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sábado, 9 de abril de 2011

Carta de ingreso en la Hermandad San Pío X del R.P. Ricardo Isaguirre

La Santísima Virgen María, en su condición de Inmaculada, quiso acompañarme siempre desde que comencé a decir Misa; así mi Ordenación sacerdotal, que me parece hoy tan lejana, tuvo lugar en la espléndida Catedral de la capital bonaerense de La Plata, República Argentina, cuya titular es la Inmaculada Concepción. Esta presencia maternal llegó, por la Providencia de Dios, hasta el día de mi compromiso con la Hermandad Sacerdotal de San Pío X, formalizado en el marco de la sagrada acción eucarística el pasado 8 de diciembre. ¡Gracias a ti, Madre mía Inmaculada, Virgencita de Luján y Patrona de España!


Por mí condición de antiguo sacerdote diocesano conservo amistad con muchos de mis colegas, tanto en mi América natal como en mi España adoptiva. Algunos de esos compañero me han preguntado por las razones de mi resolución, tan grave y definitiva. Porque desde el punto de vista del clero oficial, que ellos aún comparten, se trataría –cuando menos- de un “cisma” personal. Un párroco de Barcelona, que me conoce mucho y según me consta me estima, se lamentaba en una carta reciente de que él y yo “ya no estemos en comunión plena”.


No soy quien para analizar aquí tales posturas, pero de mí mismo afirmo que ni sostengo ni participo de ninguna manera en ningún género de pensamiento “cismático”. Otro sacerdote inquiría alarmado: “¿Te readoctrinarán en Suiza?” Los miembros de la Hermandad con quien trato, obispos y sacerdotes, son empero, sencillamente, católicos romanos en su acción y en sus ideas. Lo que vivo en la casa a la que ahora pertenezco es espíritu sacerdotal católico alentado por la caridad fraterna, la esperanza y la fe compartidas. El Santo Sacrificio de la Misa que ofrecemos es aquel que Jesucristo encomendó por los Apóstoles a su Esposa, la Santa Madre Iglesia Católica, y que ella celebró por medio de sus sacerdotes durante dos mil años. Los sermones que escucho de mis cofrades exponen a los fieles la doctrina católica y su moral. En pocas palabras, yo, que era católico romano y que durante décadas, siendo laico primero, seminarista luego y finalmente sacerdote, me sentí en realidad ajeno a la Iglesia conciliar y sólo tolerado en sus filas por motivos prácticos, experimento lo que al convertirse el Cardenal Newman llamó su coming home: aquella tender Light, la “suave luz” a cuya guía se encomendó en sus muchos años de cismático y herético anglicano (de buena fe), misteriosamente –porque así actúa la gracia en quienes a ella con humildad se confían- lo había llevado a la Iglesia de Roma, donde encontró su hogar –para él no siempre confortable por la envidia de los mediocres- y su santificación según la voluntad de Cristo.


En mi caso la participación en la herejía neomodernista fue material, en cuanto ante Dios, con temor y temblor, puedo reconocer en conciencia; a pesar de los esfuerzos al final inútiles de algunos que querían permanecer fieles al Catolicismo sin cuestionar el Concilio Vaticano II pública y firmemente (en primer lugar el llorado Arzobispo platense que me confirió el Orden Sagrado), era el aire envenenado que, proveniente de la Roma actual, se respiraba por fuerza en las diócesis a las que pertenecí o en las que actué, en los movimientos a los que asesoré, en la curia diocesana en la que con denuedo estuve al servicio del Ordinario local. Pero la sensación y mejor aún la convicción certera de haber vuelto a casa es semejante, y aun mayor, porque yo fui criado como católico y John Henry Newman como protestante fervoroso. Por eso él, erudito historiado de la Iglesia antigua, aseguraba haber descubierto, deslumbrado por la verdad, en cierto punto final de sus estudios sobre la herejía arriana que la Iglesia de Inglaterra del siglo XIX estaba en el lugar del heresiarca Arrio y que la Iglesia de Roma (¡ah! La Roma de sus años) permanecía en el mismo lugar que la de los Papas y obispos que en el siglo IV confesaban la verdadera fe apostólica. Conocemos la heroica decisión de Newman.
Pero yo no soy más que un desconocido sacerdote que, ya hombre maduro, quiere servir a Cristo y su Santa Iglesia, sin separarse de ninguno que profese la Fe cristiana tradicional, aquella que todos los católicos sostuvieron siempre en todo lugar. Cuando era no más un muchacho, recuerdo con afecto que, especulando despreocupadamente acerca de nuestro futuro, una compañera de estudio decía de mí: “Sólo le interesa la Iglesia” ¿Podía haber actuado de otra manera ante la evidencia de la Tradición vivida, conocida, cultivada y encarnada en esta “obra de la Iglesia” que hace cuarenta años fundó el venerado Arzobispo Marcel Lefebvre a fin de que no faltaran nunca a la iglesia el Santo Sacrificio de la Misa y los sacerdotes que sepan ofrecerlo según el rito romano sancionado por San Pío V como síntesis admirable e insuperable de la Santa Doctrina de Cristo expuesta por los Padres de la Iglesia y los Sagrados Concilios del pasado?


Un rector de mi Seminario modernista enseñaba que es ilusión comprensible en el seminarista soñar con el día que presidirá la Eucaristía en medio de los pobres: “Desde ese rol de pastor los animará, los promoverá, ofrecerá a Dios el cordero de sus sufrimientos y el vino de sus alegrías”, etc. La religión del hombre enseñada a los jóvenes del Concilio… yo comprendía la inconsecuencia e incluso la criminal superficialidad de la formación allí impartida, la falsedad de una Iglesia convertida en promotora social y el sacrilegio de sus sacerdotes revestidos de animadores comunitarios. Sufría porque cada Misa moderna que decían era una Misa que des-decían, un tributo ofrecido no al Creador y Redentor, sino a la criatura. La Misa que hizo a la Iglesia y a la Civilización cristiana estaba interdicta para nosotros y, en todo caso, era una pieza de museo indeseable en el mundo de hoy y en la supuesta Iglesia aggiornata.


La bondad de Cristo ha querido librar de esa ideología perniciosa y de sus consecuencias a nuestra Hermandad, cuyo fin primero es el bien integral de los sacerdotes, a los que socorre y apoya, como lo hizo Monseñor Lefebvre en persona, para que no desfallezcan perdiendo su identidad frente al embate criminal del posconciliarismo. En su tenaz resistencia se manifiesta la fuerza del Salvador; por esa gracia en nuestros a veces humildes altares arde sin embargo constante la zarza gloriosa que no se consume y el sacerdocio alcanza su máxima grandeza de alabanza, intercesión y propiciación, aunque esté oculto y sea perseguido. ¿No es también propio del sacerdote católico compartir el oprobio que cayó sobre Cristo clavado en la Cruz por el pecado del mundo?


Recuerdo para terminar la preocupación de lo que para algunos amigos de antaño ha sido mi adopción del “integrismo fundamentalista de la extrema derecha católica”. Si la expresión no fuera tan poco exacta para describir a los seguidores y continuadores de Monseñor Lefebvre, ¡qué gran cumplido se nos estaría dedicando! Conservamos íntegros los fundamentos que no pusimos nosotros, sino Jesucristo y sus Apóstoles por mandato suyo. Renegamos con todas nuestras fuerzas de la Revolución contra el trono del Altísimo; ¿no es ella acaso la que, con las armas de la Filosofía de las Luces y los oscuros manejos históricos de masones y judíos, aliada a la izquierda internacional de la política y la cultura ateas, sumado el impulso del orgullo liberal, desata cada día su guerra para derrocar a Dios y su Reino en el mundo y en las lamas, que es la Iglesia católica romana? Esperamos por la bondad de nuestro Rey y Señor, al que servimos como apóstoles de Jesús y de María, ser llamados un día a su derecha, cuando triunfe sobre todas las herejías el Corazón Inmaculado de su Madre y Madre nuestra. ¡Oh Señora del cielo y de la tierra, sólo te ruego que inspires a muchos sacerdotes determinarse a hacer en este tiempo lo que corresponde a nuestra condición de ministros de tu Hijo par que su Sagrado Corazón venza, reine e impere en todas partes sobre los hombres, los pueblos y las naciones!

R.P. Ricardo Isaguirre. 
Revista “Tradición Católica” nº 230, Madrid, España.
STAT VERITAS

sábado, 5 de marzo de 2011

HACIA EL IDEAL MUNDIALISTA


Conferencia de Mons. Marcel Lefebvre

Les hablaré, rápidamente, de lo que parece ser el complot urdido contra la Iglesia, en contra de Nuestro Señor Jesucristo, de Dios Padre y, luego, cómo fue posible que esos autores -de los cuales el principal es el mismo Satanás- hayan logrado introducirse en la Iglesia y servirse de sus hombres para concretar sus planes.

Nos encontramos, sin duda, en una situación trágica, por lo tanto debemos tomar resoluciones firmes; somos los herederos de Dios que vivimos en esta época, en esta situación de la Iglesia en la que el mismo Papa está comprometido en el camino de la Revolución, por eso hemos de obrar en consecuencia, para defender a cualquier precio la Fe católica y la Santa Iglesia.

Ustedes conocen el libro de Sardá y Salvany: "El liberalismo es pecado", este libro fue escrito ya hace casi un siglo y aprobado por San Pío X, aprobado por la Santa Sede. EL LIBERALISMO ES PECADO. ¿Y qué es ese pecado de liberalismo? Es la Revolución del hombre en contra de Dios; el deseo de independencia: el hombre quiso liberarse de Dios, o la libertad del hombre que quiso alejarse de Dios.

¿Qué hizo el hombre con su libertad? Hizo la libertad de pecar, de ser libre para poder pecar, para obrar según su conciencia: libertad de conciencia, libertad de prensa, libertad de pensamiento...

Antes de producirse esto el hombre dependía de Dios y sentía esa dependencia de la Autoridad Suprema, la Verdad perfecta, la Ley misma [...] ahora festejan la independencia, los países festejan su independencia, no sería nada si se tratara de una independencia de orden político o de un hecho simplemente histórico, lo hacen festejando la independencia de Dios.

Podríamos preguntarnos ¿qué es ese liberalismo, cuál es su definición? Y diremos que el LIBERALISMO es una religión; una que quiere reemplazar a la Católica; que tiene sus propios sacerdotes: los dirigentes de la Masonería. Ellos son sus sagrados pontífices, ellos enseñaron esta religión en sus logias y desde allí dirigen la operación de destrucción de la Iglesia y de la Cristiandad.

Esa religión liberal tiene su culto, laico, el de la Diosa Razón, que fue adorada en la Catedral de París en la Revolución Francesa. El culto a la libertad; ese culto que hace estatuas que reemplazan a las de la Santísima Virgen María y a la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo.

Esta nueva religión tiene su calendario, sus gestas laicas reemplazando a las de Dios, con sus mitos: el hombre, la razón, la libertad. El hombre es tratado como todopoderoso, como centro de la Creación, sin deberle nada a Dios.

Y tiene también su decálogo reemplazando al de Nuestro Señor, éste es el de los derechos del hombre. No más derechos para Dios. No más obligaciones para el hombre, sino los derechos para poder pecar, para elegir lo que quiera, para que todos respeten su conciencia. Jesús en cambio, no dijo eso a sus apóstoles cuando les enseñó a predicar: "Quien crea, y se convierta, se salvará, quien no crea se condenará". No les dijo que cada uno siguiera su conciencia, les dijo que enseñaran la Verdad y por esto ellos murieron mártires de la Verdad. No para que cada uno obrara según su conciencia, no para que les dijeran "hagan lo que quieran", y sin embargo, por desgracia, ese es el espíritu que domina hoy aún en el interior de la Iglesia católica.

Esta religión del liberalismo tiene también su política su organización: LA DEMOCRACIA; el poder ya no procede de Dios sino del hombre, es él quien hace la ley. La democracia se transforma rápidamente en socialismo y en comunismo; la mayor parte de las naciones que son democráticas se encuentran en esta situación, dirigidas por un poder socialista.

Todo esto procede de esta religión liberal; ella tiene, además, sus fuerzas, Sin duda ustedes lo saben mejor que yo, es un hecho que tienen un poder más o menos oculto en las finanzas. Qué o quién, no se sabe, pero tienen todo el dinero del mundo y dominan las finanzas en todos los sectores de las ciudades; ese poder enorme que puede tranquilamente aniquilar una nación suprimiéndole los créditos -tienen el ejemplo aquí en los países de América- y a cambio de esos créditos exigen que, en estos países, se aplique la religión liberal.

Tienen también sus medios de comunicación que están todos en manos de la masonería. En Europa ya no existen periódicos católicos, no los hay ni en Italia ni en Francia ni en Suiza, todos están en manos de los poderes internacionales [...].

Ahora, finalmente, están en camino de instalar una Superreligión; tienen ustedes conocimiento de la reunión realizada en Asís el 27 de octubre de 1986, pues bien, no se trata de ésta como punto de partida de tal instalación sino de una que la precediera realizada el 29 de septiembre. Yo mismo no lo sabía, para enterarme tuve que viajar a Roma en octubre. Es decir, un mes antes de la reunión de Asís que presidiera Juan Pablo II, se realizó otra reunión, también allí, presidida por el príncipe Felipe de Edimburgo, esposo de la reina de Inglaterra, en la cual se hallaban las cinco grandes religiones de la tierra, dentro de la misma Basílica. Salió esto en varios diarios italianos; allí figura el discurso pronunciado por el citado príncipe en aquella ocasión, dijo él: "Así se obtiene la gracia de tener unidas aquí las cinco grandes religiones de la tierra, al fin ya no hay tapujos, al fin se acaba una sola y única verdad religiosa y al fin se suprime el escándalo cristiano de aquel hombre que vivió hace 20 siglos y pretendió decir de sí mismo: Yo soy el camino, la verdad y la vida". Y bien, ¿es o no una declaración contra Nuestro Señor Jesucristo? Esto sucedió un mes antes en el mismo lugar en el que se realizaría el encuentro del Papa. Podríamos decir que Roma no sabía de aquel encuentro, sin embargo bien que lo sabía. Esto no es más que una etapa para llegar a la formación de esa SUPER RELIGIÓN, la religión del liberalismo, esa religión que instala su voluntad, que instala su programa para reemplazar el de la verdadera religión católica, eso es algo abominable.

Es toda una organización, un verdadero complot, meditado, pensado punto por punto para destruir toda la cristiandad. Lo dijo bien S.S. León XIII, que el fin que interesaba a estas asociaciones era destruir las instituciones cristianas y particularmente, una contra la cual se encaminan: la familia. Cada vez hay menos matrimonios en todo el mundo, inclusive en las mismas legislaciones se sostiene la unión libre; en muchos países son menores los impuestos a los concubinos que para quienes sostienen y tienen un verdadero matrimonio. Es el desorden completo.

Y ahora llegamos al momento principal, es el golpe maestro pensado por Satanás; introducir en la Iglesia esta falsa religión, sirviéndose de sus hombres -sobre todo los obispos- para establecer la revolución liberal.

Esa infiltración en el seno de la Iglesia se realizó sobre todo después del Concilio Vaticano II; el mismo Cardenal Ratzinger en su libro "Teoría del principio teológico", dice claramente que luego de los años sesenta hubo algo que cambió en el seno de la Iglesia católica, reconociendo ahora, principios que le son ajenos, que vienen de 1789, de la Revolución Francesa. Esto dice abiertamente; inclusive, que el Vaticano II fue el golpe final, que a partir de él no se nombran más que obispos favorables a la revolución liberal. [...]

La revolución estaba instalada fuera y en contra de la Iglesia; ahora, por medio de sus hombres, se halla adentro y asistimos a su crucifixión. Ella sufre una verdadera pasión. Lo dijo el mismo Pablo VI, que asistimos a la autodemolición de la Iglesia. ¿Qué quería decir? La destrucción por los mismos hombres de la Iglesia [ ...].

Ante esto nos encontramos. Debemos, entonces, reagruparnos, como verdaderos católicos, en torno a los altares. Altares católicos y no esas mesas de comunión. Altares del verdadero Sacrificio, junto a los verdaderos sacerdotes, verdaderos obispos, verdadera doctrina, verdadera Religión, para asistir a la verdadera Misa católica.

Es el altar el tesoro de la Iglesia. El sacrificio de Nuestro Señor es lo más hermoso, lo más grande, lo más sublime que Él nos dejara. Debemos reencontrarnos ahí, en esos altares, para reconstruir la Cristiandad.

Todas las gracias proceden de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Gracias que han hecho muchos mártires por Dios, que le han dado a la Cristiandad el espíritu misionero. Si queremos entonces, decía, reconstruir la Cristiandad, debemos adorarle en esos altares y para tenerlos, necesitamos sacerdotes [...].

Debemos hacer familias cristianas, es de ellas de donde proceden las vocaciones. Familias numerosas, unidas, donde se reza en común, donde se dan ejemplos, donde reina la modestia y las virtudes cristianas [...].

Nosotros queremos volver a proclamar a Nuestro Señor como Rey; no queremos otro Rey más que Él. El Reino Universal, no solamente en nuestras familias sino también en nuestras ciudades; el Reino de Nuestro Señor como fue predicado durante siglos. Que podamos decir: "Más vale morir que traicionarlo”.

Gracias por vuestra atención ¡Viva Cristo Rey!

miércoles, 12 de enero de 2011

MÉXICO Y MONSEÑOR LEFEBVRE

Para los católicos que no incurrieron en la traición de aceptar a la "Iglesia Conciliar" en México, que surgió del Vaticano II con pretensiones de suprimir a la Iglesia Católica de siempre, el nombre de monseñor Marcel Lefebvre surgió como un rayo de luz y esperanza, con motivo de la suspensión "a divinis" que en su contra dispuso Paulo VI el 24 de julio de 1976.
La sanción contra monseñor Lefebvre se produjo en los mismos términos que la aplicada por el cardenal Miranda al padre don Joaquín Sáenz Arriaga; es decir sin juicio alguno. La víctima, en estos casos, no tuvo oportunidad alguna, y semejantes úcases solo tenían similar en el mundo del totalitarismo comunista, con el que se identificaba la "iglesia montiniana".
La suspensión "a divinis" de monseñor Lefebvre fue un eslabón mas de la cadena persecutoria que sufrió  el prelado francés desde el Vaticano II, porque la iglesia "conciliar" que inventó el conciliábulo creó un nuevo pecado: EL DE SER FIEL A LA IGLESIA CATÓLICA, la única y verdadera fundada por Cristo.
Monseñor Lefebvre dio una demostración más de fidelidad con motivo de la injusta pena que se le aplicó y -hombre de temple y convicciones, inmune a los desvaríos de la época-, deslindó los campos entre la iglesia "conciliar" y la Iglesia Católica a la que siempre sirvió.


Para los católicos de México -y sobre todo para los no católicos-, el nombre de Monseñor Lefebvre irrumpió como terremoto que sacudió fuertemente las conciencias, en virtud de la visita del padre francés Michel André, quien la mañana del 6 de agosto de 1978 ofició misa de San Pío V en el pueblo de Atlatlahuacan, en la misma diócesis de Cuernavaca, mantenida en ese entonces en poder del progresista Méndez Arceo, gracias a Paulo VI.
El hecho adquirió caracteres de alarma para la jerarquía progresista en México, porque el oficiar misa de acuerdo al rito y dogmas del Concilio de Trento, significó "meterse en la cueva del lobo", es decir en los dominios del agente más activo que tuvo la iglesia conciliar en México.
Primeros sacerdotes mexicanos de la FSSPX
La presencia del padre Michel André constituyó un alivio para el espíritu de los católicos del pueblecito morelense -cuyo santo patrono es San Mateo-, quienes desde hacía ocho años habían corrido al "obispo rojo", Sergio Méndez Arceo, porque los amenazó con "sacar los leños viejos del templo", es decir, los santos y colgar a Cristo como se estila en los templos en poder de curas modernos y progresistas.
Méndez Arceo salió del pueblo espantado de sus propias palabras y desde entonces, tanto en ese poblado, como en Julitepec y otros, el "obispo rojo" jamás regresó; además los habitantes de Atlatlahuacan y lugares circunvecinos no le permitieron la entrada.
La mañana en que ofició el padre Michel André, los fieles acusaron a Méndez Arceo de ser uno de los jefes del plan marxista infiltrado en la Iglesia Católica. En grandes mantas, más de tres mil feligreses congregados para oír misa tridentina acusaban lo anterior.
Por su parte, el padre Michel André, durante su visita de 15 días a México, puso los puntos sobre la íes en relación al caos surgido con motivo del Concilio Vaticano II.
Dijo que: 


"... los católicos enfrentamos en estos momentos una grave alternativa: obedecer a Paulo VI y a la mayoría de los obispos que han fundado una nueva religión, o bien, ser fieles a la auténtica fe católica, fundada por Nuestro Señor Jesucristo, que no puede cambiar en sus dogmas y verdades inmutables"... 
..."el Papa sólo es infalible cuando habla ex-cátedra, en las condiciones definidas en la constitución Pastor Eternus de julio de 1890".


Habló de las deserciones en las filas sacerdotales y religiosas y dijo que otro de los frutos de la iglesia conciliar consiste en que se ha favorecido el procedimiento de anulación de los matrimonios católicos, en tal forma que en 1975, tan sólo en Estados Unidos, hubo 10,000 anulaciones en vez de 70 en otros años. Manifestó que monseñor Lefebvre no tiene nada que temer porque lo excomulguen, "porque grandes santos fieles a la Iglesia Católica, también sufrieron esa pena, como San Atanasio".
Hizo saber que monseñor Lefebvre renuncio como superior al darse cuenta de las desviaciones del Concilio Vaticano II y que éstas iban contra la Doctrina Católica, para no ser cómplice de la subversión y fundó la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, para dedicarse a la formación de sacerdotes, cuya misión principal es la salvación de las almas.
El impacto que causó en la opinión pública la presencia del padre Michel André en México, obedeció más bien al temor de los progresistas que ocupaban puestos con grandes canonjías en el clero, porque como él mismo dijo traía instrucciones de monseñor de no buscar propaganda, sino identificación en la tarea de salvaguardar la Iglesia Católica.


Cabe mencionar que si en México, el padre Saénz Arriaga presuroso dio la lucha abierta -lo que le costó recibir los primeros impactos del enemigo- encendiendo la antorcha de su inquebrantable fidelidad las conciencias de los católicos, monseñor Lefebvre, actuó como el estratega que se preparó más a fondo para defender la Iglesia de los enemigos que a ella habían penetrado.
Al respecto, el padre Jean Michel Faure, -en 1979-uno de sus discípulos comentó:


"A partir del Concilio se extendió la consigna de libertad , de permisibilidad en materia religiosa. Todo podía ser válido, todo menos lo que se había hecho hasta el Concilio. Como puede verse, hay una notable contradicción no sólo con la doctrina de la Iglesia, sino con el ideal liberal, de absoluta tolerancia, que la jerarquía hace gala desde entonces. Hay un nuevo pecado según estos hombres, el de ser fiel a dos mil años de doctrina lineal de la Iglesia".

jueves, 9 de diciembre de 2010

LA IGLESIA EN MANOS ENEMIGAS III


El 7 de agosto de 1972, vista la gravedad de la "autodemolición" en el catolicismo, monseñor Marcel Lefebvre que habría de significarse como defensor de la Iglesia Católica frente al "progresismo" que cobró fuerza en el Concilio, pronunció una conferencia en París, donde ya revelaba la angustiosa situación a que se había llegado a la Institución fundada por Jesucristo.
De aquella conferencia salieron puntos medulares que produjeron una respuesta de alentadores alcances.
El 6 de octubre  de 1972, en la Ciudad de México, el R. P. Noel Barbará, uno de los directores de la "Alianza Mundial por la Iglesia Católica Romana" y director del periódico "Forts dans La Foi", hizo un llamado a los sacerdotes tradicionalistas para que no cooperaran con la "autodemolición".

El neomodernismo, dijo, ha tomado del marxismo su ideología, y, sobre todo, su "práctica" y que de esa manera, la herejía se convirtió en "herejía eficaz", contagiosa, instalada en el mismo seno de la Iglesia, y sin negar aparentemente ningún dogma, los niega todos, los corroe todos, imponiendo en todas partes sus novedades.

Expresó que "... el Papa Paulo VI ha cometido un abuso de autoridad de una gravedad excepcional, cuando construye un rito nuevo de la Misa sobre una definición de la Misa, que ha dejado de ser católica..."

Para ese entonces, finales de 1972, el vuelco en la Iglesia tenía manifestaciones alarmantes: cooperación con el comunismo, alteración de la liturgia al grado de hacerla semejante a la protestante, eliminación de los elementos tradicionalistas del clero, apoyo a los marxistas de sotana, degradación del sentido jerárquico, etc. y como signo muy inquietante también, la proliferación de sacerdotes antaño conocidos por sus virtudes, preocupados ahora por apetitos carnales que han sido la causa de la defección de miles. Para ese entonces se calculaba tan solo en 1972, más de 4,000 renuncias a las órdenes sagradas, para unirse en matrimonio, en muchos casos, hasta con monjas.


El 27 de octubre de ese mismo año, Jean Madirán, el conocido intelectual francés, denunció que "dentro de la "nueva iglesia" de Paulo VI, los niños cristianos no son ya educados, sino envilecidos por los métodos, prácticas y las ideologías que prevalecen, muy frecuentemente en la sociedad eclesiástica".


Pidió a Paulo VI "que devuelva las Sagradas Escrituras, el Catecismo y la Misa, porque estamos cada vez más privados de ellos, por arte de una burocracia colegial, despótica e impía, que pretende, con razón o sin ella, pero que pretende de todos modos, sin ser desmentida, imponerse en nombre del Vaticano II y de Paulo VI".


Madirán señaló en esa fecha que "los nuevos catecismos oficiales no enseñan ya los tres conocimientos necesarios para la salvación" y acusó que "las Sagradas Escrituras fueron falsificadas por las versiones obligatorias que pretenden imponer la nueva liturgia protestante".


La Iglesia, acusó Madirán, "es ahora como un país sometido a una ocupación extranjera".


Afirmaba: "un partido, que cuando ha alcanzado el éxito se ha revelado cruel y tiránico, domina diabólicamente la administración eclesiástica. Este partido, actualmente dominante, es el del sometimiento al mundo moderno, de la colaboración con el comunismo, de la apostasía inmanente. Posee casi todos los puestos de mando y reina sobre los cobardes por la intimidación y sobre los débiles por la persecución".


Asimismo, en carta enviada al Obispo de Troyes, el 2 de enero de 1973, para ser enviada por la vía jerárquica a Roma, el Abbé Georges de Nantes, pidió ser recibido por Paulo VI, para entregarle un documento acusatorio contra él, de herejía, cisma y escándalo.


No fue recibido el Abbé, naturalmente. Todo lo contrario, fue retirado por la policía, con métodos fascistas que Paulo VI dijo repudiar,  pero que empleó contra los católicos tradicionalistas.


En uno de los párrafos de la carta del Abbé se afirma:


"Pretendemos demandar, según derecho, contra las actuaciones y opiniones de Vuestra persona libre y falible, que nos parece, desde hace unos diez años, la causa principal y constante de la "autodemolición" de la Iglesia, el juicio soberano de Vuestro propio y personal magisterio, infalible en doctrina y sin apelación de cualquier cuestión de disciplina eclesiástica. Porque si nosotros estamos obligados a someternos y a escuchar y respetar al Papa, tenemos también el derecho sagrado y capital, de tener un Papa Católico"1


1.- La carta del Abbé Georges de Nantes fue publicada en el numero 64 de "La Contre-Reforme Catholique au XXe Siécle", de enero de 1973,con domicilio en Maison Saint Josepth, 1026 St Parres les Vaudes, France.

sábado, 25 de septiembre de 2010

NO HAY PECADO MÁS GRAVE QUE PROFANAR EL NOMBRE DE DIOS

Tomado de Revista Tradicion Católica

Extracto del sermón de Monseñor Lefebvre tras el anuncio de la reunión ecuménica de Asís.

Ecóne, 27 de junio de 1986

(...) Si queremos practicar la caridad según los Mandamientos de la Ley de Dios, hay que señalar en primer lugar que los primeros se dirigen a Dios y expresan el amor de Dios. El catecismo del Concilio de Trento nos recuerda que aparecen en dos tablas, en una los tres primeros, que hacen referencia al amor de Dios, y en la otra los que se refieren al amor del prójimo. ¿Por qué esta distinción? Porque hay una diferencia enorme entre Dios y los hombres, entre Dios y el prójimo. Dios es Dios. Dios es nuestro Creador. Y el primer Mandamiento de la Ley de Dios es precisamente ése: "Adorarás a Dios. Amarás y adorarás a un solo Dios." Un solo Dios.

"NO HAY OTRO DIOS QUE YO"

Y en la Escritura, se nos dice en el Decálogo: «No tendrás a otro Dios fuera de Mí». «No tendrás otros dioses fuera de Mí, no aceptarás a dioses extranjeros». Y Dios tiene el derecho de decirlo. Es el único que tiene este derecho. Nadie más que Él puede decir a los ángeles, a los hombres, a todas las criaturas: «No tendréis otro Dios fuera de Mí. ¿Por qué? Porque soy Yo quien os ha creado, quien os ha concebido y quien os ha hecho. Soy Yo quien os ha dado todo. No tenéis más que un Dios y a éste adoraréis». ¡Qué lección, queridos hermanos! Cuan útil es hoy recordar este primer Mandamiento bajo cuyo dominio está toda nuestra vida y bajo el cual estará nuestra vida eterna. Adorar a Dios y no adorar más que a un solo Dios: el Dios que nos ha creado, que nos ha hecho, el Dios que nos mantiene en la existencia y sin el cual no seríamos nada. Nuestro Señor nos lo ha repetido. Sin Mí no podéis hacer nada. Y en efecto, sin Dios, no podemos hacer nada. Permanezcamos unidos a estos Mandamientos de Dios y en particular al primer Mandamiento que nos obliga también a creer, a tener fe. Dios nos lo ha dicho: «El que crea se salvará, el que no crea se condenará». Tiene el derecho de decirlo. Tiene derecho a que nuestra inteligencia le obedezca a creer en su palabra, en lo que nos revela, a creer en el camino que ha escogido para nuestra redención, para nuestra salvación. Solamente hay una: es Nuestro Señor Jesucristo.

Es Dios mismo, crucificado en el madero de la Cruz. Éste es el camino de nuestra salvación, escogido por Él con todo el derecho para escogerlo, algo que nadie le podrá rebatir. ¿Quién como Dios? ¿Quién puede pedir cuentas a Dios por los caminos que Él va trazando? ¿Acaso nosotros, pobres criaturas insignificantes que, como las flores del campo y tal como dicen os salmos, nos ponemos mustios con un leve soplo? Hoy florecen y mañana, ajadas, se las amontona con los desperdicios. ¿Qué somos? Nada. ¿Nos atreveremos a plantearle a Dios por qué escogió el camino que recorrió para salvarnos? El quiso la Cruz. Por nuestra parte debemos seguirle y cargar con nuestra cruz tras El, imitarle en el camino de la Cruz hasta derramar la sangre, odiando el pecado y por amor a Dios, hasta dar nuestra vida por Él y por nuestro prójimo movidos por el amor de Dios. Ésta es la gran lección que no podemos olvidar hoy. No hay pecado más grande que profanar el nombre de Dios, mancillar su nombre, despreciarlo. No hay culpa más grave que pueda cometer el hombre que olvidarse de Dios, vivir como si Dios no existiera. Es un desprecio propio de insensatos.

Los salmos lo dicen: Dios mira a la tierra para ver si los hombres lo buscan, si piensan en Él y no encuentra ni a uno solo. ¿Acaso esto no sigue siendo una realidad hoy? ¿Qué hombres honran a Dios tal como Dios debe ser honrado, es decir por Nuestro Señor Jesucristo? Ésta es la cuestión que debemos plantearnos: ¿nosotros mismos, vivimos este primer Mandamiento de la Ley de Dios? ¿Honramos verdaderamente a Dios? ¿Forma parte Dios de nuestra vida? ¿Está continuamente presente en nuestro espíritu, en nuestras mentes, en todos los acontecimientos, en todas las decisiones que tomamos, cuando debemos elegir algo, está siempre presente Dios? ¿Tenemos presente a Nuestro Señor Jesucristo? No hay pecado más grave que alejarse de Dios, despreciarlo, olvidarlo y serle infiel. La infidelidad es el pecado contra la Fe y consiste precisamente en alejarse de Nuestro Señor y de manera especial poner a Jesucristo a la misma altura que los otros dioses. Me parece que no hay pecado más grave que ése. Si Nuestro Señor, si Jesús, si Dios ha dicho a los fieles del Antiguo Testamento: no hagáis caso de los dioses extranjeros pues Yo soy el único Dios al que debéis dar honra, cabe preguntarse qué es lo que se pasa actualmente. ¿Estamos ciegos? ¿Estamos sordos? Preguntémonos qué ha ocurrido en nuestra querida Iglesia Católica para que se llegue a poner a los falsos dioses de los infieles a la misma altura de Aquel que nos ha creado, que es el Maestro del universo y que hoy mismo podría hacer desaparecer estas montañas que se levantan ante nosotros como se puede derribar un castillo de arena. Lo veremos sin duda al final de los tiempos.

HAY QUE VOLVER A PONER A NUESTRO SEÑOR EN SU LUGAR DE HONOR

Ante esta mentira, ante estos pastores que pierden la fe y que nos la hacen perder, que nos conducen por el camino de la apostasía y del error, ¿qué debemos hacer? ¿Cuál debe ser nuestra conducta? Proclamar una vez más el primer Mandamiento de la Ley de Dios, proclamar una vez más la realeza de Nuestro Señor Jesucristo. No hay otro fundamento, dice San Pablo, que Jesucristo y Jesucristo crucificado. No hay oro fundamento en nuestra vida, en nuestra fe. Tenemos que poner de nuevo a Jesucristo en su lugar: un lugar de honor dentro de nuestras familias, en nuestros hogares, en el seno de nuestra actividad o profesión, en nuestro corazón, en nuestra vida. La Cruz de Nuestro Señor debe estar presente en todas partes. En todas partes debemos honrar al que nos ha creado y que se abajó hasta nosotros para encarnarse y vivir en medio de nosotros para salvarnos. No hay otro Dios. ¿Cuántas veces lo repite Dios en los salmos? «Yo soy el único Dios, no hay otro Dios fuera de Mí» y tiene razón. No hay otro Dios que el que ha hecho el cielo y la tierra. Qui fecit caelum et terram. Per quem omnia facta sunt. Por quien todo ha sido hecho. ¿Quién puede dudarlo? En este momento en que precisamente hay errores que circulan y por desgracia debido a nuestros pastores, hay que reafirmar nuestra decisión de mantenernos fieles a los Mandamientos de Dios, al primer Mandamiento y a la fe en Nuestro Señor Jesucristo. Debemos reafirmar nuestra fe en Dios, en un solo Dios, en Nuestro Señor Jesucristo, extendiendo su Reino por todas partes.

Ésta es la respuesta que la Iglesia ha dado siempre frente a los errores. ¿Qué ha hecho la Iglesia cuando han aparecido las herejías y los errores en la historia? Ha convocado un Concilio o sino los Papas han publicado encíclicas para proclamar de nuevo la verdad que es contraria a esos errores. Cuando en el siglo XV se ha querido ya dar por sentado que Nuestro Señor no estaba presente en la Sagrada Eucaristía, la Iglesia apoyó con fuerza las procesiones del Santísimo Sacramento, rindiendo honor a la Sagrada Eucaristía. Diversas congregaciones fueron fundadas para adorar a Nuestro Señor Jesucristo día y noche en el Sacramento del Amor, proclamando más y más el dogma de la verdad contra el error. Nosotros vamos a hacer lo mismo ahora. Vamos a prometer a Nuestro Señor Jesucristo que sólo vamos a adorarle a Él y a nadie más, que no vamos a dar culto ni vamos a honrar a dioses falsos, dioses que son invenciones diabólicas para desviar a las almas de la fe y conducirlas al infierno. No tengamos miedo en proclamar nuestra fe en Nuestro Señor Jesucristo y así, queridos amigos, vamos a ofrecer en nuestras capillas el Santo Sacrificio de la Misa, que estas capillas sean un acto de adoración a Nuestro Señor. Que todo nos recuerde la divinidad de Jesucristo, su omnipotencia, el honor y la acción de gracias que le debemos, y que pidamos, algo que debemos hacer todos los días, el perdón de nuestros pecados (...)

domingo, 18 de julio de 2010

Las Familias tienen que reaccionar

Ya es hora de reaccionar. Lo que Gaudium et Spes dice del movimiento de la historia que se vuelve tan rápido que apenas se puede seguir, se puede aplicar al movimiento de las sociedades liberales que se precipitan hacia la disgregación y el caos. ¡No hay que seguirlo!


¿Cómo se puede entender que algunos dirigentes, que dicen que son cristianos, destruyen toda la autoridad de la sociedad?
Lo que hay que hacer es restablecer la autoridad que la Providencia ha querido que tengan las dos sociedades naturales de derecho divino, cuya influencia en éste mundo es primordial: La Familia y la Sociedad Civil. En éstos últimos tiempos los golpes más duros los ha sufrido la familia. El paso al socialismo en países como Francia y España ha acelerado éste proceso.


Las leyes y medidas que se sucedieron hacen patente una gran cohesión en la voluntad de destruir la institución de la familia: disminución de la autoridad paterna, divorcio facilitado, desaparición de la responsabilidad en el acto de la procreación, reconocimiento administrativo de las parejas irregulares y hasta de las parejas homosexuales, cohabitación juvenil, matrimonio de prueba, disminución de las ayudas sociales y fiscales a las familias numerosas.

El papel de los padres se ha hecho hoy muy difícil. Según vimos, la mayoría de las escuelas libres están laicizadas, ya no se enseña en ellas la verdadera religión ni las ciencias profanas se enseñan a la luz de la fe. Los catecismos difunden el modernismo religioso. La vida vertiginosa absorbe todo el tiempo, las necesidades profesionales alejan a padres e hijos de los abuelos y abuelas que antes participaban en la educación. Los católicos no están solamente perplejos, sino que además están desarmados.

Pero no tanto que no puedan sin embargo asegurar lo esencial, la gracia de Dios. ¿Qué hay que hacer? Existen escuelas verdaderamente católicas, aunque son pocas. A ellas hay que enviar a los hijos aun cuando esto pueda pesar en el presupuesto familiar. Habrá que fundar nuevas escuelas católicas, como algunas personas ya lo han hecho. Si los hijos del lector sólo pueden frecuentar aquellas escuelas en que la enseñanza está desnaturalizada, los padres deben presentarse, reclamar y no dejar que los educadores hagan perder la fe a los niños.

El católico debe leer y volver a leer en familia el Catecismo de Trento, el más hermoso y el más completo. Puede organizar "catecismos paralelos" con la dirección espiritual de buenos sacerdotes y no ha de tener miedo de que se lo trate de "salvaje" como se hizo con nosotros.

Hay que rechazar los libros que transmiten el veneno modernista. Es menester hacerse aconsejar. Editores valientes publican excelentes obras y vuelven a imprimir las que destruyeron los progresistas. No hay que comprar cualquier Biblia; toda familia cristiana debería poseer la Vulgata, traducción latina hecha por san Jerónimo en el siglo IV y canonizada por la Iglesia. Hay que atenerse a la verdadera interpretación de las escrituras y conservar la verdadera misa y los sacramentos como se administraban antes en todas partes.

Es menester tomar urgentes medidas espirituales. Hay que rezar, hacer penitencia, como lo pidió la Santa Virgen, recitar el rosario en familia. Como se vio en la guerra, la gente se pone a rezar cuando las bombas comienzan a caer. Pero en este momento precisamente están cayendo bombas: estamos a punto de perder la fe. ¿Se da cuenta el lector de que esto sobrepasa en gravedad a todas las catástrofes que los hombres temen, las crisis económicas mundiales o los conflictos atómicos?

Se imponen renuevos y no ha de creerse que no podamos contar aquí con la juventud. Toda la juventud no está corrompida, como tratan de hacernos creer. Muchos jóvenes tienen un ideal y en el caso de otros basta proponerles uno. Abundan ejemplos de movimientos que apelan con éxito a la generosidad de los jóvenes; los monasterios fieles a la tradición los atraen, no faltan vocaciones de jóvenes seminaristas o novicios que solicitan ser formados. Aquí puede realizarse un magnífico trabajo de acuerdo con las consignas dadas por los apóstoles: Tenete traditiones. Permanete in lis quae didicistis. El viejo mundo llamado a desaparecer es el mundo del aborto. Las familias fieles a la tradición son al mismo tiempo familias numerosas a las que su misma fe les asegura la posteridad. "Creced y multiplicaos". Al cumplir con lo que la Iglesia siempre enseñó, el hombre se proyecta al futuro.

Mons. Marcel Lefebvre, en “Carta abierta a los católicos perplejos”, 1985.


viernes, 18 de junio de 2010

PADRES CATÓLICOS


El papel de los padres se hace muy difícil. Hemos visto la mayoría de los colegios religiosos secularizados de hecho, no se enseña en ellos la verdadera religión ni las ciencias profanas a la luz de la fe. Los catecismos propagan el modernismo. En esta vida tan agitada no hay tiempo para nada, el ritmo del trabajo hace que padres e hijos se distancien de los abuelos, que en otro tiempo participaban en la educación de los nietos. Los católicos no están solamente perplejos, sino desarmados.A pesar de todo, ellos pueden asegurar lo esencial, la gracia de Dios suplirá lo demás. ¿Qué hay que hacer? Hay colegios verdaderamente católicos aunque no sean muchos. Envíen allí a sus hijos, aunque sea gravoso para su economía. Abran otros nuevos, como algunos ya lo han hecho. Si no pueden frecuentar nada más que colegios donde la enseñanza está desnaturalizada, manifiéstense, reclamen, no dejen que esos maestros hagan perder la fe de sus hijos.Lean y relean en familia el catecismo de Trento, el más hermoso, el más perfecto y el más completo de todos. Organicen clases de catecismos aparte bajo la dirección espiritual de buenos sacerdotes, no tengan miedo de ser tratados, como nosotros, de “salvajes”. Por lo demás ya funcionan numerosos grupos que acogerán a sus hijos.Rechacen los libros que transmiten el veneno modernista. Háganse aconsejar. Editores valientes difunden excelentes obras y reimprimen aquellos libros que los progresistas han destruido y hecho desaparecer. No compren cualquier Biblia: toda familia cristiana debería poseer la Vulgata, traducción latina hecha por San Jerónimo en el siglo IV y canonizada por la Iglesia. Aténganse a la verdadera interpretación de las Escrituras; conserven la Misa auténtica y los Sacramentos tal como siempre fueron administrados por todas partes en la Iglesia.El demonio se ha desencadenado actualmente contra la Iglesia. De esto se trata, éste es el problema. Asistimos tal vez a una de las últimas batallas, una batalla general. Ataca contra todos los frentes y si Nuestra Señora de Fátima ha dicho que un día Satanás se alzará hasta las más altas esferas de la Iglesia, es que esto es posible. Yo no afirmo nada por mí mismo; sin embargo hay signos que pueden hacernos pensar que en los organismos romanos más importantes hay gentes que han perdido la fe.Hay que tomar medidas espirituales urgentes. Es necesario rezar, hacer penitencia, como la Santísima Virgen lo ha pedido tantas veces, rezar el santo Rosario en familia. Las gentes, lo hemos visto en cada guerra, se ponen a rezar cuando las bombas empiezan a caer. Pues precisamente están cayendo en estos momentos: estamos a punto de perder la fe. Comprenderán que esto sobrepasa en gravedad a todas las catástrofes que puedan hacer temblar a los hombres, las crisis económicas mundiales o los conflictos atómicosSe impone la renovación de muchas cosas, pero no piensen que para esto no podemos contar con la juventud. No toda la juventud está corrompida como algunos se atreven a persuadirnos. Muchos tienen un ideal, a muchos otros bastaría con presentárselo. Abundan los ejemplos de movimientos que apelan con éxito a su generosidad; los monasterios fieles a la Tradición les atraen, no faltan vocaciones de jóvenes seminaristas o novicios que piden ser formados. Hay un magnífico trabajo por cumplir conforme a las consignas dadas por los apóstoles: “Conservad las tradiciones... permaneced en lo que habéis aprendido”.
El viejo y decrépito mundo llamado a desaparecer es el mundo del aborto. Las familias fieles a la Tradición son al mismo tiempo familias numerosas, su misma fe les asegura la posteridad. “Creced y multiplicaos”. Guardando lo que la Iglesia ha enseñado siempre, se comprometen con el futuro.

Carta abierta a los católicos perplejos - Cap. XXII

Monseñor Marcel Lefebvre
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sábado, 5 de junio de 2010

Cuando el río suena...

 
Según informa el blog italiano Messainlatino, comienzan a circular numerosos rumores en torno a la futura rehabilitación eclesial del arzobispo francés Marcel Lefebvre, fundador de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), quien fue excomulgado por el Papa Juan Pablo II en 1988, al proceder éste a la ordenación de cuatro obipos sin contar con el visto bueno de Roma. Dicho decreto de excomunión quedó sin efecto recientemente después de que el Papa Benedicto XVI así lo decidiera.

Messainlatino apunta que son varias las razones que han disparado estos rumores. Por un lado, la rehabilitación oficiosa del teólogo Romano Amerio (llevada a cabo este año por L´Osservatore Romano) que era conocido por sostener tesis cercanas a las de monseñor Lefevbre. En segundo lugar, la inminente publicación de una nueva biografía del prelado francés. Y, en tercer lugar, el interés por la figura de este arzobispo y su obra aumentan fuera de los círculos hasta ahora habituales, y se extienden cada día más en diversos ámbitos católicos, son los factores que están contribuyendo a estas habladurías.

Sea como fuere, la figura de monseñor Lefebvre, ha merecido y merece una especial atención en el seno de la Iglesia Católica, sobre todo, a medida que aumenta la crisis en la que, lamentablemente, nos encontramos actualmente. Suenan, por tanto, cada vez más proféticas sus palabras y los avisos que lanzó en muchos de sus escritos, homilías, conferencias y enseñanzas que, hoy en día, y varios años después de su muerte, sus hijos continúan transmitiendo, a tiempo y a destiempo. Desde luego, su figura no pasa inadvertida y no deja a nadie indiferente. El tiempo y la autoridad de la Iglesia dejarán las cosas en su sitio. Al menos, en esta tierra.






domingo, 23 de mayo de 2010

"Han cambiado nuestra religión", dice en Roma el obispo rebelde. Notas del Pasado

 


Un paso más hacia el cisma de monseñor Lefèbvre 

Roma - 08/06/1977  

Ayer tarde en ese secular trono se sentó Lefèbvre. Días antes el vicario del Papa para la diócesis de Roma había publicado un artículo en el Observatore Romano, titulada Un episodio que hay que olvidar, denominando el desafío de Lefèbvre «como un acto presuntuoso que demuestra tal falta de buen gusto y de educación que ruboriza a quienes todavía quisieran conservar sentimientos de veneración por este eclesiástico».Horas antes de la conferencia se esperaba que el obispo rebelde desistiera de su iniciativa. El obispo, sin embargo, suspendido a divinis, expuso impasible y seguro de sí, su doctrina sobre la iglesia tradicional, provocando una escisión en la nobleza romana tradicionalmente fiel al Papa y una crisis de conciencia en muchos, que no podía quedar latente.El obispo de Econe (Suiza) ha criticado, en especial, las conclusiones del Concilio Vaticano II. Los cambios litúrgicos y ecuménicos provocan la deserción de vocaciones religiosas, dejando desiertos los seminarios. Después de Juan XXIII, la Iglesia ha apoyado al comunismo concediendo audiencias a jefes comunistas, no condenando el comunismo, tratando de modo diverso a los obispos contrarios al comunismo. (Lefèbvre cree, refiriéndose a la jerarquia española, que por eso Tarancón hizo más carrera que Morcillo). Para Lefébvre, la declaración de los derechos del hombre en lugar de los diez mandamientos es contraria a la enseñanza de los papas.
En el palacio Rospigliosi se dio cita ayer casi toda la aristocracia tradicionalista y reaccionaria de Europa. Acudió una delegación de gentiles damas, guiada por la condesa Elisabeth Gerstner, de Francia, bajo el líder de los lefebvrianos franceses, el abate H. Ducaud-Bourget.
En los muros de algunas iglesias romanas se podía leer Viva la misa en latín.
Entre la aristocracia romana muchos nobles han criticado duramente la iniciativa de la princesa Pallavicini. El rey Umberto de Saboya telefoneó incluso, a Falcone Lucifero, que lo representa en Italia, para que disociara a la nobleza real de la rebeldía de Lefèbvre. El príncipe Massimo Lancelotti, en representación del Santo Sepulcro, ha testimoniado también su fidelidad a Pablo VI. La orden de Malta intervino días pasados disuadiendo a sus 150 miembros a asistir. Entre el público, sin embargo, que ha acudido a escuchar a Lefèbvre figuraban el duque Carlo Colonna, los príncipes de Merode, de Lippe, la princesa Urraca de Borbón, el marqués Aquiles Afan de Rivera, Lucia de Saboya... la realidad es que en torno al obispo rebelde que camina lenta, pero seguramente hacia el cisma se está coagulando en Europa una derecha.
Con razón el director de Corriere de la Sera escribía ayer: «Nunca una tragedia de la Iglesia, nunca una aventura del catolicismo han dejado indemnes a las conciencias laicas y a la vida civil y, por tanto, a la política. Del fondo del nacionalismo francés viene un peligro. » En conclusión, se puede afirmar que una rebelión político-litúrgica se dio cita ayer en Roma con una revuelta político-mundana de una nostálgica y resentida aristocracia.

viernes, 12 de marzo de 2010

MONSEÑOR LEFEBVRE Y EL FIN DE LOS TIEMPOS

ROMA ESTÁ EN TINIEBLAS
Homilía del 29 de junio de 1987

 
El liberalismo se convirtió en el ídolo de nuestro tiempo moderno, un ídolo que ahora se adora en la mayoría de los países del mundo, incluso en los países católicos.

Es esta libertad del hombre frente a Dios, que desafía a Dios, que quiere hacer su propia religión, de los derechos humanos sus propios mandamientos, con sus asociaciones laicas, con sus Estados laicos, con una enseñanza laica, sin Dios, he aquí el liberalismo.

¿Cómo es posible que las autoridades romanas fomenten y profesen este liberalismo en la declaración de Vaticano II sobre la Libertad Religiosa? Porque no se trata de otra cosa, lo cual, que a mi juicio, es muy grave.

Roma está en tinieblas, en las tinieblas del error. Nos es imposible negarlo.

¿Cómo pueden soportar nuestros ojos de católicos, y con mayor razón nuestros ojos de sacerdotes ese espectáculo que se pudo ver en Asís, en la iglesia San Pedro que se dio a los budistas para celebrasen su culto pagano? ¿Es concebible verlos hacer su ceremonia pagana delante del tabernáculo de Nuestro Señor Jesucristo, vacío sin duda, pero coronado por su ídolo, por Buda, y eso en una Iglesia Católica, una iglesia de Nuestro Señor Jesucristo?

Son hechos que hablan por ellos mismos. Nos es imposible concebir un error más grave.

¿Cómo pudo realizarse esto? Dejemos la respuesta al Buen Dios. Es Él quien guía todas las cosas. Es Nuestro Señor Jesucristo el Señor de los acontecimientos.

Es Él quien conoce el futuro de esta influencia de los errores sobre Roma y sobre las más Altas Autoridades, desde el Papa y los Cardenales pasando por todos los obispos del mundo. Ya que todos los obispos del mundo siguen las falsas ideas del Concilio sobre el ecumenismo y el liberalismo.

¡Solo Dios sabe dónde eso va a terminar!

Pero, para nosotros, si queremos seguir siendo católicos y si queremos seguir la Iglesia, nosotros tenemos deberes imprescriptibles. Tenemos graves deberes, que nos obligan en primer lugar a multiplicar los sacerdotes que creen en Nuestro Señor Jesucristo, en su Realeza, en su Realeza social, según la doctrina de la Iglesia.


No es un combate humano.

Estamos en la lucha con Satanás.

Es un combate que pide todas las fuerzas sobrenaturales de las que tenemos necesidad para luchar contra el que quiere destruir la Iglesia radicalmente, que quiere la destrucción de la obra de Nuestro Señor Jesucristo.

Lo quiso desde que Nuestro Señor nació y él quiere seguir suprimiendo, destruir su Cuerpo Místico, destruir su Reino, y a todas sus instituciones, cualquiera que fueran.

Debemos ser conscientes de este combate dramático, apocalíptico en el cual vivimos y no minimizarlo.

En la medida en que lo minimizamos, nuestro ardor para el combate disminuye.

Nos volvemos más débiles y no nos atrevemos a declarar más la Verdad. No nos atrevemos a declarar más el reino social de Nuestro Señor porque eso suena mal a los oídos del mundo laico y ateo.

Decir que Nuestro Señor Jesucristo debe reinar en las sociedades parece al mundo una locura. Se nos toma para atrasados, retrasados, solidificados en la Edad Media. Todo eso pertenece al pasado. Hay que terminar con esto. Es un tiempo pasado. No es ya tiempo de que Nuestro Señor Jesucristo pueda reinar en las Sociedades.

Podríamos, quizá, padecer un poco la tendencia a tener miedo de esta opinión pública que está contra nosotros, porque nosotros, afirmamos la Realeza de Nuestro Señor.

No nos asombremos, pues, de que las manifestaciones que pudiésemos realizar en favor de la Realeza social de Nuestro Señor suscite ante nosotros un ejército dirigido por Satanás para impedir crecer nuestra influencia, destruirla incluso.

La apostasía anunciada por la Escritura llega. La llegada del Anticristo se acerca. Es de una evidente claridad. Ante esta situación totalmente excepcional, debemos tomar medidas excepcionales.