco del mundo, que tiene el peso falso de Canaán en la mano, donde tan poco pesan la virtud y el vicio. En estos libros se escribe toda nuestra vida con tanto recaudo, que aún no has echado la palabra por la boca, cuando ya está apuntada y asentada en su registro.
Mas, ¿de qué cosas, si piensas, se nos ha de pedir cuenta? «Todos los pasos de mi vida tienes, señor, contados», dice Job. No ha de haber ni una palabra ociosa, ni un solo pensamiento de que no se haya de pedir cuenta. Y no sólo de lo que pensamos o hicimos, sino también de lo que dejamos de hacer cuando éramos obligados. Si dijeres: «Señor, yo no juré», dirá el juez: «Juró tu hijo, o tu criado, a quien tú debieras castigar». Y no sólo de las obras malas, sino también de las buenas daremos cuenta con qué intención y de qué manera las hicimos. ¿Qué diré, sino que, como dice San Gregorio, de todos los puntos y momentos de nuestra vida se nos ha de pedir allí cuenta en qué y cómo los gastamos? Pues si esto ha de pasar así, ¿de dónde nace en los que esto creemos tanta seguridad y descuido? ¿En qué confiamos? ¿Con qué nos satisfacemos y lisonjeamos en medio de tantos peligros? ¿En qué va esto, que los que más tienen por qué temer menos teman, y los que menos tenían por qué temer vivan con mayor temor?
Justo era el bienaventurado Job, pues por tal fue pronunciado por boca de Dios, y con todo esto vivía con tan gran temor desta cuenta, que decía: «¿Qué haré cuando se levante Dios a juzgar? Y cuando comience a preguntarme, ¿qué le responderé?» Palabras son éstas de corazón grandemente afligido y congojado. «¿Qué haré?», dice. Como si dijera: «Un cuidado me fatiga continuamente, un clavo traigo hincado en el corazón, que no me deja reposar. ¿Qué haré? ¿Adónde iré? ¿Qué responderé cuando entre Dios en juicio conmigo?» ¿Por qué temes, bienaventurado santo? ¿Por qué te congojas? ¿No eres tú el que dijiste: «Padre era yo de pobres, ojo de ciegos, y pies de cojos»? ¿No eres tú el que dijiste que en toda tu vida tu corazón te reprendió de cosa mala? Pues un hombre de tanta inocencia, ¿por qué teme? Porque sabía muy bien este santo que no tenía Dios ojos de carne, ni juzgaba como juzgan los hombres, en cuyos ojos muchas veces resplandece lo que ante Dios es abominable. ¡Oh, verdaderamente justo, que por eso eres tan justo, porque vives con tan gran temor! Este temor, hermanos, condena nuestra falsa seguridad, esta voz deshace nuestras vanas confianzas.
¿A quién habrá alguna vez quitado la comida, o el sueño alguna vez, este cuidado? Pues los que esto sienten como se debe sentir, algunas veces llegan a perder el sueño y la comida, y algo más. En las vidas de los Padres leemos que, como uno de aquellos santos varones viese una vez reír a un discípulo suyo, que le reprendió ásperamente, diciendo: «¡Cómo!, ¿y habiendo de dar a Dios cuenta delante del cielo y de la tierra, te osas reír?» No le parecía a este santo que tenía licencia para reírse quien esperaba hallarse en esta cuenta.
Pues acusadores y testigos tampoco faltarán en esta causa. Porque testigos serán nuestras mismas conciencias, que clamarán contra nosotros, y testigos serán también todas las criaturas de quien mal usamos, y sobre todo, será testigo el mismo señor a quien ofendimos, como él mismo lo significa por un profeta, diciendo: «Yo seré testigo apresurado contra los hechiceros y adúlteros y perjuros, y contra los que andan buscando calumnias para quitar al jornalero su jornal, y contra los que maltratan a la viuda y al huérfano, y fatigan a los peregrinos y extranjeros que poco pueden, y no miraron que estaba yo de por medio, dice el Señor».
Acusadores tampoco faltarán, y bastará por acusador el mismo demonio, que como San Agustín escribe, alegará muy bien ante el juez de su derecho, y decirle ha: «Justísimo juez, no puedes dejar de sentenciar y dar por míos a estos traidores, pues ellos han sido siempre míos, y en todo han hecho mi voluntad. Tuyos eran ellos, porque tú los criaste e hiciste a tu imagen y semejanza, y redimiste con tu sangre. Mas ellos borraron tu imagen y se pusieron la mía, desecharon tu obediencia y abrazaron la mía, menospreciaron tus mandamientos y guardaron los míos. Con mi espíritu han vivido, mis obras han imitado, por mis caminos han andado, y en todo han seguido mi partido.
Mira cuánto han sido más míos que tuyos, que sin darles yo nada ni prometerles nada, y sin haber puesto mis espaldas en la cruz por ellos, siempre han obedecido a mis mandamientos, y no a los tuyos. Si yo los mandaba jurar y perjurar, y robar y matar, y adulterar y renegar de tu santo nombre, todo esto hacían con grandísima facilidad. Si yo les mandaba poner hacienda, vida y alma por un punto de honra que yo les encarecía, o por un deleite falso a que yo los convidaba, todo lo ponían a riesgo por mí. Y por ti, que eras su Dios y su criador y su redentor, que les diste la hacienda y la salud y la vida, que les ofrecías la gracia y les prometías la gloria, y sobre todo esto, que por ellos padeciste en cruz, con todo esto, nunca se pusieron al menor de los trabajos del mundo por ti».
Pues, para alcanzar esta joya tan preciosa, aprovecha mucho la consideración y memoria continua de los juicios divinos, y mayormente de aquel supremo juicio que se ha de hacer en el fin del mundo, el cual es la más horrible cosa de cuantas nos anuncian las escrituras divinas. Porque son tan espantosas las nuevas que deste día se nos dan, que si no fuera Dios el que las dice, del todo fueran increíbles. Por donde el Salvador, después de haber predicado algunas dellas a sus discípulos, porque la grandeza dellas parecía exceder la común credulidad y fe de los hombres, acabó la materia con esta afirmación, diciendo: «En verdad os digo que no se acabará el mundo sin que todas estas cosas se cumplan. Porque el cielo y la tierra faltarán, mas mis palabras no faltarán».
En los Actos de los apóstoles se escribe que, predicando san Pablo de las cosas deste día delante del presidente de Judea, que el juez comenzó a temblar de lo que el apóstol decía, puesto caso que como gentil no tenía fe ni crédito de aquel misterio. Por do parece cuán terribles cosas deberían ser las que el apóstol predicaba, pues el sonido solo dellas bastó para causar tan grande espanto y temblor en un hombre que no las creía.
Pues el cristiano, que las cree y las tiene por fe, ¿qué será razón que sienta en esta parte?
Y no piense nadie excusarse con su inocencia, diciendo que esas amenazas no dicen a él, sino a los hombres injustos y desalmados. Porque justo era san Jerónimo, y con todo eso decía que, cada vez que se acordaba del día del juicio, le temblaba el corazón y el cuerpo. Justo era también David, y hombre hecho a la condición de Dios, y con todo eso temía tanto la cuenta deste día, que decía en un salmo: «No entres, señor, en juicio con tu siervo, porque no será justificado delante ti ninguno de los vivientes».
Justo era también el inocentísimo Job, y con todo eso era tan grande el temor con que vivía, que dice de sí:
«De la manera que teme el navegante en medio de la tormenta, cuando ve venir sobre sí las olas hinchadas y furiosas, así yo siempre temblaba delante la majestad de Dios; y era tan grande mi temor, que ya no podía sufrir el peso dél».
Mas, sobre todos, aun era más justo el apóstol san Pablo, y con todo eso decía: «No me remuerde la conciencia de cosa mal hecha, mas no por eso me tengo por seguro; porque el que me ha de juzgar, el señor es». Como si dijera: «Muchas veces puede acaecer que nuestros ojos no hallen cosa que tachar en nuestras obras, y que la hallen los ojos de Dios; porque lo que se esconde a los ojos de los hombres, no se esconde a los de Dios». A un pintor grosero parecerá muy perfecta una pintura que tiene hecha, en la cual un pintor famoso hallará muchos defectos que notar. Pues, ¿cuánto mayores los hallará aquella suma bondad y sabiduría en una criatura tan mal inclinada como el hombre, que como se escribe en Job, bebe así como agua la maldad? Y si la espada de Dios halló tanto que cortar en el cielo, ¿cuánto más hallará en la tierra, que no lleva sino cardos y espinas? ¿Quién habrá que tenga todos los rincones de su ánima tan barridos y limpios, que no tenga necesidad de decir con el profeta: «De mis pecados ocultos líbrame, señor»?
Así que a todos conviene vivir con temor deste día, por muy justificadamente que viva, pues el día es tan temeroso, y nuestra vida tan culpable, y el juez tan justo, y, sobre todo, sus juicios tan profundos, que nadie sabe la suerte que le ha de caber, sino que,como dice el Salvador, «dos estarán en el campo, a uno tomarán y a otro dejarán; dos en una misma cama, a uno tomarán y a otro dejarán; dos moliendo en un molino, a uno tomarán y a otro dejarán». En las cuales palabras se da a entender que, de un mismo estado y manera de vida, unos serán llevados al cielo y otros al infierno, porque ninguno se tenga por seguro mientras vive en este mundo.
I
De cuán riguroso haya de ser el día del juicio
Por donde el profeta Joel, queriendo hablar de la grandeza dél, hallóse tan atajado de razones y tan embarazado, que comenzó a tartamudear como niño y a decir: «¡A, a, a, qué día será aquél!» Desta manera de hablar usó Jeremías, cuando Dios lo quería enviar a predicar, para significar que era niño y del todo inhábil para aquella embajada tan grande a que Dios lo escogía, y desta misma usa ahora este profeta para dar a entender que no hay lengua en el mundo que no sea como de niño tartamudo para significar lo que ha de ser en este día.
En este día reducirá Dios a su debida hermosura toda la fealdad que los malos han causado en el mundo con sus malas obras. Y como éstas hayan sido tantas, así la enmienda ha de ser proporcionada con ellas, para que a costa del malo quede el mundo tan hermoseado con su pena cuanto antes estuvo afeado con su culpa.
Cuando un hombre da alguna gran caída y se le desconcierta un brazo, tanto cuanto fue mayor el desconcierto, tanto con mayor dolor se viene después a concertar y poner en su lugar.
Pues como los malos hayan desconcertado todas las cosas deste mundo, y puéstolas fuera de su lugar natural, cuando aquel celestial reformador venga a restituir el mundo con el castigo de tantos desconciertos, ¿qué tan grande será el castigo, pues tales y tantos fueron los desconciertos?
No sólo se llama este «día de ira», sino también «día de Dios», como lo llama el profeta Joel, para dar a entender que todos estotros han sido días de hombres, en los cuales hicieron ellos su voluntad contra la de Dios, mas éste se llama día de Dios, porque en él hará Dios su voluntad contra la dellos. Tú ahora juras y perjuras y blasfemas, y calla Dios. Día vendrá en que rompa Dios el silencio de tantos días y tantas injurias, y responda por su honra. De manera que no hay más que dos días en el mundo: un día de Dios y otro del hombre. En este su día, puede el hombre hacer todo lo que quisiere, y a todo callará Dios.
En este día puede el rey Sedecías mandar empozar al profeta de Dios, y darle a comer pan por onzas y hacer todo cuanto se le antojare, y a todas estas injurias callará Dios. Mas tras de este día vendrá otro día, y tomará Dios al rey Sedecías y quitarle ha el reino, y destruirá a Jerusalén y llevará en hierros a Sedecías delante del rey de Babilonia, y allí matarán todos sus amigos e hijos en presencia dél, y luego le mandarán sacar los ojos, guardados para ver tanto mal, y tras desto lo hará llevar en hierros a Babilonia y poner en una cárcel hasta que muera. De manera que, así como el hombre tuvo licencia para hacer en su día todo cuanto se le antojó sin que nadie le fuese a la mano, así la tendrá Dios para hacer en este día todo lo que él quisiere sin que nadie se lo estorbe.
II
De las señales que precederán este día
Finalmente, si quieres saber qué tal será este día, párate a considerar las señales que le precederán, porque por las señales conocerás lo señalado, y por la víspera y vigilia la fiesta del día.
Primeramente, aquel día cuándo haya de ser, nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo -para haberlo de revelar a nadie-, sino sólo el Padre. Mas, todavía, precederán antes dél algunas señales por las cuales puedan pronosticar los hombres, no sólo la vecindad deste día, sino también la grandeza dél. Porque, como dice el Salvador, primero que este día venga habrá grandes guerras y movimientos en el mundo.
Levantarse han gentes contra gentes y reinos contra reinos, y habrá grandes temblores de tierra en muchas partes, y pestilencias, hambres y cosas espantosas que parecerán en el aire, y otras grandes señales y maravillas.
Y, sobre todos estos males, vendrá aquella persecución tantas veces denunciada del mayor perseguidor de cuantos ha tenido la Iglesia, que es el Anticristo, el cual, no sólo con armas y tormentos horribles, sino también con milagros aparentes y fingidos hará la más cruel guerra contra la Iglesia que jamás se hizo. Piensa, pues, ahora tú, como dice san Gregorio, qué tiempo será aquél, cuando el piadoso mártir ofrecerá sus miembros al verdugo, y el verdugo hará milagros delante dél. Finalmente, será tan grande la tribulación destos días, cual nunca fue desde el principio del mundo, ni jamás será. Y, si no proveyese la misericordia de Dios que se abreviasen estos días, no se salvara en ellos toda carne. Mas por amor de los escogidos se abreviarán.
Después destas señales habrá otras más espantosas y más vecinas a este día, las cuales parecerán en el sol y en la luna y en las estrellas, de las cuales dice el Señor por Ezequiel: «Haré que se oscurezcan sobre ti las estrellas del cielo, y cubriré el sol con una nube, y la luna no resplandecerá con su luz, y todas las lumbreras del cielo haré que se entristezcan y hagan llanto sobre ti, y enviaré tinieblas sobre toda tu tierra». Pues habiendo tan grandes señales y alteraciones en el cielo, ¿qué se espera que habrá en la tierra, pues que toda se gobierna por él? Vemos que cuando en una república se revuelven las cabezas que la gobiernan, que todos los otros miembros y partes della se revuelven y desconciertan. Pues si todo este cuerpo del mundo se gobierna por las virtudes de cielo, estando éstas alteradas y fuera de su orden natural, ¿qué tales estarán todos los miembros y partes dél? ¿Cuál estará el aire, sino lleno de relámpagos y torbellinos y cometas encendidos? ¿Cuál estará la tierra, sino llena de aberturas y temblores espantosos, los cuales se cree que serán tan grandes, que bastarán para derribar, no sólo las casas fuertes y las torres soberbias, mas aún hasta los montes y peñas arrancarán y trastornarán de sus lugares? Mas la mar, sobre todos los elementos, se embravecerá, y serán tan altas sus olas y tan furiosas, que parecerá que han de cubrir toda la tierra. A los vecinos espantará con sus crecientes, y a los distantes con sus bramidos, los cuales serán tales, que de muchas leguas se oirán.
¡Cuáles andarán entonces los hombres! ¡Cuán atónitos, cuán confusos, cuán perdido el sentido, la habla y el gusto de todas las cosas! Dice el Salvador que se verán entonces las gentes en grande aprieto y ahogamiento, y que andarán los hombres secos y ahilados de muerte por el temor grande de las cosas que han de sobrevenir al mundo. ¿Qué es esto?, dirán. ¿Qué significan estos pronósticos? ¿Qué ha de venir a parir esta preñez del mundo? ¿En qué han de parar estos tan grandes remolinos de todas las cosas? Pues así andarán los hombres espantados y desmayados, caídas las alas del corazón y los brazos, mirándose los unos a los otros. Y espantarse han tanto de verse tan desfigurados, que esto solo bastaría para hacerlos desmayar, aunque no hubiese más que temer. Cesarán todos los oficios y granjerías del mundo, y con ellos el estudio y la codicia de adquirir, porque la grandeza del temor traerá tan ocupados sus corazones, que no sólo se olvidarán destas cosas, sino también del comer y del beber, y de todo lo necesario para la vida. Todo el cuidado será andar a buscar lugares seguros para defenderse de los temblores de la tierra y de las tempestades del aire y de las crecientes de la mar. Y así, los hombres se irán a meter en las cuevas de las fieras, y las fieras se vendrán a guarecer en las casas de los hombres. Y así, todas las cosas andarán revueltas y llenas de confusión. Afligirlos han los males presentes, y mucho más el temor de los venideros, porque no sabrán en qué fines hayan de parar tan dolorosos principios.
Faltan palabras para encarecer este negocio, y todo lo que se dice es menos de lo que será. Vemos ahora que, cuando en la mar se levanta alguna brava tormenta, o cuando en la tierra sobreviene algún grave torbellino o terremoto, cuáles andan los hombres, cuán medrosos y cuán cortados, y cuán pobres de esfuerzo y de consejo. Pues cuando entonces el cielo y la tierra, y la mar y el aire ande todo revuelto, y en todas las regiones y elementos del mundo haya su propia tormenta, cuando el sol amenace con luto, y la luna con sangre, y las estrellas con sus caídas, ¿quién comerá? ¿Quién dormirá? ¿Quién tendrá un solo punto de reposo en medio de tantas tormentas? ¡Oh, desdichada suerte la de los malos, a cuya cabeza amenazan todos estos pronósticos, y bienaventurada la de los buenos, para quien todas estas cosas son favores y regalos y buenos anuncios de la prosperidad que les ha de venir! ¡Cuán alegremente cantarán entonces con el profeta:
«Dios es nuestro refugio y nuestra firmeza, y por esto no temeremos aunque se trastorne la tierra y se arranquen los montes y vengan a caer en el corazón de la mar»! «Así como entendéis -dice el Salvador- que, cuando la figuera y todos los árboles comienzan a florecer y dar su fruto, que se llega ya el verano, así, cuando viereis estas cosas, sabed que se acerca el reino de Dios. Entonces podréis abrir los ojos y levantar la cabeza, porque se llega el día de vuestra redención.» ¡Cuán alegre estará entonces el bueno, y por cuán bien empleados dará todos sus trabajos! Y, por el contrario, ¡cuán arrepentido estará el malo, y por cuán condenados tendrá todos sus pasos y caminos!
III
Del fin del mundo, y de la resurrección de los muertos
Después de todas estas señales, acercarse ha la venida del juez, delante del cual vendrá un diluvio universal de fuego que abrase y vuelva en ceniza toda la gloria del mundo. Este fuego, a los malos será comienzo de su pena, y a los buenos principio de su gloria, y a los que algo tuvieren por pagar purgatorio de su culpa. Aquí fenecerá toda la gloria del mundo, aquí expirará el movimiento de los cielos, el curso de los planetas, la generación de las cosas, la variedad de los tiempos, con todo lo demás que de los cielos depende. Y así, escribe san Juan en el Apocalipsis que vio un ángel poderoso vestido de una nube resplandeciente, el cual tenía el rostro como el sol, y el arco del cielo por corona en su cabeza, y los pies como columnas de fuego, de los cuales, el uno tenía puesto sobre la mar, y el otro sobre la tierra. Y este ángel dice que levantó el brazo hacia el cielo, y juró por el que vive en los siglos de los siglos que de ahí adelante no habría más tiempo, es a saber, ni movimiento de cielos ni cosa que se gobierne por ellos, y lo que más es, ni lugar de penitencia, ni de mérito ni de demérito, para la otra vida.
Después deste fuego vendrá, como dice el apóstol, un arcángel con grande poder y majestad, y tocará una trompeta que sonará por todas las partes del mundo, con la cual convocará todas las gentes a juicio. Ésta es aquella temerosa voz de que dice San Jerónimo: «Ahora coma, ahora beba, siempre parece que me está sonando a las orejas aquella voz que dirá: Levantaos, muertos, y venid a juicio». ¿Quién apelará desta citación? ¿Quién podrá recusar este juicio? ¿A quién no temblará la contera con esta voz? Esta voz quitará a la muerte todos sus despojos, y le hará restituir todo lo que tiene tomado al mundo. Y así, dice San Juan que allí la mar entregó los muertos que tenía, y asimismo la muerte y el infierno entregaron los que tenían. Pues, ¿qué cosa será ver allí parir a la mar y a la tierra por todas partes tantas diferencias de cuerpos, y ver concurrir en uno tantos ejércitos, y tantas suertes y maneras de naciones y gentes? Allí estarán los Alejandros, allí los Jerjes, allí los Daríos, y los césares de los romanos y los reyes poderosísimos, con otro hábito y otro brío, y con otros pensamientos muy diferentes de los que en este mundo tuvieron. Y allí, finalmente, se juntarán todos los hijos de Adán para que cada uno dé razón de sí y sea juzgado según sus obras.
Mas, aunque todos resuciten para nunca más morir, será grande la diferencia que habrá entre cuerpos y cuerpos. Porque los cuerpos de los justos resucitarán hermosos y resplandecientes como el sol, mas los de los malos oscuros y feos como la misma muerte. Pues, ¿qué alegría será entonces para las ánimas de los justos ver del todo ya cumplido su deseo, y verse juntos los hermanos tan queridos y tan amados, a cabo de tan largo destierro? Cómo podrá entonces decir el ánima a su cuerpo: «¡Oh cuerpo mío y fiel compañero mío que así me ayudaste a ganar esta corona, que tantas veces conmigo ayunaste, velaste y sufriste el golpe de la disciplina, y el trabajo de la pobreza, y la cruz de la penitencia, y las contradiciones del mundo! ¡Cuántas veces te quitaste el pan de la boca para dar al pobre! ¡Cuántas quedaste desabrigado por vestir al desnudo! ¡Cuántas renunciaste y perdiste de tu derecho por no perder la paz con el prójimo! Pues justo es que te quepa ahora parte desta hacienda, pues me ayudaste a ganarla, y que seas compañero de mi gloria, pues también lo fuiste de mis trabajos». Allí, pues, se ayuntarán en un supuesto los dos fieles amigos, no ya con apetitos y pareceres contrarios, sino con liga de perpetua paz y conformidad, para que eternalmente puedan cantar y decir: «Mirad cuán buena cosa es, y cuán alegre, morar ya los hermanos en uno».
Mas, por el contrario, ¡qué tristeza sentirá el ánima del condenado cuando vea su cuerpo tal cual allí se lo ofrecerán, oscuro, sucio, hediondo y abominable! ¡Oh malaventurado cuerpo!, dirá ella. ¡Oh principio y fin de mis dolores! ¡Oh causa de mi condenación! ¡Oh, no ya compañero mío, sino enemigo; no ayudador, sino perseguidor; no morada, sino cadena y lazo de mi perdición! ¡Oh gusto malaventurado, y qué caros me cuestan ahora tus regalos! ¡Oh carne hedionda, que a tales tormentos me has traído con tus deleites! ¿Éste es el cuerpo por quien yo pequé? ¿Déste eran los deleites por quien yo me perdí? ¿Por este muladar podrido perdí el reino del cielo? ¿Por este vil y sucio tronco perdí el fruto de la vida perdurable? ¡Oh furias infernales!, levantaos ahora contra mí y despedazadme, que yo merezco este castigo. ¡Oh, malaventurado el día de mi desastrado nacimiento, pues tal hubo de ser mi suerte, que pagase con eternos tormentos tan breves y momentáneos deleites!
Éstas y otras más desesperadas palabras dirá la desventurada ánima a aquel cuerpo que en este mundo tanto amó. Pues dime ahora, ánima miserable, ¿por qué tanto aborreces lo que tanto amaste? ¿No era esta carne tu querida? ¿No era este vientre tu dios? ¿No era este rostro el que curabas y guardabas del sol y aire, y pintabas con tan artificiosos colores? ¿No eran éstos los brazos y los dedos que resplandecían con oros y diamantes? ¿No era éste el cuerpo para quien se cercaba la mar y la tierra para tenerle la mesa delicada y la cama blanda y la vestidura preciosa? Pues, ¿quién ha trocado tu afición? ¿Quién ha hecho tan aborrecible lo que antes era tan amable? Cata aquí, pues, hermano, en qué para la gloria del mundo con todos los deleites y regalos del cuerpo.
IV
De la venida del juez y de la materia del juicio y de los testigos y acusadores
Pues estando ya todos resucitados y juntos en un lugar, esperando la venida del juez,descenderá de lo alto aquel a quien Dios constituyó por juez de vivos y muertos. Y así como en la primera venida vino con grandísima humildad y mansedumbre, convidando a los hombres con la paz y llamándolos a penitencia, así en la segunda vendrá con grandísima majestad y gloria, acompañado de todos los poderes y principados del cielo, amenazando con el furor de su ira a los que no quisieron usar de la blandura de su misericordia. Aquí será tan grande el temor y espanto de los malos, que como dice Isaías «andarán a buscar las aberturas de las piedras y las concavidades de las peñas para esconderse en ellas, por la grandeza del temor del Señor y por la gloria de su majestad cuando venga a juzgar la tierra». Finalmente, será tan grande este temor, que como dice San Juan, los cielos y la tierra huirán de la presencia del juez, y no hallarán lugar donde se esconder. Pues, ¿por qué huís, cielos? ¿Qué habéis hecho? ¿Por qué teméis? Y si por cielos se entienden aquellos espíritus bienaventurados que moran en los cielos, vosotros, bienaventurados espíritus, que fuisteis criados y confirmados en gracia,¿por qué huís? ¿Qué habéis hecho? ¿Por qué teméis? No temen, cierto, por su peligro, sino temen por ver en el juez una tan grande majestad y saña, que bastara para poner en espanto y admiración a todos los cielos. Cuando la mar anda brava, todavía tiene su espanto y admiración el que está seguro a la orilla. Y cuando el padre anda hecho un león por casa castigando al esclavo, todavía teme el hijo inocente, aunque sabe que no es contra él aquel enojo. Pues, ¿qué harán entonces los malos, cuando los justos así temerán? Si los cielos huyen, ¿qué hará la tierra? Y si aquellos que son todo espíritu tiemblan, ¿qué harán los que fueron del todo carne? Y si, como dice el profeta, «los montes en aquel día se derretirán delante la cara de Dios», ¿cómo nuestros corazones son más duros que las peñas, pues aun con esto no se mueven?
Delante del juez vendrá el estandarte real de la cruz, con todas las otras insignias de la sagrada pasión, para que sean testigos del remedio que Dios envió al mundo, y cómo el mundo no lo quiso recibir. Y así, la santa cruz justificará allí la causa de Dios, y a los malos dejará sin consuelo y sin excusa. Entonces dice el Salvador que llorarán y plantearán todas las gentes de la tierra, y que unas a otras se herirán en los pechos. ¡Oh, cuántas razones tendrán para llorar y plantear! Llorarán porque ya no pueden hacer penitencia ni huir de la justicia ni apelar de la sentencia. Llorarán las culpas pasadas, la vergüenza presente y los tormentos advenideros. Llorarán su mala suerte, su desastrado nacimiento y su malaventurado fin. Por estas y por otras muchas causas llorarán y plantearán, y como atajados por todas partes, y pobres de consejo y de remedio, darán palma con las manos y herirse han en los pechos unos a otros.
Entonces el juez hará división entre malos y buenos, y pondrá los cabritos a la mano siniestra y las ovejas a la diestra. ¿Quién serán éstos tan dichosos, que tal lugar y honra como ésta recibirán? Atribúlame, señor, aquí; aquí mata, aquí corta, aquí abrasa, porque allí me pongas a tu mano derecha. Luego comenzará a celebrarse el juicio, y tratarse de las causas de cada uno, según lo escribe el profeta Daniel por estas palabras: «Estaba yo -dice él- atento, y vi poner unas sillas en sus lugares, y un anciano de días se sentó en una dellas, el cual estaba vestido de una vestidura blanca como la nieve, y sus cabellos eran también blancos así como una lana limpia. El trono en que estaba sentado eran llamas de fuego, y las ruedas dél como fuego encendido, y un río de fuego muy arrebatado salía de la cara dél. Millares de millares entendían en servirle, y diez veces cien mil millares asistían delante dél. Miraba yo todo esto en aquella visión de la noche, y vi venir en las nubes uno que parecía hijo de hombre». Hasta aquí son palabras de Daniel, a las cuales añade san Juan, y dice: «Y vi todos los muertos, así grandes como pequeños, estar delante deste trono; y fueron abiertos allí los libros. Y otro libro se abrió, que es el libro de la vida, y fueron juzgados los muertos según lo contenido en aquellos libros y según sus obras». Cata aquí, hermano, el arancel por donde has de ser juzgado. Cata aquí las tasas y precios por donde se ha de apreciar todo lo que hiciste, y no por el juicio loco del mundo, que tiene el peso falso de Canaán en la mano, donde tan poco pesan la virtud y el vicio. En estos libros se escribe toda nuestra vida con tanto recaudo, que aún no has echado la palabra por la boca, cuando ya está apuntada y asentada en su registro.
Mas, ¿de qué cosas, si piensas, se nos ha de pedir cuenta? «Todos los pasos de mi vida tienes, señor, contados», dice Job. No ha de haber ni una palabra ociosa, ni un solo pensamiento de que no se haya de pedir cuenta. Y no sólo de lo que pensamos o hicimos, sino también de lo que dejamos de hacer cuando éramos obligados. Si dijeres: «Señor, yo no juré», dirá el juez: «Juró tu hijo, o tu criado, a quien tú debieras castigar». Y no sólo de las obras malas, sino también de las buenas daremos cuenta con qué intención y de qué manera las hicimos. ¿Qué diré, sino que, como dice San Gregorio, de todos los puntos y momentos de nuestra vida se nos ha de pedir allí cuenta en qué y cómo los gastamos? Pues si esto ha de pasar así, ¿de dónde nace en los que esto creemos tanta seguridad y descuido? ¿En qué confiamos? ¿Con qué nos satisfacemos y lisonjeamos en medio de tantos peligros? ¿En qué va esto, que los que más tienen por qué temer menos teman, y los que menos tenían por qué temer vivan con mayor temor?
Justo era el bienaventurado Job, pues por tal fue pronunciado por boca de Dios, y con todo esto vivía con tan gran temor desta cuenta, que decía: «¿Qué haré cuando se levante Dios a juzgar? Y cuando comience a preguntarme, ¿qué le responderé?» Palabras son éstas de corazón grandemente afligido y congojado. «¿Qué haré?», dice. Como si dijera: «Un cuidado me fatiga continuamente, un clavo traigo hincado en el corazón, que no me deja reposar. ¿Qué haré? ¿Adónde iré? ¿Qué responderé cuando entre Dios en juicio conmigo?» ¿Por qué temes, bienaventurado santo? ¿Por qué te congojas? ¿No eres tú el que dijiste: «Padre era yo de pobres, ojo de ciegos, y pies de cojos»? ¿No eres tú el que dijiste que en toda tu vida tu corazón te reprendió de cosa mala? Pues un hombre de tanta inocencia, ¿por qué teme? Porque sabía muy bien este santo que no tenía Dios ojos de carne, ni juzgaba como juzgan los hombres, en cuyos ojos muchas veces resplandece lo que ante Dios es abominable. ¡Oh, verdaderamente justo, que por eso eres tan justo, porque vives con tan gran temor! Este temor, hermanos, condena nuestra falsa seguridad, esta voz deshace nuestras vanas confianzas.
¿A quién habrá alguna vez quitado la comida, o el sueño alguna vez, este cuidado? Pues los que esto sienten como se debe sentir, algunas veces llegan a perder el sueño y la comida, y algo más. En las vidas de los Padres leemos que, como uno de aquellos santos varones viese una vez reír a un discípulo suyo, que le reprendió ásperamente, diciendo: «¡Cómo!, ¿y habiendo de dar a Dios cuenta delante del cielo y de la tierra, te osas reír?» No le parecía a este santo que tenía licencia para reírse quien esperaba hallarse en esta cuenta.
Pues acusadores y testigos tampoco faltarán en esta causa. Porque testigos serán nuestras mismas conciencias, que clamarán contra nosotros, y testigos serán también todas las criaturas de quien mal usamos, y sobre todo, será testigo el mismo señor a quien ofendimos, como él mismo lo significa por un profeta, diciendo: «Yo seré testigo apresurado contra los hechiceros y adúlteros y perjuros, y contra los que andan buscando calumnias para quitar al jornalero su jornal, y contra los que maltratan a la viuda y al huérfano, y fatigan a los peregrinos y extranjeros que poco pueden, y no miraron que estaba yo de por medio, dice el Señor».
Acusadores tampoco faltarán, y bastará por acusador el mismo demonio, que como San Agustín escribe, alegará muy bien ante el juez de su derecho, y decirle ha: «Justísimo juez, no puedes dejar de sentenciar y dar por míos a estos traidores, pues ellos han sido siempre míos, y en todo han hecho mi voluntad. Tuyos eran ellos, porque tú los criaste e hiciste a tu imagen y semejanza, y redimiste con tu sangre. Mas ellos borraron tu imagen y se pusieron la mía, desecharon tu obediencia y abrazaron la mía, menospreciaron tus mandamientos y guardaron los míos. Con mi espíritu han vivido, mis obras han imitado, por mis caminos han andado, y en todo han seguido mi partido.
Mira cuánto han sido más míos que tuyos, que sin darles yo nada ni prometerles nada, y sin haber puesto mis espaldas en la cruz por ellos, siempre han obedecido a mis mandamientos, y no a los tuyos. Si yo los mandaba jurar y perjurar, y robar y matar, y adulterar y renegar de tu santo nombre, todo esto hacían con grandísima facilidad. Si yo les mandaba poner hacienda, vida y alma por un punto de honra que yo les encarecía, o por un deleite falso a que yo los convidaba, todo lo ponían a riesgo por mí. Y por ti, que eras su Dios y su criador y su redentor, que les diste la hacienda y la salud y la vida, que les ofrecías la gracia y les prometías la gloria, y sobre todo esto, que por ellos padeciste en cruz, con todo esto, nunca se pusieron al menor de los trabajos del mundo por ti».
¡Cuántas veces te aconteció llegar a sus puertas llagado, pobre y desnudo, y darte con ellas en la cara, teniendo más cuidado de engordar sus perros y caballos, y vestir sus paredes de seda y oro, que de ti! Y pues esto es así, justo es que algún día sean castigadas las injurias y desprecios de tan grande majestad.
Pues oída esta acusación, pronunciará el juez contra los malos aquella terrible sentencia que dice: «Id, malditos, al fuego eterno, que está aparejado para Satanás y para sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, etc. Y así irán los buenos a la vida eterna, y los malos al fuego eterno». ¿Quién podrá explicar aquí lo que los malaventurados sentirán con estas palabras? Allí es donde darán voces a los montes para que caigan sobre ellos, y a los collados para que los cubran. Allí blasfemarán y renegarán, y pondrán su boca sacrílega en Dios, y maldecirán siempre el día de su nacimiento y su malaventurada suerte. Allí se acabará su día, allí fenecerá su gloria, allí se volverá la hoja de su prosperidad y se comenzará para siempre el día de su dolor, como lo significó San Juan en su Apocalipsis, debajo del nombre de Babilonia, por estas palabras: «Llorarse han, y harán llanto sobre sí, los reyes de la tierra que gozaron de los regalos y deleites de Babilonia y fornicaron con ella cuando vean el humo que sale de sus tormentos, y ponerse han lejos por el temor dellos, y dirán: ¡Ay, ay de aquella ciudad grande de Babilonia que en una hora le vino su juicio! Y los mercaderes de la tierra llorarán, porque ya no habrá quien compre más sus mercaderías
de oro y plata y piedras preciosas, y harán llanto sobre ella, y dirán: ¡Ay, ay de aquella ciudad grande que se vestía de holanda y grana y carmesí, y se cubría de oro y piedras preciosas, que en una hora perecieron tantas riquezas!»
Pues, ¡oh hermanos míos!, si esto ha de pasar así, proveámonos con tiempo, y tomemos el consejo que nos da aquel que primero quiso ser nuestro abogado que nuestro juez. No hay quien mejor sepa lo que sea menester para aquel día, que el que ha de ser juez de nuestra causa. Él, pues, nos enseña brevemente lo que nos conviene hacer, por estas palabras: «Mirad -dice él por San Lucas-, no se carguen y apesguen vuestros corazones con demasiados comeres y beberes, y con los cuidados y negocios desta vida, y os venga de rebato aquel temeroso día. Porque, así como lazo, ha de venir sobre todos los que moran sobre la haz de la tierra. Y por esto, velad y haced oración en todo tiempo, porque merezcáis ser librados de todos estos males que han de venir, y parecer delante el hijo de la virgen.» Pues, considerando esto, hermanos, venid y levantémonos deste sueño tan pesado antes que caiga sobre nosotros la noche oscura de la muerte, antes que venga este tan temeroso día, de quien dice el profeta: «Ya viene, ¿y quién lo esperará? ¿Y quién podrá sufrir el día de su venida?» Aquél, por cierto, podrá esperar el día deste juicio, que hubiere tomado la mano al juez y juzgádose a sí mismo.
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