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sábado, 18 de junio de 2011

LA EUCARISTÍA, LA BIBLIA Y LOS PROTESTANTES

"Este es mi Cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía"
Lo que hoy llamamos Misa o Eucaristía, en la Biblia se llama la fracción del pan (Hechos 2, 42; 20, 7, 12;). San Pablo dice: "Yo recibí del Señor lo mismo que transmití a vosotros": que el Señor Jesús, la noche que iba a ser entregado, tomó pan, y habiendo dado gracias, lo partió y dijo: "Este es mi Cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía". Asimismo tomó el cáliz, después de haber cenado diciendo: "Éste cáliz, es el Nuevo Testamento en mi Sangre; haced esto, cuantas veces beberéis, en memoria mía" (I Cor 2, 23-25). Lo que Nuestro Señor mandó, los Apóstoles lo hicieron y lo transmitieron a la Iglesia. La Iglesia Católica recibió y siempre afirmó que la Eucaristía, o sea, el pan consagrado en la Misa es el cuerpo, alma, sangre y divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Sino fuera así ¿porqué entonces San Pablo dice: "El que comiere el pan y bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor; porque el que come y bebe, no haciendo distinción del Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación" (I Cor 11, 27)?


En el año 1521 después de Cristo, un mal sacerdote, Martín Lutero, fabricó la herejía protestante para negar la Eucaristía. Todas las sectas actuales (Mormones, Testigos de Jehová, los "supuestos" Cristianos, La "Luz del Mundo"), son invenciones de los siglos XIX y XX. Hacen decir a la Biblia lo que ellos quieren. Pero, Cristo habiendo previsto que el demonio mediante la Biblia robada y adulterada engañaría a los hombres, encargó a los Apóstoles y sus sucesores (Papa y Obispos) para explicarnos correctamente la Biblia y defenderla. 


La Iglesia que recibió la fe de viva voz, desde hace 2000 años afirma que la Eucaristía es Cristo presente entre nosotros para alimentarnos, aconsejarnos y fortalecernos. Nuestro Señor dijo: "En verdad os digo: si no comiereis la carne del hijo del hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi Carne y bebe mi Sangre, en Mí permanece y Yo en él" (San Juan 6, 49-57). 


Es curioso: los protestantes que pretenden tomar la Biblia al pie de la letra rechazan estas afirmaciones tan claras de Cristo. Seleccionan lo que les gusta y rechazan lo demás. San Pablo nos dice: "Pero aún cuando nosotros mismos, o un ángel del cielo, si posible fuese, os predique un Evangelio diferente del que nosotros os hemos anunciado, sea anatema. Os lo he dicho ya, y os lo repito: Cualquiera que os anuncie un Evangelio diferente del que habéis recibido, sea anatema" (Gal. 1, 8-9).


Por anunciar un Evangelio diferente y seguir iglesias fundadas por hombres, los protestantes se privan de la Eucaristía que es Cristo vivo entre nosotros. Toda iglesia que se fundó después de la muerte de los Apóstoles es necesariamente humana, falsa, ilegítima, fundadas por falsos profetas que robaron la Biblia a la única Iglesia encargada de predicarla e interpretarla. El hecho de seguir a las sectas protestantes es equivocarse de camino, es repudiar la herencia del Cristo verdadero. Los protestantes no tienen nada: ni sacerdocio, ni Cuerpo de Cristo, ni sacrificio, ni perdón de los pecados, ni legitimidad, ni Biblia verdadera, ni jefes legítimos. Tienen un libro robado, pero sellado al cual no entienden nada (Lucas 24, 45). 


Se alimentan de la cáscara, nunca llegan a la médula. 

sábado, 14 de mayo de 2011

La última batalla del diablo


Capítulo 6

El motivo se mantiene firme 

El Cardenal Alfredo Ottaviani que dirigió el Santo Oficio del Vaticano durante los pontificados de Pío XII, de Juan XXIII y de Pablo VI, leyó el Tercer Secreto y confirmó que está escrito en una única hoja de papel. También él entrevistó a la Hermana Lucía como representante del Papa Pio XII y confirmó que el Tercer Secreto es una verdadera profecía. Confirmó, además, que el reportaje de Neues Europa incluía una parte del Tercer Secreto. En dicho reportaje se puede leer: «Un Cardenal se opondrá a otro Cardenal, y un Obispo se opondrá a otro Obispo», aludiendo naturalmente a una crisis doctrinal en el seno de la Iglesia.

       Hacia 1948 el Papa Pío XII, por sugerencia del Cardenal Ruffini, plenamente fiel a la Tradición, pensó en convocar un Concilio General, y hasta llegó a dedicar algunos años a los preparativos necesarios. Hay pruebas de que, posteriormente, los progresistas en Roma disuadieron a Pío XII de llevar a cabo su proyecto, puesto que dicho Concilio mostraría una tendencia muy nítida de que seguiría la orientación de laHumani Generis en su condenación de los errores modernistas.Tal como esta gran encíclica de 1950, el futuro Concilio combatiría «las falsas opiniones que insidiosamente amenazan socavar los fundamentos de la Doctrina católica.»1
       Simultáneamente, los “errores de Rusia”, a los que la Santísima Virgen se había referido, estaban invadiendo la propia Iglesia, y se habían infiltrado en varias órdenes religiosas católicas. Por ejemplo, el llamado movimiento de los “Curas Obreros” se hallaba tan claramente infiltrado por los comunistas, que Pío XII decidió extinguirlo en la década de los años cincuenta.
       El Papa se convenció de que, lamentablemente, tenía una edad muy avanzada para asumir la responsabilidad de la grandiosa realización de un Concilio destinado a combatir las filas cada vez más compactas de los enemigos de la Iglesia, y tuvo que resignarse a aceptar que «esto quedará para mi Sucesor.»2 Pío XII murió el 9 de octubre de 1958.
       Nos encontramos aquí muy cerca del año crítico para nuestro caso. Hemos llegado al 1958, dos años antes del 1960 – el año en que, según el deseo de Nuestra Señora de Fátima, se habría de revelar el Tercer Secreto, como atestiguó la Hermana Lucía. Durante el pontificado de Pío XII, el Santo Oficio, bajo la firme dirección del Cardenal Ottaviani, preservó el Catolicismo en terreno seguro, manteniendo firmemente acorralados los caballos salvajes del Modernismo. Muchos de los teólogos modernistas en la actualidad cuentan, con desdén, cómo ellos y sus amigos estuvieron “amordazados” durante ese período.
       Sin embargo, ni siquiera el Cardenal Ottaviani podía impedir lo que iba a ocurrir en 1958. Un nuevo Papa, con otra mentalidad, ascendería al Solio Pontificio y, «según se imaginaban los progresistas, sería favorable a su causa»3, y le obligaría a un renitente Ottaviani a retirar la tranca, abrir el corral y protegerse de la embestida. Esta situación, sin embargo, no era imprevista. Al recibir la noticia de la muerte de Pío XII, el anciano Don Lambert Beauduin, amigo de Roncalli (el futuro Papa Juan XXIII) le confesó al P. Bouyer: «Si eligiesen a Roncalli, sería la salvación; sería capaz de convocar un Concilio, y de consagrar el Ecumenismo.»4
       En este punto de nuestra exposición es preciso resaltar, especialmente para el lector no católico, que los cambios, que vamos a examinar, en la orientación básica de la Iglesia no tienen, en absoluto, ningún precedente, y quizás constituyan la peor crisis de la Iglesia Católica. Un cuidadoso estudio de lo que viene a continuación pondrá en evidencia el motivo por el cual los eclesiásticos liberales y “políticamente correctos” del período posconciliar no pueden aceptar el Mensaje de Fátima, con su llamada a la consagración yconversión de Rusia como requisitos para la Paz en el Mundo. Esas transformaciones sin precedentes en la Iglesia Católica no constituyeron un favor, sino un grave perjuicio para los no católicos, puesto que el resultado de la “modernización” de la Iglesia incorporaba no solamente los escándalos clericales que hoy estamos viendo, sino también el fracaso de las personas en el seno de la Iglesia para realizar un acto — la solemne Consagración de Rusia — que habría beneficiado a toda la Humanidad.
Fue el Cardenal Ottaviani quien, antes del Vaticano II, tuvo la sensatez de mantener a distancia a los teólogos modernistas, como el P. Karl Rahner. Sin embargo, ese mismo P. Rahner — a quien vemos en la foto con el joven P. Joseph Ratzinger, durante el Concilio — se hallaba entre los teólogos progresistas que dieron la orientación decisiva al Concilio Vaticano II, sin que hubiesen modificado sus puntos de vista progresistas.


Se convoca un Concilio y
el Mensaje de Fátima pasa a ser atacado
       Y sucedió exactamente lo que había previsto el Don Lambert. Roncalli fue elegido y como Papa Juan XXIII convocó un Concilio y consagró el Ecumenismo. Estaba en marcha la “revolución en la tiara y en la capa pluvial”, prevista por la Alta Vendita.
       Uno de los primeros actos de la revolución fue dejar de lado el Tercer Secreto de Fátima. Contrariando las expectativas del Mundo entero, el 8 de febrero de 1960 (transcurrido poco más de un a o desde la convocación del Concilio), el Vaticano divulgó a través de la agencia noticiosa A.N.I. la siguiente noticia anónima:
       Ciudad del Vaticano, 8 de febrero de 1960 — «En círculos altamente fidedignos del Vaticano se acaba de declarar al representante de la United Press International que es muy posible que nunca venga a ser abierta la carta en que la Hermana Lucía escribió las palabras que Nuestra Señora confirió a los tres pastorcitos, como secreto en la Cova da Iría.»
       En el mismo comunicado vemos el primer ataque frontal de las fuentes de información del Vaticano a la credibilidad del Mensaje de Fátima en su totalidad:
       Aunque la Iglesia reconozca las apariciones de Fátima, no desea tomar el compromiso de garantizar la veracidad de las palabras que los tres pastorcitos dijeron que Nuestra Señora les había dirigido.
       ¿Dijeron que Nuestra Señora les había dirigido? Después del Milagro del Sol, ¿podría subsistir alguna duda sobre la veracidad de su testimonio? ¿Podría alguien cuestionar que hubiesen recibido del Cielo una auténtica profecía, considerando el cabal cumplimiento hasta ahora de todas y cada una de las previsiones del Mensaje — desde el inminente fin de la Primera Guerra Mundial hasta la diseminación de los errores de Rusia, pasando por la Segunda Guerra Mundial y la elección del Papa Pío XI?
       Este primer ataque público contra el Mensaje de Fátima, proveniente de un organismo del Vaticano, surge en 1960, cuando se comienza a buscar una nueva orientación para la Iglesia, que (como veremos dentro de poco) nacerá con el Concilio Vaticano II. Consideremos estos acontecimientos, relacionados con el comunicado de 8 de febrero de 1960:
  • El comunicado pone en duda públicamente, de modo patente, la credibilidad de Lucía, Jacinta y Francisco.
  • Por orden de las altas Autoridades estatales del Vaticano5, a partir de 1960 Lucía se vio obligada a mantenerse en silencio, y por eso no pudo defenderse de la acusación implícita de que su testimonio no merecía confianza.
  • Los documentos del archivo oficial de Fátima, compilados por el P. Alonso entre 1965 y 1976 (más de 5.000 documentos en 24 volúmenes) se impedirán publicar — a pesar de que tales documentos confirmaron que las profecías de Fátima en las dos primeras partes del Secreto (la elección del Papa Pío XI, la inminencia de la Segunda Guerra Mundial, la expansión del Comunismo en todo el Mundo, etc.), habían sido reveladas en privado por la Hermana Lucía mucho antes de haberse cumplido, y a pesar de que su testimonio fue totalmente preciso y fidedigno.
        Había comenzado el crimen. Y ahora el motivo para el crimen — el deseo de cambiar la orientación de la Iglesia, muy distante de las certezas católicas del Mensaje de Fátima, promoviendo una conciliación “ilustrada” de la Iglesia con el Mundo — tendría inicio decididamente con la apertura del Concilio Vaticano II el 11 de octubre de 1962. Una vez más, recordemos las palabras de la Hermana Lucía: que Nuestra Señora deseaba que se divulgase el Tercer Secreto en 1960, porque en ese año se haría “más claro”. Efectivamente, ahora se iba a hacer más claro.
Los “errores de Rusia” se infiltran en la Iglesia
       En primer lugar, poco antes de la apertura del Concilio ocurriría otra traición al Mensaje de Fátima – una señal de muchas otras cosas sin precedentes que estaban por venir. En la primavera de 1962, en Metz (Francia), el Cardenal Eugène Tisserant se reunió ni más ni menos que con el Metropolitano Nikodim, de la Iglesia Ortodoxa Rusa — un agente de la KGB, tal como lo eran los demás Prelados ortodoxos. En ese encuentro, Tisserant y Nikodim negociaron lo que vendría a ser conocido como el “Pacto de Metz”, o más popularmente, el “Acuerdo Vaticano-Moscú”6. La existencia de dicho Acuerdo es un hecho histórico irrefutable, testificado en todos sus pormenores por Mons. Roche, secretario particular del Cardenal Tisserant.
       En síntesis, el acuerdo trataba de lo siguiente: Según su ardiente deseo, el Papa Juan XXIII sería “favorecido” por la presencia de dos observadores ortodoxos rusos en el Concilio; en compensación, la Iglesia Católica concordaba en que el Concilio Vaticano II se abstendría de condenar el Comunismo soviético ni la Rusia soviética. Esto significaba esencialmente que el Concilio iría a comprometer la libertad moral de la Iglesia Católica, al fingir que, el Comunismo,  la forma más sistemática de la maldad humana en la Historia de la Humanidad, no existía — aun cuando los soviéticos estuvieran persiguiendo, encarcelando y asesinando a millones de católicos, precisamente en el momento en que se realizaba la apertura del Concilio.
       Restringida de esa forma la libertad de la Iglesia por medio de un acuerdo con los comunistas, el Concilio dejó de hacer, en absoluto, cualquier alusión al Comunismo. Con tal procedimiento, se alejó de las enseñanzas de los Papas León XIII, el Beato Pío IX, San Pío X y también Pío XI, los cuales advirtieron a la Iglesia que no debía abstenerse de condenar ese Mal incomparable. Como dijo el último de estos Papas en la Divini Redemptoris:
        Este peligro tan amenazador, ya lo habéis comprendido, Venerables Hermanos, es el comunismo bolchevique y ateo, que tiende a derrumbar el orden social y a socavar los fundamentos mismos de la civilización cristiana. Frente a esta amenaza, la Iglesia católica no podía callar y no calló. No calló, sobre todo, esta Sede Apostólica, que sabe cómo su misión especialísima es la defensa de la verdad y de la justicia y de todos aquellos bienes eternos que el comunismo ateo desconoce y combate.7
       Y a pesar de todo, el Concilio no dijo ni una sola palabra sobre el Comunismo soviético; al contrario, daría inicio a un “diálogo” precisamente con aquellas mismas fuerzas a las que la Iglesia anteriormente se había opuesto.
       ¿Por qué ocurrió eso? No se trató, evidentemente, de una “mera coincidencia” que el silencio del Concilio sobre el Comunismo estuviera perfectamente sincronizado con la infiltración comunista en la Iglesia Católica: infiltración que (como hemos visto en un capítulo anterior) había sido denunciada poco antes de la apertura del Concilio Vaticano II por testigos clave que no tenían ningún motivo para mentir (Dodd, Hyde, Golitsyn, Mitrokhin y otros). Aun sin contar con la colaboración de esos testigos, nuestro sentido común nos convencería de que era inevitable la tentativa de las fuerzas comunistas (actuando conjuntamente con la Masonería) para destruir la Iglesia Católica desde Su interior. Satanás es suficientemente inteligente para saber que la Iglesia Católica es, por excelencia, la Ciudadela que él debe tomar al asalto, en su esfuerzo para someter el Mundo al reino de las tinieblas.
       Era ésta, por tanto, la situación de la Iglesia, en el preciso momento en que, erróneamente, se le obligó al Concilio Vaticano II a que observara un vergonzoso silencio acerca del Mal del Comunismo. De más está a advertir que, con el “Acuerdo Vaticano-Moscú” era totalmente imposible la Consagración, por los Padres conciliares, de la Rusia soviética al Inmaculado Corazón de María, para conseguir la conversión de aquel País. Ese giro inicial hacia una nueva orientación de la Iglesia — que el Concilio iría a acelerar de forma muy dramática — ya estaba en oposición al Mensaje de Fátima.
       Y desde entonces, éste ha sido el resultado de la reunión de Metz, que intensificó la asimilación a laÖstpolitik — la política puesta en práctica por el Secretario de Estado del Vaticano — bajo la cual la Iglesia dejó de condenar y de oponerse frontalmente a los regímenes comunistas, sustituyéndola por el “diálogo” y por la “diplomacia silenciosa” — una política que hasta hoy ha mantenido al Vaticano sin voz ante la violenta persecución de la Iglesia en la China comunista.
       Así, el 12 de octubre de 1962, dos sacerdotes que eran representantes de la Iglesia Ortodoxa llegaron en avión al Aeropuerto de Fiumicino para participar del Concilio Vaticano II. Y éste dio comienzo, al tiempo que los observadores ortodoxos ponían su atención en los procedimientos, con el fin de convencerse de la estricta observancia del “Acuerdo Vaticano-Moscú”. La declaración por escrito de 450 Padres conciliares contra el Comunismo “se perdió” misteriosamente, después de haber sido entregada al Secretariado del Concilio; y a los Padres conciliares que se atrevieron a denunciar el Comunismo se les aconsejó delicadamente que permanecieran sentados y en silencio8.
       Las propias autoridades eclesiásticas habían “bajado el puente levadizo” para que entrasen los comunistas, al mismo tiempo que comunistas y masones se esforzaban en destruir la Iglesia desde Su interior (confirmando así las predicciones de Bella Dodd):
  • estimulando «la promoción de una seudo-religión : cualquier cosa con apariencia de Catolicismo, pero sin serlo»;
  • acusando a «“la Iglesia del pasado” de ser opresiva, autoritaria, impregnada de prejuicios, arrogante al atribuirse la condición de única poseedora de la verdad, y responsable de las divisiones entre las comunidades religiosas a través de los siglos»;
  • avergonzando a los dirigentes de la Iglesia, y forzándolos a adoptar «una “apertura al Mundo”, y a mostrar una actitud más flexible para con todas las religiones y filosofías.

       Finalmente — como predijo Dodd —, «los comunistas se valdrían de esa apertura para destruir la Iglesia.»
       Este inmenso esfuerzo de subversión implicaría, en primerísimo lugar, que la “teología” modernista abriese una brecha en el Concilio Ecuménico — tal como el Canónigo Roca y los demás visionarios de la Masonería se jactaban de que sucedería.


Los neo-modernistas triunfan en el Vaticano II
       El 13 de octubre de 1962, día siguiente al de la llegada de los dos observadores comunistas al Concilio — y también aniversario del Milagro del Sol, en Fátima — la Historia de la Iglesia y del Mundo fueron profundamente alteradas por un acontecimiento sin la menor importancia. En un incidente que se hizo famoso, el Cardenal Liénart, de Francia, asió del micrófono para exigir que se recusasen los candidatos propuestos por la Curia Romana para el cargo de Secretarios de las Comisiones preparatorias del Concilio, y que se hiciera una nueva lista de candidatos. Se aceptó tal exigencia y la elección fue postergada. Cuando,  por fin, ésta se realizó, los elegidos por mayoría o cuasi mayoría para las Comisiones conciliares fueron los liberales — muchos de los cuales formaban parte de aquellos “innovadores” desacreditados por el Papa Pío XII. Se rechazaron los esquemas preparatorios formulados según la Tradición para el Concilio y éste comenzó, rigurosamente hablando, sin ninguna agenda escrita, dejando así el camino despejado para que los liberales redactasen documentos totalmente originales.
       Es bien conocido e impecablemente documentado9 el hecho de que un grupo formado por periti(expertos) y por Obispos liberales pasó a controlar el Vaticano II, con una agenda de trabajo que, mediante la implantación de una “nueva teología”, remodelaba la Iglesia a imagen y semejanza de dicho grupo. Tanto los críticos como los defensores del Vaticano II están de acuerdo en este punto. En su libroVatican II Revisited [El Vaticano II, reexaminado], el Obispo Aloysius J. Wycislo (un ditirámbico defensor de la revolución conciliar) declara con un desbordado entusiasmo que «teólogos y eruditos bíblicos, desacreditados durante varios años, resurgieron entonces como periti (expertos en Teología, asesorando a los Obispos en el Concilio); y sus libros y comentarios pos Vaticano II se hicieron populares.»10
       Aloysius Wycislo observó, además, que «la encíclica Humani Generis del Papa Pío XII había tenido (...) un efecto devastador en los trabajos de considerable número de teólogos preconciliares»11; y explica que, «durante los trabajos preliminares del Concilio, continuaban desacreditados aquellos teólogos (franceses en su mayoría, pero también algunos alemanes) cuyas actividades habían sido cohibidas por Pío XII. El Papa Juan discretamente retiró la interdicción que afectaba a algunos de los más influyentes. Sin embargo, muchos de ellos continuaron siendo vistos con desconfianza por los responsables del Santo Oficio.»12
       En este punto, es de fundamental para nuestro caso la declaración del testigo ocular Mons. Rudolf Bandas, un peritus conciliar:
       No hay duda que el buen Papa Juan se imaginaba que estos teólogos sospechosos rectificarían sus ideas y que prestarían un servicio sincero a la Iglesia. Pero sucedió exactamente lo contrario. Apoyados por ciertos Padres conciliares “del Rin”, y actuando con frecuencia de modo francamente grosero, se volvían a los participantes y exclamaban: «Fijaos, nos han nombrado expertos: nuestras ideas fueron aprobadas.» (...) En el primer día de la cuarta Sesión, cuando nada más llegó a mi tribuna en el Concilio, fue ésta la primera declaración emitida por la Secretaría de Estado: «No se nombrarán más periti.» Pero ya era demasiado tarde. La gran confusión estaba en marcha. Ya se veía claramente que  ni a Trento, ni al Vaticano I, ni a ninguna Encíclica se les permitiría que la impidiese avanzar.»13
       Efectivamente, el propio Papa Juan XXIII tuvo la satisfacción de anunciar que, a partir de este Concilio, la Iglesia, de forma totalmente inexplicable, dejaría de condenar el error, y acabarían así Sus preocupaciones por la calamitosa situación del mundo:
        Hoy en día (...) la Esposa de Cristo prefiere usar el remedio de la misericordia en vez de las armas de la intolerancia. Ella considera que va al encuentro de las hodiernas necesidades, demostrando la validez de Su doctrina, en vez de emitir condenaciones. (...) Sentimos que debemos discordar de aquellos profetas de la desgracia, que viven prediciendo desastres, como si estuviera próximo el fin del Mundo.14
       Pero el optimismo del Papa Juan XXIII contrastaba nítidamente con la angustiosa preocupación acerca de la situación del mundo, que se podía percibir en muchas declaraciones de sus más recientes Predecesores (para no hablar del Mensaje de Fátima). Veamos algunos ejemplos:
          El Papa San Pio X:
      Sentimos una especie de terror al observar las desastrosas condiciones en que se encuentra la Humanidad en la hora presente. ¿Podemos ignorar ese mal tan profundo y grave que, hoy más que ayer, continúa actuando en su propio ser y llevando a la Humanidad a la ruina? (...) En realidad, quien reflexione sobre estas cosas debe necesaria y firmemente temer que tal perversión de las mentalidades sea una señal de alerta, y el principio del fin de los tiempos (...) [E Supremi]. (Cursiva, nuestra)
El Papa Pío XI:
        Desterrados Dios y Jesucristo–lamentábamos–de las leyes y de la gobernación de los pueblos, y derivada la autoridad, no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que ... hasta los mismos fundamentos de autoridad han quedado arrancados, una vez suprimida la causa principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. De lo cual no ha podido menos de seguirse una violenta conmoción de toda la humana sociedad, privada de todo apoyo y fundamento sólido. [Quas Primas]
El Papa Pío XII (después de la Segunda Guerra Mundial):
        Nos sentimos invadidos por la tristeza y por la angustia cuando percibimos que la iniquidad de los malos ha llegado a un grado de impiedad increíble y enteramente desconocido en otros tiempos. [Carta de 11 de febrero de 1949]. (Cursiva, nuestra)15
        Venerables hermanos: Sabéis perfectamente que la casi totalidad de la raza humana se deja arrastrar hacia dos campos antagónicos: o a favor de Cristo, o contra Cristo. La raza humana está inmersa en una crisis suprema, que provocará o su salvación por intermedio de Cristo, o su destrucción [Evangelii Præcones, 1951]. (Cursiva, nuestra) 
       Obviamente, en el Concilio Vaticano II se librarían batallas sin cuenta entre el grupo internacional de Padres que combatieron a favor de la preservación de los dogmas de la Fe y de la Tradición Católica, y el grupo progresista renano. Fue, sin embargo, el elemento liberal y modernista el que, por desgracia, acabó prevaleciendo, en un proceso desencadenado por el optimismo del Papa Juan XXIII, al pensar que la verdad habría de triunfar por su propio vigor, sin necesidad de cualquier condenación terapéutica por parte del Magisterio. Wycislo entona loas a los progresistas victoriosos, tales como Hans Küng, Karl Rahner, John Courtney Murray, Yves Congar, Henri de Lubac, Edward Schillebeeckx y Gregory Baum, que anteriormente habían sido considerados (y con buenos motivos) sospechosos, y eran ahora los faros de luz que guiarían la Teología pos Vaticano II.16
       En efecto, aquellos mismos que el Papa Pío XII consideraba inadecuados para transitar por las avenidas del Catolicismo, detentaban ahora el control de la ciudad. Y como si fuera el coronamiento de sus realizaciones, tanto el Juramento Antimodernista como el Índice de los Libros Prohibidos fueron discretamente suprimidos poco después de la clausura del Concilio: una decisión que el Obispo Graber consideró “incomprensible”.17 El Papa San Pío X lo predijo con toda exactitud: la desidia de las autoridades había provocado el retorno del Modernismo con extrema virulencia.

jueves, 31 de marzo de 2011

LA PSICOLOGÍA DE LA CONFESIÓN

El gran Padre de la Iglesia, Tertuliano, escribió una frase, cuya exactitud y verdad profunda ha sido reconocida por todos los escritores católicos: El alma humana es naturalmente cristiana.


Quiere decir, que la naturaleza y las tendencias del alma humana son tales, que responden admirablemente a los preceptos de la moral de Jesucristo, y que tiene tales intuiciones, por su propia naturaleza, que postulan por efecto, una armonía, un acuerdo perfecto entre las aspiraciones de nuestra alma, cuando se le deja seguir sus impulsos naturales y el pensamiento o idea divina.
Por eso José de Maistre pudo escribir: "El cristianismo ha revelado el hombre al hombre... ha puesto a descubierto sus antiguos cimientos, los ha despojado de toda escoria, de toda mezcla extraña, los ha honrado con el sello divino, y sobre esos fundamentos naturales, ha establecido su teoría natural de la penitencia y de la confesión sacramental".


Hay , en efecto, una hermosa psicología de la Confesión sacramental que usa el catolicismo. Esta institución divina responde a un triple deseo que todos experimentamos naturalmente después del pecado; deseo o necesidad de comunicar a otro el secreto de nuestra conciencia; deseo del perdón, y deseo de la conversión. Y así la confesión se manifiesta profundamente humana, al mismo tiempo que soberanamente divina.


Los protestantes no pueden menos que reconocer estas tres tendencias o necesidades del alma, pero tratándose de la Confesión, los que la admiten (pues no todos lo hacen), dicen que responde al primer deseo natural de la confidencia, y como esta tendencia es para encontrar algún consuelo, hacen de la Confesión una ceremonia de Consolación, como la llaman. Pero negando a la Confesión el carácter de Sacramento instituido por Jesucristo para perdonar los pecados, ya para ellos no responde, ni al segundo, ni al tercero de esos deseos naturales, y por el mismo hecho frustran completamente el efecto del consuelo que pretenden buscar en la confesión a otro de los pecados propios, en esa ceremonia de la consolación, que han establecido.


Que el hombre experimente esa necesidad de descubrir a otro su falta, es algo evidente; ésta es una de las pruebas y las ventajas de la amistad verdadera. Se busca a un amigo fiel y en el seno de la amistad se deposita el secreto que atormenta la conciencia. Hay un instinto contrario, es verdad, el del silencio, el de ocultar la falta y borrar su huella, para escapar al desprecio publico y al castigo. Pero este segundo instinto no hace más que resaltar la fuerza del primero. En realidad el antagonismo no es sino aparente. El culpable busca un refugio en la compasión de un amigo sólo, contra el implacable rigor de todos los demás; se abre a la amistad y se cierra a la enemistad.


¿De donde viene ese deseo de confidencia? De que la culpa pesa sobre la conciencia como un fardo, y se le quiere echar fuera, para libertarse de él.


Admirablemente, un poeta incrédulo francés Sully-Prudhomme en un célebre soneto, refiere a esta inquietud de su alma y el deseo de libertarse de ella así: 


"Uno de mis grandes pecados me seguía paso a paso, quejándose de envejecer en un cobarde misterio. Entre los dientes del remordimiento, no podía callarse y hablaba en voz alta sólo, cuando yo no velaba. Queriendo librarme de ese pecado secreto echándolo en el seno de un buen depositario, hice, por la noche un agujero en la tierra, y allí confesé en voz baja mi falta a Dios."


De esta manera, alegórica, el poeta describe el hondo peso del pecado sobre la conciencia, y el deseo que produce de arrojarlo lejos de sí, por una confidencia a un buen depositario.


Como todos los hombres, buscaba en la confesión del pecado el consuelo y la paz del alma. Pero incrédulo como era, no buscó un sacerdote que le hubiera librado más seguramente por el perdón de ese triste peso. 


En efecto si nos detenemos un poco a reflexionar como el hombre espera el consuelo con el hecho de confiar a otro su falta, veremos que detrás de esa confesión hay siempre la esperanza del perdón, que es la segunda tendencia del alma que he hablado. Vagamente se tiene la persuasión de que el amigo al ver la confianza que en el depositamos nos perdonará de algún modo, la falta. Porque no es solamente el deseo de humillarse por lo que confiesa el hombre su culpa. Eso es contra la naturaleza y el amor propio; no, el hombre en la confesión de su falta, busca la ventaja de la rehabilitación, que hará que cesen los remordimientos y le vuelva la paz perdida.


Todos los criminalistas aseguran que la mayor parte de los criminales acaban por confesar su culpa, más o menos tarde, pero deseosos de encontrar así una rehabilitación que les de la paz. Si, pues, en la confesión no se encuentra ese perdón, esa rehabilitación, no habrá el consuelo de la paz recobrada. Esto es lo que en realidad sucede con la Consolación protestante, confesión falsificada, que no consigue su objeto, porque no cree el protestantismo en el perdón de los pecados por esa Confesión.


El mismo poeta Sully-Prudhomme en la segunda parte de su soneto lo revela también:


¡Feliz el asesino a quien absuelve la mano de un sacerdote! No ve ya reaparecer la sangre que lavó, después de aquella hora tenebrosa en que dio el golpe mortal. Yo confesé un crimen menor a los oídos divinos; y donde yo lo dije, la tierra hizo brotar una espina... Pero nunca he sabido si estaba perdonado...

martes, 22 de marzo de 2011

EN LA ÚLTIMA CENA



De poco o nada serviría para los protestantes demostrar únicamente con la profecía de Malaquías la realidad del Santo Sacrificio de la Misa. Son muy duchos en tergiversar las palabras de la Escritura, que dicen venerar como palabra de Dios, cuando una interpretación torcida conviene al interés de su doctrina.


Es preciso demostrarles, dada la importancia del asunto que fue el mismo Jesucristo, el que realizó aquella profecía con la institución del Sacrificio de la Misa y del sacerdocio, que había que ofrecerlo.


Dicen ellos que Malaquías profetizó el Sacrificio del incienso, que se quema en honor de Dios en todas partes, a pesar de que al incienso no puede llamársele víctima, en el sentido natural de las palabras, ni mucho menos víctima u oblación pura, ni se quema por los pecados del mundo, sino por solo un tributo de adoración a Dios.


Es pues preciso demostrarles, que Jesucristo nos dejó una víctima  pura que es su propio cuerpo y sangre, la que ha de ofrecerse a Dios, por los pecados del mundo, y por un legítimo sacerdocio.


En efecto cuatro relatos tenemos en los Evangelios y Nuevo Testamento de la institución de este Sacrificio verdadero y del sacerdocio, por Jesucristo mismo.


San Mateo en capítulo XXVI, ver 26 al 48, dice: "Mientras estaban cenando tomó Jesús el Pan , y le bendijo, y partió y dióselo a sus discípulos, diciendo: Tomad y comed; este es mi Cuerpo. Y tomando el cáliz dió gracias y dióselos diciendo: Bebed todos de él. Porque esta es mi Sangre  que será el sello del Nuevo Testamento, la cual será derramada por muchos para la remisión de los pecados".


Todavía la traducción de Valera (protestante) es más contundente, pues dice: Tomad y comed esto es mi cuerpo. Bebed de él todos, porque ESTO es mi sangre del nuevo pacto la cual ES DERRAMADA...


San Marcos en el capítulo XIV vers. 17 y sigtes, dice: "Y estando ellos comiendo tomó Jesús pan y bendiciéndolo, partiólo y les dio y dijo: Tomad ESTO es mi cuerpo. Y tomando el vaso, habiendo dado gracias, les dio, y bebieron de él todos. Y les dice: ESTO es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada".


San Lucas en el capítulo XXII vers. 17 y sigtes, dice: Y tomando el pan, habiendo dado gracias, les dio diciendo: ESTO es mi cuerpo que por vosotros ES dado; HACED ESTO EN MEMORIA DE MI. Así mismo también el vaso, después que hubo cenado, diciendo: Este vaso es el nuevo pacto en mi sangre que por vosotros Se derrama.


Finalmente San Pablo es todavía más explícito en su Primera Epístola a los Corintios capítulo XI vers. 23 y sgtes.: Porque yo RECIBÍ DEL SEÑOR  lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan y habiendo dado gracias lo partió y dijo: Tomad y comed, ESTO es mi cuerpo, que por vosotros es partido: HACED ESTO EN MEMORIA DE MI. Porque todas las veces que comeréis ESTE PAN y BEBIERES ESTA COPA, la muerte del Señor ANUNCIÁIS, hasta que venga. De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente será culpado del Cuerpo y de la Sangre del Señor.


Vemos pues a los cuatro relatos concordes absolutamente en que Jesucristo en la última cena de su vida mortal, tomó el pan y el vino y los bendijo dando gracias (esto es, los consagró) y declaró abiertamente que eran su Cuerpo y su Sangre separadamente lo cual constituye una víctima y esta víctima era ofrecida, dada, derramada su sangre, por la remisión de los pecados. Y esto en aquel momento, fijémonos bien, antes del Sacrificio de la Cruz.


En aquel mismo momento Jesucristo no derrama real y visiblemente su sangre, separándola del cuerpo de alguna manera. Esto lo iba a hacer en la cruz, al día siguiente. Sin embargo, los mismos protestantes convienen en que dijo en aquel momento ES DADA, ES DERRAMADA. El Sacerdote Eterno, según la orden de Melchisedec, (por aquello del pan y del vino) ofrecía pues, dando gracias al Padre, consagrando, y por la remisión de los pecados, una víctima, (su Cuerpo y Sangre, de una manera misteriosa separados). Esto es un verdadero Sacrificio.


No es el Sacrificio de la Cruz, esto es, el sacrificio CRUENTO, del día siguiente, pero sí es el mismo Sacrificio de la Cruz, porque es el mismo sacerdote que lo ofrece, y la misma víctima, y el mismo fin o intención de aquél, pero distinto accidentalmente en que no es cruento, sino una verdadera inmolación, aunque incruenta.


No basta eso. A renglón seguido ordena a sus discípulos que hagan lo mismo que Él ha hecho, en memoria suya y anunciando su muerte cuantas veces lo hicieren. Esto es, les confiere el poder de hacer lo mismo que El acaba de hacer, o sea los instituye sacerdotes, para que puedan hacer EN SU REPRESENTACIÓN, el mismo Sacrificio, con la misma víctima. Digo con la misma VÍCTIMA, porque las palabras de San Pablo son terminantes de que así lo entendieron los mismos apóstoles: Cualquiera que coma este pan y beba de esta copa indignamente ES REO DEL CUERPO Y DE LA SANGRE DEL SEÑOR, que estarán allí bajo el aspecto de pan y vino, después de consagrados por ellos en nombre de Cristo y con sus mismas palabras y acciones tales cuales El las hizo en la Cena.


¿Quién no ve en esto la institución de un nuevo sacerdocio, distinto del israelita, y de un sacrificio verdadero, que tendrán que hacer, en memoria y a imitación de lo que hizo el Señor, de un modo incruento en la Cena? 
Y ¿quién puede dudar que es el mismo sacrificio, aunque incruento de la Cruz?


Lo protestantes niegan en primer lugar este nuevo sacerdocio. Aquellas palabras de Cristo, haced esto en memoria mía, no son para ellos sino una orden de hacer una ceremonia simbólica y representativa de lo que fue el Sacrificio de la Cruz, pero no de hacer un verdadero Sacrificio, lo que es propio del Sacerdote legítimamente instituido. Y admiten esto porque no creen que bajo las especies de pan y vino esté el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, es decir para ellos NO HAY VÍCTIMA ALGUNA, y sin víctima no hay sacrificio, y sin sacrificio no hay sacerdote.


Pero entonces ¿cómo interpretan las gravísimas palabras de San Pablo de que el que come  y bebe de aquel pan y vino después de consagrado, es reo, si lo hace indignamente, del CUERPO Y DE LA SANGRE DE JESUCRISTO, y no reo sólo del pan y del vino benditos en una ceremonia representativa, que no es real el sacrificio?


Pues sencillamente le quitan toda su gravedad y todo su profundo y natural sentido a esas palabras diciendo que siendo una ceremonia conmemorativa del único sacrificio de la Cruz, es malo participar en esa ceremonia indignamente. Pero la gravedad de las palabras de Pablo está en que se hace, el que participa indignamente en esa ceremonia, REO no de profanar algo que es por lo que representa santo, sino del mismo Cuerpo y Sangre, no de su representación.


Todos los ágapes que se celebran en tiempos de los Apóstoles eran representativos de la Cena del Señor y precisamente el Apóstol San Pablo contrapone la Cena del Pan y Vino consagrados, que se hacía en medio de los ágapes, a estos ágapes, como se puede ver en todo el capítulo de la Epístola que he citado. Allí también se queja de los abusos que se introdujeron a esos ágapes, representativos, pero no esenciales al sacrificio. Y reprende los abusos, porque en medio de esas ceremonias se llevaba a cabo el verdadero sacrificio del Cuerpo y la Sangre de manera que por comer indignamente este Cuerpo y beber esta Sangre, era por lo que se hacían reos del Cuerpo y de la Sangre, no por comer de los otros manjares, aunque fueran pan y vino.


Es pues el Sacrificio de la Misa un verdadero Sacrificio instituido por Jesucristo, en la última Cena, para que sus discípulos Sacerdotes, lo celebren siempre (cuantas veces comieres de este pan...) Y así se realiza la gran profecía de Malaquías, que de otro modo no hubiera tenido realización, porque no hay otro sacrificio en la Iglesia de Cristo.







lunes, 14 de marzo de 2011

LOS ODIOS DE LUTERO



Lutero fue uno de los hombres mas irascibles y violentos que hayan habitado la tierra. Su vida fue una cólera perpetua contra los monjes, los Papas y la Iglesia Católica. Decía que la cólera le hacía bien, y que lo refrescaba. En esto se parece a muchos contemporáneos nuestros que tienen al odio como el mejor valor humano, y lo demuestran en sus devastaciones y crueldades cometiendo en esta dolorosa guerra por todas partes donde llegan. 

"No tengo, -decía Lutero- mejor auxiliar que la cólera y la indignación; porque cuando quiero pensar bien, escribir bien, orar o predicar bien, es preciso que yo esté airado; esto refresca mi oración, agudiza mi entendimiento, y aparta de mí todos los pensamientos de desaliento y todas mis dudas"

Lutero fue el odio personificado. Jamás amó verdaderamente. No hablo del fuego impuro al que falsamente llaman amor, y en el que el heresiarca confiesa que se consumía.El amor puro y tierno le fue absolutamente desconocido. Se buscará vanamente en sus obras un grito del corazón noble, un anhelo de compasión por el sufrimiento humano, un eco de aquel misereor super turbam. Tengo piedad de la multitud. Siempre a vueltas con su yo cruel, con sus cóleras. No hay mas que hiel en su corazón, una sonrisa sardónica en sus labios, sarcasmos y maldiciones en sus palabras.

Jamás hombre alguno ha lanzado mayores y más frecuentes maldiciones. Es suya esta terrible frase que Milton o Dante hubieran podido poner en los labios de Satán: "Yo ya no puedo orar, pero al menos puedo maldecir". No sé si habrá otra frase que tenga más fuertes y expresivos los caracteres diabólicos.

¡No puedo orar! Su corazón estaba pues seco, no producía flores del cielo, esas flores del amor y de la oración, no brotaban en esa tierra sino los rencores y los odios, como esos cardos espinosos y venenosos que se producen en los desiertos de la tierra. "¡Pero puedo al menos maldecir"! ¡Que espantoso consuelo!

Pero el comentario que da a sus palabras el mismo miserable apóstata es verdaderamente horrible. Se puede llamar a este comentario: el Padre nuestro de Lutero. Oigámoslo:

"Puesto que no puedo orar, puedo al menos maldecir. En lugar de decir Santificado sea tu nombre, diré: maldito y execrado sea el nombre de los papistas. En lugar de repetir: Venga a nos tu reino, diré: que el papado sea maldito, condenado, exterminado. Y en realidad es así como yo oro todos los días sin descanso, sea con mis labios sea con mi corazón".

¡Que cristiano es esto! ¡Que digno de un reformador del Evangelio y de la Cristiandad, como se declara él mismo, y sus nuevos admiradores

Y he aquí el fundador del Protestantismo autenticando con su ira y sus rencores, como procedente del diablo, toda su doctrina. ¿Cómo ha habido hombres que lo hayan seguido en sus extravíos, creyendo así seguir al verdadero Cristo? ¡Dolorosos desvíos del corazón humano!


Naturalmente un hombre de corazón tan duro, debía tener un lenguaje correspondiente a su iracundia perpetua. Los humanistas alemanes no se distinguen por la pulcritud de su manera de hablar, pero Lutero los sobrepuja a todos. 


Declara frecuentemente en sus escritos llenos de orgullo y de hiel que todo lo que contra él se ha escrito no son más que burradas . En la primera fila de estos asnos cuenta siempre a los doctores de Lovaina y de París que lo condenaron.


"Los teólogos de Lovaina -dice Lutero textualmente- no son más que asnos groseros, truchas malditas, miserables bribones, panzas de blasfemias, incendiarios sedientos de sangre, fratricidas, puercos epicúreos, caldo maldito del infierno" 


En cuanto a la Sorbona de París, es para él "la sinagoga maldita del diablo, roída de los pies a la cabeza por la lepra blanca; contaminada de la peor herejía... Es la más abominable ramera intelectual, que jamás ha aparecido bajo el sol, la verdadera puerta del infierno, un lupanar..."


Y a los profesores de la Universidad, católicos en general, los llama "títeres del diablo, fantoches groseros, asnos panzudos, cuyos galones morados y rojos hacen el efecto de un collar de oro y perlas en el cuello de un cerdo bien cebado".


No es decente. El bienaventurado Tomás Moro, Canciller de Inglaterra, que murió por la fe católica en el cadalso en 1531 llamaba a Lutero latinarius nebulo, el policía de las letrinas, y justificaba su apelativo, diciendo que este hombre no tiene en su boca más que letrinas y estiércol.


Lutero, el miserable apóstata dice también que odia con todo su corazón al diablo. Pero su odio es de lo más curioso que puede existir. Para burlarse del diablo, y manifestarle su desprecio, aconseja a todos, y él lo practica primero, hay que cometer muchos pecados.


"Si el diablo te dice, escribe Lutero, no bebas, respóndele: Beberé por el contrario mucho más, porque tú me lo prohíbes; beberé en el nombre de Cristo"


Ésta es la conducta del fundador del protestantismo, y ésto es sólo una mínima parte de sus brutalidades, sus crápulas, sus indecencias y todo el cortejo de vicios y pecados que forman el tejido de la vida de aquél a quien los protestantes reconocen como el primero que les abrió el camino de la verdad y de la verdadera vida santa y que en 2008 el Vaticano "justifica" con ésta declaración.




sábado, 12 de marzo de 2011

El Anticristo protestante.

El advenimiento del Protestantismo produjo una variación sustancial en la exégesis del Anticristo. Lutero aplicó la terrible etiqueta esjatológica al Papado, con lo cual es el primero que pone explícitamente en el tapete las dos tesis importantes —visibles en algunos Padres, como en Beatus de Liébana— de que: 1) el Anticristo no es un hombre singular, sino una institución; 2) la Iglesia fundada por Jesucristo puede corromperse, y de hecho se corromperá en los últimos días.


Por supuesto, esta última tesis es muy delicada para un católico —véase la cautela con que la propone Lacunza—, y para muchos, omnímodamente nefanda. Como la propone Lutero, es herética y contra la Escritura. Está ahí la gran promesa de Cristo sobre las Puertas del Infierno. La frase "Ecclesia de medio fiet" , del primer comentor del Apokalypsis, San Justino Mártir, se debe interpretar en el sentido de una casi extinción, no de una corrupción. "Cuando vuelva el Hijo del Hombre, ¿creéis que hallará fe en la tierra?" (1).


La exégesis protestante se encarnizó por más de un siglo contra el Papado, estribando fuertemente en la "interpretación del ángel" de la Visión 13 del Apokalypsis, o sea, la Visión de la Gran Ramera . Sin ninguna duda, la ciudad que el ángel allí designa es Roma. La evasiva necesaria de esta exégesis no tiene más remedio que referirla: o a la Roma pasada exclusivamente, o bien a una Roma futura, imaginaria y transformada; es decir, o bien a la Roma étnica, que San Pedro apellidó Babilonia, o bien a una Roma renegada, sede del Anticristo, que pudo imaginar, d'aprés Lacunza, Hugo Wast.


Lacunza liberó una verdad prisionera del Protestantismo. Es sabido que el pretexto y el pathos que sostuvo la somera armazón heterodogmática de Lutero y la más rígida de Calvino fue la corrupción de la Roma renascente y el mundanismo de la Roma papal; lo cual, es cierto, no eran meras calum­nias, aunque tampoco era aquello que exageraban los vociferantes reforma-dores.


Naufragado el dogma luterano (2) y convertido en siniestro espíritu maniqueo de la sociedad capitalista el calvinismo, lo que queda hoy del Protestantismo no es más que ese pretexto y ese pathos que fuera antaño su recóndita alma. De modo que Chesterton pudo definir el anglicanismo como una mezcla negativa de anticlericalismo y antirromanismo, o sea, orgullo racial nórdi­co y furor antisacerdotal.


En la primera sala de la Tate Gallery de Londres hay —o había en 1933, cuando la vi— lo menos cuatro cuadros de grandes pintores contemporáneos que traducen coloridamente este aserto: una escena del Gil Blas, con frailes disolutos en un mesón español; una fantasía de la derrota de la Armada In-vencible; una glorificación de Isabel, la sucia virgen; y un brillantísimo cua­dro histórico de Sargent, con un texto histórico de Sannazzaro al pie, que representa a la papisa Lucrecia Borgia sentada en el trono papal, soberbia de sirenal hermosura, con a sus pies un franciscano y un dominico que igno­miniosamente le besan el alto y enjoyado chapín.


Toda la apologética de los disidentes y su actual dogmática está en este cuadro, que es un capolabor de la escuela llamada prerrafaelista: anticlerica­lismo y soberbia nórdica.


Lacunza ha liberado del horror de la soberbia protestante la amarga verdad de la parábola de la cizaña, que permanece mezclada al trigo sin poder ser arrancada ni por los ángeles hasta el fin del siglo. En esta cizaña tropezó Lutero, quien quiso arrancarla y la desparramó.




R.P. L. Castellani




Notas:
(1) Lucas XVIII, 8.
(2) Ver Bossuet, Histoire des Variations.


statveritas

martes, 8 de marzo de 2011

El alarmista Harold Camping y su proyecto caravana del fin del mundo

En un bizarro caso de escatología posmoderna, un grupo de cristianos viaja por todo Estados Unidos en coloridos autobuses con imágenes cósmicas para dar a conocer que el fin del mundo llegará el 21 de mayo del 2011, lo cual es para ellos un acontecimiento digno de la más alta celebración.

Según este grupo, que sigue la predicciones del ministro de Family Radio, el 21 de mayo las personas que creen en Jesús seran elevadas al cielo mientras el resto de la humanidad padecerá 153 días de tormentos hasta el 21 de octubre en el que el mundo por fin acabará (según Carl Johan Calleman el fin del calendario maya es el 28 de octubre del 2011).

Este grupo de cristianos viajan en lo que llaman el Proyecto Caravana a lo largo de Estados Unidos bajo la creencia de que sus fechas son absolutamente invariables e irreversibles. “Se que es absolutamente verdad, porque la Biblia es siempre absolutamente verdad”, dice Harold Camping. Según el sitio de FamilyRadio.com, las pruebas de que esta fecha será el apocalipsis, se remiten a que el diluvio ocurrió el año 4990 A.C., exactamente hace 7 mil años. Dios habría dicho a Noé que tenía siete días antes de que el diluvio empezaría; razonan que que siete días equivale a 7 mil años, lo que hace al 2011 el año de este cataclismo final.

La segunda prueba se basa en una cuenta del día de la crucifixion, el 1 de abril del año 33 A.C. Según este razonamiento hay 722, 500 días desde esta fecha al 21 de mayo del 2011, lo cual puede ser representado así 5 x 10 x 17 x 5 x 10 x 17 = 722,500. Esta iglesia argumenta que los números tienen un significado especial: el 5 significa la redención, el 10 significa la compleción y el 17 es igual al Cielo.

Los peregrinos en esta cruzada apocalíptica señalan que nada importa ya más que la fe y que es un momento de celebrar. Sin embargo, es posible que este grupo de cristianos más que una genuina demostración de fe, se trate de lo que se podría llamar el marketing del apocalipsis que el mainstream media parece estar promoviendo, precisamente cubriendo manifestaciones como estas.

lunes, 28 de febrero de 2011

MEROLICO SE QUITA LA SOTANA

Como nacen los protestantes, así, éste ex-sacerdote católico se quita la sotana como símbolo de separación. Este acto no nace de la humildad y del sacrificio como todas las obras de Dios, sino de la soberbia y de la rebeldía; signo inequívoco de Satanás.


miércoles, 16 de febrero de 2011

LUTERO, DETRACTOR DE LA MISA TRADICIONAL


Sobre Lutero -a quien la iglesia conciliar tiene ahora por una especie de santo, y cuyo retrato figura en los libros de catequesis al lado de Santa Catalina de Siena y San Ignacio de Loyola- ha dicho de él uno de los ideólogos del Concilio Vaticano II, el padre Congar "Lutero es uno de los más grandes genios religiosos de toda la historia, yo lo coloco en el mismo plano que San Agustín y Santo Tomás de Aquino o Pascal. En cierta manera es, incluso, más grande".
Lutero, evidentemente , no fue ningún santo ni especial espiritualista como nos quieren hacer creer. Analicemos brevemente su pensamiento.
Para él, "la misa católica es la mayor y más horrible de las abominaciones papistas, la cola del dragón del apocalipsis"


Todo el odio de Lutero contra la Misa Católica Tradicional se puede resumir en un concepto: la misa se oponía a su concepción de la religión. En la Misa Tradicional el centro es Dios. Por tanto, antes que nada, el culto es un homenaje rendido a Dios. El Sacrificio es el acto por excelencia de este homenaje. Con Lutero el centro de la religión ya no es Dios, sino el hombre; la finalidad de la religión, para Lutero, es esclarecer al hombre, y más aún, consolarlo. Siendo así, ¿para que sirve una inmolación hecha a Dios para reconocer su dominio soberano sobre la criatura? Por esta razón, Lutero deseaba la abolición del ofertorio. En el nuevo "Ordo" el ofertorio ha sido suprimido, y se sustituye el ofertorio Tradicional que tan admirablemente expresaba el Sacrificio y la propiciación, por unas plegarias israelitas extraídas de la Kábala judaica y que se limitan a un mero intercambio de dones entre Dios y el hombre, borrando el sentido de la oblación. Estas plegarias las usan, hoy en día, las comunidades judaicas para bendecir los alimentos. 


El mismo Lutero nos explica este concepto "la misa es ofrecida por Dios al hombre y no por el hombre a Dios; ella es la liturgia de la palabra, una comunión y una participación... este abominable canon que hace de la misa un Sacrificio. La acción de un sacrificador. Lo miramos como sacramento o como testamento. Llamémosle bendición, eucaristía, mesa del Señor, Cena del Señor, o Memorial del Señor".


De hecho lo que hará Lutero será adaptar la misa católica tradicional a su pensamiento, a la par que trastoca los textos esenciales del Canon y los mantiene como simples recitativos de la institución de la Cena. En un momento dado, agregará en la Consagración del pan "quod pro vobis tradetur" (que será entregado por vosotros), suprimirá las palabras "mysterium fidei" (misterio de fe) y las palabras "pro multis" (por muchos) de la Consagración del vino. El latín se sustituirá por la lengua vernácula; el altar por una mesa colocada frente al pueblo y se recibirá la comunión en la mano, pudiendo ser dada por laicos, mientras que la confesión privada se reemplazará por absoluciones colectivas y el nombre de la Misa será sustituido por Eucaristía y Cena.
A estas alturas, nos preguntamos: ¿no son excesivamente familiares estos cambios con los efectuados por la "reforma" de 1969 y su nueva misa?


Lutero en el fondo no quería tratar estos hechos con demasiada franqueza. Decía que para llegar segura y felizmente al final, es necesario conservar ciertas ceremonias de la antigua misa, para que los débiles no se escandalicen con el cambio demasiado brusco.
Una medida práctica de tan sutil principio llevó a cabo la reina Isabel de Inglaterra, que encargó a los teólogos que no negasen expresamente el dogma católico de la presencia real, sino que lo dejen  indeciso a la elección de cada uno. De esta forma Lutero logró introducir el protestantismo en poblaciones enteras que se estimaban católicas y que, cuando se dieron cuenta, habían asimilado la herejía.
Es de espantar el éxito de las medidas contemporizadoras adoptadas por Lutero, en ambientes que habrían reaccionado enérgicamente en el caso de que desde el principio hubiesen visto donde estaban siendo llevados. 


Esa lección de la historia crea para muchas almas, en nuestros días, la obligación grave de alertar a sus hermanos en la Fe contra el proceso que nos envuelve. 
La misa luterana se presentará, así pues, desde la navidad de 1521, teniendo las siguientes partes: Confiteor, Introito, Kyrie, Evangelli, y predicación, nada de ofertorio, Sanctus, recitativo en voz alta y en lengua vernácula de la institución de la cena, la comunión en la mano, y bajo las dos especies, el Agnus Dei, y el Benedicamus Domino, completarán la misa. El nuevo culto será una reducción y una transformación prudentes, tímidas, que conservaban mucho del pasado. Véase, pues, cómo sería insuficiente alegar, en defensa del nuevo "Ordo", que éste conserva mucho del Misal Tradicional.


LEX ORANDI, LEX CREDENDI
En resumen, los protestantes concentrarán sus esfuerzos sobre tres puntos esenciales:


1.- Negación del carácter sacrifical de la Misa, salvo en el sentido de sacrificio de alabanza.
2.- Negación de la transubstanciación. Para ellos, la presencia real se limita a una cierta presencia temporal en el interior de las especies, así como a una presencia espiritual.
3.-Negación del Sacerdocio real del oficiante, el cual se reemplazará por un sacerdocio colectivo de asamblea de los fieles bajo la presidencia de un padre o pastor.


En el nuevo "Ordo" se encuentran estos tres puntos, bien que bajo atenuaciones o afirmaciones equívocas. Muchos comentarios irán hasta la afirmación categórica, no equívoca.


En consecuencia, no se puede menos que observar que, por estar los principios íntimamente unidos con la práctica según el adagio "lex orandi, lex credendi" -atribuido a San Celestino I (422-432)-, el hecho de imitar la nueva misa el Ordo de Lutero lleva infaliblemente a adoptar poco a poco las propias ideas de Lutero.


Los resultados no merecen comentarios. La caída de la asistencia a "misa" ha sido vertiginosa. 
En realidad ya nada de lo acaecido nos debe sorprender. Ya desde los primeros años de la despótica implantación de la nueva misa, Monseñor Lefebvre se pronunció valerosamente para decirnos "Resulta imposible desde el punto de vista psicológico, pastoral y teológico, que los católicos abandonen una liturgia (la Misa Tradicional), que constituye verdaderamente la expresión y sostén de la fe a enorme peligro. No se puede imitar constantemente a los protestantes sin convertirse en uno de ellos"